domingo, 28 de marzo de 2021

¿POR QUÉ ME VACUNÉ CON ASTRAZENECA?

La respuesta es obvia: porque era la vacuna que me tocaba. Que el acceso a la vacuna sea público y universal y que no podamos elegir la solución que nos administrarán dice mucho de la sociedad democrática e igualitaria que aspiramos a ser. Dicho esto y a pesar de todas las dudas que ha suscitado este suero, lo hice con convicción y mucha alegría. Si queremos que esta pesadilla pandémica acabe pronto, debemos confiar en la Ciencia y en la Medicina. Nuestra capacidad colectiva para mantener una disciplina constante y un criterio coherente por parte de nuestros gobernantes estatales y autonómicos, basado en lo que dicen los expertos y en el consenso, están bastante en entredicho. Puedo entender los miedos y las dudas que algunos manifiestan acerca de las vacunas, en general, y sobre esta, en particular, porque esta pandemia ha puesto en primer plano nuestra fragilidad personal y social. Cuando converso con alguna de estas personas dubitativas, le argumento que cada uno de nuestros días, desde el momento en que nos levantamos, es un acto de confianza en los demás (y mira que no vamos muy sobrados de ella): confianza en quien enseña y en quien cuida de nuestros hijos; confianza en quien nos diagnostica y nos cura; confianza en quien conduce el metro, tren, avión o cualquier medio de locomoción, que nos lleva al trabajo, de vacaciones o a visitar a nuestra seres queridos; confianza en los ingenieros que han diseñado y supervisado las carreteras y obras públicas por las que nos movemos; confianza en los arquitectos que planearon nuestras casas y en aquellos que las construyeron o rehabilitaron. Y es que no nos queda otra: confiar en el buen hacer de otros profesionales, de la misma manera que nos gusta que los demás confíen en nuestro trabajo y dedicación.

 

En relación con los posibles efectos secundarios de las vacunas, sobre todo de AstraZeneca, no nos queda otra que seguir confiando en lo que dicen científicos y sanitarios que son los más capacitados para valorar y evaluar lo que ocurre. Hasta ahora, no se ha demostrado una relación de causa-efecto entre la inyección de la dosis y la aparición de trombos. Hasta ahora, la incidencia de trombos entre los vacunados con AstraZeneca es menor que entre la población general. Es posible que los provoquen y que en el futuro, se pueda demostrar esa relación de causalidad que los humanos inmediatamente buscamos en aquello que nos pasa. Quizás estas dudas se deban a nuestro vértigo existencial de sentirnos criaturas de la casualidad y el azar. Quizás. Hemos de ser conscientes de que nunca antes había estado la lupa sobre un virus, sus tratamientos y su vacunación como ahora. ¿Recuerdan la pandemia del Sida en los años ochenta? Nada que ver. Ese foco mediático debería procurarnos confianza y tranquilidad también, ya que provoca que la información llegue a la ciudadanía (ya sé que también produce desinformación y manipulación, que hay que separar el grano de la cizaña y que no siempre resulta fácil hacerlo) y nos garantiza que los controles sanitarios están funcionando correctamente. 

 

Por último, y no sé si se entenderá mi último argumento: en el caso hipotético de que la vacuna de AstraZeneca provoque esos trombos, aun así, los beneficios colectivos son mucho mayores que los perjuicios. Claro está que se me podrá rebatir que nadie tiene por qué exponer su salud individual por el bien común. Es cierto, pero también lo es que los sanitarios y trabajadores esenciales (personal de supermercados, por ejemplo) de este país lo llevan haciendo desde hace más de un año. Siempre podremos recordarles que es su obligación y que cumplen con su trabajo. Bien, pues por eso me vacuno yo: por responsabilidad personal y solidaridad con mis congéneres. ¿No voy a correr un 0.000006 % de riesgo por los demás? Me vienen a la mente los japoneses que siguieron trabajando en Fukushima en 2011 después del mayor accidente nuclear desde Chernobyl, a pesar de saber que enfermarían y morirían. Luego el mío no es ningún gesto épico. Quizás deberíamos no darnos tanta importancia. Quizás.

 

Me vacunaron por dedicarme a una profesión considerada esencial, antes que a muchos mayores y trabajadores que estuvieron en la calle durante el confinamiento. Cuando veo los datos de vacunación en España, que avanza mucho más lentamente de lo que nos gustaría a todos, no puedo dejar de sentirme una privilegiada. De momento, solo me queda esperar la segunda dosis que será en unas semanas y a que el resto de las personas que me rodean y me importan puedan recibir también la suya. Hasta que el mundo entero, no solo nuestros compatriotas, tengan acceso a la vacunación, no podremos decir que hemos superado el peor avatar histórico que hemos vivido en nuestro periplo existencial. ¡Salud!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

 


 

domingo, 21 de marzo de 2021

ENTRE NOSOTRAS

Tu vivrai con me

in un’isola fantastica

e un mondo vedrai di lassù

un mondo nascosto nel blu

tutto nuovo per te.

 

 

La terra, la terra, la terra

sarà senza frontiere

la terra, la terra

ci porterà fortuna

la luna, la luna

per noi sarà il domani

se m’ami, se m’ami.

Se verrai con me.

 

Entre nosotras (Filippo Meneghetti, 2019) es un drama romántico y es el debut de su director en el largometraje. La canción italiana Sul mio carro resuena con potencia en las cavidades torácicas del espectador. A partir de ahí, el relato cinematográfico va desmontando uno a uno los pilares que apuntalan el género, a la vez que se vale de ellos para construir una historia que a muchas mujeres nos hubiera gustado ver hace tiempo. No obstante, hay que decir que en el cine español ya se hizo una película que exponía una historia de amor entre dos mujeres mayores: 80 egunean (José María Goenaga y Jon Garaño, 2010)

 

Las protagonistas son dos mujeres: Nina (Barbara Sukova) y Madeleine (Martine Chevallier, actriz de larga trayectoria en el teatro francés) que viven una historia de amor clandestino al margen de la heterosexualidad normativa. Para su entorno, son dos vecinas que comparten rellano y una buena amistad. Su romance dura décadas porque ambas son septuagenarias jubiladas. Más allá del tópico de que el amor no tiene edad, la cinta intenta mostrarnos que todo ser humano está vivo, ama, siente y practica sexo más allá de la edad y el cuerpo que socialmente se consideran estéticos y adecuados. Esta historia de amor maduro no obvia lo erótico, que sí trata con sutileza, ternura y pudor. Entre nosotras permite que nos asomemos a la ventana de la intimidad lésbica de dos señoras que no temen dejar sus pies (y sus cuerpos) desnudos.  

 

Las dos desean vivir su historia con mayor libertad. Nina se muestra decidida a traspasar las barreras sociales necesarias, incluidas las fronteras, para vivir su amor en verdad. “A nadie le importan dos viejas bolleras”. Madeleine, más timorata, sufre por el juicio social al que serán sometidas, especialmente por parte de sus hijos, ante los que no se atreve a confesarse. De esta escena, se desvela la siempre compleja urdimbre de las relaciones familiares entre sus miembros, especialmente con los varones. También aparecen la culpa y la represión autoimpuesta que se muestra incapaz de vencer.

 

La cotidianeidad de estas dos ancianas se ve truncada cuando un problema de salud acaba con sus rutinas ocultas. Ocurre lo inesperado, pero que a todos nos aguarda tarde o temprano. Entonces emerge el temor a perder a la persona amada de una manera abrupta y silenciosa. Se pone de manifiesto en la pantalla la desprotección legal que tantas parejas han vivido a lo largo de la historia por falta de derechos civiles que protegiesen sus uniones y vínculos. Y se palpa la angustia y la impotencia de quien tiene que presenciar, como una espía, cómo su compañera se asoma al abismo de la muerte y la discapacidad. El director y coguionista no ofrece un relato edulcorado y de sublimación del sacrificio; más bien se mantiene en el marco del realismo y constata cómo esta situación límite (o cualquier otra) saca lo mejor y lo peor de nosotros a la vez.

 

Destacan la puesta en escena, casi teatral ya que se desarrolla principalmente en interiores, los dos apartamentos, y la interpretación sobresaliente de las dos actrices protagonistas. Un mérito de la narración es que frustra las expectativas de quien se acerca al cine: desde la inquietante escena inicial donde aparece una niña en un parque abierto, pero sombrío, pasando por algunas evocaciones oníricas al mundo interno de estas dos mujeres, hasta llegar a un final imprevisible que nos invita a seguir el relato nosotros mismos. Eso sí, con esta magnífica banda sonora:

 

Vivirás conmigo

en una isla fantástica

y verás un mundo allá arriba,

un mundo oculto en el azul,

todo nuevo para ti.

 

La tierra, la tierra, la tierra

será sin fronteras,

la tierra, la tierra nos traerá suerte

la luna, la luna para nosotras será mañana,

si me amas, si me amas.

Si vienes conmigo.

 

Begoña Chorques Fuster

 Profesora que escribe
 

 

domingo, 14 de marzo de 2021

LA LLENGUA A TROSSOS

Juan, sempre em demanes que siga sincera en els comentaris de les teues obres, sigues tu o no el director del muntatge. Quede clar que aquesta vegada no em costarà gens ser-ho. Supose que ja saps que La llengua a trossos és un dels teus textos més bonics i poètics, però també complex. Teresa d’Àvila rep en la cuina del convent de San Josep a un Inquisidor que pretén tancar la casa que ella i altres companyes han obert després d’abandonar el de l’Encarnació. “Entre pucheros anda Dios”. Aquesta vegada el que talla la ceba sobre la taula de fusta és l’Inquisidor, no la santa d’Àvila. Ceba, menjar de pobres, com cantava el poeta d’Oriola a les seues Nanas i ganivet, símbol fàl·lic que evidencia qui manté el poder. Queda per demostrar si també l’autoritat. Recorde quan la vaig veure representada per primer cop. Devia ser el 2013, al Fernán Gómez si no em falla la memòria. Vaig quedar fascinada pel text en boca de Clara Sanchís i aquell Inquisidor, Pedro Miguel Martínez. Tu t’estrenaves com a director i jo, com a espectadora, hagués volgut aixecar-me i posar-me enmig d’aquells dos personatges i dir-los: “Espera. Detura’t. Repeteix aquesta frase una altra vegada”. El diàleg entre ells, o el combat dialèctic com l’he sentit anomenar, em reclamava a crits que anés al text. Ho vaig fer aquella vegada i ho he tornat a fer de bell nou ara.  

 

Espere que el muntatge gire i torne als escenaris de Madrid, al Teatre Galileo o a qualsevol altre. A les taules del Galileo, hi vaig gaudir fa anys (aquesta vegada no recorde l’any) d’una posada en escena irrepetible d’El chico de la última fila, tan senzilla com veraç. Vaig pensar que potser et trobaria perquè era el darrer dia de representació. Després vaig entendre bé per què no. Segueix amb La colección anotada sota el braç. ¿Escribirás mientras tu mano pueda sostener la pluma? Sé que com Teresa i l’Inquisidor ens acabarem trobant i serà al teatre o entre llibres, algun dia, serà inclús sense mascaretes, perquè “en libros he encontrado el consuelo que no me dan las gentes. […] El libro es escudo que frena los golpes de los pensamientos”.    

 

“La imaginación es la loca de la casa” i així, com un boig, t’has inventat aquesta trobada entre un home, segur de qui és i de les seus conviccions, i una dona, que dubta a cada pas i que no tracta de convèncer a qui té al davant. Teresa sols pretén mostrar la veritat del seu cor, però és conscient de les limitacions del llenguatge per fer-ho. “La lengua está en pedazos y es solo el amor el que habla”. I aquesta singularitat la converteix en una subversiva, perquè les seues paraules “suenan a utopía, a república de mujeres, a disparates”. Sols poc a poc aniran caient els prejudicis d’ambdós: ell està convençut que està davant d’una amant del teatre que cerca la notorietat i ella potser pensa que es troba enfront d’un dominic que no donarà treva al seu projecte de viure en una comunitat com els primers cristians. Els dos, tan distants físicament al principi, s’equivoquen, es mouen per l’escenari perseguint-se amb els seus arguments per acabar coincidint en el pensament i en el llenguatge, però també en les mirades i en les mans. Aquesta trobada es produeix gràcies a una llum molt propera al teatre de Buero Vallejo.

 

Sabem tu i jo (i també els personatges) que l’hàbit no fa  el monjo, però l’ajuda. En aquest cas, el muntatge col·labora amb el text, l’enlaira des de l’escenari i ens llança les paraules al pati de butaques. Els actors Clara Sanchís i Daniel Albaladejo desapareixen de l’escenari, perquè aquest dos únics personatges omplen l’espai escènic habitat per aquelles dotze cadires blanques, buides, totes diferents que representen les germanes de Teresa, els dotze apòstols, els espectadors, tu i jo, parlant en el text del text. “De lo que no se puede hablar, más vale callar”.  Aleshores tots ens callem perquè prenguen la paraula Teresa i l’Inquisidor.

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

 


 

domingo, 28 de febrero de 2021

LA LENGUA EN PEDAZOS

Juan, siempre me pides que sea sincera en los comentarios de tus obras, seas tú o no el director del montaje. Vaya por delante que esta vez no me costará nada serlo. Supongo que ya sabes que La lengua en pedazos es uno de tus textos más hermosos y poéticos, pero también complejo. Teresa de Ávila recibe en la cocina del convento de San José a un Inquisidor que pretende cerrar la casa que ella y otras compañeras han abierto después de abandonar el de la Encarnación. “Entre pucheros anda Dios”. Esta vez el que corta la cebolla sobre la tabla de madera es el Inquisidor, no la santa de Ávila. Cebolla, comida de pobres, como cantaba el poeta en sus Nanas y cuchillo, símbolo fálico que evidencia quien mantiene el poder. Queda por demostrar si también la autoridad. Recuerdo cuando lo vi representado por primera vez. Debía de ser por 2013, en el Fernán Gómez si no me falla la memoria. Quedé fascinada por el texto en boca de Clara Sanchís y el entonces Inquisidor, Pedro Miguel Martínez. Tú te estrenabas como director y yo, como espectadora, hubiera querido levantarme y ponerme en medio de aquellos dos personajes y decirles: “Espera. Detente. Repite esa frase otra vez”. El diálogo entre ellos, o el combate dialéctico como lo he oído llamar, me reclamaba a gritos que fuera al texto. Lo hice aquella vez y lo he vuelto a hacer de nuevo ahora. 

 

Espero que el montaje gire y vuelva a los escenarios en Madrid, al Teatro Galileo o a cualquier otro. Allí, en las tablas del Galileo disfruté hace años (esta vez no recuerdo el año) de una puesta en escena irrepetible de El chico de la última fila, tan sencilla como veraz. Pensé que quizás te encontraría porque era el último día de representación. Después entendí bien por qué no. Sigo con La colección anotada debajo del brazo. ¿Escribirás mientras tu mano pueda sostener la pluma? Sé que como Teresa y el Inquisidor nos acabaremos encontrando y será en el teatro o entre libros, algún día, será incluso sin mascarillas, porque “en libros he encontrado el consuelo que no me dan las gentes. […] El libro es escudo que frena los golpes de los pensamientos”. 

 

“La imaginación es la loca de la casa” y así, como un orate, te has inventado este encuentro entre un hombre, seguro de quién es y de sus convicciones, y una mujer, que duda a cada paso y que no trata de convencer a quien tiene enfrente. Teresa solo busca mostrar la verdad de su corazón, pero es consciente de las limitaciones del lenguaje para ello. “La lengua está en pedazos y es solo el amor el que habla”. Y esta singularidad la convierte en una subversiva, porque sus palabras “suenan a utopía, a república de mujeres, a disparates”. Solo poco a poco irán cayendo los prejuicios de ambos: él está convencido de que está ante una amante del teatro que busca la notoriedad y ella quizás piensa que se encuentra ante un dominico que no dará tregua a su proyecto de vivir en una comunidad como los primeros cristianos. Los dos, tan distantes físicamente al principio, se equivocan, se mueven por el escenario persiguiéndose con sus argumentos para acabar coincidiendo en el pensamiento y en el lenguaje, pero también en las miradas y en las manos. Ese encuentro se produce gracias a esa luz tan cercana al teatro de Buero Vallejo.

 

Sabemos tú y yo (y también los personajes) que el hábito no hace al monje, pero le ayuda. En este caso, el montaje colabora con el texto, lo eleva desde el escenario y nos lanza las palabras al patio de butacas. Los actores Clara Sanchís y Daniel Albaladejo desaparecen del escenario, porque estos dos únicos personajes llenan el espacio escénico habitado por esas doce sillas blancas, vacías, todas diferentes que representan a las hermanas de Teresa, a los doce apóstoles, a los espectadores, a ti y a mí, hablando en el texto del texto. “De lo que no se puede hablar, más vale callar”.  Entonces todos nos callamos para que tomen la palabra Teresa y el Inquisidor.

 

Begoña Chorques Fuster 

Profesora que escribe

 


 

domingo, 14 de febrero de 2021

PER SEMPRE JOVE

La història d’aquesta columna comença amb la petició per col·laborar en un projecte de carrera contestant un qüestionari d’estudiants de primer. Un exalumne em demana amablement si puc respondre a les preguntes de caràcter polític i social i passar-la als meus contactes, per “tenir respostes de gent en una altra franja d’edat”. Li faig cas: la conteste i la difonc. També incloc, per animar a la participació, el comentari irònic que amb aquesta expressió ens diuen carrosses d’una manera molt elegant. Aleshores, de manera gairebé automàtica, es despenja una cascada de respostes divertides que perfectament podrien haver configurat un fil d’aqueixos de l'Ocell cantor. Doncs tira del fil, a veure què passa, m’incita una veu amiga molt radiofònica. Ho prenc com una provocació.       

Una companya de feina em fa veure amb molt d’encert que és generacionalment impossible que ens diguen així: ens dirien velles o milfs (confesse sense pudor. Que he hagut de cercar el significat d’aquest acrònim en anglès). Els nostres alumnes només coneixen les carrosses del Reis d’Orient o, si no, les del dia de l’Orgull Gay, em deixa més clar. Una altra col·lega em reclama que, si és vella, on és la seua pensió. Mentre m’ho comenta, tots els jubilats murris, que conec i als quals els arriba l’enquesta, fan mutis pel fòrum i no es manifesten. En apuntar-los el comentari preocupant sobre el nostre retir, una altra companya m’adverteix que tinc la jubilació a anys llum. Amb encert, una veu malèvola em suggereix que bloquege l’autora d’un missatge així sense miraments. Un vell amic em diu que ell ja és a la categoria de carrozón, mentre un veí em puntualitza que millor això que ser interpel·lats com retaules. Docs mira, sí, almenys les carrosses es mouen, afegeix. Una altra docent es consola autoqualificant-se com a cuarentañera i una altra cita el seu pare per recordar la saviesa que ve associada al fet d’acumular dècades. Aleshores un veu jove es manifesta i s’alegra que em quede tant per la senectut. El pitjor de fer-se gran és que et segueixes sentint jove, sentencia una amiga col·lega. Però que ens vinguin darrere, afirma un altre amb qui vaig compartir els primers anys a aquest ofici i que fa lustres que no veig. Un marrec músic em confessa amb enveja que nosaltres almenys tindrem pensió i que fa anys que ell es sent vell. Pense en la seua candidesa en llegir la missiva i en la reforma que es ve al damunt quan el temporal amaine. Em sorprèn també quan m’informa que aquest és un tema recurrent al seu cercle de gent jove. Com canvien les prioritats! I tant, dic jo, que un alumne de dotze anys l’altre dia va sortir amb el ciri trencat que de major ell volia ser jubilat. L’assabente molt seriosa que ha de posar-se a la cua... i laborar durant molts anys abans. Però una altra companya del curs passat em recorda la sort que tenim de treballar amb gent tan jove, que ens fan mantenir-nos ufanosos també. Clar, per això ells es senten vells. Serà això... Ja m’havia previngut un alumne de fa no pocs anys i que ja es dedica al mateix ofici, que dec tenir alumnes més vells que jo. Escolta, del que s’assabenta una... A la fi, una alegre jubilada pren la veu i el teclat i es despenja del fil, no per donar-nos enveja sinó per fer-me veure la importància que hi haja bona gent caminant. I a veure que li contestes a l’àvia... o a la nínxol, com em fa saber un exalumne, universitari ja, que deien als vells quan ells eren ESO. Jugant amb les paraules, van crear aquesta nova accepció: estar nínxol. Però es cura en salut i declara que a mi encara em queda per estar nínxol. Ja, clar, pense jo. Que ja no et puc suspendre. Ja en van dos. Comence a preocupar-me i a sentir-me vetusta. No obstant això, sembla que està resultant un article lleuger com la nostra insuportable levitat. 

 

Finalment, un altre veí amic em proposa que escriga una columna sobre el tema suggerint-me el títol de “L’edat”. Vaja, com s’estira aquesta corda! Reconec que el títol em sembla una mica insípid però també em fa arribar l’enllaç de Forever Young, la cançó d’Alphaville del 1984 i fa diana sense proposar-s’ho: Do you really want to live forever, forever and ever? I que conste que ell no és cap carrossa. Encara...

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

Imatge extreta de la xarxa

 


 

domingo, 7 de febrero de 2021

FOREVER YOUNG

La historia de esta columna empieza con la petición para colaborar en un proyecto de carrera contestando un cuestionario de estudiantes de primero. Un exalumno me pide amablemente si puedo responder a las preguntas de carácter político y social y pasarla a mis contactos, para “tener respuestas de gente en otro rango de edad”. Le hago caso: la contesto y la difundo. También incluyo, para animar a la participación, el comentario irónico de que con esta expresión nos llaman carrozas de una manera muy elegante. Entonces, de manera casi automática, se desata una cascada de respuestas jocosas que bien podrían haber configurado uno de esos hilos del Pájaro cantor. Pues tira del hilo, a ver qué pasa, me incita una voz amiga muy radiofónica. Lo tomo como una provocación.   

 

Una compañera del curro me hace ver con mucho acierto que es generacionalmente imposible que nos llamen así: nos llamarían viejas o milfs (confieso sin pudor que he tenido que buscar el significado de este acrónimo en inglés). Nuestros alumnos solo conocen las carrozas de los Reyes Magos o, en su defecto, las del día del Orgullo Gay, me aclara. Otra colega me reclama que, si es vieja, dónde está su pensión. Mientras me comenta esto, todos los jubilados granujas, que conozco y a los que les llegó la encuesta, hacen mutis por el foro y no se manifiestan. Al apuntarles el comentario preocupante sobre nuestro retiro, otra compañera me advierte de que tengo la jubilación a años luz. Con acierto, una voz malévola me sugiere que bloquee a la autora de semejante mensaje sin contemplaciones. Un viejo amigo me dice que él está ya en la categoría de carrozón, mientras un vecino me puntualiza que mucho mejor eso a ser interpelados como retablos. Pues mira, sí, al menos las carrozas se mueven, añade. Otra docente se consuela autocalificándose como cuarentañera y otra cita a su padre para recordar la sabiduría que va asociada al hecho de acumular décadas. Entonces una joven voz se manifiesta y se alegra de que me quede tanto para la senectud. Lo malo de hacerse viejo es que te sigues sintiendo joven, sentencia otra amiga colega. Pero que nos quiten lo bailado, afirma otro con quien compartí los primeros años en este oficio y que hace lustros que no veo. Un zagal trotamúsicos me confiesa con envidia que nosotros al menos tendremos pensión y que hace años que él se siente viejo. Pienso en su candidez al leer la misiva y en la reforma que se nos viene encima cuando el temporal amaine. Me sorprende también cuando me informa de que este es un tema recurrente en su círculo de gente joven. ¡Cómo cambian las prioridades generacionales! Y tanto, digo yo, que un alumno de doce años el otro día se salió por las peteneras de que de mayor quiere ser jubilado. Le avisé muy seria de que debía ponerse a la cola… y a laborar durante muchos años antes. Pero otra compañera del curso pasado me recuerda la suerte que tenemos de trabajar con gente tan joven, que nos hacen mantenernos lozanos también. Claro, por eso ellos se sienten viejos. Será eso… Ya me había prevenido un alumno de hace no pocos años y que ya se dedica a esto mismo, que debo de tener alumnos más viejos que yo. Oye, de lo que se entera una… Por fin, una alegre jubilada toma la voz y el teclado y se descuelga del hilo, no para dar envidia sino para hacerme ver la importancia de que haya gente buena caminando. Y a ver qué le contestas a la vieja… o a la nicha, como me hace saber un exalumno, universitario ya, que llamaban a los viejos cuando ellos eran ESO. Jugando con las palabras, crearon esta nueva acepción: estar nicho. Pero se cura en salud y declara que a mí aún me falta para estar nicha. Ya, claro, pienso yo. Que ya no te puedo suspender. Ya van dos. Empiezo a preocuparme y a sentirme vetusta. No obstante, parece que está quedando un artículo ligero como nuestra insoportable levedad.

 

Al final, otro vecino amigo me propone que escriba una columna sobre el tema sugiriéndome el título de “La edad”. ¡Vaya, lo que da de sí! Reconozco que el título me parece un poco soso, pero también me envía el enlace de Forever Young, la canción de Alphaville de 1984 y da en el clavo sin proponérselo: Do you really want to live forever, forever and ever? Y que conste que él no es ningún carroza. Aún…

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Imagen extraída de la red

 


 

domingo, 31 de enero de 2021

EL PARE

El pare (Florian Zeller, 2020) és probablement la millor pel·lícula sobre la vellesa des d’Amor (Michael Hanake, 2012). No és casual que el guió siga una adaptació de l’obra teatral homònima i que la cinta cinematogràfica estiga firmada també pel dramaturg que va escriure el text dramàtic. Tot i ser un debutant, Zeller demostra dominar el registre cinematogràfic tan bé com el teatral.  

 

El punt de vista de la història és, en tot moment, el d’Anthony (Anthony Hopkins), un home de vuitanta anys, irònic, suspicaç, que es resisteix a perdre la seua autonomia i no vol acceptar a cap de les cuidadores que la seua filla cerca perquè l’atenguen. Per això, Anthony fa el necessari per tal que cap d’elles romanga massa temps a la seua feina. La càmera entra en la ment d’aquest ancià i ens mostra la realitat des de la seua mirada que no és conscient de la seua pèrdua de facultats. Aquest és un dels grans assoliments de la pel·lícula, ja que el tractament de l’espai així ho va revelant segons va avançant la història per sorpresa meravellosa de l’espectador. Qui gose apropar-se a aquest relat assistirà a un curiós tractament de la unitat d’espai.

 

No obstant, la cruesa de la història es va imposant també. Captar la pèrdua de la memòria dins del cap de qui la pateix esdevé quelcom tan dolorós com punyent. Les seues pors, la seua confusió es transformen en les de l’espectador que, de vegades, no entén el que està succeint com li ocorre al mateix Anthony. Anne (Olivia Colman) assisteix amb impotència a la pèrdua gradual del seu pare a mesura que la seua ment es perd en un intricat laberint de llocs, temps i rostres. Però també s’aferra al seu dret a viure la seua pròpia vida encara que aquesta reivindicació li produesca dolor. Ambdós personatges sofreixen però intenten contenir el seu desconsol que aguaita en els diàlegs i entre les cortinetes de la finestra per la qual Anthony treu el cap a un mon que per a ell està en descomposició. O potser en retrocés, perquè el passat més llunyà amb les seues velles ferides familiars s’entesten a trucar a la porta i tornar a fer-se presents. En aquesta retrospectiva emocional anem tornant, si de cas, al patiment més genuí que hi ha: el de un nen. Aquesta és una obra/pel·lícula de personatges la lluita interna dels quals saben teixir hàbilment Hopkins i Colman. La Interpretació d’ambdós està a l’altura de l’Òscar. 

 

La història de El pare, abans de res, commou i esfondra la nostra bastida interna perquè tots veiem reflectit en Anthony algun major de la nostra família o proper, perquè tots podem observar, amb una lucidesa angoixant, cap a on es dirigeix la nostra existència, perquè podem potser palpar amb la punta dels dits d’Anthony la nostra immensa fragilitat de la qual som ara una mica més conscients, si és possible, per aquests avatars pandèmics de la vida.

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu