DIA 04. HEBRÓN - JERUSALÉN: De buena mañana hemos vuelto a
Jerusalén Este. Hemos caminado bordeando la Ciudad Vieja dejando a mano derecha
la Puerta de Jaffa. Una vez hemos llegado a la Puerta de Damasco, solo nos
quedaba subir por la calle Nablús para encontrar el Mihbash Restaurant, el
lugar donde hemos quedado con Abu Hassan, un árabe que hace visitas políticas a
los territorios ocupados. Hemos tenido que esperar hasta que ha llegado una
familia de italianos, con dos adolescentes, que se han retrasado. Abu Hassan
nos ha preguntado dónde vivíamos y nos ha advertido que los italianos nunca son
puntuales. Con más de un cuarto de hora de retraso, hemos salido hacia Hebrón
cuatro italianos, una francesa y dos españolas (eso dicen nuestros pasaportes y
no es ningún chiste). Abu Hassan conducía el microbús mientras intentaba darnos
alguna explicación sobre la otra cara de la ocupación. Digo que lo intentaba
porque la mujer francesa que iba sentada a su lado insistía en intentar
hablarnos de su trabajo como terapeuta y de sus investigaciones sobre el libro
bíblico, el Cantar de los Cantares. Nos ha informado de que era amiga de San
Juan de la Cruz y nos ha dejado bien claro que aquella era su cuarta estancia
en Jerusalén. La mujer italiana, que también era terapeuta, la escuchaba con
atención. No sé si lo sabéis pero hay un síndrome de Jerusalén. De los millones
de viajeros que visitan la ciudad santa cada año, hay algunos que acaban
trastornados, de una manera médicamente diagnosticable. Parece que la Ciudad
Vieja, atrapada en el tiempo, y la huella de los profetas dejan una impresión
tan fuerte en algunos turistas que pueden llegar a pensar que son Sansón o la
Virgen María embarazada. He pensado si el caso de esta señora francesa no sería
uno de los cincuenta que diagnostican cada año. El primer caso se documentó en
1930 y lo hizo el psiquiatra Hinz Heman. En la actualidad los pacientes son
ingresados en el psiquiátrico público Kfar Shaul, a las afueras de Jerusalén
Oeste. Allí los tienen en observación hasta que se les pasa un poco. Me parece
que, conduciendo hacia Hebrón, no nos vendrá de paso.
Hemos vuelto a contemplar y
bordear el muro de la vergüenza. Hay trozos en que es de alambre y dibuja meandros, dividiendo las tierras de los propios palestinos. Esta eventualidad
impide que muchos palestinos puedan cultivar sus tierras. Abu Hassan nos ha
contado que Cisjordania (nombre que recibe Palestina) fue dividida en tres
zonas (A, B y C) en los Acuerdos de Oslo en 1993. Los que peinamos alguna cana
recordamos aquella instantánea de Isaac Rabin y Yasser Arafat dándose la mano
mientras Bill Clinton los mira satisfecho justo al medio. Aquel tratado debía
ser el principio de la paz definitiva y el reconocimiento de los dos estados:
palestino e israelí.
El Área A está controlada por la
Autoridad Nacional Palestina y comprende las ocho ciudades palestinas y sus
áreas metropolitanas, como Nablús, Ramala, Belén, Jericó o el 80 % de Hebrón. El
Área A representa el 18 % del territorio de Cisjordania. Jerusalén Este no está
incluida. Esta zona se supone que es de dominio plenamente palestino, pero
desde 2002, cuando se produjo la Operación Escudo Defensivo, Israel incumple la
prohibición de entrar y se adentra principalmente de noche para efectuar
detenciones de palestinos.
El Área B está bajo control
civil palestino y control militar israelí. Comprende el 22 % del territorio de
Palestina. Hay pueblos y no se han producido asentamientos israelíes. Por
último, el Área C (con control civil y militar israelí) es el 60 % del
territorio de Cisjordania. En esta zona es donde se producen los asentamientos
israelíes ilegales, consentidos por el gobierno. Primero plantan cuatro o cinco
cabañas (edificaciones muy precarias) que los militares derrumban. Pero a los
pocos días vuelven a levantarlas en el mismo lugar y así van haciéndose más
grandes poco a poco, hasta que son poblaciones consolidadas. Una situación más
dramática es la que se vive en Jerusalén Este. Es el propio gobierno israelí el
que construye los asentamientos y después ofrece las viviendas a buen precio.
Vivir en los asentamientos es considerablemente más barato que hacerlo en
Jerusalén Oeste, donde el precio del metro cuadrado es prohibitivo.
Ya en Hebrón, Abu Hassan ha
aparcado su microbús y hemos tomado dos taxis que nos han bajado al centro de
la ciudad. Él no puede conducir con su vehículo hasta allí. Hemos caminado un
poco hasta que hemos llegado a la Mezquita de Ibrahim donde hemos visto la
tumba de Abrahán y Sarah, su mujer, que engendró a Isaac cuando tenía noventa
años según la Biblia. Las tumbas de Isaac, Jacob y sus mujeres, Rebeca y Lía,
están en la parte que ahora es sinagoga. Desde la tumba de Sarah es posible
intuir lo que sucede al otro lado. Hemos tenido que quitarnos los zapatos y
taparnos con una túnica porque vestíamos con pantalones. En la parte derecha,
las mujeres rezaban separadas de los hombres. La mezquita es muy bonita.
Entonces Abu Hassan nos ha
contado los hechos ocurridos en febrero de 1994, cuando la paz estaba cerca. Un
viernes, un israelí, llamado Baruch Goldstein, pasó todos los controles
policiales que hoy hemos pasado nosotros y, durante el oficio religioso en la
mezquita, comenzó a disparar contra la gente. Mató a veintinueve palestinos e
hirió a trescientos más. Los supervivientes lo acorralaron en una esquina que
nos ha señalado con el dedo y lo ahogaron. Goldstein fue enterrado en Hebrón y
es lugar de visita para los israelíes. La respuesta del gobierno israelí no fue
buscar a los posibles cómplices y detenerlos; clausuró la mezquita durante
nueve meses y llevó a cabo otras medidas de persecución entrando en los
domicilios privados durante la noche para intimidar y cometer arrestos. Cuando
pudieron entrar de nuevo en la mezquita, había sido dividida en dos partes como
la hemos visto hoy. Los musulmanes solo tenían el 40 % de la superficie total.
Al otro lado se había construido una sinagoga a la cual se accede desde la
parte posterior subiendo por unas escaleras.
Abu Hassan no
nos ha contado que los israelíes también sufrieron su masacre. Cada parte tiene
la suya propia. Esta fue en 1929. Mucho antes de la proclamación del estado de
Israel en 1948. Los árabes mataron a sesenta y siete judíos. Murieron niños y
bebés. Si la visita la haces con un judío te lleva al cementerio para que veas
la tumba de estos mártires. Tampoco te dicen que hubo árabes que pusieron en
peligro sus vidas acogiendo en sus casas a los judíos que huían para no acabar
muertos. En los años 20 del siglo pasado, hubo una fuerte inmigración judía y
empezaron las tensiones entre las dos comunidades que desembocaron en aquel
brutal atentado.
Hebrón tiene
un 80 % de territorio palestino y un 20 % de territorio israelí. La comunidad judía está
compuesta por cuatrocientas o quinientas personas. Hay cuatro mil soldados
israelíes protegiéndoles. El 90 % de los judíos colonos son norteamericanos del
barrio neoyorquino de Brooklyn. Van con sus familias, subvencionados por los
Estados Unidos y organizaciones sionistas y pasan seis meses o un año. Después
vuelven y van otros. ¿Qué necesidad tienen de poner en peligro sus vidas y la
de sus hijos? He leído que estos colones están subvencionados también
por grupos cristianos fundamentalistas, porque creen que si los judíos ocupan
la tierra santa, Palestina incluida, Jesús volverá a la Tierra y los judíos se
convertirán al cristianismo. De momento, los colonos judíos tienen sus propias
calles por donde pueden caminar libremente, si que hay alguien libre en esta
tierra.
Hebrón es una
ciudad de ciento treinta mil habitantes pero no lo parece en la zona por la que
nos movemos nosotros. Las calles están prácticamente desiertas. Todos los días
los palestinos de Hebrón tienen que pasar controles policiales, registros y
toque de queda para ir a comprar comida, visitar a sus familias, ir a la
escuela, entrar y salir de casa. En las casas que están junto a la mezquita,
sus habitantes no pueden tener cuchillos ni ningún instrumento cortante. Por
eso, tienen que llevar la fruta, la verdura, la carne y cualquier alimento ya
cortados antes de entrar en casa. Por la noche, los controles se cierran y los
edificios y las casas que están rodeados de rejas también. No se puede salir
bajo ningún concepto, si no lo autorizan los militares israelíes. Da igual si
se trata de una urgencia médica, un parto, un incendio o cualquier otra
contingencia. Hace cinco años hubo un incendio en un edificio y murieron cinco
niños porque tardaron demasiado en autorizar el desalojo y dejarlos huir. Lo
hemos visto hoy con nuestros propios ojos.
Cuando hemos salido de la
mezquita, Abu Hassan nos ha comprado un helado como si fuéramos niños. En este
lugar es imposible no sentirse así. Tenía un sabor muy rico a sandía. Me lo he
comido a mordisco limpio. Además, he tenido suerte y he tomado ración doble
porque llevaba leche y María José no puede tomarla. Mientras chupaba el palo
del helado, hemos contemplado cómo los soldados israelíes registraban a dos
jóvenes palestinos. Les han hecho levantarse las camisetas para comprobar que no
llevaban ningún explosivo pegado al cuerpo.
Cuando hemos caminado un poco
hacia una calle por donde solo pueden caminar los colonos, un soldado israelí
de unos veinte años nos ha pedido el pasaporte. Abu Hassan le ha preguntado si
era nuevo y él le ha contestado que no. “No te he visto nunca”, le ha espetado.
Se le notaba que estaba visiblemente molesto. Cuando lo hemos dejado, nos ha
hecho saber la humillación que supone vivir así cada día. Razón no le falta.
Hoy era el tercer día de colegio
y hemos tropezado con un grupo numerosísimo de niñas que salían. Venían
contentas y nos saludaban. Cuando alguno de nosotros les queríamos tomar una
fotografía, su reacción era diversa: unas saludaban a la cámara y sonreían como
si estuvieran en cualquier otro lugar del mundo; otras, más tímidas, se tapaban la
cara porque no querían ser grabadas. Todas llevaban una mochila a la espalda y
otra en las manos, completamente nueva, metida en una bolsa de plástico
transparente. Hemos pensado que se la debían de haber regalado en la escuela.
Quizás por eso estaban tan contentas. Las mochilas eran de colores muy vivos y
alegres, con figuras de Disney bien conocidas por todos. El almuédano ha comenzado
a cantar llamando a todos a la oración. Las niñas seguían con su charleta e
iban entrando en las casas después de atravesar las rejas. Este es su día a día
más cotidiano.
Mientras observábamos a las niñas,
ha pasado a nuestra vera un vehículo militar blindado. La tensión se mastica
entre los dientes y no deja respirar con normalidad. Junto a cuatro soldados
que hacían guardia, había una pancarta publicitaria. Era de una organización
llamada Breaking the silence, formada
por soldados israelíes veteranos. Han
decidido romper el silencio y dar a conocer la situación en que viven en los
territorios ocupados. Desde los defensores de la ocupación, ha habido alguna
campaña para desprestigiar la tarea de estos hombres que solo cuentan lo que
han vivido como soldados del ejército israelí.
Hemos pasado por delante de una
casa donde unos niños jugaban y se bañaban en una piscina hinchable. Daban
gritos y también se tiraban agua con una manguera. Las madres estaban sentadas
a su lado observándolos. También nos miraban a nosotros. Nos hemos detenido a
unos cincuenta metros y Abu Hassan nos ha explicado que aquella era la casa de
una familia palestina. Fueron desahuciados por el gobierno israelí. Recurrieron
la decisión judicial y recibieron el apoyo de una organización no
gubernamental. Finalmente, consiguieron volver a la casa pero recibieron una
nueva notificación para que la desalojaran. Volvieron a reclamar; esta vez a la
Corte Internacional de Justicia y, al pasar el tiempo, les volvieron a dar la
razón. Volvieron a la casa otra vez. Desde hacía un par de semanas, los colonos
habían vuelto a la casa. En la fachada había una gran bandera de Israel colgada
desde el tejado hacia abajo. En una esquina había también una bandera palestina
más pequeña extendida desde una ventana.
Hemos recorrido una calle donde
Abu Hassan no puede entrar porque sería detenido. Ya lo fue hace cinco años.
Nos dijo que él nos esperaría en un punto de retorno donde nos reencontraríamos.
Las calles estaban completamente desiertas. Parecía que caminábamos por una
ciudad fantasma. Las casas estaban abandonadas y todas las tiendas estaban
cerradas. Las palabras que más ha repetido a lo largo de todo el día han sido:
“¿Entendéis lo que quiero decir?” “¿A quién le importa todo esto?” Sus palabras
retumbaban dentro de mi cabeza. Nos dijo que la gente no se va porque no quiere
que la echen de su casa, pero que verdaderamente es muy duro aguantar toda la
presión.
El mercado de la ciudad vieja de
Hebrón empieza a reabrir algunos negocios lentamente. El techo del mercado está
cubierto por plásticos y una protección metálica. El motivo es evitar que les
lancen objetos desde las viviendas superiores ocupadas por israelíes. Las
autoridades israelíes no dan los permisos pertinentes para reabrir los negocios
o les reclaman los impuestos de quince años. Hemos pasado por un negocio local
donde había una mujer, la más peligrosa de Hebrón, que vende artesanía local
para ayudar a las mujeres de la ciudad. Los italianos se han detenido a comprar
un zumo de granada. Hemos tenido que esperarlos. Abu Hassan ha discutido con el
árabe mientras lo preparaba porque el precio era considerablemente mayor que
en Jerusalén. “Yo les he dicho el precio y ellos han estado de acuerdo”, le
decía aquel hombre con una expresión espantada en los ojos. A veces, no hace
falta saber árabe para entender lo que dicen.
En la segunda intifada, todos
los negocios del mercado antiguo fueron clausurados y también el mercado de las
joyas donde nos hemos asomado. Ahora es una calle llena de basura y escombros
porque los judíos también los lanzaban desde las ventanas de sus casas para que
los árabes no abrieran las tiendas de nuevo. De hecho, la calle permanece
clausurada por una alambrada que acaba en concertinas en la parte superior. Nos
señaló una casa donde hace cinco años los soldados israelíes entraron una noche
y se llevaron a un niño muy pequeño. Tardaron una semana en devolver al niño a
casa con sus padres. El niño sufre secuelas insuperables.
Hemos pasado a la parte árabe de
Hebrón que estaba llena de tenderetes. Parecía que habíamos cambiado de ciudad.
Desde hacía unos minutos, nos seguía un grupo de muchachos palestinos. Debían
tener unos diez u once años. Unos de ellos ha intentado cogerle las gafas de
sol a María José de encima de la cabeza donde las llevaba de manera
despreocupada. Le he llamado la atención por lo que quería hacer y me ha hecho
una gesto para que me callara. Le he devuelto el gesto de mutis por el foro y se
ha pasado el dedo índice por el cuello como si quisiera cortarlo. Me he quedado
de piedra. ¿Qué ha vivido un niño de diez años para hacer ese gesto a una mujer
mayor extranjera?
Hemos hecho una parada en un bar
de un amigo de Abu Hassan. Este fumaba de una cachimba mientras nos sacaba
botellas de agua y preparaba té de menta. La etiqueta de la botella de plástico
era muy distinta: verde y con letras árabes. En Jerusalén son azules y en
hebreo. Hemos caminado hacia el centro de la ciudad para tomar un taxi de
vuelta. Abu Hassan aprovechaba para hacer paradas en algunas tiendas. Una de
las veces ha vuelto con un capuchón de falafel recién hecho. Otra nos ha
ofrecido unos dulces de una tienda de especias. Por último, ha traído pan de
pita y nos ha vuelto a dar de comer como si fuéramos pajarillos en un nido.
Cuando ha negociado el precio
del taxi, hemos vuelto hasta su microbús que estaba aparcado en la puerta de un
taller de cristal. Con el calor del verano estaban soplando el vidrio para
hacer objetos bonitos. Como buenos árabes, nos han invitado a visitar su tienda
y contemplar los productos que vendían. Abu Hassan me ha preguntado cómo
habíamos conocido sus visitas. Le he hablado de Eugenio, nuestro amigo
periodista que vive en Jerusalén. No lo conocía. He cogido el móvil y le he
enseñado la fotografía que nos hicimos el día antes. Ha sonreído y me ha dicho:
“Lo conozco. No sé cómo se llama, pero lo conozco.” Después de una nueva parada
en la frutería, hemos dejado Hebrón y ha conducido hacia Jerusalén. Nos ha
contado que la vida en Jerusalén es muy cara; los alquileres tienen un precio
desorbitado y cuesta sobrevivir. Él ha pedido la licencia de agente de viajes
pero tampoco se la dan porque saben de qué pie cojea. Le hemos preguntado si
era fácil dejar Cisjordania e ir a Jerusalén. Nos ha dicho que para ir a Israel
hace falta un permiso especial y que estos son muy restringidos. Tienes que ser
hombre, tener al menos cuarenta y cinco años y no estar metido en política ni
tener ninguna relación con ella. Nos ha quedado claro que no se pueden mover si
no es para irse al extranjero y no volver. “Haces una labor importante” son las
últimas palabras que le he dicho a Abu Hassan a la vez que le estrechaba la
mano.
Hemos llegado hambrientas e
indignadas a Jerusalén, dejando atrás Hebrón, la ciudad fantasma. He comido una
bola de falafel árabe que he comprado enfrente de la Puerta de Damasco; María
José no ha querido comer nada. Hemos vuelto a caminar atravesando las
callejuelas de la Ciudad Vieja una vez más hacia el Muro de las Lamentaciones. Hemos
hecho una parada en la parte del muro de las mujeres. He ido observando el
comportamiento de las mujeres que rezaban. Un bebé ha comenzado a llorar porque
una niña lo cogía de una manera algo brusca. La niña no tenía más de doce años.
Hemos supuesto que era su hermano pequeño. Con tantos hijos los hermanos mayores cuidan de los más pequeños, especialmente las niñas.
Antes de visitar el Hakotel Hamaaraví, hemos esperado en el vestíbulo un rato. Hice la reserva semanas antes por la red desde casa. Cuando he pasado por la taquilla, he visto que todas las visitas de la semana estaban agotadas. Hemos tenido que esperar a la entrada un rato. La sala estaba llena de familias judías con muchos hijos. Nos hemos dado cuenta de que no estaban allí para hacer una visita cultural. Aparte del trayecto que nosotras hemos hecho, hay otro tipo de actividades para aquellos que profesan el judaísmo. Nos hemos sentado en una esquina y he seguido observando. A mi izquierda, había una familia con uno, dos, tres… he contado hasta siete niños de casi todas las edades. Los padres eran sorprendentemente jóvenes: a los dos aún les faltaban unos cuantos para cumplir los cuarenta e iban cargados de una buena prole. Ella llevaba la peluca prescriptiva. Las mujeres judías casadas tienen que cubrirse el pelo como señal de modestia o también pueden cortárselos y sustituirlo por una peluca. El marido llevaba sombrero, rizos y abrigo emblemáticos. El que más me ha llamado la atención ha sido el penúltimo de los vástagos en la línea de sucesión, un niño que acababa de empezar a caminar. El último todavía estaba entre los brazos de su madre. Uno de los mayores daba de comer galletas a los más pequeños, pero este pollito ha llegado un poco tarde al reparto y se ha quedado sin su parte. Ha habido un momento en que ha caído al suelo y se ha dado un coscorrón. Su reacción inmediata ha sido ponerse las manos en la cabeza y hacer el ademán de comenzar a llorar. Enseguida ha mirado a su alrededor y se ha dado cuenta de que ningún miembro de su familia lo miraba; entonces se ha levantado tocándose la parte dolorida y ha continuado explorando. ¿Qué daño le hará la falta de atención y de cuidado? Después, nos han llamado para que entráramos.
Antes de visitar el Hakotel Hamaaraví, hemos esperado en el vestíbulo un rato. Hice la reserva semanas antes por la red desde casa. Cuando he pasado por la taquilla, he visto que todas las visitas de la semana estaban agotadas. Hemos tenido que esperar a la entrada un rato. La sala estaba llena de familias judías con muchos hijos. Nos hemos dado cuenta de que no estaban allí para hacer una visita cultural. Aparte del trayecto que nosotras hemos hecho, hay otro tipo de actividades para aquellos que profesan el judaísmo. Nos hemos sentado en una esquina y he seguido observando. A mi izquierda, había una familia con uno, dos, tres… he contado hasta siete niños de casi todas las edades. Los padres eran sorprendentemente jóvenes: a los dos aún les faltaban unos cuantos para cumplir los cuarenta e iban cargados de una buena prole. Ella llevaba la peluca prescriptiva. Las mujeres judías casadas tienen que cubrirse el pelo como señal de modestia o también pueden cortárselos y sustituirlo por una peluca. El marido llevaba sombrero, rizos y abrigo emblemáticos. El que más me ha llamado la atención ha sido el penúltimo de los vástagos en la línea de sucesión, un niño que acababa de empezar a caminar. El último todavía estaba entre los brazos de su madre. Uno de los mayores daba de comer galletas a los más pequeños, pero este pollito ha llegado un poco tarde al reparto y se ha quedado sin su parte. Ha habido un momento en que ha caído al suelo y se ha dado un coscorrón. Su reacción inmediata ha sido ponerse las manos en la cabeza y hacer el ademán de comenzar a llorar. Enseguida ha mirado a su alrededor y se ha dado cuenta de que ningún miembro de su familia lo miraba; entonces se ha levantado tocándose la parte dolorida y ha continuado explorando. ¿Qué daño le hará la falta de atención y de cuidado? Después, nos han llamado para que entráramos.
Susanna, una señora judía mayor, nos ha explicado el itinerario que hemos hecho por los túneles de la West Wall, como ellos la llaman. Hemos realizado la visita con una familia de norteamericanos con tres hijos. La más pequeña de unos ocho años estaba muy cansada y la madre se paraba con ella. Susanna iba haciéndoles preguntas al mayor que se asomaba a la adolescencia. El recorrido es alucinante y la labor de recuperación, impresionante. Hemos atravesado una moderna sinagoga subterránea hecha con materiales nobles y con una iluminación excelente. Muy amablemente y en un perfecto inglés, nos ha dicho que el Muro son los restos de una de las paredes laterales del Segundo Templo, destruido en el año 70 d.C. Con una maqueta nos ha explicado que el Muro de las Lamentaciones es solo una de las paredes de contención del antiguo templo, la que está al oeste, concretamente. Después de su destrucción, los judíos fueron enviados al exilio. A su vuelta, evitaban la Explanada de las Mezquitas porque tenían miedo de pisar el lugar sagrado donde estaba el antiguo templo. Susanna nos ha conducido por los túneles y pasadizos bordeando la parte baja del Muro. De vez en cuando, salían a nuestro encuentro niños judíos que jugaban y gritaban o mujeres pegadas al Muro rezando y llorando.
Los arqueólogos israelíes están locos con la idea de encontrar restos del Primer Templo, que fue construido por el rey Salomón en el año 960 a.C., pero no hay manera. No tropiezan con ninguna piedra de aquella dorada época. La familia americana se ha ido antes de acabar la visita y un grupo numeroso de italianos ha llegado y nos ha dicho que se les había hecho tarde. Algunos hombres llevaban la kipá. Hemos continuado el trayecto por los laberintos conducidos por Susanna, que llevaba los cabellos tapados con un pañuelo. La visita guiada ha terminado en un aljibe. Todos mirábamos curiosos y escuchábamos a Susana. De repente hemos descubierto un barquito en el agua con forma de kipá. Susanna se ha despedido con afabilidad agradeciéndonos nuestro interés. Nos ha dicho que ella nació en los Estados Unidos y hace muchos años sus padres decidieron volver a casa, Israel. En el día de hoy he llegado a una conclusión: nunca entenderé lo que ocurre aquí, zona cero.
Lunes, 26 de
agosto de 2019
Begoña Chorques
Fuster
Profesora que
escribe
Foto: María José Mier Caminero
Foto: María José Mier Caminero
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