domingo, 24 de mayo de 2026

TRAVY

Trabajar con la familia puede tener sus inconvenientes. Dedicarse a la misma profesión que los padres puede suponer una responsabilidad difícil de sobrellevar. Sin embargo, Oriol Pla Solina ha decidido en Travy hablarnos del oficio de comediante, de cómo este ha ido cambiando y ha decidido hacerlo en familia. La familia Travy es la familia Pla-Solina, formada por los padres, Quimet Pla, fundador de la compañía Els Comediants en los años 70, y Núria Solina, violinista y pionera del teatro de calle en Picatrons o los Germans Poltrona, junto a Diana Pla, actriz y bailarina, y Oriol Pla, que ha protagonizado la serie Yo, adicto y que firma el texto junto a Pau Matas. Los dos hermanos empezaron a participar en los espectáculos de sus padres, cuando formaron en 1996 la compañía Teatre Tot Terreny. Con todo esto, Oriol Pla se propone escribir y montar una obra de teatro para hablarnos del eterno conflicto entre el teatro de vanguardia y el teatro anclado en la tradición, y de lo que supone formar parte de una familia de cómicos. El planteamiento puede parecer sencillo, pero el resultado es pura magia y poesía.

 

Travy ha vuelto al Teatro de la Abadía después del éxito cosechado la temporada pasada. La obra empieza en la entrada misma al teatro que se realiza por la parte posterior, entre bastidores, recorriendo la parte trasera del escenario hasta llegar a este… Para ello, contaremos con la guía de los utileros para así reivindicar todos los oficios que necesita una obra para llegar al estreno. Pero, ¿de qué va exactamente Travy? De todo y de nada. La obra se asoma a un mundo que está desapareciendo, el de los payasos de antaño, que nos sirve como metáfora de la muerte, como esa misteriosa y simbólica sandía, que carga el patriarca de la familia y que se abre al final para mostrarnos su significado.

 

Oriol Pla rinde homenaje al arte del clown y el mimo en la primera escena de la obra, en la que nos retrata, de forma sutil y magistral, los tiempos de velocidad que vivimos, al ritmo frenético de la Suite española, nº 1 Op. 47: Asturias de Isaac Albéniz, emulando a Charles Chaplin en Tiempos modernos. A veces, es necesario detenerse para apreciar y contemplar ese mundo en peligro de extinción, ¿o no? A continuación, alrededor de la mesa, nos encontraremos a unos padres que se preguntan si continúan haciendo gracia, para llegar a la conclusión de que no. La muerte no tiene gracia, aunque de vez en cuando hagamos lo posible por reírnos de ella. Aunque tampoco debería ser ningún drama, ni causarnos tanto miedo.

 

Los cuatro, entre rebanadas de pa amb tomaca, debatirán sobre lo que debería ser esa obra familiar, en un juego metateatral que se va liando como una madeja de ingenio y agudeza, y que nos permitirá presenciar la misma escena con el mismo tropezón de Oriol de la misma pierna con la misma silla hasta tres veces. ¿Qué es la vida sino repetición? Repetición hasta que se acaba, como la del recién desaparecido payaso Sivartini que ha muerto. “¿De qué? De repente”. Entonces “improvisarán” una escena, a la manera insustituible de este clown, mezclando el italiano, el castellano y el catalán. Por cierto, la obra combina el catalán y el castellano sin conflicto alguno. Los cuatro acabarán confesando que ninguno de ellos conocía la obra de este juglar ya inmortal, pero no pasa nada. Como tampoco parece importar que no se pongan de acuerdo las dos generaciones de los Travy en la obra que proyectan: la madre quiere hacer un pasacalles, lleno de música, mientras Diana quiere romper los límites de la danza y la expresión corporal con una propuesta “a su manera”, aunque acabará convertida en una especie de luchadora mexicana o Pussy Riot. El padre, como juglar, considera que deben ser fieles a la tradición y ve necesario incluir una escena dramática que contenga los grandes temas de la literatura clásica. Gracias a una secuencia sublime en su sencillez, descubriremos el companaje óptimo que pueden formar el monólogo de Hamlet de Shakespeare, declamado por un payaso viejo y decadente, y la elaboración de una tortilla a la francesa con pan a la catalana. Percibiremos hasta el olor, como el cigarrillo que se fuma Núria, porque el teatro también huele.

 

En medio de este batiburrillo perfectamente amalgamado, Oriol se desespera porque no es capaz de poner riendas a la creatividad de su familia y piensa que están haciendo el ridículo. Lo que no sabe el Oriol personaje es que en medio de todos estos sketches, algunos de ellos descacharrantes, emerge el auténtico sentido de la obra, del teatro, de la vida. ¿O no? ¿Quién sabe? Porque “no todo el mundo sabe hacer el ridículo”.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

 

 

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