Qué duda cabe que el tiempo nos da lecciones a todos. Ante determinados hechos, parece que el paso del tiempo fuera imprescindible para su valoración acertada. ¿Realmente es así? ¿Podemos evaluar el pasado, con los ojos del presente, sin ningún temor a equivocarnos?
Juan Mayorga escribió El jardín quemado en 1997. Fue publicada en la revista Escena un año después. Sin embargo, no fue hasta 2009 cuando esta obra se estrenó en el Txaika Teatro de Bilbao. Esto significa que Mayorga empezó a reflexionar sobre la memoria histórica cuando en España casi nadie hablaba de ella. Sin duda, este es uno de los temas importantes que vertebran su obra, como podemos leer en Himmelweg, La tortuga de Darwin o El cartógrafo. En ella, nos interroga sobre la dificultad de interpretar el pasado. “Mi teatro no busca reconstruir el pasado, sino un combate entre pasado y presente”. Y así el espectador vivirá esta lucha interna durante la representación.
Los humanos somos animales que miramos hacia atrás para relatarnos, para interpretarnos y darnos sentido. El propio Mayorga está revisitando obras suyas del pasado; alguna, como esta, de sus inicios. En la obra inicial Benet y Garay eran personajes masculinos. ¿Falta de creatividad? Lo dudo. ¿Falta de ideas nuevas? Quizás. ¿Será porque es consciente de que se hace mayor? ¿Será porque en algún examen de Selectividad se habla de él como un autor fallecido? ¿Será porque la experiencia de los años puede enriquecer obras del pasado y dotarlas de mayor profundidad? ¿Será porque concibe el corpus de su obra como un todo, como el matrimonio de La colección?
La doctora Benet (Loreto Mauleón) acude al sanatorio de San Miguel, situado en una isla, con el pretexto de realizar un estudio sobre cómo la doctora Garay (Adriana Ozores) ha dirigido este centro psiquiátrico durante cuatro décadas. En la nueva versión, se eliminan todas las alusiones a España, al régimen franquista y a la transición, porque no son ya necesarias. Sin embargo, la joven Benet pretende ajustar cuentas y pedir explicaciones sobre cómo la veterana Garay se comportó durante la guerra civil que sacudió la isla. Para ello, quiere contar con el testimonio de los enfermos del sanatorio: un grupo de personajes beckettianos suspendidos en el tiempo y en la memoria. ¿Será que a veces el olvido es la única posibilidad para la supervivencia? ¿O la locura? ¿Una nave de poetas puede convertirse en una nave de los locos?
Calatrava (Jesús Barranco) es un anciano absorto que saluda al público y canta ópera; Oswaldo, un afable adiestrador de perros imaginarios; Pepe (Mariano Llorente) y su siamés Néstor (el propio Barranco) juegan una partida de ajedrez eterna sobre un tablero invisible, recordándonos a Reikiavik; y, por último, el misterioso Cal (Miguel Hermoso) que dice ser el poeta Blas Ferrater, autor de “Entre naranjos” y que los fascistas hicieron desaparecer (imposible no pensar en García Lorca). Poco a poco, Benet se va dando cuenta de que “salvarlos” no será tan fácil y encontrar una explicación unívoca y cerrada del pasado, menos aún. “Deje a los muertos enterrados” resultará una sentencia tan dolorosa como inquietante. ¿Qué hay en ese jardín quemado?
A pesar de todo, la luz se irá colando poco a poco por las rendijas de una escenografía sugerente (Elisa Sanz), con ecos de Buero Vallejo, para colocarnos delante de nuestras contradicciones, para preguntarnos por la certeza de nuestras ideas y creencias. Frente a la dialéctica entre olvido y memoria, se encuentran las víctimas atrapadas en un jardín hecho cenizas, metonimia de España, y sus cicatrices que se hacen palpables en el personaje del Hombre Estatua (de nuevo, Barranco), que permite al autor dotar a la obra de una estructura circular con sentido: “Esas aguas no engañan: la cicatriz es más fuerte cada día”.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
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