Historia de una escalera vuelve 75 años después al escenario del Teatro Español donde se estrenó por primera vez. Antonio Buero Vallejo, que nos dejó probablemente la obra teatral más sólida de la segunda mitad del siglo XX, ganó con este su primer trabajo el premio Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid en 1949. Nada sorprendente si no tenemos en cuenta que Buero Vallejo combatió en la guerra civil en el bando republicano, que fue condenado a muerte después del fin de la misma y que, conmutada la pena capital por cadena perpetua, pasó casi siete años en prisión. Y, sin embargo, Buero Vallejo es el autor que ha dejado una huella teatral más profunda en este triste y gris periodo de la historia de España que fue el franquismo.
Pasados los años, Historia de una escalera se ha convertido en su obra más emblemática por el valor simbólico de este espacio comunitario por el que circulan unos personajes, movidos por el deseo de salir de la mediocridad y vencidos por el desaliento y la frustración. Suben y bajan sus peldaños a lo largo de tres décadas esperando y deseando que algo cambie en sus vidas, mientras son testigos de cómo el tiempo devora a la generación de los mayores y engulle las expectativas y esperanzas de cambio de los más jóvenes. Son historias pequeñas que alcanzan un valor universal que reverbera en nuestro presente y en los problemas sociales que siguen tan vigentes desafortunadamente.
Este espacio simbólico y comunitario es lo único que se nos muestra a los espectadores. A partir de las palabras de unos personajes que ansían la transformación de sus existencias, vislumbramos los dramas que se viven al otro lado de las puertas de sus hogares. La acción se sitúa en tres momentos emblemáticos de nuestra historia: la primavera de 1919, acabada la Primera Guerra Mundial; el otoño de 1929, momento del crack de la bolsa de Nueva York y ya con la dictadura de Primero de Rivera en España; y el invierno de 1949, diez años después de acabada la contienda fratricida entre españoles y finalizada la Segunda Guerra Mundial, momento que en el entreacto queda representado a través del hijo menor de Fernando y Elvira, Manolín, personaje interpretado por un excepcional y jovencísimo actor llamado Eneko Haren.
Sin embargo, los paralelismos con la actualidad se hacen patentes en la precariedad laboral y económica, el difícil acceso a la vivienda, las dificultades para llegar a fin de mes como consecuencia de la inflación… síntomas que evidencian la enfermedad del inmovilismo social que aún hoy sufrimos. El señor y el joven bien vestidos del tercer acto, oficinistas u oficiales en ciernes, se convierten en el espejo de los desclasados que se sienten con más derechos que sus semejantes. Pero ese ascensor que podría elevarlos a todos no es que esté averiado, es que ni siquiera se ha instalado.
El montaje dirigido por Helena Pimenta está a la altura de la obra y de la efeméride. Con un respeto absoluto al texto de Buero, por petición expresa de sus herederos, y un elenco de actores de lo mejor de la escena española actual, teje algunos momentos corales de alegría, fiesta, música y baile, dándonos una tregua en el desencanto, pero también otros de incertidumbre y miedo por el futuro. Porque un mérito de este libro es la creación de un personaje colectivo a partir de una serie de caracteres magistralmente delimitados para no caer en los prototipos. De este modo, disfrutamos de las interpretaciones de David Luque, que encarna a un Fernando en lucha consigo mismo y con la mala conciencia de traicionar sus ideales de cambio, y de Agus Ruiz, que borda la personalidad efusiva de obrero de Urbano que cree en el progreso colectivo, pero que es tan poco decidido como su amigo de juventud. Marta Poveda, con su versatilidad acostumbrada, construye una Carmina con una hondura desconcertante que transita de la ilusión juvenil al desengaño adulto. Por último, Gloria Muñoz, sustituida por Puchi Lagarde durante los primeros días de la representación por una caída en una escalera (no sabemos si por azares del destino), da voz, piel y cuerpo a una Paca soberbia, única superviviente de la generación de los mayores y personaje con una actitud vitalista indudable, a pesar de sus quejas y consciente de su suerte adversa, que se agarra a la vida con uñas y dientes: “¡Ea! No hay que llorar más. Ahora a vivir, a salir adelante!”.
Sin embargo, el tiempo, tres décadas de sinsabores, de luchas y amarguras, subiendo y bajando los peldaños de esa vieja escalera, acaba convirtiéndose en un círculo vicioso que se repite y que atrapa a los que vienen detrás con los mismos proyectos de cambio y transformación. ¿Serán capaces de salir de esa espiral de frustración y desilusión? Buero lo deja en nuestras manos de lectores/espectadores.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe