Avistar Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos es una experiencia extraterrestre. Maricel Álvarez, sobresaliente actriz argentina, nos recibe a los espectadores tumbada en una cama, situada sobre una tarima, en medio del escenario. Espera pacientemente, en su depresión amorosa, a que nos sentemos y nos callemos. A la izquierda hay un pequeño escenario, con una guitarra eléctrica, una acústica y una chaqueta de lentejuelas pero, por encima de estos objetos, sobresale un neón que nos anuncia que “El amor es un ovni”. Si María Velasco (Premio Nacional de Literatura Dramática 2024) lo dice por algo será. A la derecha, hay un pequeño invernadero. La voz en off nos pide que amordacemos nuestros teléfonos móviles, guardamos silencio, se apagan las luces, comienza la abducción.
La protagonista, alter ego de la autora, nos dice que a los cuarenta ha sufrido la ruptura de una relación que ha durado muchos años; una separación de la que no consigue recuperarse y que la ha arrastrado a una depresión. Mientras nos lo cuenta, en un discurso salpicado de pinceladas de filosofía, dolor, poesía y humor ácido, aparece por el fondo del escenario, Carlos Beluga, con un casco de astronauta, para hipnotizarnos con su danza. “Ground control to Major Tom… Take your protein pills and put your helmet on…” La obra es esférica, como el planeta que habitamos y el resto del Sistema Solar, conjunción armónica de música, vídeos, danza, canto, teatro y performance. A esto, se une una interpretación vibrante de los dos actores que llenan el escenario como si fueran una multitud… y el texto del que no se desperdicia nada, aprovecha incluso la ocasión para introducir el drama del acceso a la vivienda. Porque sí, una separación también conlleva estos problemas habitacionales, aparte del derrumbe emocional.
“Se me va… este amor que he ido amasando con mis manos…” En medio del desgarro de la protagonista, la historia se entreteje a través de su genealogía, con las figuras de su padre y su sobrino. El primero es un fontanero “que no sabe abrazar” y que le pide que no se vuelva a enamorar, por lo menos, hasta los cuarenta; el segundo es un adolescente que ve porno en clase. Metáfora los dos de las maneras de vivir el amor en la última centuria.
Pero no, no se trata de una obra sobre el desamor en los tiempos del amor líquido, donde la psicopatía y el ghosting (qué anglicismo tan feo) parecen imponerse. “El amor es un rayo de luz indirecta…” La obra va justo de todo lo contrario. “…Un gota de paz, una fe que despierta…” Con un mezcla explosiva, intensa y creativa de lenguajes teatrales Marina Velasco toma los cuerpos de estos dos extraordinarios marcianos para revelarnos que la única manera de vivir en auténtica verdad es a través del amor: ese amor que te pone el cerebro del revés y la vida patas arriba, “un acontecimiento sobrenatural capaz de devolver a una mujer al pensamiento mágico”. ¿Se acuerdan cuándo se enamoraron así por última vez? “…Un zumbido en el aire, un punto en la niebla…” ¡Qué tópico y qué del siglo pasado puede sonar todo esto! Quizás sí, pero todo en la Nave 10 suena a verdad y así estos tres extraterrestres nos abducen en esta filosofía obsoleta y maravillosa del amor. “Quien lo probó lo sabe”.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
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