domingo, 8 de agosto de 2021

SALUD O LIBERTAD

Como si de un nuevo eslogan político se tratara, parece imponerse esta falsa disyuntiva de la misma forma que lo hizo la de salud o economía. La cuestión sintáctica no es baladí, ya que sustituir la conjunción copulativa por una disyuntiva hace brotar en nosotros un sentimiento de frustración y privación erróneo o desenfocado.

 

Esta semana, el Consejo Constitucional francés (el equivalente al Tribunal Constitucional) ha avalado el uso del llamado pasaporte Covid para acceder a locales de ocio (bares, restaurantes, museos, teatros, cines o gimnasios). También será necesario para acceder a centros comerciales y a trenes de medio y largo recorrido. Este podrá ser sustituido por una prueba negativa o la acreditación de haber superado la enfermedad. Mientras, en España, algunas comunidades autónomas, gobernadas por partidos de distinto color político, empiezan a aplicar estas restricciones en medio de la polémica y la disparidad de opiniones de los sectores económicos afectados. Los jueces franceses también consideran constitucional la vacunación obligatoria de las personas que desempeñan determinadas profesiones como sanitarios, bomberos o camareros por su exposición al público. El argumento principal de los jueces es que respeta el “equilibrio” entre las libertades individuales y la protección de la salud pública. Como era de esperar, los adalides de la libertad han puesto el grito en el cielo pues lo consideran un atropello a los derechos de las personas. ¿Se puede ser sanitario o docente y no querer vacunarse? Parece ser que sí. ¿Se puede ser un ciudadano responsable y no querer vacunarse? La mera formulación de esta pregunta, que dejo sin responder, ofenderá a algunos seguramente. Esta tendría que ser un cuestión ética, no jurídica.

 

Desde que empezó la pandemia, se despertó el debate sobre la limitación o suspensión de los derechos individuales, controversia que llegó hasta el Tribunal Constitucional español, a instancias de Vox, con la declaración de ilegal del confinamiento domiciliario que tuvo lugar durante el primer estado de alarma. Ha sido esta una victoria de la derecha española sobre el Gobierno español que carga de razón a todos aquellos que priman la libertad personal sobre todo lo demás. En este punto, cabría la reflexión sobre qué herramientas jurídicas restarían a las administraciones públicas en el caso de que una situación de la envergadura, provocada por el virus Covid-19, se volviera a producir.

 

Se suele afirmar que la valoración de las situaciones depende mucho del punto de vista desde el que se analice. Es por esto que he hablado de desenfoque –cierto que quienes no estén de acuerdo con mi tesis opinarán que la equivocada soy yo–, pero esta es mi visión del asunto. Pienso que estas cuestiones no debieran haber llegado a los tribunales ni debieran haber sido resueltas por los jueces. Una vez más, ha fallado el consenso y la capacidad de llegar a acuerdos de nuestros políticos. No obstante, no echemos balones fuera: ellos no son más que un reflejo de la sociedad que formamos entre todos. En mi opinión, se trata de una cuestión de responsabilidad individual que afecta a lo colectivo, no es más que comprometer (que viene de compromiso) la libertad personal en pos del bien común, es decir, para ponerla al servicio de la sociedad. Posiblemente, esto sonará ilusorio en los tiempos poscapitalistas que nos ha tocado vivir, donde lo individual está por encima de lo social, donde queremos convertir el deseo particular en derecho y ley. No obstante, se impone la realidad a esta fantasía narcisista. Optar por lo colectivo es simple pragmatismo, supervivencia pura y dura que podría ser calificada de egoísta. Cuanto mejor nos vaya como colectivo, más progreso personal alcanzaremos.

 

El diccionario de la RAE define el negacionismo como “la actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”. No es un fenómeno nuevo. El mismo lexicón normativo menciona el holocausto pero no hace falta irse tan atrás; basta con observar a aquellos que se han pasado las últimas décadas negando el cambio climático (un dinosaurio que seguirá ahí cuando despertemos de la pesadilla de la pandemia).  Permitidme que ponga el foco en la definición –negación de la realidad– y en el porqué esto se produce en determinados individuos: por miedo y por egoísmo. Hay una parte de la sociedad que no está dispuesta a aceptar que nuestro modo de vida desenfrenado ha llegado a su fin, sencillamente porque el planeta está agotado y empieza a gritar ‘basta’. Una vez más, queremos que el mundo y la realidad respondan a nuestras apetencias inmediatas y subjetivas. No saciarla supone una fuente de frustración y privación, un atropello a nuestra libertad. En segundo lugar, se encuentra el miedo que un sector, por suerte minoritario, de personas están expresando hacia las vacunas al negarse a que le sean suministradas. Reconocer ese temor, expresarlo y ponerlo en contexto puede ser el principio para afrontarlo. Todos hemos sentido miedo a lo largo de esta pandemia en algún u otro momento, porque esta situación ha puesto de relieve nuestra vulnerabilidad. Ser capaces de compartirlo nos hará conscientes de que todos nos encontramos en el mismo barco. Nuestra suerte será común, porque nos encontramos ante un desafío planetario que compromete a la humanidad entera.

 

En definitiva, no se trata de salud o libertad. No podemos ser enteramente libres si no gozamos de una buena salud física y mental. De la misma forma, hemos de hablar de salud y economía, porque sin la primera no es posible la segunda. Para razonar esta última afirmación utilizaré un ejemplo sencillo, incluso pueril. Ante la noticia de un problema de salud grave, muchas veces mortal, de un personaje de relevancia pública, ¿no hemos afirmado que esta persona y sus familiares hubieran dado todo lo que poseen, que no es poco, por conseguir/comprar la salud y, en consecuencia, la vida? Sabemos que esto no es posible, sin embargo, nos empeñamos en vivir dándole la espalda a esta realidad, negándola.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


domingo, 1 de agosto de 2021

TELEVIDA

Portem ja gairebé any i mig immersos en una pandèmia que tot just sospitàvem quan ens vam menjar el raïm la Nit de Cap d’Any de 2020. En tot aquest temps, especialment al primer confinament, les noves tecnologies foren les nostres aliades. Ens van permetre estar més o menys a prop de tots aquells que ens importen, vam poder treballar molts de nosaltres i fou possible abastir els nostres rebosts de queviures si per qualsevol circumstància no podíem anar a comprar. Ja coneixíem la nostra dependència de les xarxes socials i d’Internet; des d’abans de tot açò, ja s’escoltaven veus d’alerta sobre el temps que els joves, i no tan joves, passem davant de les pantalles. ¿Som conscients de la quantitat del nostre temps que consumeixen tots els dispositius que ens acompanyen en la nostra vida diària?

 

L’ésser humà és probablement l’animal més adaptatiu que hi ha sobre la Terra i aquesta vegada hem tornat a fer el possible per aclimatar-nos a aquesta manera de viure i relacionar-nos. Ho fem, de forma instintiva, per pura supervivència. Per això, mentre estem desitjant tornar a la nostra antiga normalitat (l’augment de les trobades socials a l’inici de l’estiu ha estat més que evident), tots percebem que aquesta pandèmia està canviant la nostra manera d’interaccionar amb els altres. Em ve al cap la pel·lícula Her (Spike Jonze, 2013) que, ambientada en un futur proper, conta la història de Theodore (Joaquin Phoenix), un home solitari que té com a ofici escriure cartes personals per terceres persones (familiars o ésser estimats). Emocionalment, Theodore acaba d’eixir d’una llarga relació. Un dia compra un nou sistema operatiu, basat en la Intel·ligència Artificial. Theodore queda enamorat en conèixer a Samatha (Scarlett Johansson), la veu femenina del seu sistema operatiu, que es mostra sensible i intuïtiva. Amb el transcurs de la història, la seua amistat es va transformant en una estranya relació d’amor. I ací m’ature, perquè la cinta és francament interesant. Per què us parle de Her? Em pregunte fins on cedirem en la nostra vida real, la d’éssers de carn i ossos, per protagonitzar una vida paral·lela virtual on moltes vegades aparentem ser persones diferents, mitjançant filtres que retoquen la nostra imatge o mostrant una existència on no existeixen els problemes ni les dificultats.

 

Tanmateix, ¿és possible escapar d’aquesta digitalització de la nostra vida real? La resposta és difícil, sobretot, si som i volem seguir sent ciutadans d’aquest món i d’aquesta societat. He de reconèixer que, des que va començar el curs que ja hem acabat, la meua interacció a les xarxes socials i els temps que hi passe ha disminuït sensiblement. Ho sé perquè el dispositiu mòbil que m’acompanya a tots els llocs m’informa puntualment cada setmana de quant han estat els minuts o les hores que he consumit ficada dins l’aparell. És cert que veig menys als meus amics i que aquest any he passat més temps a casa. No obstant això, cada gest quotidià que mamprenc, com tallar meló d’Alger, passejar pel parc amb Aroa o estendre la roba, es revesteix d’una parsimònia ritual per amarar-me de la necessitat de l’analògic que tinc. No vull una televida, encara que supose una història d’amor amb la sensual i magnífica veu d’Scarlett Johansson. Si he de fabular o imaginar, m’incline per fer-ho ficada en la lletra impresa sobre la pasta de paper d’un llibre a les mans. O si de cas, amb una pel·lícula o una obra de teatre. No ho sé. Ho veig així. Serà perquè soc del segle passat.

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu
 

 

domingo, 25 de julio de 2021

TELEVIDA

Llevamos ya casi un año y medio inmersos en una pandemia que apenas sospechábamos cuando nos comimos las uvas la Nochevieja de 2020. En todo este tiempo, especialmente en el primer confinamiento, las nuevas tecnologías fueron nuestras aliadas. Nos permitieron estar más o menos cerca de todos aquellos que nos importan, pudimos seguir trabajando muchos de nosotros y fue posible abastecer nuestras despensas de víveres si por alguna circunstancia no podíamos ir a la compra. Ya sabíamos de nuestra dependencia de las redes sociales y de Internet; desde antes del inicio de todo esto, ya se escuchaban voces de alerta sobre el tiempo que los jóvenes, y no tan jóvenes, pasamos delante de las pantallas. ¿Somos conscientes de la cantidad de nuestro tiempo que consumen todos los dispositivos que nos acompañan en nuestra vida diaria?

 

El ser humano es probablemente el animal más adaptativo que hay sobre la Tierra y esta vez hemos vuelto a hacer lo posible para aclimatarnos a esta nueva manera de vivir y relacionarnos. Lo hacemos, de forma instintiva, por pura supervivencia. Por eso, mientras estamos deseando volver a nuestra antigua normalidad (el aumento de los encuentros sociales al inicio del verano ha sido más que evidente), todos percibimos que esta pandemia está cambiando nuestra manera de interaccionar con los demás. Me viene a la cabeza la película Her (Spike Jonze, 2013) que, ambientada en un futuro cercano, cuenta la historia de Theodore (Joaquin Phoenix), un hombre solitario que tiene como oficio escribir cartas personales para terceras personas (familiares o seres queridos). Emocionalmente, Theodore acaba de salir de una larga relación. Un día compra un nuevo sistema operativo, basado en la Inteligencia Artificial. Theodore queda prendado al conocer a Samatha (Scarlett Johansson), la voz femenina de su sistema operativo, que se muestra sensible y intuitiva. Con el desarrollo de la historia, su amistad se va transformando en una extraña relación de amor. Y ahí me detengo, porque la cinta es francamente interesante. ¿Por qué os hablo de Her? Me pregunto hasta dónde vamos a ceder en nuestra vida real, la de seres humanos de carne y hueso, para protagonizar una vida paralela virtual donde muchas veces aparentamos ser personas diferentes, mediante filtros que retocan nuestra imagen o mostrando una existencia donde no existen los problemas ni las dificultades.

 

Sin embargo, ¿es posible escapar a esta digitalización de nuestra vida real? La respuesta es difícil, sobre todo, si somos y queremos seguir siendo ciudadanos de este mundo y de esta sociedad. Tengo que reconocer que, desde que empezó el curso que ya hemos terminado, mi interacción en las redes sociales y el tiempo que paso en ellas ha disminuido sensiblemente. Lo sé porque el dispositivo móvil que me acompaña a todas partes me informa puntualmente cada semana de cuántos han sido los minutos o las horas que he consumido metida en el aparato. Es cierto que veo menos a mis amigos y que este año he pasado más tiempo en casa. No obstante, cada gesto cotidiano, cada actividad rutinaria que emprendo, como cortar sandía, pasear por el parque con Aroa o tender la ropa, se reviste de una parsimonia ritual para empaparme de la necesidad de lo analógico que tengo. No quiero una televida, aunque suponga un romance con la sensual y magnífica voz de Scarlett Johansson. Si tengo que fabular o imaginar, me inclino por hacerlo metida en la letra impresa sobre la pasta de papel de un libro entre las manos. O acaso, con una película o una obra de teatro. No sé. Así lo veo. Será porque soy del siglo pasado.

 

Begoña Chorques Fuster 

Profesora que escribe

 


 

domingo, 18 de julio de 2021

SENYORA DE ROIG SOBRE FONS GRIS

Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Es pot dir alguna cosa millor d’algú? Així comença el monòleg Senyora de roig sobre fons gris de Miguel Delibes que el recentment desaparegut José Sámano ha adaptat per al teatre. Un José Sacristán, a la seua plenitud interpretativa als 83 anys, es transforma en Nicolás, un pintor immers en una crisi creativa, com a conseqüència de la malaltia i mort de la seua esposa, Ana. A l’escenari es produeix una estranya trinitat pagana ja que l’espectador no sap bé a qui escolta (personatge, actor o autor o tots tres alhora). Miguel Delibes va escriure aquesta novel·la després de la mort de la seua dona, Ángeles de Castro, al 1974 en una primerenca maduresa.

 

Nadie tiene derecho a condicionar la vida de nadie”, s’afirma en la novel·la amb una rotunda modernitat. Tanmateix, tot ésser humà podria pronunciar un o dos noms propis que han marcat la seua existència i que l’han acompanyat molts anys en el camí a Ítaca. Nicolás i Ana eren dos, però feia molt que van pujar al mateix tàndem i, en el moment en què ella ha d’abaixar-se’n, Nicolás descobreix que la simbiosi amb la seua companya de vida l’ha deixat sense orientació ni inspiració. L’obra és un contingut i emocionant monòleg elegíac, encara que es dirigeix a una de les seues filles, sobre l’esquinçament vital de ser l’últim en apagar el llum i com de dur és això. Ahora pienso que no tendré nadie a mano cuando me asalte el miedo.

 

El text, encara que breu, troba una escletxa per reflexionar sobre la lectura i el paper que han de desenvolupar els libres a les nostres vides: los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad de lector siempre quedaba insatisfecha. Per descomptat l’obra de Delibes compleix amb aquest propòsit. També medita sobre la creació artística i la cruel servidumbre del artista, perquè el hecho de haber pintado mil cuadros no significaba que pudiera pintar mil uno”. Així de capritxosa es mostra la musa o potser se’ns oblida que som senzillament humans de carn i fang.

 

En cada oració es van desembastant l’admiració i l’amor que Nicolás/Miguel sentia per la seua dona i la seua concepció de la vida: En el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo cuarenta y ocho horas en toda una vida. A poc a poc el lector/espectador és esquitxat amb detalls d’Ana que sols semblen intranscendents (“Tu madre descubría la belleza en las cosas más precarias y aparentemente inanes”) fins el seu irònic sentit de l’humor, la seua coqueteria o la seua afició per la decoració i les cases: “Como médico será una notabilidad, pero la casa parece que se la han puesto sus enemigos”. I és que la veu que ens parla és conscient de l’irreparable de la seua pèrdua i de l’autèntic secret de la felicitat: “Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. […] Estábamos juntos y era suficiente”.

 

Fa uns mesos, en una entrevista, José Sacristán confessava que aquesta podria ser la seua última obra per la seua avançada edat. Instal·lat en el present, el futur i la seua lucidesa no li permeten mirar més enllà. Sacristán/Delibes ens ensenyen a mirar i a mirar-nos. Malgrat la nostra finitud o precisament per ella, paladejar les paraules de Delibes a través de la veu de Sacristán és un regal que els espectadors d’aquest muntatge desarem a la nostra memòria. “Si la muerte fue inevitable, ¿no habrá sido preferible así?

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu


 

lunes, 12 de julio de 2021

SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS

Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. ¿Se puede decir algo mejor de alguien? Así comienza el monólogo Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes que el recientemente desaparecido José Sámano ha adaptado para el teatro. Un José Sacristán, en su plenitud interpretativa a los 83 años, se transforma en Nicolás, un pintor sumido en una crisis creativa, como consecuencia de la enfermedad y muerte de su esposa, Ana. En el escenario se produce una extraña trinidad pagana pues el espectador no sabe bien a quién escucha (personaje, actor o autor o a los tres a la vez). Miguel Delibes escribió esta novela después de la muerte de su mujer, Ángeles de Castro, en 1974 en una temprana madurez.

 

Nadie tiene derecho a condicionar la vida de nadie”, se afirma en la novela con una rotunda modernidad. Sin embargo, todo ser humano podría pronunciar uno o dos nombres propios que han marcado su existencia y que le han acompañado muchos años en el camino a Ítaca. Nicolás y Ana eran dos, pero hacía mucho que decidieron montarse al mismo tándem y, en el momento en que ella ha de bajarse, Nicolás descubre que la simbiosis con su compañera de vida le ha dejado sin orientación ni inspiración. La obra es un contenido y emocionante monólogo elegíaco, aunque se dirige a una de sus hijas, sobre el desgarro vital de ser el último en apagar la luz y lo duro que esto es. “Ahora pienso que no tendré nadie a mano cuando me asalte el miedo”.

 

El texto, aunque breve, encuentra hueco para reflexionar sobre la lectura y el papel que los libros deben desempeñar en nuestras vidas: “los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad de lector siempre quedaba insatisfecha”. Por supuesto la obra de Delibes cumple con este propósito. También medita sobre la creación artística y “la cruel servidumbre del artista”, porque “el hecho de haber pintado mil cuadros no significaba que pudiera pintar mil uno”. Así de caprichosa se muestra la musa o quizás se nos olvida que somos sencillamente humanos de carne y barro.  

 

En cada oración se van deshilvanando la admiración y el amor que Nicolás/Miguel sentía por su mujer y su concepción de la vida: “En el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo cuarenta y ocho horas en toda una vida”. Poco a poco el lector/espectador es salpicado con detalles de Ana que solo parecen intrascendentes (“Tu madre descubría la belleza en las cosas más precarias y aparentemente inanes”) hasta su irónico sentido del humor, su coquetería o su afición por la decoración y las casas: “Como médico será una notabilidad, pero la casa parece que se la han puesto sus enemigos”. Y es que la voz que nos habla es consciente de lo irreparable de su pérdida y del auténtico secreto de la felicidad: “Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. […] Estábamos juntos y era suficiente”.

 

Hace unos meses, en una entrevista, José Sacristán confesaba que esta podría ser su última obra dada su avanzada edad. Instalado en el presente, el futuro y su lucidez no le permiten mirar más allá. Sacristán/Delibes nos enseñan a mirar y a mirarnos. A pesar de nuestra finitud o precisamente por ella, paladear las palabras de Delibes a través de la voz de Sacristán es un regalo que los espectadores de este montaje guardaremos en nuestra memoria. “Si la muerte fue inevitable, ¿no habrá sido preferible así?

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

lunes, 5 de julio de 2021

L'APARADOR DE POESIA DE PIUS MORERA

Fa unes setmanes que ja no s’emet l’Aparador de poesia a Ràdio Santvi. Durant molts anys, Pius Morera ha estat fidel a la seua cita setmanal amb la ràdio i la poesia. Des de fa un temps, Pius havia fet de la tristesa la seua casa. Carme, la seua dona, va partir i ell, encara que m’assegurava als missatges que ens intercanviàvem de tant en tant que no es deixava vèncer, vivia en les tenebres del desencís i el dol. Era un altre Pius, menys combatiu i insolent, ferit d’amor i d’absència. Ara ens ha traslladat a nosaltres aquesta incredulitat i absència.

 

Vaig tenir la sort de participar a l’Aparador de poesia al març de 2019, mesos després de publicar el meu segon poemari, anomenat Absència precisament. Pius, un home gran, no era massa hàbil en la comunicació per correu electrònic i missatgeria instantània. De vegades, podia semblar esquerp i distant. El que sí et quedava ben clar era el rigor i la dedicació amb les quals treballava i preparava cada programa de ràdio. A banda de llegir el poemari amb la llapissera en la mà, et passava un qüestionari amb les limitacions de temps i espai ben marcades. Coneixia el mitjà radiofònic i espremia cada minut a l’aire. De totes les entrevistes que he tingut el gust de fer, cap no ha gaudit del temps de preparació que Pius li va dedicar a aquella. Pius es prenia molt seriosament la poesia i la ràdio.

 

Pius, com a home nascut a l’era analògica, guanyava molt en el tracte personal. El món virtual era només el pont per arribar a conèixer les persones, devia pensar. I així fou. Vam fer l’entrevista que va anar segons el guió previst i curosament marcat pel director d’orquestra, però abans vam poder fer una xerrada a una terrassa al sol i vaig poder trobar l’ésser humà que aquell dia no va prendre la seua prescriptiva copa de cava, perquè no es trobava bé de la panxa. I així va caure qualsevol vel de recel o distància. El viatge de tornada en tren de rodalies em va deixar un suau mant d’escalfor a la pell aquell matí d’hivern tardà. Pius era una home proper, conscient de la complexitat del nostre món i realitat, que tenia les persones com a fi en si mateixes. Això és el que em va ensenyar d’ell en aquella visita a Sant Vicenç de Montalt. També vaig intuir l’estima que sentia per la seua companya, Carme, a la qual no vam poder conèixer perquè era ingressada a l’hospital, lloc on Pius se’n va anar de seguida que vam acabar el programa.

 

És just recordar i reivindicar tot el que Pius ha fet per la poesia catalana i per difondre l’obra de tants i tants poetes que han passat pel seu programa de ràdio. Com ha dit el poeta Marc Freixas, “tot el que era ell per a aquesta humanitat, tota la poesia que ha sembrat per fer conèixer l’amor per les paraules, tota aquesta esperança poètica de viure en una eternitat”. Aquest bri d’eternitat és el que ens ha deixat el poeta i amic Pius Morera. Avui precisament que celebraria el seu setanta-novè aniversari. Gràcies, Pius!

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu


 

domingo, 20 de junio de 2021

DISCURSO DE GRADUACIÓN

Dilectos alumnos de 2º Bachillerato. ‘Alea iacta est’ o ‘La suerte está echada’. Hoy podemos y debemos celebrar que estamos aquí: vivos, más o menos sanos (de forma irremediable, se nos fue la chola esporádicamente), esperando los resultados de una Selectividad y con un verano, todavía algo insólito, por delante. ¡Celebremos, pues, la vida, jóvenes! Pero es inevitable que me acuerde de todos los que ya no están, todos los que han perdido la vida en esta maldita pandemia: nuestros mayores, demasiados sanitarios, otros trabajadores y ciudadanos anónimos. Ni podemos ni debemos olvidar a los muertos.

 

El shock del confinamiento estricto nos noqueó apenas unos días después de que recibiéramos un golpe que nos dejó sin respiración: la muerte de Lucas. ¿A que no os cuesta imaginaros su sonrisita de medio lado y sus inmensos ojos azules en medio de todos vosotros, como uno más? Él, que hubiera querido cumplir los diecisiete, el pasado diecisiete de mayo se habría plantado ya en los dieciocho con derecho a voto. “Y tú, ¿a quién votas, profe?”, me preguntó el deslenguado en 1º de ESO. “Chico, eso no se pregunta y menos, en público”, le contesté como si me hubiera interrogado acerca de una cuestión escatológica íntima. Muy cerca de las Navidades de vuestro 4º ESO, después de que unas manchitas aparecieran en sus pulmones, me confesó que tenía miedo, que intentaba no pensar en ello y poner todo su ser en el presente y en los planes inmediatos: ir a la Plaza Mayor de Madrid a ver el mercadillo navideño con una amiga y, después, a comer un bocata de calamares. Esta fue la lección de Lucas, no solo para la pandemia. Nos faltó poder llorarle juntos, colectivamente, en grupo, para alcanzar apenas cierta inmunidad por el dolor de su pérdida.

 

Nosotros seguimos viviendo, porque era nuestra obligación, porque no quedaba otra, porque un corazón roto sigue latiendo, aunque en muchos momentos fuera con dolor de tripa y de cabeza. Y digo esto, porque hemos transitado el curso más extraño de nuestras vidas. Cuando empezó el curso, imaginar el final suponía una quimera. En algún momento, hemos pensado que no llegaríamos a junio. Ha habido momentos en que continuar era como encaramarse por una pared vertical. Sin duda, el más duro fue el primer trimestre. En septiembre, los profesores os percibíamos tristes. Volvíamos de un confinamiento duro que había truncado el curso anterior y que había provocado un aislamiento incomprensible en la etapa vital en que más necesitáis socializar. Además, se nos imponía: distancia social y física, semipresencialidad, docencia virtual, mascarillas e hidrogeles… Detrás de las mascarillas escondimos nuestro desconcierto, solo de forma parcial. Afortunadamente, nos susurramos la turbación que sentíamos a través de la mirada y, poco a poco, os fuisteis sacudiendo la tristeza. Sin embargo, la sensación de irrealidad nos embargaba por momentos de una manera poderosa e invasiva. La ‘televida’ era nuestra nueva vida y era prescriptivo adaptarse, como Harriet, La tortuga de Darwin. Nosotros, los profesores, intentamos ofreceros las mayores contención y confianza posibles: la certeza de que todo iría pasando y mejorando poco a poco, que debíamos seguir cumpliendo con nuestro trabajo porque una primavera y un verano luminosos nos traerían mejores noticias. Pero había que atravesar el otoño y el invierno. La única ventaja que teníamos sobre vosotros los adultos, que os hemos acompañado, son las canas que peinamos, aunque las pintemos con el azul de nuestra tristeza. Por eso, vosotros también habéis hecho posible el milagro de la primavera: habéis sido esa ramita verde machadiana que ha crecido en medio del tronco carcomido, hendido por el rayo y en su mitad podrido. Nosotros también tenemos que daros las gracias.

 

Sin embargo, el invierno nos dejó congelados: una nevada histórica y literal nos volvió a privar de nuestra precaria normalidad y el miedo, esta vez más desesperanzado por la insolidaridad contemplada, parecía que nos helaría las entrañas para siempre: la endiablada curva de contagios y fallecimientos nos hizo contener la respiración una vez más. Vosotros y nosotros pertenecemos a generaciones diferentes y eso nos hace ver la realidad de forma distinta en bastantes ocasiones. Sin embargo, esta maldita pandemia nos ha unido en lo que compartimos: la fragilidad de nuestra humanidad. Dentro de unos años, tendremos, sobre todo, tendréis que explicar a los más jóvenes todo lo que significó esto. Recordad que la auténtica historia es la que se cuenta desde abajo, la que recoge el devenir diario de todos los que construyen la intrahistoria. Permaneced atentos, curiosos y críticos al devenir de lo que está por llegar. Tenéis una arma poderosa para ello: vuestra inteligencia.

 

Os lo dije a principio de curso y os lo repito ahora: espero y deseo que este haya sido el peor momento histórico que nos toque vivir. Ha sido muy difícil estudiar, resumir temas, resolver problemas, comentar textos, hacer exámenes mientras todo parecía irse al garete. No obstante, lo habéis logrado y, además, de una forma notable, con vuestro esfuerzo y una disciplina dignos de reconocimiento. Vuestra historia empieza a escribirse y habéis demostrado que vuestra caligrafía es sólida y firme. El próximo septiembre iniciáis una etapa fundamental. Empezáis a formaros para ser los profesionales en cuyas manos quedará el mundo mañana. Disfrutad de vuestra etapa universitaria y recordad todo lo aprendido en este lugar chiquito, al que llegasteis cuando aún eráis más chiquitos. Sed ambiciosos en el buen hacer y comprensivos en el trato con los demás. No perdáis nunca las ganas de aprender. No os conforméis con la ‘telerrealidad’ ni con la ‘televida’. No renunciéis a lo que nos hace sentirnos vivos en plenitud: conocer personas y lugares, amar, disfrutar de la belleza de la Naturaleza y de toda forma de arte. Esto también pasará y volveremos a paladear el mundo sin restricciones. No os atragantéis, que la embriaguez vital os venga mejor a sorbos pequeños y constantes. Así la saborearéis mejor.

 

Para concluir, quiero que estas palabras sean también para los compañeros que acabaron 2º Bachillerato en junio de 2020 y que no pudieron vivir este momento: ¡no sois una generación perdida! Habréis de ser los artífices del cambio de estructuras y dinámicas que este planeta necesita. Por último, esto es un mensaje para vosotras, la mujeres de este grupo: el XXI es vuestro siglo. Tenéis frente a vosotras retos cruciales para el futuro de este colectivo raro que somos la Humanidad. Cread un liderazgo más humano, empático y cooperativo y no renunciéis a nada. No permitáis que os digan que no podéis o no valéis. A vosotros, chicos, no os queda otra que volver a adaptaros, como buenas tortugas-macho, y crear una nueva masculinidad, más sensible y compasiva. Sin vosotros no será posible el cambio que este mundo necesita, donde la igualdad y la justicia social estén más presentes. Cediendo el protagonismo absoluto y cooperando entre iguales, conseguiréis cambiar el guion maltrecho de nuestra historia, como nos va tocando hacer sucesivamente a los mayores: poco a poco quedaremos en vuestras manos. Ese es vuestro reto y vuestra responsabilidad, equipo. ¡Mucha suerte, dilectos!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe