Como si de un nuevo eslogan político se tratara, parece imponerse esta falsa disyuntiva de la misma forma que lo hizo la de salud o economía. La cuestión sintáctica no es baladí, ya que sustituir la conjunción copulativa por una disyuntiva hace brotar en nosotros un sentimiento de frustración y privación erróneo o desenfocado.
Esta semana, el Consejo Constitucional francés
(el equivalente al Tribunal Constitucional) ha avalado el uso del llamado
pasaporte Covid para acceder a locales de ocio (bares, restaurantes, museos,
teatros, cines o gimnasios). También será necesario para acceder a centros
comerciales y a trenes de medio y largo recorrido. Este podrá ser sustituido
por una prueba negativa o la acreditación de haber superado la enfermedad. Mientras,
en España, algunas comunidades autónomas, gobernadas por partidos de distinto
color político, empiezan a aplicar estas restricciones en medio de la polémica
y la disparidad de opiniones de los sectores económicos afectados. Los jueces
franceses también consideran constitucional la vacunación obligatoria de las
personas que desempeñan determinadas profesiones como sanitarios, bomberos o
camareros por su exposición al público. El argumento principal de los jueces es
que respeta el “equilibrio” entre las libertades individuales y la protección
de la salud pública. Como era de esperar, los adalides de la libertad han
puesto el grito en el cielo pues lo consideran un atropello a los derechos de las
personas. ¿Se puede ser sanitario o docente y no querer vacunarse? Parece ser
que sí. ¿Se puede ser un ciudadano responsable y no querer vacunarse? La mera
formulación de esta pregunta, que dejo sin responder, ofenderá a algunos
seguramente. Esta tendría que ser un cuestión ética, no jurídica.
Desde que empezó la pandemia, se despertó el debate sobre la limitación o suspensión de los derechos individuales, controversia que llegó hasta el Tribunal Constitucional español, a instancias de Vox, con la declaración de ilegal del confinamiento domiciliario que tuvo lugar durante el primer estado de alarma. Ha sido esta una victoria de la derecha española sobre el Gobierno español que carga de razón a todos aquellos que priman la libertad personal sobre todo lo demás. En este punto, cabría la reflexión sobre qué herramientas jurídicas restarían a las administraciones públicas en el caso de que una situación de la envergadura, provocada por el virus Covid-19, se volviera a producir.
Se suele afirmar que la valoración de las situaciones depende mucho del punto de vista desde el que se analice. Es por esto que he hablado de desenfoque –cierto que quienes no estén de acuerdo con mi tesis opinarán que la equivocada soy yo–, pero esta es mi visión del asunto. Pienso que estas cuestiones no debieran haber llegado a los tribunales ni debieran haber sido resueltas por los jueces. Una vez más, ha fallado el consenso y la capacidad de llegar a acuerdos de nuestros políticos. No obstante, no echemos balones fuera: ellos no son más que un reflejo de la sociedad que formamos entre todos. En mi opinión, se trata de una cuestión de responsabilidad individual que afecta a lo colectivo, no es más que comprometer (que viene de compromiso) la libertad personal en pos del bien común, es decir, para ponerla al servicio de la sociedad. Posiblemente, esto sonará ilusorio en los tiempos poscapitalistas que nos ha tocado vivir, donde lo individual está por encima de lo social, donde queremos convertir el deseo particular en derecho y ley. No obstante, se impone la realidad a esta fantasía narcisista. Optar por lo colectivo es simple pragmatismo, supervivencia pura y dura que podría ser calificada de egoísta. Cuanto mejor nos vaya como colectivo, más progreso personal alcanzaremos.
El diccionario de la RAE define el negacionismo como “la actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”. No es un fenómeno nuevo. El mismo lexicón normativo menciona el holocausto pero no hace falta irse tan atrás; basta con observar a aquellos que se han pasado las últimas décadas negando el cambio climático (un dinosaurio que seguirá ahí cuando despertemos de la pesadilla de la pandemia). Permitidme que ponga el foco en la definición –negación de la realidad– y en el porqué esto se produce en determinados individuos: por miedo y por egoísmo. Hay una parte de la sociedad que no está dispuesta a aceptar que nuestro modo de vida desenfrenado ha llegado a su fin, sencillamente porque el planeta está agotado y empieza a gritar ‘basta’. Una vez más, queremos que el mundo y la realidad respondan a nuestras apetencias inmediatas y subjetivas. No saciarla supone una fuente de frustración y privación, un atropello a nuestra libertad. En segundo lugar, se encuentra el miedo que un sector, por suerte minoritario, de personas están expresando hacia las vacunas al negarse a que le sean suministradas. Reconocer ese temor, expresarlo y ponerlo en contexto puede ser el principio para afrontarlo. Todos hemos sentido miedo a lo largo de esta pandemia en algún u otro momento, porque esta situación ha puesto de relieve nuestra vulnerabilidad. Ser capaces de compartirlo nos hará conscientes de que todos nos encontramos en el mismo barco. Nuestra suerte será común, porque nos encontramos ante un desafío planetario que compromete a la humanidad entera.
En definitiva, no se trata de salud o libertad. No podemos ser enteramente libres si no gozamos de una buena salud física y mental. De la misma forma, hemos de hablar de salud y economía, porque sin la primera no es posible la segunda. Para razonar esta última afirmación utilizaré un ejemplo sencillo, incluso pueril. Ante la noticia de un problema de salud grave, muchas veces mortal, de un personaje de relevancia pública, ¿no hemos afirmado que esta persona y sus familiares hubieran dado todo lo que poseen, que no es poco, por conseguir/comprar la salud y, en consecuencia, la vida? Sabemos que esto no es posible, sin embargo, nos empeñamos en vivir dándole la espalda a esta realidad, negándola.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe






