domingo, 3 de diciembre de 2023

EL LECTOR POR HORAS

El lector por horas (1999), una de las obras más importantes de su autor, José Sanchis Sinisterra (València, 1940) vuelve a subir a las tablas en el Teatro de la Abadía de la mano del también valenciano Carles Alfaro. Es un montaje con una escenografía sencilla, apenas dos butacas con un sofá y una mesa en medio, junto a un piano, pero con un especial cuidado en el uso de las luces que actúan como un actor más. Un detalle puede pasar desapercibido: el borde del escenario, que mira al patio de butacas, se encuentra delimitado por una frontera hecha de espejos rotos. Acaso evocan el Mirall trencat rodorediano y los fragmentos de unos personajes profundos y en conflicto cuyos pedazos hay que reconstruir o, al menos, intentarlo. 

 

Ismael (Pere Ponce) es contratado por Celso (Pep Cruz), un acaudalado hombre de negocios y ávido lector, para leer novelas en voz alta a su hija Lorena (Mar Ulldemolins) que se quedó ciega siete años atrás. No obstante, le advierte de que desea que lea sin ninguna intención, que haga una lectura transparente. Sin embargo, con el transcurso de las escenas, el espectador comprobará que “la lectura neutra no existe”, tal y como afirma el propio autor. Así es como Sanchis Sinisterra se adentra en la estética de la recepción, formulada por Jauss e Iser en los años 60 del siglo pasado, y la hace suya en su dramaturgia. A su vez, esta teoría enlaza con la del “lector modelo” del semiólogo Umberto Eco.

 

Es imposible leer “sin intención” como pretende Celso. Cuando leemos pasamos a formar parte de la obra, porque cada lector hace una lectura distinta de la obra. “Los libros son una forma de experiencia. Leyendo se vive, ¿no? Y ya sabemos que la vida no es un baño de espuma”.  De la misma manera, leer la misma obra en momentos diferentes de la vida cambia la lectura. Por eso, el papel del lector es crucial. Una obra no existe hasta que es leída por alguien. Y así la lectura va entrelazada a la escritura que no puede existir sin la primera. Todo escritor es, en primer lugar, lector. Además, la lectura nos permite romper la barrera del tiempo y del espacio, porque leemos fuera del tiempo y nos permite escuchar a los muertos. Leer es colocarse en el lugar del otro, es empatizar. Quizás por eso, Lorena busca sentido en las modulaciones de la voz de Ismael, en la entonación de su voz. Pretende descubrir quién es el lector a partir de los textos escogidos (muchos relacionados con la muerte) y de la forma en que son leídos. Lorena pretende reconstruir el espejo roto de Ismael. “Lo malo de la muerte es que no es el final de nada. Por eso da miedo”.

 

Esta actitud de indagación también interpela a los otros dos personajes. Porque esta obra, profundamente pinteriana, está llena de enigmas. Cada personaje arrastra sus propias sombras, fracasos que abren huecos por los que nos podemos colar. El texto huye de lo obvio y explícito, pecados actuales del teatro contemporáneo para nuestro dramaturgo. No quiere ser complaciente con nosotros. Por eso, la obra requiere un espectador/lector activo, con una actitud despierta y atenta que, como Lorena, intente juntar los trozos del espejo. La relación que se establece entre ellos es otra de las incógnitas en las que escudriña Sanchis Sinisterra y donde el poder y la humillación juegan su papel. “En cuanto ponemos demasiado pensamiento, la transparencia se pierde. Y llega lo traslúcido”. Porque la realidad y nuestro mundo son traslúcidos.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario