Juan Mayorga (Madrid, 1965) es el
dramaturgo español vivo más representado más allá de nuestras fronteras. Sus
obras han recibido numerosos premios y reconocimientos. Sin embargo, mantiene
la pasión y el trabajo constante de un principiante. Por primera vez, una obra
suya, Los yugoslavos, será
representada en el Gran Teatre de Xàtiva. Conocí al Juan Mayorga dramaturgo a
través de la voz de Carmen Machi en La
tortuga de Darwin, representada en 2008 en el teatro que él dirige en la
actualidad. Tuve la suerte de conocer al Juan Mayorga ser humano, en 2015 en el
Ateneo de Madrid, en la representación de Famélica.
Lo más importante que puedo decir del Juan Mayorga amigo es que aplica el
principio kantiano en cada interacción: toda persona es un fin en sí mismo.
¿Cómo
un licenciado en Matemáticas y en Filosofía acaba escribiendo teatro? ¿Por qué
teatro, y no novela o poesía?
J.M. Fui un niño y adolescente lector y
quise ser escritor. En mi juventud escribí poesía y narración. Nuestra
profesora de Literatura de 2º BUP nos llevó a ver Doña Rosita la soltera de Lorca, dirigida por Jorge Lavelli y
protagonizada por la gran Nuria Espert. Allí descubrí el teatro como arte de la
reunión y la imaginación. A diferencia de otros compañeros de oficio, yo llegué
a la escritura teatral desde el patio de butacas, desde mi afición como
espectador. Escribo para el adolescente que fui y, además, ese narrador que fui
y ese poeta que quise ser están en el autor teatral que soy. El teatro me ha
permitido asaltar mi lengua. De joven, no acepté la emboscada de elegir entre
ciencias o letras y reconozco la Filosofía y las Matemáticas en mi
dramaturgia.
Premio
Princesa de Asturias, Académico de la RAE, Premio Nacional de Literatura
Dramática, varios Premios Max… ¿Sufre Juan Mayorga el síndrome del impostor?
¿Qué le dice el Juan Mayorga adolescente al dramaturgo de hoy?
J.M. Todos los reconocimientos recibidos los
agradezco y me los tomo como acicates para seguir trabajando. Siempre digo que
no recibes los premios por lo has hecho sino por lo que esperan que hagas.
Intento trabajar duro para merecer esos premios. No sé qué pensaría el
adolescente de este que soy ahora. Es posible que esperara más. Yo miro al
chaval que fui con afecto. En mi obra Noli
me tangere hablo precisamente de la distancia insalvable entre quienes
somos y quienes fuimos. Uno intenta comprender a aquel que fue, pero no puede
entenderlo todo porque el tiempo y la vida los separa.
Yo
defino a mi amigo Juan Mayorga como un tipo normal. ¿Este tipo normal es un
hombre optimista o pesimista? ¿Por qué? ¿Hay motivos para la esperanza?
J.M. No podemos permitirnos ser pesimistas
porque conduce a la resignación y al fatalismo y este es reaccionario. Walter
Benjamin hablaba de “organizar el pesimismo” que es una forma paradójica de
optimismo. No podemos aceptar el discurso que nos impone que cualquier acción
es inútil, porque es radicalmente falso. Los seres humanos somos desiguales en
fuerza y estamos tentados a aprovechar nuestra superioridad económica, física o
intelectual sobre los demás. Pero también es cierto que hay seres humanos que
ayudan y acuden en auxilio de otros. Cada una de esas acciones embellece el
mundo y es una razón para la esperanza.
¿En
qué han mejorado los textos dramáticos de Juan Mayorga desde que se lanzó a la
arena de la dirección teatral hace ya más de una década?
J.M. Los textos que he puesto en escena
dirigiendo el montaje (La lengua en
pedazos, Reikiavik o El cartógrafo,
por ejemplo) se han enriquecido y agitado en el encuentro con los actores en la
sala de ensayo. Y creo que este proceso los ha mejorado. Además, estar más
cerca de los actores y del juego de sus cuerpos en el tiempo y en el espacio ha
enriquecido la mirada del escritor que soy. Dirigir estos montajes me ha
ayudado en el proceso solitario de escritura a la hora de imaginar lo que
escribo. Sin embargo, considero que Himmelweg
y El chico de la última fila son mis
mejores textos y estos los compuse antes de saltar a la arena de la dirección.
Tuve suerte de escribirlos.
¿Cómo
ves el panorama teatral actual? ¿Qué aportación estáis haciendo desde el Teatro
de la Abadía?
J.M. El panorama teatral es muy interesante.
Cada temporada hay espectáculos excelentes y hay una extraordinaria diversidad.
Me produce mucha ilusión observar que gente muy joven ha elegido el teatro como
modo de relacionarse con su sociedad y con el mundo. Es sobresaliente la
presencia cada vez mayor de mujeres liderando espectáculos teatrales,
dramaturgas y directoras de escena. La Abadía intenta estar a la altura de
todos esos desafíos. Tiene preferencia por los espectáculos encabezados por
mujeres, quiere apoyar a los creadores y directores más jóvenes y, desde luego,
la Abadía es un teatro de barrio, de la ciudad, pero también del Estado. Por
eso, estamos deseando recibir espectáculos de toda España. Quisiéramos acoger
más pero no es posible por cuestiones económicas y de espacio. Es fascinante
dirigir un teatro tan bello como la Abadía, porque consiste en imaginar
ocasiones de reunión y es posible acompañar a otros creadores y ayudarles a
realizar sus deseos.

Los yugoslavos trata sobre la tristeza. ¿Qué es “ser feliz”, señor Juan Mayorga
filósofo? ¿Es posible serlo en nuestra sociedad? ¿Se puede ser feliz y triste a
la vez?
J.M. Es una obra sobre el misterio de la tristeza. Como dice un personaje,
“la tristeza siempre está acechando”. Se echa sobre un ser humano y no siempre
es fácil saber por qué. La tristeza puede ser compatible con la felicidad, que
es el estado que todo ser humano desea. A ella se refiere Aristóteles afirmando
que es el fin al que aspiramos. Lo que pasa es que la felicidad tiene distinta
forma para cada uno. Yo he sido feliz en algún momento cada día de mi vida y
también he tenido alguna razón para la tristeza. Creo que es posible ser feliz
en este mundo, al mismo tiempo que pienso que hay muchas razones para la
tristeza.
Los yugoslavos habla del poder sanador de las palabras… ¿Poseemos nosotros el
lenguaje? ¿O nos posee este a nosotros?
J.M. Nacemos en un lenguaje. Esto ya lo dijo también el viejo Aristóteles. Estamos
rodeados de palabras y atravesados por ellas. En buena medida, somos
dependientes de las palabras. La pregunta importante que debemos hacernos es si
podemos ser autores de nuestros propios textos. Nuestra relación con el
lenguaje nos lleva a dos responsabilidades: por un lado, tenemos que ser
críticos con los textos que nos rodean y reflexionar sobre quién enuncia esos
textos y pensar en nuestras condiciones de recepción de los mismos. Pero,
además, debemos ser especialmente responsables y críticos con nuestros propios
textos. Podemos contribuir a la felicidad y al enriquecimiento de los otros o,
por el contrario, podemos tratarlos injustamente y dañarlos con nuestras
palabras. Podemos ser maledicentes y eso es muy grave. Tenemos que encontrar la
palabra que ayude al otro a vivir.
Pero también nos has advertido de su poder destructivo. ¿Crees que se
puede volver a cumplir la predicción de Harriet, La tortuga de Darwin: “Las palabras preparan
muertes; las palabras matan. Las palabras marcan a la gente que hay que
eliminar: “judío”, “fascista”, “terrorista””?
J.M. Ese diagnóstico de Harriet se está
cumpliendo cada día y hoy se da con una especial intensidad. Basta con abrir un
periódico o escuchar un noticiario. Ahora mismo, en el mundo, se están
utilizando palabras para legitimar injusticias, para justificarlas e, incluso,
para presentarlas como necesarias. En particular, se está señalando a seres
humanos para marcarlos con palabras que los desacreditan, que los señalan como
enemigos. La palabra “terrorista”, que ya mencionaba en La paz perpetua, está siendo utilizada para señalar a personas
contra las que se considera que se puede hacer cualquier cosa.
¿Ocurre lo mismo con el Silencio,
título de tu discurso de ingreso en la RAE? ¿Es sanador o destructor?
¿Imprescindible o un mero recurso teatral?
J.M. El silencio tiene valores extraordinarios. El primero es que nos
permite escuchar. Nuestro silencio permite escuchar la voz del otro, su
argumento y su razón. Ese silencio hoy está proscrito. Hay muy poca escucha y,
sin embargo, esta es una virtud moral. El silencio tiene muchas caras y puede
tener una cara vergonzosa: la del que calla cuando debiera hablar, la del que
calla por cobardía. Ante determinadas situaciones hay que alzar la voz. El
teatro es un espacio de silencio donde espectadores muy diversos acuerdan
reunirse y callar para escuchar a los actores y a los personajes, y también
para escuchar sus silencios. El teatro es un arte en el que se escucha el
silencio.
Dinos lo primero que se te ocurra sobre los mapas en la dramaturgia de
Juan Mayorga. Pista: “Mujeres que
intercambian mapas.”
J.M. Los mapas me fascinan. Un mapa es un objeto de esperanza porque
cualquiera de esos lugares que están señalados pueden ser espacios de milagro.
Quizá esa creencia mía venga de que hice seis veces el Interraíl y lo primero
que hacíamos, al llegar a una estación, era conseguir un mapa ante el cual se
desplegaba un cuento con todos los itinerarios posibles donde se desplegaban lugares
marcados, pero también los no marcados que eran misteriosos. En Los yugoslavos, los hombres intercambian
palabras y las mujeres, mapas. Me resulta interesante la imagen de viajar con
el mapa de otro, caminar con un mapa que no has hecho ni elegido tú, con un
mapa encontrado o que te ha dado otra persona.
¿Y qué papel juega el amor en todo esto?
J.M. El amor está en el arranque de la obra y en toda ella; es fundamental.
Martín ama a su mujer hasta el punto que está dispuesto a sacrificarse por
ella. Para salvarla, pone en su camino alguien más atractivo que él sabiendo
que puede llegar a perderla. Martín tiene otro amor, que es el bar, y va a
tener que elegir entre el amor a ese lugar que lo constituye y el amor a su
esposa. En la vida, el amor es lo más importante, especialmente ese amor que
lleva a entregar algo.
¿Cómo ha resuelto Juan Mayorga la relación conflictiva que mantiene con
los finales de sus obras en el caso de Los
yugoslavos?
J.M. Es cierto que estoy en permanente conflicto con mis textos y con ese
momento fundamental que es el final que despide al lector o espectador. Como se
dice en El chico de la última fila,
los finales deben ser imprevistos pero necesarios. El final tiene el poder de
resignificar la obra. Hay finales con los que no me siento insatisfecho y que
me interesan: Himmelweg, El cartógrafo,
La paz perpetua, La lengua en pedazos o
El chico de la última fila. Me he peleado especialmente con el final de Los yugoslavos, porque hay algo en juego
muy importante en él. Es fundamental para su sentido lo que hará Ángela
finalmente. Es una incógnita cómo lo acogerá el espectador y un motivo de
interrogante para mí.
''Deberíamos haber ido donde los
yugoslavos. Allí se juega de verdad. Mientras las mujeres bailan''. ¿Dónde está ese lugar? ¿Crees que es posible encontrarlo en el contexto
mundial actual?
J.M. Es el lugar donde se encuentran personas perdidas. Se encuentran no por
azar, sino porque buscan ese sitio donde van a encontrarse. Ese lugar puede
estar muy cerca, aunque nunca llegues a descubrirlo, pero quizás lo halles hoy.
Esta primavera podremos ver El
jardín quemado en La Abadía. Esta es una de tus primeras obras. ¿Ha llegado
el momento de revisar lo hecho? ¿Preparas tu herencia como el matrimonio de La colección?
J.M. Es de las primeras, pero también una de las últimas en las que he
trabajado. Nunca doy por acabado un texto. Tiene diferencias fundamentales en
relación al primer texto que escribí: ahora los personajes protagónicos son
mujeres. Es una obra sobre la memoria. Cada vez soy más consciente de que no
vivimos solo para nosotros. Tenemos que trabajar pensando en otros que vendrán.
En Herencia aludo a los astrónomos
medievales que tomaban notas de fenómenos que ellos no podían explicar, pero lo
hacían para los astrónomos futuros. Esos científicos tenían una conciencia de
la herencia y de que hacían un trabajo que los excedía, que no tiene una
compensación inmediata, como la tarea de los que nos dedicamos a la educación.
Por último, ¿desde cuándo corres maratones? ¿Ya no nadas con tus gafas
Intensamente azules?
J.M. Me gusta mucho correr y he concluido tres maratones. Corro todas las
semanas. Es bueno para mis piernas, mis pulmones, mi corazón, y sobre todo,
para mi cabeza. La maratón tiene que ver con la vida, porque es una carrera de
larga distancia: hay que medir las fuerzas, a veces puedes acelerar y otras
tienes que pasar baches. Soy peor nadador, pero también me gusta nadar. Y me
gusta ir por la vida con esas gafas “intensamente azules”.
Gracias, amigo, por hacernos
pensar. Un abrazo fuerte y feliz 2026.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe