domingo, 26 de abril de 2020

TRABAJADORES ESENCIALES

Los trabajos peor remunerados, con peor consideración social muchas veces, aquellos para los que no es necesaria una titulación universitaria, aquellos puestos de trabajo que primero se destruyen cuando vienen mal dadas han resultado ser los más esenciales en esta crisis sin precedentes. Ellos son el personal de limpieza, los reponedores de los supermercados, los transportistas, los trabajadores de la industria alimentaria y su logística, los ganaderos, las cajeras, el personal de residencias de mayores y enfermos, los agricultores, los que recogen nuestros residuos… Todas estas personas salen cada mañana de su casa, para ellos no hay confinamiento que valga, a trabajar para que no falte de nada en nuestros frigoríficos y despensas y para que la suciedad no nos devore. En muchos casos, su trabajo es invisible. Se da por hecho. Por eso hemos vivido tanto tiempo ignorándolo, habitando como si no fuera necesario, esencial. La próxima vez que hagan una de esas peligrosas salidas al supermercado, cada vez que tomen un producto de las estanterías en sus manos enguantadas en nitrilo, piensen en la cantidad de trabajadores esenciales que han hecho posible que ese alimento llegue a su cesta de la compra. La mayoría de ellos no se plantean hacer otra cosa porque es su empleo, su obligación, la manera en que se ganan la vida, con lo que pagan la hipoteca de su casa, las facturas y dan de comer a sus hijos, pero el resto sí debiéramos mostrar el reconocimiento necesario a la labor imprescindible que están realizando para que el resto nos quedemos en casa, muchos de nosotros teletrabajando confortablemente desde el salón de nuestros hogares.

A todos estos trabajadores se une un colectivo, más precario aún, ya que no puede teletrabajar, que ha debido permanecer en su casa en su inmensa mayoría y que carece de casi todos los derechos laborales porque pertenece a la economía sumergida: las señoras de la limpieza (porque todas ellas son mujeres) que mantenían adecentadas nuestras casas mientras nosotros salíamos a trabajar a nuestros empleos importantes, cualificados, no esenciales. ¿Estamos protegiendo a este sector vulnerable pagando durante el confinamiento, en la medida de nuestras posibilidades, el trabajo que desempeñan y que no siempre hemos apreciado lo suficiente? Quizás sea el momento de demostrarles el valor que su trabajo tiene en nuestro día a día, de mostrarnos humanos y sensibles con aquellas que no tienen la suerte de recibir su salario íntegro sin salir de casa. Pero no se engañen: no es caridad, es justicia social.

Todo esto no debiéramos olvidarlo una vez haya pasado la pandemia y podamos ir volviendo poco a poco a la nueva normalidad que nos espera. Todos somos necesarios en el engranaje colectivo que es nuestra sociedad, pero ha quedado en evidencia que ningún trabajo cualificado (acaso el de los sanitarios y científicos) puede ahora sustituir la labor de estos trabajadores no cualificados. Una vez más la realidad se impone al lenguaje para darnos con la semántica en toda la boca de nuestra arrogancia. Quizás los economistas debieran cambiarles la etiqueta en el tejido productivo y llamarles por el nombre de lo que han demostrado ser: trabajadores esenciales.  

Begoña Chorques Fuster
 Profesora que escribe
Viñeta de Andrés Faro



domingo, 19 de abril de 2020

NI HEROIS, NI SOLDATS

Sembla mentida però ja fa setmanes que cada dia a les vuit eixim als nostres balcons i finestres, per reconèixer amb els nostres aplaudiments la tasca titànica que els nostres sanitaris estan duent a terme per vèncer aquesta pandèmia. Des de diverses instàncies, se’ls lloa i pondera amb el qualificatiu d’herois perquè estan treballant amb una limitació extrema de recursos materials i humans. Certament, la seua actitud és, si més no, heroica, però hauríem d’advertir del perill que tanca aquest adjectiu. En cas contrari, quan tot aquest malson acabe, el magnífic i ingent treball que aquests professionals han realitzat al llarg d’aquests mesos quedarà com una proesa pròpia d’un cantar de gesta.

El personal sanitari està format, sobretot, per professionals dels seu ofici que a més és un dels més importants que hi ha: la cura de la salut, de la nostra salut. El treball que desenvolupen aquestes persones hauria d’ésser reconegut i respectat tot l’any; i la millor manera de respectar la feina que algú fa és dotar-la de mitjans imprescindibles, especialment, si aqueixes persones s’estan jugant la salut per salvar vides. Però cal proveir-los del material necessari sempre, no sols ara o el temps que es perllongue aquesta emergència sanitària. Cal abastir els nostres hospitals i centres de salut dels materials i instruments requerits perquè aquestes persones puguen fer la seua feina amb solvència i rigor. I encara no haurem fet prou: si volem que un treballador senta que seua comesa és valorada, el millor que podem fer és oferir-li unes condicions laborals justes i ben remunerades. Que tot això no es compleix fa molt que venen denunciant-ho els sanitaris. ¿Quants dels metges, infermers, tècnics i auxiliars que estan en primera línia es troben en una situació laboral d’interinitat? Les dades probablement ens esglaien tant com els d’aquesta pandèmia.

Hem de tenir memòria i recordar la important tasca de mobilització social que, durant anys, la marea blanca va desenvolupar per denunciar la privatització de la nostra sanitat pública i el seu desmantellament. Ells van ser més tenaços i persistents que els docents amb la marea verda, però he de dir amb certa amargor que les seues conquestes socials per tal que es frenés la privatització del sistema públic de salut van venir per part de les resolucions judicials. Ni els ciutadans amb el nostre vot, ni les protestes sociasl al carrer van aconseguir revertir un procés de concerts i externalitzacions que ha mostrat, d’una manera vergonyosa i dramàtica, les seues mancances i limitacions. Quan tot açò passe, la ciutadania hauria d’exigir als seus governants la inversió suficient per restablir una sanitat pública digna i dotada de mitjans, amb professionals suficients i ben remunerats. Ho farem?

També se’ls ha vogut qualificar com a soldats, però no ho són de cap exèrcit, ni ells ni nosaltres. Amb les referències a la guerra i la utilització de comparacions bèl·liques, hauríem d’advertir que potser estem deixant pas a un reforçament de posicions autoritàries, com manifesta el filòsof Josep Ramoneda. Tots, els sanitaris i la resta, som ciutadans fent el que humanament podem (ells molt més que nosaltres) per aconseguir que aquesta corba s’aplane i que es salven el major nombre de vides possible. Si som capaços de ser conscients de la importància del nostre paper en aquesta lluita col·lectiva, imitant l’esperit dels japonesos, sabrem que, quan tot açò acabe, serà possible arbitrar una eixida social i solidària que defense el que és de tots i que no deixe ningú enrere. 

Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu
Il.ustració de l'artista Paco Roca Chorques





domingo, 12 de abril de 2020

NI HÉROES, NI SOLDADOS.

Parece mentira pero ya hace semanas que cada día a las ocho salimos a nuestros balcones y ventanas, para reconocer con nuestros aplausos la labor titánica que nuestros sanitarios están llevando a cabo para vencer esta pandemia. Desde diversas instancias, se los alaba y pondera con el calificativo de héroes porque están trabajando con una limitación extrema de recursos materiales y humanos. Ciertamente, su actitud es, cuanto menos, heroica, pero debiéramos advertir del peligro que encierra este adjetivo. De lo contrario, cuando toda esta pesadilla pase, el magnífico e ingente trabajo que estos profesionales han realizado a lo largo de estos meses quedará como una hazaña propia de un cantar de gesta.

El personal sanitario está compuesto, ante todo, por profesionales de su oficio que además es uno de los más importantes que hay: el cuidado de la salud, de nuestra salud. El trabajo que desempeñan estas personas debería ser reconocido y respetado todo el año; y la mejor manera de respetar la tarea que alguien hace es dotarla de los medios imprescindibles, especialmente, si esas personas se están jugando su salud para salvar vidas. Pero hay que proveerlos del material necesario siempre, no solo ahora o el tiempo que dure esta emergencia sanitaria. Hay que abastecer nuestros hospitales y centros de salud de los materiales e instrumentos requeridos para que estas personas puedan hacer su trabajo con solvencia y rigor. Y aún no habremos hecho suficiente: si queremos que un trabajador sienta que su cometido es valorado, lo mejor que podemos hacer es ofrecerle unas condiciones laborales justas y bien remuneradas. Que todo esto no se cumple hace mucho que vienen denunciándolo los sanitarios. ¿Cuántos de los médicos, enfermeros, técnicos y auxiliares que están en primera línea se encuentran en una situación laboral de interinidad? Los datos probablemente asusten tanto como los de esta pandemia.

Debemos tener memoria y recordar la importante labor de movilización social que, durante años, la marea blanca desarrolló para denunciar la privatización de nuestra sanidad pública y su desmantelamiento. Ellos fueron más tenaces y persistentes que los docentes con la marea verde, pero tengo que decir con cierta amargura que sus conquistas sociales para que se frenara la privatización del sistema público de salud vinieron de parte de las resoluciones judiciales. Ni los ciudadanos con nuestro voto, ni las protestas sociales en la calle consiguieron revertir un proceso de conciertos y externalizaciones que ha mostrado, de una manera vergonzante y dramática, sus carencias y limitaciones. Cuando todo esto pase, la ciudadanía debería exigir a sus gobernantes la inversión suficiente para restablecer una sanidad pública digna y dotada de medios, con profesionales suficientes y bien remunerados. ¿Lo haremos?

También se les ha querido calificar como soldados, pues no lo son de ningún ejército, ni ellos ni nosotros. Con las referencias a la guerra y la utilización de comparaciones bélicas, deberíamos advertir que quizás estamos abriendo paso a un refuerzo de posiciones autoritarias, tal y como manifiesta el filósofo Josep Ramoneda. Todos, los sanitarios y el resto, somos ciudadanos haciendo lo que humanamente podemos (ellos mucho más que nosotros) para conseguir que esa curva se aplane y que se salven el mayor número de vidas posible. Si somos capaces de ser conscientes de la importancia de nuestro papel en esta lucha colectiva, imitando el espíritu de los japoneses, sabremos que, cuando todo esto acabe, será posible también arbitrar una salida social y solidaria que defienda lo que es de todos y que no deje a nadie atrás.

Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Imagen extraída de la red


domingo, 5 de abril de 2020

UNITS, PERÒ SEPARATS

La paraula que millor ens defineix és desconcert. Podríem unir-la a incertesa, desassossec i perplexitat i encara no acabaríem d’explicar l’estat en què ens trobem. Vivim en un estat d’alarma decretat fa dues setmanes i, amb la certesa que el nostre confinament durarà, almenys, uns altres quinze dies. Hem presenciat, de sobte, com la nostra societat ha pegat una frenada tan gran que el dibuix del neumàtic de les nostres vides ha quedat marcat a l’asfalt del nostre fràgil món. Com a supervivents d’un accident mortal, encara ens despertem incrèduls fantasiejant amb la idea que anit somniàvem que vivíem tancats a les nostres cases.

I en tan sols dues setmanes, tot ha canviat. A la sensació d’estranyesa es summa que la nostra vida quotidiana més immediata, aquella que pertany al nostre àmbit més privat, la nostra llar, roman gairebé intacta, mentre les notícies demolidores que ens arriben de l’exterior ens anuncien que el nostre món sembla caure a trossos. La pregunta que em faig és si vull que quelcom canvie dins meu després de viure aquesta experiència que mai no imaginàrem sofrir o preferim lamentar-nos pel que vàrem perdre i ja no tornarà a ser igual. Tinc la impressió que aquest confinament pot treure el millor i el pitjor de nosaltres com a éssers humans. Ja ho estem veient.

Algun lector pensarà que aquest és un article escrit des de la resiliència acomodada o l’aburgesament obscè. M’estime més la primera que el segon. I és veritat: no tots els confinaments són iguals. Pense en aquelles llars on es respira la violència i el desencís, en aquells on la incertesa econòmica arriba a ser anguniosa, en les persones que, com la meua mare que va complir anys aquesta setmana, el passen en soledat, en les famílies dels sanitaris, empleats de supermercats, camioners, etc. que ixen a posar-hi el coll, en aquells que senzillament no tenen casa, en els que viuen amuntegats a pisos patera, en aquells que s’avorreixen com ostres i es pugen per les parets perquè no tenen res a fer. És veritat, no tots els confinaments són iguals. Ho sé perquè estic confinada a un minipis de trenta metres quadrats sense vistes al carrer, compartint aquest espai amb una altra persona. I, tanmateix, crec que podem obrir les nostres finestres interiors per asomar-nos cap el que hi ha dins, per gaudir d’allò viscut, d’allò conreat, d’allò llegit, d’allò viatjat que ara ens pot nodrir i fer-nos sentir vitals, calmats i esperançats, malgrat tota la inquietud.

La situació és dramàtica, especialment als hospitals. Potser hauríem de reflexionar i fer autocrítica tots. Quantes vegades hem relativitzat l’impacte en la salut d’aquest virus que s’acarnissa especialment amb els més vulnerables, els nostres avis? Ho hem fet de manera gairebé pornogràfica, comparant-lo amb una grip comú, al·legant que afectava a persones d’edat amb patologies prèvies, com si no importaren i sentint-nos fora de perill. Parafrasejant a l’antropòloga Margaret Mead, un col·lectiu que no ajuda els seus membres més febles no mereix el nom de civilització. Hem criticat i qüestionat per excessives i sobreactuades les primeres mesures preses fa setmanes i, tanmateix, encara alguns es senten venjadors dels balcons que ixen a escridassar a qui passeja a la seua mascota o camina amb el seu fill autista. També em resulta sorprenent la lleugeresa amb què es critica tot el que les persones responsables de gestionar aquesta crisi sense precedents fan. Tan bons gestors som de les nostres existències? Ha estat el nostre comportament tan irreprotxable i modèlic al llarg d’aquesta crisi? Temps hi haurà d’analitzar els errors comesos i les alertes infravalorades. Temps hi haurà en què, amb el nostre vot, podrem decidir qui ha estat més a prop de donar la talla política que aquesta crisi sanitària i humanitària es mereix. Temps hi haurà de decidir si volem votar a qui defensa la sanitat pública de manera decidida o a qui s’ha entestat a fer de la nostra salut un negoci durant dècades. Temps hi haurà d’avaluar si el nostre comportament depredador amb el planeta mereix un fre i aprenem que és possible habitar-lo d’una altra manera. Temps hi haurà de tot això i de tornar a tirar-nos els plats pel cap per demostrar-nos que estem vius. Temps hi haurà. Ara és temps de reflexió i de romandre units en allò més genuí que tenim: la nostra condició humana que ha de fer-nos solidaris, comprensius i responsables, més enllà de tota la resta. I hem de fer-ho separats, cadascú a la nostra casa. Units, però separats.  

Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu
Cartell de Javier Parra


domingo, 29 de marzo de 2020

UNIDOS, PERO SEPARADOS

La palabra que mejor nos define es desconcierto. Podríamos unirla a incertidumbre, desasosiego y perplejidad y aún no acabaríamos de explicar el estado en el que nos encontramos. Vivimos en un estado de alarma decretado hace dos semanas y, con la certeza, de que nuestro confinamiento durará, al menos, otros quince días. Hemos presenciado, de repente, cómo nuestra sociedad daba un frenazo tal que el dibujo del neumático de nuestras vidas ha quedado marcado en el asfalto de nuestro frágil mundo. Como supervivientes de un accidente mortal, aún nos despertamos incrédulos fantaseando con la idea de que anoche soñamos que vivíamos encerrados en nuestros hogares.

Y en solo dos semanas, todo ha cambiado. A la sensación de extrañeza se suma que nuestra vida cotidiana más inmediata, la que pertenece a nuestro ámbito más privado, nuestro hogar, permanece casi intacta, mientras las noticias demoledoras que nos llegan del exterior nos anuncian que nuestro mundo parece caerse en pedazos. La pregunta que me hago es si quiero que algo cambie dentro de mí después de vivir esta experiencia que jamás imaginamos sufrir o prefiero lamentarme por lo que perdí y ya no volverá a ser igual. Tengo la impresión de que este confinamiento puede sacar lo mejor y lo peor de nosotros como seres humanos. Ya lo estamos viendo.

Algún lector pensará que este es un artículo escrito desde la resiliencia acomodada o el aburguesamiento obsceno. Prefiero la primera al segundo. Y es verdad: no todos los confinamientos son iguales. Pienso en aquellos hogares donde se respira la violencia y la desazón, en los que la incertidumbre económica llega a ser angustiosa, en las personas que, como mi madre que cumplió años esta semana, lo pasan en soledad, en las familias de los sanitarios, empleados de supermercados, camioneros, etc. que salen a batirse el cobre, en los que sencillamente no tienen casa, en los que viven hacinados en pisos patera, en los que se aburren como ostras y se suben por las paredes porque no tienen nada que hacer. Es verdad, no todos los confinamientos son iguales. Lo sé porque estoy confinada en un minipiso de treinta metros cuadrados sin vistas a la calle, compartiendo este espacio con otra persona. Y, sin embargo, creo que podemos abrir nuestras ventanas interiores para asomarnos hacia lo que hay dentro, para disfrutar de lo vivido, de lo sembrado, de lo leído, de lo viajado que ahora nos puede alimentar y hacernos sentir vitales, calmados y esperanzados, a pesar de toda la inquietud.

La situación es dramática, especialmente en los hospitales. Acaso debiéramos reflexionar y hacer autocrítica todos. Cuántas veces hemos relativizado el impacto en la salud de este virus que se ceba especialmente con los más vulnerables, nuestros mayores. Lo hemos hecho de manera casi pornográfica, comparándolo con la gripe común, alegando que afectaba a personas de edad con patologías previas, como si estas no importaran y sintiéndonos a salvo. Parafraseando a la antropóloga Margaret Mead, un colectivo que no ayuda a sus miembros más débiles no merece el nombre de civilización. Hemos criticado y cuestionado por excesivas y sobreactuadas las primeras medidas tomadas hace semanas y, sin embargo, aún algunos se sienten vengadores de los balcones que salen a increpar al que pasea a su mascota o camina con su hijo autista. También me resulta sorprendente la ligereza con que se critica todo lo que las personas responsables de gestionar esta crisis sin precedentes hacen. ¿Tan buenos gestores somos de nuestras existencias? ¿Ha sido nuestro comportamiento tan irreprochable y modélico a lo largo de esta crisis? Tiempo habrá de analizar los errores cometidos y las alertas infravaloradas. Tiempo habrá en que, con nuestro voto, podremos decidir quién ha estado más cerca de dar la talla política que esta crisis sanitaria y humanitaria se merece. Tiempo habrá de decidir si queremos votar a quien defiende la sanidad pública de manera decidida o a quien se ha empeñado en hacer de nuestra salud un negocio durante décadas. Tiempo habrá de valorar si nuestro comportamiento depredador con el planeta merece un freno y aprendemos que es posible habitarlo de otra manera. Tiempo habrá de todo esto y de volvernos a echar los trastos a la cabeza para demostrarnos que estamos vivos. Tiempo habrá. Ahora es tiempo de reflexión y de permanecer unidos en lo más genuino que tenemos: nuestra condición humana que debe hacernos solidarios, comprensivos y responsables, más allá de todo lo demás. Y tenemos que hacerlo separados, cada cual en nuestra casa. Unidos, pero separados.  

Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Obra del artista Hugo Aroca


domingo, 22 de marzo de 2020

ÈXIT ELÈCTRIC

Et dic jo que aquest aparell magnífic guareix un munt de malalties cròniques. He acabat amb la més llarga que he patit al llarg dels meus dies de casada. Ara ho sé ben segur; abans sols ho intuïa. El cas és que el Pere es troba millor del reuma i la faixa elèctrica alleugera els seus atacs de gota que, encara que no han desaparegut, han remès en el darrer any. Això és innegable. També ho és que no m’importa gaire i comence a veure la vida d’un altre color. Espere que ningú no s’escandalitze per això que he dit, doncs certament no he deixat de ser la sol·lícita i abnegada esposa perquè vaig ser educada.

Encara recorde el dia que va arribar amb ella. Amb la faixa elèctrica, vull dir, que no vagen vostès a pensar malament, que en aquesta casa som gent molt decent... Que si era un invent eficaç contra nombroses malalties, que si estava fent furor en gabinets electro-terapèutics de Madrid i Barcelona, que si finalment havia arribat a València, la capital del Túria... El bon home va posar tota la seua perseverança per aconseguir una d’aquelles cotilles miraculoses i la va tenir. He de dir que és molt tossut en allò que vol de debò. Quina llàstima que no s’haja aplicat amb major dedicació en altres aspectes més íntims! El que no m’imaginava aleshores era que acabaria esdevenint la major benedicció matrimonial que hem rebut des que van eixir de la parròquia el dia del nostre casament. Visca la revolució científica!

Va arribar engrescat amb el fòtil dins la caixa. Venia empaquetat de manera impecable i amb una presentació refinada. S’assemblava més a un caríssim complement per un elegant tern de sastre, tallat i cosit a mà, que a una vulgar faixa que propinava petites i intermitents descàrregues elèctriques. Que agosarada és la ignorància i amb quina lleugeresa jutgem el que desconeixem! És clar que, tenint en compte el preu prohibitiu de l’artefacte i recordant les restriccions pressupostàries a les quals em sotmetia aquest toix que tinc per marit, vaig rebre al meu sojorn aquella màquina amb la major de les malfiances. Robar és pecat; ja ho diu el setè manament de la llei de Déu. A mi, a catòlica, apostòlica i romana no em guanya ningú. Però quan a qui robes és al teu Adam perquè no et dóna bastant per tapar les cinc boques que seiem a la taula, esdevens una costella pragmàtica i eficaç. El més graciós de tot és que el ximple presumeix de com el seu àngel de la llar aprofita els escassos recursos econòmics que li proporciona.

He de reconèixer que els meus inicis amb la nova baluerna no foren gens esperançadors. Pere va trigar uns quatre mesos a començar a notar els efectes benefactors d’aquell invent revolucionari, mentre que jo vaig advertir les conseqüències, de manera gairebé immediata, al rebut del subministrament elèctric que em portava l’home de la companyia. Sembla que aquest mes s’han deixat vostès alguna pereta encesa fent llum als ratolins, em va etzibar amb sorna quan va observar l’increment de la xifra i el meu rostre de sorpresa i desconcert. Amb fermesa i educació li vaig respondre que si fèiem llum a rosegadors, a felins o a qualsevol criatura del Senyor era feina nostra; que per això sóc filla de ma mare i vaig aprendre’n la seua determinació.  

El primer canvi positiu que va dur a la meua llar cristiana aquest invent singular va ser la millora del peculi setmanal que rebia per la manutenció de la família. No obstant això, als dies en què els dolors corporals del cap de família van començar a remetre es va apreciar com ben invertit aquell capital. Fins al punt que, el meu Pere, fent honor al seu nom, no es va adonar tampoc que el consum elèctric i el cost de la factura seguien augmentant. Fou llavors quan la meua vida matrimonial es va transformar per sempre. Eixorivida la meua curiositat per la milloria notable de l’estat general de la meua mitja taronja –una llàstima no haver-hi fet suc!–, em vaig decidir a provar-la durant una de les tedioses hores de solitud que les mestresses de casa tenim i de les quals jo ara tant gaudeix.    

Els meus problemes de lumbàlgia van remetre de manera immediata i les molèsties que patia en l’esquena van desaparèixer en tan sols quatre setmanes. Tanmateix, continuava fent-me càrrec dels quefers domèstics amb el mateix ímpetu i dedicació. Em col·locava la faixa al voltant del tronc per damunt la roba blanca perquè no es notara l’ús clandestí que feia de l’aparell. Ho feia a la cambra de bany, per no ser sorpresa en el cas que algú arribara a casa a una hora inhabitual. Amb sessions curtes d’escassos minuts vaig notar una millora considerable de la meua condició física.

      La revolució va començar aquell matí que estava estirant els llençols del jaç matrimonial. Pere no havia desat a la seua caixa aquella màquina prodigiosa que havia restat posada damunt la consola al costat de l’armari. Vaig tancar les finestres convenientment per no atreure ni esguards ni oïts indiscrets i em vaig tornar a despullar quedant-me en roba blanca. Era d’hora, amb prou feines feia mitja hora que tots se n’havien anat de casa cap a les seues ocupacions diürnes, em vaig sentir allerada d’horaris i obligacions familiars. Vaig acoblar la faixa elèctrica a l’endoll situat al meu costat del llit i la vaig col·locar al voltant de la cintura, la seua posició acostumada. Però no me la vaig cordar. Vaig començar a notar les xicotetes descàrregues benèfiques que l’aparell proporcionava. Eren com pessics suaus sobre la pell. Tot seguit em vaig treure la samarreta interior. No vaig sentir gens de fred perquè la temperatura del meu cos augmentava en cada embranzida de la corrent. Vaig jeure en el llit, vaig tancar el ulls i em vaig deixar dur per la càlida sensació de benestar. A poc a poc la rampa es va anar desplaçant cap a la part posterior de l’esquena, arribant fins la fi de la columna. La impressió d’incandescència creixia a un ritme constant. La banda s’havia emplaçat sobre el meu pubis que va començar a sentir els sotracs curts, intermitents, ardents, doloroses però delitosos, que provocava aquest estri celestial. No podia detenir el desig de continuar aquella escalada de plaer que mai abans havia sospitat. Temia que els batecs trepidants del meu cor desbocat que sentia al pit i entre les cuixes em provocaren una aturada cardíaca, però era impossible detenir aquesta ascensió al cim del mont Tabor dels sentits. L’augment del ritme de les pulsacions i de la sensació de fruïció em va dur a la vora d’un abisme pel qual vaig témer i desitjar estimbar-me.  La consumació de la transfiguració carnal va desbordar una enfollida plenitud de plaer entre les cames que es va estendre per totes les terminacions nervioses de la meua pell. Aquella convulsió descontrolada, atroç, salvatge em va esglaiar i em atraure irremeiablement. Em vaig sentir poderosa, ama del meu cos i del meu sexe. Visca la revolució científica!

Begoña Chorques Fuster
Relat publicat a 101 relatos de la publicidad antigua (Valencia en la memoria)
Vinatea Editorial, 2018


domingo, 15 de marzo de 2020

JAURÍA de Jordi Casanova

Jauría és una obra de teatre document, nom amb el qual es coneix un tipus de teatre que fonamenta la seua dramatúrgia al voltant d’un fet real. Jauría és una obra escrita per Jordi Casanova, el muntatge de la qual és dirigit per Miguel del Arco. Jauría reconstrueix els fets de la violació en grup perpetrada per cinc individus contra una jove madrilenya de divuit anys la matinada del set de juliol de 2016. Totes les oracions pronunciades pels cinc actors i l’única actriu del muntatge són transcripcions literals dels judici a La Manada. El final de l’obra fou modificat i ampliat segons va anar resolent-se la sentència a les diverses instàncies judicials.

El fet que tot el que escoltem al pati de butaques haja estat pronunciat per algun dels protagonistes d’aquest mediàtic cas li atorga a l’obra una dosi de realitat que remou la consciència més inalterable de qui assisteix a aquesta representació. La imponent presència física dels cinc, Pablo Béjar, Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos i Javier Mora, ens apropa, només en alguna mesura, a la intimidació que va haver de patir la víctima d’aquesta violació. María Hervás, l’actriu que interpreta a la víctima, com ella, se sotmet a una doble violació: la d’aquells cinc homes joves que van viatjar a Pamplona pels San Fermins amb la intenció de sotmetre el més jove al seu ‘ritus d’iniciació’ i la de les instàncies judicials, advocats de la defensa i aparell jurídic.

No es tracta d’una obra equidistant, ja que el director del muntatge es defineix com un home progressista i feminista, però sí que pretén mostrar-nos com veuen i van viure els fets tots els protagonistes d’aquesta terrible violació. En aquest posar-se en la pell d’algú que duu a terme actes semblants radica la baixada als inferns interpretatius que han degut realitzar aquests actors. Perquè el més salvatge d’aquests fets que es presenten no són les deu agressions sexuals amb penetracions bucals, vaginals i anals, ni el linxament mediàtic que va patir la víctima des de diversos fòrums a Internet revelant inclús la seua identitat i imatges seues. El més tremebund no fou que les defenses dels acusats espiaren i investigaren la víctima després de l’agressió, ni que se la sotmetés a un procés judicial encaminat a qüestionar i desmuntar el seu relat. El més inaudit d’aquest cas i de tots els que tenim notícia és que els cinc autors i els seus entorns socials estan convençuts de la seua innocència, pensen que, no sols no van cometre cap delicte, sinó que no van fer res dolent. Això és el més aterridor d’aquest cas perquè perpetua la ‘cultura de la violació’ en què vivim, segons la qual, cinc joves d’una envergadura física considerable poden introduir un jove a un cubículum d’escassos metres, intimidar-la, humiliar-la, violar-la repetidament sense que passe res, perquè forma part de l’oci masculí i de l’aprenentatge d’ésser un bon fill del patriarcat. Mentre no siguem conscients de la humanitat que se’ns fuig emparant i justificant aquests tipus de comportaments, no podrem buscar l’antídot per aquesta societat malalta que normalitza l’explotació sexual de les dones. El més trist és que sabem quin és el revulsiu: l’educació.

Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu