Vulcano es la última obra teatral de Victoria Szpunberg, autora catalano-argentina que ya presentó en el CDN El peso de un cuerpo en 2022. En aquella, indagaba en el fin de la vida a través de la enfermedad y cómo afecta al entorno familiar. En el mismo teatro –Valle-Inclán– y en la misma sala –Francisco Nieva, esta primavera ha estrenado este drama cómico, cercano al true crime. El montaje está dirigido por Andrea Jiménez, que nos dejó perplejos con su Casting Lear. Este prometedor tándem ya había trabajado conjuntamente en Mal de coraçon, estrenada en el TNC en 2023.
Vulcano cuenta la historia de una familia que intenta narrar un trauma que sufrió un año antes. En el edificio en el que viven, se declaró un incendio que tuvo trágicas consecuencias. Para recoger el testimonio de los tres miembros, una reportera y un cámara invaden el espacio privado de la casa buscando respuestas y procurando reconstruir lo sucedido. Pero, ¿cómo se narra un trauma?
Cada miembro de la familia vivió, integró y superó, o no, el trauma de una manera distinta. Tanto fue así que cada uno de ellos tiene un relato distinto de un mismo hecho trágico que cobra dimensiones inesperadas. El padre, Manuel (Albert Ribalta), se siente olvidado y ninguneado y, por primera vez, con la llegada de los periodistas, va a ser escuchado y experimenta que lo que tiene que decir es tenido en cuenta. Inés (Maracena Sanz), la hija, que está preparando unas oposiciones al Museo del Prado para salir de la precariedad, está obsesionada con hacer las cosas bien y hacer el bien, entre otras, con el uso del lenguaje que hacemos de forma cotidiana. Sin embargo, poco a poco se irá desvelando que las relaciones que mantienen en la familia siguen siendo como siempre han sido, basadas en la desigualdad en detrimento de las mujeres. Manu (Eneko Sagardoy), el mellizo menor, que vive metido en su habitación paralizado por el trauma y preso de los videojuegos, busca salir de ese lugar donde ha sido encerrado por los demás porque, al nacer, le arrebataron las palabras que se quedó todas su hermana Inés.
Vulcano explora la necesidad constante de contarnos a nosotros mismos, buscando la visibilidad en los demás y olvidando la experiencia somática misma de lo que nos ocurre. Porque todo nos pasa por el cuerpo, el gran olvidado de nuestra sociedad. Lo comprobamos incluso en la casa, espacio único de la obra. Las casas son organismos que viven y sufren como nosotros, esconden objetos y encierran realidades ocultas. Se pone así de relieve la importancia de la corporeidad. La casa de Vulcano está herida y expuesta, con una puesta en escena velazqueña, basada en el cuadro de La fragua de Vulcano, donde los claroscuros van siendo iluminados, de forma sucesiva y parcial.
Los periodistas, Adriana (Pilar Bergés), una mujer hecha a sí misma en el difícil mundo de la profesión del reportero, y Eliseo (Iván López-Ortega), un joven becario que trabaja como cámara pero que, en realidad, quiere ser artista multidisciplinar, vacilan en el difícil equilibrio entre un periodismo comprometido y el morbo sensacionalista. De nuevo, palpita entre ellos el conflicto intergeneracional, pero también de clase: ella es una mujer que ha progresado laboralmente a base de trabajo y esfuerzo, y él es un joven, cuya cuna se lo ha hecho todo mucho más fácil.
En la recta final de la obra, se nos brinda un diálogo delirante e hilarante donde podemos identificar la locura colectiva fake en la que estamos todos inmersos. Entonces, ¿qué tienen en común todos estos personajes y en qué nos podemos identificar con ellos? Todos ellos comparten su necesidad de cambiar. Buscan, desean y quieren cambiar. Y se apuntan varias direcciones hacia las que encaminarse: el arte, si puede ir más allá de su marco y trascenderlo, puede salvarnos, a través de su belleza, de toda la mediocridad que nos rodea; el lenguaje, con sus trampas y limitaciones, puede ayudarnos a rastrear en el mal y en el daño causado; y el humor se convierte en la herramienta fundamental para sobrevivir en el mundo actual y sobrellevar nuestra heridas y traumas. Pero, ¿es posible cambiar? Adriana lo tiene claro: “Siempre se puede cambiar. Que nadie te haga creer lo contrario. Nunca es tarde”.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe