domingo, 18 de enero de 2026

LOS BUFOS MADRILEÑOS

La Compañía Nacional de Teatro Clásico repone el montaje de Los bufos madrileños después del inesperado éxito de la temporada pasada. En él se recuerda a la figura de Francisco Arderius y la zarzuela bufa Los órganos de Móstoles con música de Luis Rogel y libreto de Luis Mariano de Larra. Este subgénero, una antigualla decimonónica, tuvo mucho éxito entre el gran público de la época por su carácter cómico y su ligereza. No era un teatro dirigido a entendidos del género dramático, ya que se trataba, más bien, de una parodia de la alta comedia. Corrían los años anteriores y posteriores a la Revolución de la Gloriosa (1868). 

 

El montaje está dirigido, versionado y coprotagonizado por Rafa Castejón, que sabe mostrar sus años en el oficio sobre las tablas del Teatro de la Comedia. La obra se divide en dos partes: una primera introductoria en la que se nos hace una presentación histórica del personaje y la segunda en la que se representa Los órganos de Móstoles.

 

Lejos de tratarse de una aburrida clase de historia del teatro, los actores del elenco nos presentan al creador de este subgénero de forma dinámica y chispeante. Arderius (1835 – 1886) fue un músico, empresario y actor que consiguió gran fama por ser el introductor en España de la fórmula de la ópera bufa de Offenbach, cuyas obras fue a conocer in situ a la capital francesa. Se trataba de piezas musicales breves, divertidas, que buscaban el chiste fácil y el humor socarrón sin evitar alguna situación o gesto picante para la algazara y expansión del patio de butacas. Además, fue el fundador de la compañía los Bufos Madrileños, que más tarde se llamaría Bufos Arderius, la cual sumó grandes éxitos hasta 1873. Por consiguiente, fue un subgénero que llegó, triunfó y se disolvió como un azucarillo.   

 

Buscando nuestra instrucción y entretenimiento, Rafa Castejón irrumpe en el patio de butacas desde la entrada central cantándonos “Me gustan todas, me gustan todas…” de José Rogel para dar la voz y la nota musical al piano y a sus compañeros masculinos –Chema del Barco, Antonio Comas, Paco Déniz y Alejandro Pau– que le ayudarán, desde los palcos de bañera, en la noble tarea de aleccionarnos. Desde el primer palco de platea del público les contemplará una divertida Laia Ripoll complacida con el resultado, como el resto de espectadores. ¿Se puede sonreír de forma tan franca con la mirada? Las compañeras féminas –Clara Altarriba, Eva Diago y Cecilia Solaguren– pondrán la guinda con números musicales a la usanza del género francés del que surgió la versión hispanica.

 

Puestos en contexto, comenzará la representación del bufo desternillante, pantomima de las comedias de capa y espada lopescas, poniendo el acento en algunos gestos histriónicos y en el vestuario de Gabriella Salaverri cuya estridencia cumple con la hilaridad pretendida. La trama no encierra ningún misterio: Abdón, viudo y padre de tres hijas entradas en años, pone un anuncio en el periódico para organizar una subasta para “librarse” de su prole encontrándoles marido. Para ello, las adorna con una seductora dote inversamente proporcional a los atributos y virtudes de la descendiente. Allí se presentan tres patanes con la feliz idea de prometerse con aquella que más difiera de sus personas, convencidos por el tópico de que los polos opuestos se atraen. Tendrá que aparecer un cayetano don Juan Tenorio (de nuevo, Castejón), con pintas tenísticas, enfundado en un solemne pelucón y con gran éxito entre la progenie casamentera, para restablecer la estructura jerárquica establecida como Dios manda. ¡Menos mal que hay gente de orden!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

 

domingo, 11 de enero de 2026

PERSONAS, LUGARES Y COSAS

Personas, lugares y cosas es una obra de Duncan Macmillan. Duncan Macmillan (1980) es un director y dramaturgo británico ganador de numerosos premios cuyas obras más notables son Every Brilliant Thing (2013), Pulmones (Lungs, 2011) o Monster (2007). El montaje de Personas, lugares y cosas que se ha estrenado en el Teatro Español de Madrid ha sido adaptado y dirigido por Pablo Messiez (Buenos Aires, 1974).

 

Sorprende la cantidad de público joven asistente a la representación: el tema sobre el que trata la obra (la superación de las adicciones) y el elenco de actores (entre ellos, Brays Efe en el papel de Pastor) probablemente tendrán mucho que ver. Sorprende un asiento vacío junto al mío –dado el interés que ha despertado el montaje– que acabará ocupando un inquieto Pablo Messiez.

 

Sorprende un escenario descarnado, casi desnudo, que muestra toda la amplitud de las tablas del Español, como si quisieran materializar el vacío de nuestra protagonista. Sin embargo, el inicio de la obra es clásico. Emma (Irene Escolar) se encuentra representando a Nina en La gaviota de Chéjov cuando se desploma en el suelo justo después de pronunciar: “A mí habría que matarme”. Emma es actriz, pero también es alcohólica y drogadicta, aunque tardará en reconocer esta condición. Sin embargo, como es consciente de que no puede más, decide ingresar de forma voluntaria en una institución para realizar un programa de desintoxicación. Emma es adicta al alcohol, a las drogas, a los medicamentos, pero también lo es a su vocación de actriz, a hacerse pasar por otras personas, a vivir situaciones impostadas que le hacen sentir la vida interpretada como algo pleno. Por eso, la vida real le resulta banal y prescindible.

 

Sorprende que nuestra protagonista toma diferentes nombres a lo largo de la historia –Nina o Emma o Sarah– porque es actriz y quizás porque ya no reconoce cuál es su auténtica identidad, acostumbrada a esconderse detrás de múltiples máscaras. Sorprende cómo el montaje representa las alucinaciones de nuestra protagonista y nos muestra cómo esos múltiples yoes toman cuerpo en sus delirios. “Vemos lo que ella ve”. Irene Escolar, con su cuerpo chiquito y sus amplias destrezas interpretativas, es capaz de controlar ese inmenso espacio escénico con una actuación que sabe cuando contenerse y cuando debe desbordarse sin llegar al tsunami.

 

Sorprende que, en una obra con un trasfondo tan oscuro, la adaptación haya dejado espacios para la comicidad. ¿Acaso es posible resistir la vida sin tomar una necesaria distancia irónica o sin reírse de realidades durísimas? La interpretación de Brays Efe en momentos puntuales –aunque es un personaje con una tragedia interior que acabará aflorando– es solo uno de los elementos que despiertan la risa en el patio de butacas. No obstante, la crudeza y la hondura de determinados diálogos, especialmente entre Emma y la doctora (Sonia Almarcha) y entre Emma y Marc, otro paciente interpretado con aplomo y convicción por Javier Ballesteros, nos irán precipitando por el vacío y el sentimiento de incomprensión que llevan a un ser humano a intentar llevar las riendas de su vida atado a diferentes sustancias estupefacientes o incluso a intentar quitarse la vida.

 

Sorprende la vuelta al mundo real de Sarah una vez ha completado el programa y la terapia. Esto ocurre después de tener una recaída e iniciar de nuevo el proceso al inicio de la segunda parte. Una solitaria Irene Escolar nos da la espalda mientras se aproxima a ella un escenario móvil que representa su habitación en la casa familiar. No sorprende la reacción de sus padres a los que se ha hecho referencia con anterioridad, aunque sí llama la atención la aspereza, especialmente la de su madre, con la que queda al descubierto la incomunicación y la incomprensión, rasgos tan comunes en las familias. De esta forma, el título va tomando sentido y cuerpo más allá de la ficción. Personas, lugares y cosas sorprende e interesa.

 

«En el centro de desintoxicación te dicen, evita las personas que te hagan querer volver a recaer, lugares que asocies con la droga y objetos que puedan desatar la adicción. Personas, lugares y cosas.

Eso es básicamente, ya sabes todo.» 

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

domingo, 4 de enero de 2026

HISTÒRIA D'UNA MESTRA

Els mestres estan pujant als escenaris (esperem que no siga per canviar d’ofici). Mestres i professors, especialment els de la Segona República, protagonitzen alguns muntatges interessants de la cartellera teatral i cinematogràfica en els últims anys. En Madrid, podem veure dos muntatges teatrals encarnats per mestres: Francisco Ferrer. ¡Viva la escuela moderna! de Jean-Claude Idée, dirigida per José Luis Gómez, en el Teatro de la Abadía, obra que reconstrueix el procés judicial del pedagog i activista, i Historia de una maestra de Josefina Aldecoa, adaptada per Aurora Parrilla i dirigida per Raquel Alarcón, en el Teatro Valle-Inclán. La novel·la d’Aldecoa ja va ser adaptada per Paula Llorens fa dos anys en el Teatro Fernán Gómez.

 

En la prehistòria dels més joves queda La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), aquella joia que va omplir de matisos un superb Fernando Fernán Gómez. Molt més prop, hem vibrat amb el discurs de Miguel de Unamuno, pronunciat al paranimf de la Universitat de Salamanca, en l’apertura del curs a l’octubre de 1936, en Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019) i ens hem emocionat amb la sensibilitat del jove mestre Antoni Benaiges en El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). Aquesta última va inspirar l’obra de teatre d’Alberto Conejero, El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca (Ediciones Antígona, 2023), que va pujar a les taules del Teatro de la Abadía dues temporades seguides i que va ser cancel·lada a Briviesca.

 

Historia de una maestra és la novel·la que Josefina Aldecoa (1926 – 2011) va escriure al 1990 per homenatjar a la seua mare i a la seua àvia mestres. Aquesta obra és, per damunt de tot, un al·legat a favor de l’ofici d’ensenyar, tan injuriat i menystingut en les últimes dècades. La pròpia Josefina Aldecoa pren la veu de l’actriu Manuela Velasco per advertir-nos que educar és perillós, perquè “solo a través de la educación, se puede transformar una sociedad”. I ho diu amb un convenciment que ens fa renovar els vots als ensenyants presents a la sala.

 

Aquesta idea va vertebrar la vida de Gabriela López Pardo, mare d’Aldecoa, que ens indica des del principi que va haver de reprendre el seu somni fins tres vegades al llarg de la seua vida. La primera va ser al 1923, quan una joveníssima Gabriela (María Ramos) va aconseguir el diploma de mestra i va decidir que exercirà la docència a un petit poble de muntanya on el fred penetra a les cases de forma molt més àgil que el coneixement i la cultura. Allà s’hi enfrontarà a un batlle amb rampells de cacic i a un rector que es sent amenaçat per una jove mestra amb ganes de canviar la vida dels seus alumnes, especialment de les seues alumnes. Ja, en aquella primera destinació, Gabriela entén que la seua és una professió dura, obstaculitzada per la incomprensió d’una societat reticent al canvi i sumida en l’analfabetisme.

 

Temps després, se’n va a Guinea Equatorial on tampoc ho tindrà fàcil. Allà hi troba l’amor, però les convencions socials i la forta estratificació ètnica a les colònies impedeixen que Gabriela puga culminar el seu projecte de transformació col·lectiva i de realització amorosa. Gabriela va poder ser inclús víctima d’una agressió sexual. Desencantada, torna a Espanya i coneix a qui serà el seu marit i pare de la seua filla, Josefina, el també mestre Ezequiel (Víctor Sainz) i amb qui va viure emocionada l’adveniment de la Segona República i el desig de canviar l’Espanya de l’època des de l’educació i la cultura.

 

L’adaptació teatral, com la novel·la, ens mostra els clarobscurs que aquests anys d’il·lusió van anar deixant en l’ànim de tots els que es van lliurar a aquest noble ofici, la dificultat de mantenir una visió transformadora de l’escola al llarg dels anys, apallissada per les resistències reaccionàries que desitjaven una societat ignorant i inculta. També assistim a la tasca que van desenvolupar aquelles Misiones pedagógicas que pretenien fer arribar la cultura i el teatre a les zones rurals. Perquè, la vocació té límit? Ens pregunten abans d’entrar al teatre en el programa de mà. I una pensa en el cansament del seu quart de segle ja complit amb el guix, i en el continu qüestionament d’una professió que sols pot ser exercida amb rigor i generositat des de la convicció que sols formant persones amb sentit crític aconseguirem un autèntic progrés social.

 

La novel·la acaba amb el començament de la guerra civil al 1936, però la història va continuar. “L’educació sempre torna a començar, però el món sempre continua allà on era”, assegura Marina Garcés. Per això, Josefina Aldecoa va fundar al 1959, en plena dictadura franquista, el Colegio Estilo en Madrid per desenvolupar les idees pedagògiques de la seua mare i la seua àvia, que no eren altres que les del krausisme, fonament de la Institución Libre de Enseñanza, que pretenia una educació humanista, laica, artística i lliure. No obstant això, aquella convicció continua viva, encara avui, en uns temps on la boira del feixisme sembla que cau sobre la nostra societat i ens enfonsa en la desraó. La resposta ha de ser senzilla, però contundent. “Frente a la oscuridad, educar sigue siendo un acto de resistencia”, afirma José Luis Gómez. Aleshores resistim, dilectes col·legues, resistim.  

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu