Dilectos alumnos de 2º Bachillerato.
‘Alea iacta est’ o ‘La suerte está echada’. Hoy podemos y debemos celebrar que
estamos aquí: vivos, más o menos sanos (de forma irremediable, se nos fue la
chola esporádicamente), esperando los resultados de una Selectividad y con un
verano, todavía algo insólito, por delante. ¡Celebremos, pues, la vida,
jóvenes! Pero es inevitable que me acuerde de todos los que ya no están, todos
los que han perdido la vida en esta maldita pandemia: nuestros mayores, demasiados
sanitarios, otros trabajadores y ciudadanos anónimos. Ni podemos ni debemos
olvidar a los muertos.
El shock del confinamiento estricto nos
noqueó apenas unos días después de que recibiéramos un golpe que nos dejó sin
respiración: la muerte de Lucas. ¿A que no os cuesta imaginaros su sonrisita de
medio lado y sus inmensos ojos azules en medio de todos vosotros, como uno más?
Él, que hubiera querido cumplir los diecisiete, el pasado diecisiete de mayo se
habría plantado ya en los dieciocho con derecho a voto. “Y tú, ¿a quién votas,
profe?”, me preguntó el deslenguado en 1º de ESO. “Chico, eso no se pregunta y
menos, en público”, le contesté como si me hubiera interrogado acerca de una
cuestión escatológica íntima. Muy cerca de las Navidades de vuestro 4º ESO,
después de que unas manchitas aparecieran en sus pulmones, me confesó que tenía
miedo, que intentaba no pensar en ello y poner todo su ser en el presente y en
los planes inmediatos: ir a la Plaza Mayor de Madrid a ver el mercadillo
navideño con una amiga y, después, a comer un bocata de calamares. Esta fue la
lección de Lucas, no solo para la pandemia. Nos faltó poder llorarle juntos,
colectivamente, en grupo, para alcanzar apenas cierta inmunidad por el dolor de
su pérdida.
Nosotros seguimos viviendo, porque era
nuestra obligación, porque no quedaba otra, porque un corazón roto sigue
latiendo, aunque en muchos momentos fuera con dolor de tripa y de cabeza. Y
digo esto, porque hemos transitado el curso más extraño de nuestras vidas. Cuando
empezó el curso, imaginar el final suponía una quimera. En algún momento, hemos
pensado que no llegaríamos a junio. Ha habido momentos en que continuar era
como encaramarse por una pared vertical. Sin duda, el más duro fue el primer
trimestre. En septiembre, los profesores os percibíamos tristes. Volvíamos de
un confinamiento duro que había truncado el curso anterior y que había provocado
un aislamiento incomprensible en la etapa vital en que más necesitáis
socializar. Además, se nos imponía: distancia social y física,
semipresencialidad, docencia virtual, mascarillas e hidrogeles… Detrás de las
mascarillas escondimos nuestro desconcierto, solo de forma parcial.
Afortunadamente, nos susurramos la turbación que sentíamos a través de la
mirada y, poco a poco, os fuisteis sacudiendo la tristeza. Sin embargo, la
sensación de irrealidad nos embargaba por momentos de una manera poderosa e
invasiva. La ‘televida’ era nuestra nueva vida y era prescriptivo adaptarse,
como Harriet, La tortuga de Darwin.
Nosotros, los profesores, intentamos ofreceros las mayores contención y
confianza posibles: la certeza de que todo iría pasando y mejorando poco a
poco, que debíamos seguir cumpliendo con nuestro trabajo porque una primavera y
un verano luminosos nos traerían mejores noticias. Pero había que atravesar el
otoño y el invierno. La única ventaja que teníamos sobre vosotros los adultos,
que os hemos acompañado, son las canas que peinamos, aunque las pintemos con el
azul de nuestra tristeza. Por eso, vosotros también habéis hecho posible el
milagro de la primavera: habéis sido esa ramita verde machadiana que ha crecido
en medio del tronco carcomido, hendido por el rayo y en su mitad podrido.
Nosotros también tenemos que daros las gracias.
Sin embargo, el invierno nos dejó
congelados: una nevada histórica y literal nos volvió a privar de nuestra
precaria normalidad y el miedo, esta vez más desesperanzado por la
insolidaridad contemplada, parecía que nos helaría las entrañas para siempre:
la endiablada curva de contagios y fallecimientos nos hizo contener la
respiración una vez más. Vosotros y nosotros pertenecemos a generaciones
diferentes y eso nos hace ver la realidad de forma distinta en bastantes ocasiones.
Sin embargo, esta maldita pandemia nos ha unido en lo que compartimos: la
fragilidad de nuestra humanidad. Dentro de unos años, tendremos, sobre todo,
tendréis que explicar a los más jóvenes todo lo que significó esto. Recordad
que la auténtica historia es la que se cuenta desde abajo, la que recoge el
devenir diario de todos los que construyen la intrahistoria. Permaneced
atentos, curiosos y críticos al devenir de lo que está por llegar. Tenéis una
arma poderosa para ello: vuestra inteligencia.
Os lo dije a principio de curso y os lo
repito ahora: espero y deseo que este haya sido el peor momento histórico que
nos toque vivir. Ha sido muy difícil estudiar, resumir temas, resolver
problemas, comentar textos, hacer exámenes mientras todo parecía irse al
garete. No obstante, lo habéis logrado y, además, de una forma notable, con
vuestro esfuerzo y una disciplina dignos de reconocimiento. Vuestra historia
empieza a escribirse y habéis demostrado que vuestra caligrafía es sólida y
firme. El próximo septiembre iniciáis una etapa fundamental. Empezáis a
formaros para ser los profesionales en cuyas manos quedará el mundo mañana.
Disfrutad de vuestra etapa universitaria y recordad todo lo aprendido en este
lugar chiquito, al que llegasteis cuando aún eráis más chiquitos. Sed
ambiciosos en el buen hacer y comprensivos en el trato con los demás. No
perdáis nunca las ganas de aprender. No os conforméis con la ‘telerrealidad’ ni
con la ‘televida’. No renunciéis a lo que nos hace sentirnos vivos en plenitud:
conocer personas y lugares, amar, disfrutar de la belleza de la Naturaleza y de
toda forma de arte. Esto también pasará y volveremos a paladear el mundo sin
restricciones. No os atragantéis, que la embriaguez vital os venga mejor a
sorbos pequeños y constantes. Así la saborearéis mejor.
Para concluir, quiero que estas palabras
sean también para los compañeros que acabaron 2º Bachillerato en junio de 2020
y que no pudieron vivir este momento: ¡no sois una generación perdida! Habréis
de ser los artífices del cambio de estructuras y dinámicas que este planeta
necesita. Por último, esto es un mensaje para vosotras, la mujeres de este
grupo: el XXI es vuestro siglo. Tenéis frente a vosotras retos cruciales para
el futuro de este colectivo raro que somos la Humanidad. Cread un liderazgo más
humano, empático y cooperativo y no renunciéis a nada. No permitáis que os
digan que no podéis o no valéis. A vosotros, chicos, no os queda otra que
volver a adaptaros, como buenas tortugas-macho, y crear una nueva masculinidad,
más sensible y compasiva. Sin vosotros no será posible el cambio que este mundo
necesita, donde la igualdad y la justicia social estén más presentes. Cediendo
el protagonismo absoluto y cooperando entre iguales, conseguiréis cambiar el
guion maltrecho de nuestra historia, como nos va tocando hacer sucesivamente a
los mayores: poco a poco quedaremos en vuestras manos. Ese es vuestro reto y
vuestra responsabilidad, equipo. ¡Mucha suerte, dilectos!
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe