sábado, 15 de septiembre de 2018

LAZOS AMARILLOS


Las salas de profesores son lugares donde, sobre todo, se habla de clases y alumnos. A veces, también se comenta la realidad social y política. El curso pasado, en una hora de guardia, repasábamos el guirigay gubernativo. Una compañera de trabajo, madrileña, nada sospechosa de sufrir la enfermedad independentista, afirmaba que llevar un lazo amarillo no significa serlo. Según ella, el lazo amarillo expresa el desacuerdo por el hecho de que activistas y políticos catalanes se encuentren en prisión preventiva. Mientras la escuchaba, me preguntaba cómo es posible que haya políticos catalanes a los que les cuesta entender tanto esto. Judicializar un problema político solo provoca más enmarañamiento y la imposibilidad de salir del atolladero. Meses después, así seguimos.

A todo esto hay que añadir un cuestión fundamental que no sé si se tiene en cuenta suficientemente: hay personas privadas de libertad, con todo lo que esto supone desde el punto de vista humano. Tengamos presente que pronto se cumplirá un año de la prisión incondicional decretada para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart. El resto de políticos llevan ya varios meses en prisión también. Y el tiempo pasa y esta gente sigue privada de su vida y del calor cotidiano de los suyos. A mí me parece dramático, especialmente cada vez que un juzgado europeo toma posición sobre la actuación de la justicia española.

Pero llegó el verano y con él las vacaciones y la guerra de los lazos amarillos que aparecía a diario en algunos medios de comunicación estatales. La líder de la oposición, Inés Arrimadas, insiste en que no se trata de un problema entre España y Cataluña, sino de un problema entre catalanes. ¿Realmente es así? ¿O pretende que así sea a base de repetirlo? La estrategia de su partido, Ciudadanos, ha sido francamente perversa buscando el enfrentamiento social al organizar retiradas de lazos amarillos de espacios públicos. Tanto es así que el propio PP se desmarcó de esta manera de actuar.

Cs y PP afirman que se ocupan espacios públicos que son de todos. Es cierto; de igual manera ocurre cuando hay una manifestación de cualquier signo o reivindicación. La ciudadanía tiene derecho a reclamar en la calle las causas que considere justas. También se quejan de que estos símbolos cuelguen de edificios públicos que deberían mantener su neutralidad. ¿Acaso es neutral colgar el retrato del jefe del estado en el despacho del director de un colegio? Responde a la legalidad vigente, pero de neutral no tiene nada. Algo parecido ocurre con los lazos amarillos en los edificios públicos. Con los lazos amarillos, con las banderas arcoíris, con los mensajes de bienvenida para los refugiados, con las banderas españolas, con los lazos negros o con los lazos violetas… Todos expresan la adhesión a una causa que respalda una parte o la mayoría de la sociedad y cuelgan de inmuebles oficiales.

Vuelve septiembre y la promesa de un otoño caliente. Los ciudadanos quisiéramos ver políticos dialogando, llegando al fondo del problema político que hay entre España y Cataluña; políticos que dejaran de hiperactuar y escenificar sus posturas con fines electoralistas; políticos que fueran capaces de hacer propuestas y aportar soluciones. Sin embargo, las posiciones se enconan y el enfrentamiento verbal en los medios de comunicación se mantiene con cruce de declaraciones duras en uno y otro sentido.

Se afirma que el independentismo no es monolítico, que hay divisiones entre ellos. Es verdad pero, ¿acaso el constitucionalismo lo es? Hay un refrán catalán que dice tants caps, tants barrets (tantas cabezas, tantos sombreros). Todos creen saber cuál es la voluntad de la ciudadanía catalana y lo afirman. En realidad, me parece que nadie lo sabe. Solo tenemos una visión parcial de lo que ocurre, minada con nuestras ideas y prejuicios. Entonces, ¿cuál sería la manera de saber qué es lo que quiere realmente la mayoría de las personas que viven en Cataluña? Eso sería sencillo: dejándoles votar.    

Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Artículo publicado en el periódico 'Ágora Alcorcón'
Imagen extraída de la red


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