domingo, 26 de septiembre de 2021

INSOLIDARIDAD INTERGENERACIONAL

Hace semanas, escuché en las noticias que la solidaridad intergeneracional se estaba quebrando. Explico un poco mejor esto. Se dice que la solidaridad intergeneracional busca la cooperación, integración e intercambio entre personas de diferentes generaciones. Creo que incluso podríamos hablar de empatía intergeneracional, es decir, que personas mayores sean capaces de comprender los problemas de los más jóvenes y que, a su vez, estos se acerquen a todo lo que significa ir cumpliendo años, realidad a la que ellos también están sometidos aunque no la sientan aún como propia. Así la noticia explicaba que cada vez las diferentes generaciones se encuentran más alejadas en sus puntos de vista y en la manera de afrontar distintos problemas. No sienten que los problemas de los otros les tengan que afectar. Pero, ¿por qué está ocurriendo esto?

 

Me pareció encontrar más de una causa pero, al final, concluí que la generación de los adultos, o los mayores, no estamos sabiendo responder a los desafíos que el mundo y nuestros jóvenes tienen que enfrentarse. Es posible que alguno de ustedes frunza el ceño al leer esta última oración y no esté de acuerdo con ella. Pensará, por ejemplo, en lo ocurrido este verano que empezamos con una baja incidencia de contagios de Covid-19. Acabaron las clases, aumentaron las interacciones sociales y el aumento de contagios entre los jóvenes menores de treinta años (incluidos también los adolescentes) se disparó de una forma exponencial. Los viajes de ocio a Mallorca y otros lugares costeros sin ninguna medida de protección dieron la puntilla al estallido de la nueva ola. Reconozco que yo también me planteé qué habíamos estado haciendo todo el curso con las medidas de protección y las llamadas continuas a la responsabilidad en los centros educativos. ¿Qué estamos criando? ¿Por qué son tan egoístas e insolidarios? En aquel momento no hallé una respuesta, a pesar de escarbar en mi sesera. He observado el comportamiento de cientos de adolescentes a lo largo de nueve meses y tengo que afirmar que las conductas irresponsables han sido las menos. ¿Se han sentido reprimidos todo este tiempo? ¿Necesitan relacionarse y salir y lo han hecho como el corcho de una botella de cava? ¿Quizás se han relajado porque saben que sus mayores ya están vacunados? No entendía nada. Lo reconozco.

 

Pero el verano es benévolo y nos permite momentos de ocio para olvidarnos de casi todo. En una de mis salidas, en casa de un familiar, volví a comprobar que sigue sin reciclar la basura, sin separar los residuos. Se trata de una estrategia de protesta por la imposición de un impuesto municipal por el reciclaje. Esta tasa fue creada durante la última crisis financiera para subsanar la maltrecha recaudación municipal. Lo curioso es que lo gravó una corporación de un color político y se ha mantenido todos estos años a pesar del cambio que se produjo en el ayuntamiento. Sin ir más lejos, en el Ayuntamiento de Madrid se creó la tasa de recogida de basura que no existía sorprendentemente. Es decir, todos los ayuntamientos, independientemente del color político, tuvieron que crear impuestos municipales porque la recaudación cayó en picado debido al fin de la borrachera inmobiliaria de la cual las corporaciones municipales fueron grandes beneficiarias, ¿y responsables?

 

¿Y todo esto qué tiene que ver con el despiporre veraniego de nuestros jóvenes? A mí me brindó la respuesta a la primera pregunta. Muchos de nuestros jóvenes son incapaces de vivir más allá de su realidad más inmediata, sencillamente porque les estamos robando el futuro. Aunque nos parezca mentira, la pandemia pasará; pero el dinosaurio del cambio climático seguirá ahí. Ya hemos tenido bastantes muestras, en forma de catástrofes naturales este verano, de cómo se queja nuestro planeta del maltrato que le infringimos. Es cierto que son necesarios cambios profundos que no dependen de nosotros para frenar o revertir, en la medida de lo posible, los estragos que le causamos a la Tierra. ¿Pero somos capaces de los gestos sencillos que requieren el reciclaje de nuestros residuos? Es algo que debemos hacer por nosotros pero, sobre todo, por nuestros jóvenes, por nuestros hijos y nuestros nietos. Para que sientan que nos importa el planeta que les dejamos, que nos atañe su futuro aunque ya no estemos aquí.

 

Y así, seguí estrujándome el cerebro y me pareció concluir que ocurre lo mismo con otras cuestiones. ¿Por qué se va a preocupar una persona joven de la pensión de miseria que cobran sus mayores, si tiene que asumir una precariedad laboral crónica, con un salario exiguo, que no le permite emanciparse ni mucho menos acceder a una vivienda digna? Quizás, por eso, solo quizás, viven instalados en el presente más inmediato como todos aquellos que sobreviven a un conflicto bélico, porque la suya es una economía de guerra, sin expectativas de futuro.  

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Foto extraída de la red




domingo, 19 de septiembre de 2021

MARES VERTADERES

Mares vertaderes (Naomi Kawase, 2021) és una història que indaga en les maternitats contemporànies, en el que significa ser mare avui en dia i en les pressions socials i culturals que imposa aquesta condició en les dones, però també en alguns homes. La maternitat és un tema recurrent en la filmografia de Naomi Kawase –Una pastisseria de Tokio (2015) o Aigües tranquil·les (2014)–, però gosaria dir que en el cinema japonès actual. La reflexió al voltant de la filiació parental es plasma en el pes que encara té en una societat tradicional com la japonesa el vincle biològic. Ho hem vist en pel·lícules imprescindibles d’Hirokazu Koreeda –De tal pare, tal fill (2013), La nostra germana petita (2015) i l’aclamada Un assumpte de família (2018)– on qüestiona que el lligam patern-filial haja de ser sanguini per ser vertader. I és que el tema de la família interessa els cineastes nipons: si no, recordem Una família de Tokio (Yôji Yamada, 2013), magnífic remake del clàssic Contes de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953).

 

Mares vertaderes conta la història de les mares d’Asako, un nen de cinc anys adoptat. Satako (Hiromi Nagasaku), mare adoptiva, i Kiyokazu són un matrimoni acomodat que no veu culminada la seua relació amb l’arribada d’un fill. El motiu no és un altre que l’azoospèrmia que pateix ell, això és, absència d’esperma en el semen. Ell arriba a oferir-li el divorci com a solució a la seua esterilitat. Hikari (Ayu Makita), mare biològica, queda embarassada en una relació amorosa adolescent i, pel seu avençat estat de gestació i davant la impossibilitat d’interrompre l’embaràs, és obligada per la seua família a donar el nen en adopció a Baby Baton, un programa que dirigeix Hiroko, que també es revela com una altra mare per les joves embarassades (moltes d’elles procedents d’ambients socials molt complicats i degradats) que passen els darrers mesos de gestació en una illa propera a Hiroshima.

 

Mares vertaderes està basada en la novel·la homònima de Mizuki Tsujimura i comença amb la interrupció de la vida quotidiana de Satako, que rep una trucada del col·legi d’Asako. Una companya ha caigut en el pati i afirma que Satako l’ha empès. Satako vol creure el seu fill, que assegura que no l’ha tocada, però l’ombra del dubte turmenta aquesta mare adoptiva que es planteja si potser no coneix realment el seu fill. La narrativa de la història és clàssica. A continuació, comencen una sèrie de flashbacks que ens submergeixen en la història de la parella de pares adoptius i de la mare biològica i que va aprofundint en els motius i els avatars que els condueixen al seu present.

 

Mares vertaderes és un drama, de vegades dur, sempre reflexiu, sobre com les decisions dels pares recauen sobre la vida dels seus fills. Malgrat l’acurada estètica d’aquesta cineasta, no cau en el melodrama i conté les emocions en situacions vitals de difícil gestió. La història es complica quan Hikari, que va abandonar la casa dels seus pares perquè ni la van cuidar ni la van comprendre, crida per telèfon a Satako per reclamar-li quelcom.

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

 


 

domingo, 12 de septiembre de 2021

MADRES VERDADERAS

Madres verdaderas (Naomi Kawase, 2021) es una historia que indaga en las maternidades contemporáneas, en lo que significa ser madre hoy en día y en las presiones sociales y culturales que impone esta condición a las mujeres, pero también en algunos hombres. La maternidad es un tema recurrente en la filmografía de Naomi Kawase –Una pastelería de Tokyo (2015) o Aguas tranquilas (2014)–, pero me atrevería a decir que en el cine japonés actual. La reflexión en torno a la filiación parental se plasma en el peso que aún tiene en una sociedad tradicional como la japonesa el vínculo biológico. Lo hemos visto en películas imprescindibles de Hirokazu Koreeda –De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015) y la aclamada Un asunto de familia (2018)– donde cuestiona que el ligamen paterno-filial tenga que ser sanguíneo para ser verdadero. Y es que el tema de la familia interesa a los cineastas nipones: si no, recordemos Una familia de Tokyo (Yôji Yamada, 2013), magnífico remake del clásico Cuentos de Tokyo (Yasujiro Ozu, 1953).

 

Madres verdaderas cuenta la historia de las madres de Asako, un niño de cinco años adoptado. Satako (Hiromi Nagasaku), madre adoptiva, y Kiyokazu son un matrimonio acomodado que no ve culminada su relación con la llegada de un hijo. El motivo no es otro que la azoospermia que sufre él, esto es, ausencia de esperma en el semen. Él llega a ofrecerle el divorcio como solución a su esterilidad. Hikari (Ayu Makita), madre biólogica, queda embarazada en una relación amorosa adolescente y, ante su avanzado estado de gestación y la imposibilidad de interrumpir el embarazo, es obligada por su familia a dar el niño en adopción a Baby Baton, un programa que dirige Hiroko, que también se revela como otra madre para las jóvenes embarazadas (muchas de ellas procedentes de ambientes sociales muy complicados y degradados) que pasan los últimos meses de gestación en una isla cercana a Hiroshima.

 

Madres verdaderas está basada en la novela homónima de Mizuki Tsujimura y comienza con la interrupción de la vida cotidiana de Satako, que recibe una llamada de teléfono del colegio de Asako. Una compañera ha caído en el patio y afirma que Satako la ha empujado. Satako quiere creer a su hijo, que asegura que no la ha tocado, pero la sombra de la duda atormenta a esta madre adoptiva que se plantea si quizás no conoce realmente a su hijo. La narrativa de la historia es clásica. A continuación, comienzan una serie de flashbacks que nos sumergen en la historia de la pareja de padres adoptivos y de la madre biológica y que va ahondando en los motivos y los avatares que les llevan a su presente.

 

Madres verdaderas es un drama, a veces duro, siempre reflexivo, sobre cómo las decisiones de los padres recaen sobre la vida de sus hijos. A pesar de la cuidada estética de esta cineasta, no cae en el melodrama y contiene las emociones en situaciones vitales de difícil gestión. La historia se complica cuando Hikari, que abandonó la casa de sus padres que ni la cuidaron ni la entendieron, llama por teléfono a Satako para reclamarle algo.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

domingo, 5 de septiembre de 2021

CINC HORES AMB LOLA

S’aixeca el teló i una veu en off ens posa en context. La projecció de l’esquela de Mario Díez ompli de significat la sòbria escenografia que s’ensenya: ens imaginem a Mario de cos present en un estudi, envoltat del seus llibres, amb la solitària companyia de la vídua, Carmen Sotillo. Aleshores comença un llarg monòleg d’una bella i incompresa dona en la maduresa, amb el seu marit, mort durant la migdiada, mentre vetlla sola el seu cadàver de nit. A poc a poc es va desvetllant la ferida de les dues Espanyes en els cònjuges, però sempre des del punt de vista d’ella que representa l’Espanya reaccionària dels vencedors. La rèplica masculina la dona també ella. Però Menchu representa molt més que això. Lola Herrera va confessar una vegada que si Carmen visqués avui estaria de la nostra part. No li falta raó. Com més s’endinsa una al text de Delibes més afecte i comprensió sent cap a aquest personatge femení. Sí, he escrit el que volia dir: acabes entenent Carmen Sotillo que és fruit d’un temps històric, d’una ideologia i d’una educació, però també perceps la injusta desigualtat d’oportunitats imperants en l’Espanya nacional-catòlica i les frustracions emocionals i sexuals que aquest context provocava en l’aleshores anomenat sexe dèbil.

 

Miguel Delibes va reconèixer que va haver de tornar a començar l’escriptura de la novel·la quan ja duia cent fulls escrits, perquè no funcionava. Fou llavors quan va decidir matar a Mario. Perquè la dialèctica entre ambdós fos convincent, va resultar que un dels dos havia d’estar mort. Fa pensar, oi que sí? Així Delibes va escriure una de les obres més sòlides de la novel·la experimental dels anys seixanta del segle passat. Tanmateix, Cinc hores amb Mario ha arribat al gran públic mitjançant les tables. Sens dubte, l’adaptació de la novel·la homònima ja és un dels clàssics del nostre teatre contemporani.

 

Soc reticent a les adaptacions de novel·les al teatre. Pense que cada gènere té les seues pròpies convencions i registres i que s’han de respectar. No obstant això, amb aquesta obra he hagut de fer una excepció en ¿quatre o cinc? ocasions. Reconec que he perdut el compte. Fou en el canvi de segle i de mil·lenni, al Teatro Real Cinema (edifici emblemàtic de Madrid que ha estat demolit malgrat datar del 1920), quan vaig poder passar amb Lola els meus primers noranta minuts. Encara que el muntatge protagonitzat per Natalia Millán al 2010 (any del traspàs de Delibes) era un molt digne successor de l’original, és impossible imaginar a Carmen Sotillo amb una altra veu i un altre rostre que no siguen els de Lola Herrera. No sé què opinarà ella, però per aquesta malalta del teatre aquest és el paper de la seua vida. No vaig poder veure el primer muntatge per impossibilitat òbvia de l’edat. Cinc hores amb Mario es va estrenar per primera vegada el 26 de novembre de 1979 al teatre Marquina de Madrid. Sembla que les dificultats per a la seua estrena foren múltiples i que era una obra, feta per debutants, que tenia difícil fugir del fracàs. Així i tot, es va mantenir en escena durant dos lustres. Tenia aleshores Lola Herrera la mateixa edat el que el seu alter ego, Menchu. Fa poc, en una entrevista, vaig escoltar a Lola Herrera afirmar que ella no havia triat la seua carrera, que el seu havia estat un recorregut professional d’una actriu que havia interpretat els papers que altres intèrprets de primer ordre havien rebutjat. Ho afirmava amb alegria i dignitat, agraïda perquè mai no li hagués mancat la feina. ¡Inigualable i inestimable sortera?

 

A l’obra, a partir d’un localisme concret, se’ns parla de la soledat, de la culpa i de la incomunicació, també del sentit de la vida. Aquesta és la vàlua del text i del muntatge: no és sols un significatiu document d’època, sinó que el transcendeix i arriba al públic actual. Amb els lustres, la cabellera rossa de Lola ha anat encanudint fins que ha calgut una perruca castanya. No passa res, perquè aquesta corona el seu cap lúcid que recita el text amb la frescor de fa dècades i el seu cos ja octogenari que segueix movent-se amb destresa per l’escenari. El mateix Delibes ho va afirmar i no cal llevar-li la raó: “A Lola Herrera la faria eterna perquè sempre representés aquesta obra”.

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

 


 

domingo, 29 de agosto de 2021

CINCO HORAS CON LOLA

Se levanta el telón y una voz en off nos pone en contexto. La proyección de la esquela de Mario Díez llena de significado la sobria escenografía que se muestra: nos imaginamos a Mario yacente en un estudio, rodeado de sus libros, con la solitaria compañía de su viuda, Carmen Sotillo. Entonces empieza un largo monólogo de una hermosa e incomprendida mujer en la madurez, con su marido, fallecido durante la siesta, mientras vela sola su cadáver de noche.  Poco a poco se va desvelando la herida de las dos Españas en los cónyuges, pero siempre desde el punto de vista de ella que representa la España reaccionaria de los vencedores. La réplica masculina la da también ella. Pero Menchu representa mucho más que eso. Lola Herrera confesó una vez que si Carmen viviera hoy estaría de parte de nosotras. No le falta razón. Cuanto más se adentra una en el texto de Delibes más afecto y comprensión siente hacia este personaje femenino. Sí, he escrito lo que quería decir: acabas por entender a Carmen Sotillo que es fruto de un tiempo histórico, de una ideología y de una educación, pero también percibes la injusta desigualdad de oportunidades imperantes en la España nacional-católica y las frustraciones emocionales y sexuales que este contexto provocaba en el entonces mal llamado sexo débil.  

 

Miguel Delibes reconoció que tuvo que volver a iniciar la escritura de la novela cuando ya llevaba cien hojas escritas, porque no funcionaba. Fue entonces cuando decidió matar a Mario. Para que la dialéctica entre ambos fuera convincente, resultó que uno de los dos tenía que estar muerto. Da qué pensar, ¿verdad? Así Delibes escribió una de las obras más sólidas de la novela experimental de los años sesenta del siglo pasado. Sin embargo, Cinco horas con Mario ha llegado al gran público a través de las tablas. Sin duda, la adaptación de la novela homónima ya es uno de los clásicos de nuestro teatro contemporáneo.

 

Soy reacia a las adaptaciones de novelas al teatro. Pienso que cada género tiene sus propias convenciones y registros y que hay que respetarlos. Sin embargo, con esta obra he tenido que hacer una excepción en ¿cuatro o cinco? ocasiones. Reconozco que he perdido la cuenta. Fue en el cambio de siglo y de milenio, en el Teatro Real Cinema (edificio emblemático de Madrid que ha sido demolido a pesar de datar de 1920), cuando pude pasar con Lola mis primeros noventa minutos. Aunque el montaje protagonizado por Natalia Millán en torno a 2010 (año del fallecimiento de Delibes) era un muy digno sucesor del original, es imposible imaginar a Carmen Sotillo con otra voz y otro rostro que no sean los de Lola Herrera. No sé qué opinará ella, pero para esta enferma del teatro este es el papel de su vida. No pude ver el primer montaje por imposibilidad obvia de la edad. Cinco horas con Mario se estrenó por primera vez el 26 de noviembre de 1979 en el teatro Marquina de Madrid. Parece ser que las dificultades para su estreno fueron múltiples y que era una obra, hecha por debutantes, que tenía difícil escapar del fracaso. No obstante, se mantuvo en escena durante dos lustros. Tenía entonces Lola Herrera la misma edad que su alter ego, Menchu. Hace poco, en una entrevista, escuché a Lola Herrera afirmar que ella no había elegido su carrera, que el suyo había sido el recorrido profesional de una actriz que había interpretado los papeles que otras intérpretes de primer orden habían rechazado. Lo afirmaba con alegría y dignidad, agradecida de que nunca le haya faltado el trabajo. ¡Inigualable e inestimable segundona?

 

En la obra, a partir de un localismo concreto, se nos habla de la soledad, de la culpa y de la incomunicación, también del sentido de la vida. Ese es el valor del texto y del montaje: no es solo un significativo documento de época, sino que lo trasciende y llega al público actual. Con los lustros, la cabellera rubia de Lola ha ido encaneciendo hasta que se ha hecho necesaria una peluca castaña. No pasa nada, porque esta corona su cabeza lúcida que recita el texto con la frescura de hace décadas y su cuerpo ya octogenario que sigue moviéndose con destreza por el escenario. El propio Delibes lo afirmó y no hay que quitarle la razón: “A Lola Herrera la haría eterna para que siempre representara esta obra”.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe



domingo, 22 de agosto de 2021

SALUT O LLIBERTAT

Com si d’un nou eslògan polític es tractés, sembla imposar-se aquesta falsa disjuntiva de la mateixa forma que ho va fer la de salut o economia. La qüestió sintàctica no és intranscendent, ja que substituir la conjunció copulativa per una disjuntiva fa sorgir en nosaltres un sentiment de frustració i privació erroni o desenfoca.

 

Aquesta setmana, el Consell Constitucional francès (l’equivalent al Tribunal Constitucional) ha avalat l’ús de l’anomenat passaport Covid per accedir a locals d’oci (bars, restaurants, museus, teatres, cinemes o gimnasos). També serà necessari per accedir a centres comercials i a trens de mig i llarg recorregut. Aquest podrà ser substituït per una prova negativa o l’acreditació d’haver superat la malaltia. Mentre, a l’Estat espanyol, algunes comunitats autònomes, governades per partits de diferent color polític, comencen a aplicar aquestes restriccions en mig de la polèmica i la disparitat d’opinions dels sectors econòmics afectats. Els jutges francesos també consideren constitucional la vacunació obligatòria de les persones que desenvolupen algunes professions com sanitaris, bombers o cambrers per la seua exposició al públic. L’argument principal dels jutges és que respecta l’”equilibri” entre les llibertats individuals i la protecció de la salut pública. Com era d’esperar, els capdavanters de la llibertat han posat el crit al cel ja que el consideren un atropellament dels drets de les persones. Es pot ser sanitari o docent i no voler vacunar-se? Sembla ser que sí. Es pot ser un ciutadà responsable i no voler vacunar-se? La simple formulació d’aquesta pregunta, que deixe sense resposta, ofendrà a alguns segurament. Aquest hauria d’ésser una qüestió ètica, no jurídica. 

 

Des que va començar la pandèmia, es va despertar el debat sobre la limitació o suspensió dels drets individuals, controvèrsia que va arribar fins el Tribunal Constitucional espanyol, a instàncies de Vox, amb la declaració d’il·legal del confinament domiciliari que va tenir lloc durant el primer estat d’alarma. Ha estat aquesta una victòria de la dreta espanyola sobre el Govern espanyol que dona la raó a tots aquells que fan prevaler la llibertat personal sobre tota la resta. En aquest punt, cabria la reflexió sobre què eines jurídiques restarien a les administracions públiques en el cas que una situació de l’envergadura, provocada pel virus Covid-19, es tornés a produir.

 

Se sol afirmar que la valoració de situacions depèn molt del punt de vista des del qual s’analitze. És per això que he parlat de desenfocament –cert que qui no estiga d’acord amb la meua tesi opinarà que l’equivocada soc jo–, però aquesta és la meua visió de l’assumpte. Pense que aquestes qüestions no haurien d’haver arribar als tribunals ni haurien d’haver estat resoltes pels jutges. Una vegada més, ha fallat el consens i la capacitat d’arribar a acords dels nostres polítics. No obstant això, no llencem pilotes fora: ells no són més que un reflex de la societat que formem entre tots. En la meua opinió, es tracta d’una qüestió de responsabilitat individual que afecta a la col·lectivitat, no és més que comprometre (que ve de compromís) la llibertat personal pel bé comú, és a dir, per posar-la al servei de la societat. Possiblement, això sonarà il·lusori als temps poscapitalistes que ens ha tocat viure, on l’individual està per damunt d’allò social, on volem que el desig particular esdevinga dret i llei. Tanmateix, s’imposa la realitat a aquesta fantasia narcisista. Optar pel col·lectiu és simple pragmatisme, supervivència pura i dura que podria ser qualificada d’egoista. Com millor ens vaja com a col·lectiu, més progrés personal assolirem. 

 

El diccionari de la RAE defineix el negacionisme (terme no recollit pel DIEC) com “la actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”. No és un fenomen nou. El mateix lexicó normatiu menciona l’holocaust però no fa falta anar-se’n tan enrere; només cal observar a aquells que s’han passat les últimes dècades negant el canvi climàtic (un dinosaure que seguirà al mateix lloc quan deixondem del malson de la pandèmia). Permeteu-me que pose el focus en la definició –negació de la realitat– i en el perquè això li passa a determinats individus: per por i per egoisme. Hi ha una part de la societat que no està disposada a acceptar que la nostra manera de viure desenfrenada ha arribat a la seua fi, senzillament perquè el planeta està esgotat i comença a cridar ‘prou’. Un cop més, volem que el món i la realitat responguen a les nostres apetències immediates i subjectives. No sadollar-la suposa una font de frustració i privació, un atropellament a la nostra llibertat. En segon lloc, s’hi troba la por que un sector, per sort minoritari, de persones estan expressant cap a les vacunes quan es neguen a que els siguen subministrades. Reconèixer aquest temor, expressar-lo i posar-lo en context pot ser el principi per encarar-lo. Tots hem sentit por al llarg d’aquesta pandèmia en algun o altre moment, perquè aquesta situació ha posat de relleu la nostra vulnerabilitat. Ser capaços de compartir-la ens farà conscients que tots ens trobem al mateix vaixell. La nostra sort serà comuna, perquè ens trobem enfront d’un desafiament planetari que compromet la humanitat sencera.

 

En definitiva, no es tracta de salut o llibertat. No podem ser completament lliures si no gaudim d’una bona salut física i mental. De la mateixa manera, hem de parlar de salut i economia, perquè sense la primera no és possible la segona. Per raonar aquesta darrera afirmació utilitzaré un exemple senzill, inclús pueril. Davant la notícia d’un problema de salut greu, moltes vegades mortal, d’un personatge de rellevància pública, ¿no hem afirmat que aquesta persona i els seus familiars hagueren donat tot el que posseeixen, que no és poc, per aconseguir/comprar la salut i, en conseqüència, la vida? Sabem que això no és possible, no obstant, ens obstinem a viure donant-li l’esquena a aquesta realitat, negant-la. 

 

Begoña Chorques Fuster 

Professora que escriu

 


 

domingo, 8 de agosto de 2021

SALUD O LIBERTAD

Como si de un nuevo eslogan político se tratara, parece imponerse esta falsa disyuntiva de la misma forma que lo hizo la de salud o economía. La cuestión sintáctica no es baladí, ya que sustituir la conjunción copulativa por una disyuntiva hace brotar en nosotros un sentimiento de frustración y privación erróneo o desenfocado.

 

Esta semana, el Consejo Constitucional francés (el equivalente al Tribunal Constitucional) ha avalado el uso del llamado pasaporte Covid para acceder a locales de ocio (bares, restaurantes, museos, teatros, cines o gimnasios). También será necesario para acceder a centros comerciales y a trenes de medio y largo recorrido. Este podrá ser sustituido por una prueba negativa o la acreditación de haber superado la enfermedad. Mientras, en España, algunas comunidades autónomas, gobernadas por partidos de distinto color político, empiezan a aplicar estas restricciones en medio de la polémica y la disparidad de opiniones de los sectores económicos afectados. Los jueces franceses también consideran constitucional la vacunación obligatoria de las personas que desempeñan determinadas profesiones como sanitarios, bomberos o camareros por su exposición al público. El argumento principal de los jueces es que respeta el “equilibrio” entre las libertades individuales y la protección de la salud pública. Como era de esperar, los adalides de la libertad han puesto el grito en el cielo pues lo consideran un atropello a los derechos de las personas. ¿Se puede ser sanitario o docente y no querer vacunarse? Parece ser que sí. ¿Se puede ser un ciudadano responsable y no querer vacunarse? La mera formulación de esta pregunta, que dejo sin responder, ofenderá a algunos seguramente. Esta tendría que ser un cuestión ética, no jurídica.

 

Desde que empezó la pandemia, se despertó el debate sobre la limitación o suspensión de los derechos individuales, controversia que llegó hasta el Tribunal Constitucional español, a instancias de Vox, con la declaración de ilegal del confinamiento domiciliario que tuvo lugar durante el primer estado de alarma. Ha sido esta una victoria de la derecha española sobre el Gobierno español que carga de razón a todos aquellos que priman la libertad personal sobre todo lo demás. En este punto, cabría la reflexión sobre qué herramientas jurídicas restarían a las administraciones públicas en el caso de que una situación de la envergadura, provocada por el virus Covid-19, se volviera a producir.

 

Se suele afirmar que la valoración de las situaciones depende mucho del punto de vista desde el que se analice. Es por esto que he hablado de desenfoque –cierto que quienes no estén de acuerdo con mi tesis opinarán que la equivocada soy yo–, pero esta es mi visión del asunto. Pienso que estas cuestiones no debieran haber llegado a los tribunales ni debieran haber sido resueltas por los jueces. Una vez más, ha fallado el consenso y la capacidad de llegar a acuerdos de nuestros políticos. No obstante, no echemos balones fuera: ellos no son más que un reflejo de la sociedad que formamos entre todos. En mi opinión, se trata de una cuestión de responsabilidad individual que afecta a lo colectivo, no es más que comprometer (que viene de compromiso) la libertad personal en pos del bien común, es decir, para ponerla al servicio de la sociedad. Posiblemente, esto sonará ilusorio en los tiempos poscapitalistas que nos ha tocado vivir, donde lo individual está por encima de lo social, donde queremos convertir el deseo particular en derecho y ley. No obstante, se impone la realidad a esta fantasía narcisista. Optar por lo colectivo es simple pragmatismo, supervivencia pura y dura que podría ser calificada de egoísta. Cuanto mejor nos vaya como colectivo, más progreso personal alcanzaremos.

 

El diccionario de la RAE define el negacionismo como “la actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”. No es un fenómeno nuevo. El mismo lexicón normativo menciona el holocausto pero no hace falta irse tan atrás; basta con observar a aquellos que se han pasado las últimas décadas negando el cambio climático (un dinosaurio que seguirá ahí cuando despertemos de la pesadilla de la pandemia).  Permitidme que ponga el foco en la definición –negación de la realidad– y en el porqué esto se produce en determinados individuos: por miedo y por egoísmo. Hay una parte de la sociedad que no está dispuesta a aceptar que nuestro modo de vida desenfrenado ha llegado a su fin, sencillamente porque el planeta está agotado y empieza a gritar ‘basta’. Una vez más, queremos que el mundo y la realidad respondan a nuestras apetencias inmediatas y subjetivas. No saciarla supone una fuente de frustración y privación, un atropello a nuestra libertad. En segundo lugar, se encuentra el miedo que un sector, por suerte minoritario, de personas están expresando hacia las vacunas al negarse a que le sean suministradas. Reconocer ese temor, expresarlo y ponerlo en contexto puede ser el principio para afrontarlo. Todos hemos sentido miedo a lo largo de esta pandemia en algún u otro momento, porque esta situación ha puesto de relieve nuestra vulnerabilidad. Ser capaces de compartirlo nos hará conscientes de que todos nos encontramos en el mismo barco. Nuestra suerte será común, porque nos encontramos ante un desafío planetario que compromete a la humanidad entera.

 

En definitiva, no se trata de salud o libertad. No podemos ser enteramente libres si no gozamos de una buena salud física y mental. De la misma forma, hemos de hablar de salud y economía, porque sin la primera no es posible la segunda. Para razonar esta última afirmación utilizaré un ejemplo sencillo, incluso pueril. Ante la noticia de un problema de salud grave, muchas veces mortal, de un personaje de relevancia pública, ¿no hemos afirmado que esta persona y sus familiares hubieran dado todo lo que poseen, que no es poco, por conseguir/comprar la salud y, en consecuencia, la vida? Sabemos que esto no es posible, sin embargo, nos empeñamos en vivir dándole la espalda a esta realidad, negándola.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe