domingo, 22 de febrero de 2026

CONSTELACIONES

¿Cómo habría sido su vida si en aquel momento determinante que recuerdan hubieran tomado otro camino? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubieran conocido a alguna de las personas más importantes de su vida o sencillamente no hubieran ‘conectado’? ¿Qué tipo de persona serían hoy de no haber decidido cambiar el rumbo en aquella circunstancia que, con la perspectiva del tiempo, acabó siendo fundamental? ¿Cómo pensarían? ¿Qué visión del mundo y de la vida tendrían?

 

Estas son solo algunas de las preguntas que me he hecho viendo Constelaciones de Nick Payne, versionada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, en el Teatro Valle-Inclán. Se trata de una obra contemporánea, estrenada en 2012 en el Royal Court Theatre de Londres, que ya se pudo ver en Madrid en 2015 en un montaje dirigido por Fernando Soto en el Teatro Lara.

 

El planteamiento narrativo del texto es disruptivo. Tenemos dos únicos protagonistas ante los cuales se abre un abanico casi infinito de posibilidades. Él es apicultor urbano, con todo el significado simbólico que las abejas adquirirán según avance la obra; y ella es física cuántica y se dedica a la investigación del multiverso y los universos paralelos. A partir de esto último, y de su aplicación a la cotidianeidad más básica, la obra explora posibilidades, casi infinitas, de evolución en una relación de pareja e incluso en la génesis misma de esta.

 

El juego vital está servido y Peris-Mencheta lo sabe bien. Por eso, nos plantea un artefacto escénico cuyo origen radica en el propio azar y en la naturaleza espectacular del teatro como reflejo de la vida y nos sube a un escenario circular que se mueve, como la vida misma, y nos muestra la fragilidad de nuestras decisiones y el papel que la casualidad juega en nuestra configuración como seres humanos. Al fondo tenemos ‘otro’ escenario para una banda musical desde donde un maestro de ceremonias, Litus Ruiz, nos anuncia el principio de la representación (no la de nuestra vida, que debe quedar aparcada durante noventa minutos… ¿o no?). Nos convertimos en “el observador”, un concepto de la física cuántica que se funde con el teatro: las cosas no terminan de ocurrir hasta que alguien las mira. Pero no debemos dejarnos engañar porque la mirada nunca es neutra, altera la realidad. Constelaciones plantea un multiperspectivismo cervantino que Peris-Mencheta acentúa en una disposición del escenario a tres bandas. Porque la objetividad no existe. Lo honesto es reconocerlo.  

 

Litus Ruiz nos presenta a los actores como si de un combate dramático se tratara: Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano. Pero ese día no actuarán todos, solo dos lo harán. El resto formarán parte de la orquesta que ejecutará el acompañamiento musical. La suerte decidirá qué dos intérpretes serán la pareja protagonista y en qué circunstancia se conocerán: ¿en una boda?, ¿en una fiesta de fin de año?, ¿en una barbacoa…? Es decir, cada día se representa una función diferente porque cambian los intérpretes (hay quince posibilidades distintas posibles) y cambian los ojos que los miran y las mentes que los piensan y analizan. Y, como todas las parejas con una trayectoria vital larga, el apicultor y la física se tendrán que enfrentar a diferentes situaciones que nos serán presentadas desde diversos puntos de vista: la infidelidad, la enfermedad, la convivencia, la muerte. Una tarde de invierno de un fin de semana de febrero la fortuna quiso que Jordi Coll y María Pascual interpretaran Constelaciones para mis ojos miopes y mi mente del siglo pasado. Y de aquella experiencia teatral nació este artículo periodístico, otro nuevo cachivache literario. No hay un único final sino un mosaico, para la obra de Payne y para esta columna. Para sus vidas, ustedes sabrán…

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

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