domingo, 22 de febrero de 2026

CONSTELACIONES

¿Cómo habría sido su vida si en aquel momento determinante que recuerdan hubieran tomado otro camino? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubieran conocido a alguna de las personas más importantes de su vida o sencillamente no hubieran ‘conectado’? ¿Qué tipo de persona serían hoy de no haber decidido cambiar el rumbo en aquella circunstancia que, con la perspectiva del tiempo, acabó siendo fundamental? ¿Cómo pensarían? ¿Qué visión del mundo y de la vida tendrían?

 

Estas son solo algunas de las preguntas que me he hecho viendo Constelaciones de Nick Payne, versionada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, en el Teatro Valle-Inclán. Se trata de una obra contemporánea, estrenada en 2012 en el Royal Court Theatre de Londres, que ya se pudo ver en Madrid en 2015 en un montaje dirigido por Fernando Soto en el Teatro Lara.

 

El planteamiento narrativo del texto es disruptivo. Tenemos dos únicos protagonistas ante los cuales se abre un abanico casi infinito de posibilidades. Él es apicultor urbano, con todo el significado simbólico que las abejas adquirirán según avance la obra; y ella es física cuántica y se dedica a la investigación del multiverso y los universos paralelos. A partir de esto último, y de su aplicación a la cotidianeidad más básica, la obra explora posibilidades, casi infinitas, de evolución en una relación de pareja e incluso en la génesis misma de esta.

 

El juego vital está servido y Peris-Mencheta lo sabe bien. Por eso, nos plantea un artefacto escénico cuyo origen radica en el propio azar y en la naturaleza espectacular del teatro como reflejo de la vida y nos sube a un escenario circular que se mueve, como la vida misma, y nos muestra la fragilidad de nuestras decisiones y el papel que la casualidad juega en nuestra configuración como seres humanos. Al fondo tenemos ‘otro’ escenario para una banda musical desde donde un maestro de ceremonias, Litus Ruiz, nos anuncia el principio de la representación (no la de nuestra vida, que debe quedar aparcada durante noventa minutos… ¿o no?). Nos convertimos en “el observador”, un concepto de la física cuántica que se funde con el teatro: las cosas no terminan de ocurrir hasta que alguien las mira. Pero no debemos dejarnos engañar porque la mirada nunca es neutra, altera la realidad. Constelaciones plantea un multiperspectivismo cervantino que Peris-Mencheta acentúa en una disposición del escenario a tres bandas. Porque la objetividad no existe. Lo honesto es reconocerlo.  

 

Litus Ruiz nos presenta a los actores como si de un combate dramático se tratara: Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano. Pero ese día no actuarán todos, solo dos lo harán. El resto formarán parte de la orquesta que ejecutará el acompañamiento musical. La suerte decidirá qué dos intérpretes serán la pareja protagonista y en qué circunstancia se conocerán: ¿en una boda?, ¿en una fiesta de fin de año?, ¿en una barbacoa…? Es decir, cada día se representa una función diferente porque cambian los intérpretes (hay quince posibilidades distintas posibles) y cambian los ojos que los miran y las mentes que los piensan y analizan. Y, como todas las parejas con una trayectoria vital larga, el apicultor y la física se tendrán que enfrentar a diferentes situaciones que nos serán presentadas desde diversos puntos de vista: la infidelidad, la enfermedad, la convivencia, la muerte. Una tarde de invierno de un fin de semana de febrero la fortuna quiso que Jordi Coll y María Pascual interpretaran Constelaciones para mis ojos miopes y mi mente del siglo pasado. Y de aquella experiencia teatral nació este artículo periodístico, otro nuevo cachivache literario. No hay un único final sino un mosaico, para la obra de Payne y para esta columna. Para sus vidas, ustedes sabrán…

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

domingo, 15 de febrero de 2026

TEBANAS

Homo sum: humani nihil a me alienum puto”, dijo Terencio, dramaturgo del siglo II a.C., de origen bereber. (Oye, ¡qué bien queda un buen latinajo para empezar el artículo!). Y, efectivamente, más de dos mil años después, podemos afirmar que nada de lo humano nos es ajeno, o quizás tendríamos que decir mejor, no nos debería ser ajeno. Lo triste es que hoy esta afirmación empieza a ser subversiva y revolucionaria. Lo dijo el dramaturgo, nacido esclavo, en su obra El enemigo de sí mismo, y lo proclama Álvaro Tato en sus textos cuya dirección lleva a cabo Yayo Cáceres. Así lo han vuelto a hacer en su nuevo montaje Tebanas que se ha estrenado en el Teatro de la Abadía de Madrid.

 

Tras los éxitos de Vive Molière en 2022 y Burro en 2023, la compañía Ay Teatro presenta una obra que quiere ser una síntesis de las piezas fundamentales del ciclo tebano: Edipo rey y Antígona de Sófocles, Siete contra Tebas de Esquilo y Fenicias de Eurípides. Vuelven a hincar el diente a los clásicos grecolatinos con una frescura y un desenfado que seduce al espectador contemporáneo acercándole el mensaje universal que estos contienen. Ya lo dijo mi viejo profesor de Latín del instituto, Agustí Ventura: los griegos y los romanos lo inventaron todo y, desde entonces, no hemos hecho más que recrearlos. Pues eso…

 

Con un elenco de jóvenes actores y músicos (Cira Ascanio, Marta Estal, Mario García, Fran Garzía, Daniel Migueláñez y Mario Salas de Rueda), Tebanas reformula en verso el gran mito de Tebas: la saga de Edipo y sus descendientes. ¡Menudo marrón! El ser humano se enfrenta a su destino trágico y plantea el eterno dilema entre el fatum o el libre albedrío. ¿Estamos abocados a repetir la eterna espiral de violencia y destrucción que nos lleva a hacernos daño una y otra vez? ¿Somos responsables de los pecados de nuestros padres? Estas son solo algunas preguntas que nos plantean estas obras y que Tebanas nos vuelve hacer. Pero nos recuerda, en el texto y en la puesta en escena, que todos formamos parte de un espectáculo coral, que lo colectivo nos atañe a todos y es político. ¿Qué papel jugamos como individuos en el Estado? ¿Al servicio de quién está este? ¿Cuál es la diferencia entre justicia y ley? ¿Cuál es el límite entre razón y creencia?

 

Con un ritmo ágil, ante semejante maremágnum metafísico, el texto, como la vida, se agarra a algo imprescindible para no sucumbir ante temas tan tochos como la identidad, la guerra civil o la herencia familiar. Para sobrevivir, la herramienta fundamental es el humor. Es, por eso, que en medio del montaje, a modo de entremés bufonesco, se rompe el ritmo y el tono y una chirigota carnavalesca nos advierte, de forma irónica y gamberra, de las consecuencias de toda guerra (por si aún no lo teníamos claro, mónguers), pero también de nuestro comportamiento como ciudadanos de la polis. En fin…

 

Tebanas muestra las costuras de nuestra sociedad y de nuestra manera de estar en el mundo. ¿Es posible la salvación individual si el mundo se va literalmente a la mierda? Pues eso…

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

sábado, 7 de febrero de 2026

ENTREVISTA A JUAN MAYORGA

Juan Mayorga (Madrid, 1965) es el dramaturgo español vivo más representado más allá de nuestras fronteras. Sus obras han recibido numerosos premios y reconocimientos. Sin embargo, mantiene la pasión y el trabajo constante de un principiante. Por primera vez, una obra suya, Los yugoslavos, será representada en el Gran Teatre de Xàtiva. Conocí al Juan Mayorga dramaturgo a través de la voz de Carmen Machi en La tortuga de Darwin, representada en 2008 en el teatro que él dirige en la actualidad. Tuve la suerte de conocer al Juan Mayorga ser humano, en 2015 en el Ateneo de Madrid, en la representación de Famélica. Lo más importante que puedo decir del Juan Mayorga amigo es que aplica el principio kantiano en cada interacción: toda persona es un fin en sí mismo.

 

¿Cómo un licenciado en Matemáticas y en Filosofía acaba escribiendo teatro? ¿Por qué teatro, y no novela o poesía?

 

J.M. Fui un niño y adolescente lector y quise ser escritor. En mi juventud escribí poesía y narración. Nuestra profesora de Literatura de 2º BUP nos llevó a ver Doña Rosita la soltera de Lorca, dirigida por Jorge Lavelli y protagonizada por la gran Nuria Espert. Allí descubrí el teatro como arte de la reunión y la imaginación. A diferencia de otros compañeros de oficio, yo llegué a la escritura teatral desde el patio de butacas, desde mi afición como espectador. Escribo para el adolescente que fui y, además, ese narrador que fui y ese poeta que quise ser están en el autor teatral que soy. El teatro me ha permitido asaltar mi lengua. De joven, no acepté la emboscada de elegir entre ciencias o letras y reconozco la Filosofía y las Matemáticas en mi dramaturgia. 

 

Premio Princesa de Asturias, Académico de la RAE, Premio Nacional de Literatura Dramática, varios Premios Max… ¿Sufre Juan Mayorga el síndrome del impostor? ¿Qué le dice el Juan Mayorga adolescente al dramaturgo de hoy?

 

J.M. Todos los reconocimientos recibidos los agradezco y me los tomo como acicates para seguir trabajando. Siempre digo que no recibes los premios por lo has hecho sino por lo que esperan que hagas. Intento trabajar duro para merecer esos premios. No sé qué pensaría el adolescente de este que soy ahora. Es posible que esperara más. Yo miro al chaval que fui con afecto. En mi obra Noli me tangere hablo precisamente de la distancia insalvable entre quienes somos y quienes fuimos. Uno intenta comprender a aquel que fue, pero no puede entenderlo todo porque el tiempo y la vida los separa.

 

Yo defino a mi amigo Juan Mayorga como un tipo normal. ¿Este tipo normal es un hombre optimista o pesimista? ¿Por qué? ¿Hay motivos para la esperanza?

 

J.M. No podemos permitirnos ser pesimistas porque conduce a la resignación y al fatalismo y este es reaccionario. Walter Benjamin hablaba de “organizar el pesimismo” que es una forma paradójica de optimismo. No podemos aceptar el discurso que nos impone que cualquier acción es inútil, porque es radicalmente falso. Los seres humanos somos desiguales en fuerza y estamos tentados a aprovechar nuestra superioridad económica, física o intelectual sobre los demás. Pero también es cierto que hay seres humanos que ayudan y acuden en auxilio de otros. Cada una de esas acciones embellece el mundo y es una razón para la esperanza.

 

¿En qué han mejorado los textos dramáticos de Juan Mayorga desde que se lanzó a la arena de la dirección teatral hace ya más de una década?

 

J.M. Los textos que he puesto en escena dirigiendo el montaje (La lengua en pedazos, Reikiavik o El cartógrafo, por ejemplo) se han enriquecido y agitado en el encuentro con los actores en la sala de ensayo. Y creo que este proceso los ha mejorado. Además, estar más cerca de los actores y del juego de sus cuerpos en el tiempo y en el espacio ha enriquecido la mirada del escritor que soy. Dirigir estos montajes me ha ayudado en el proceso solitario de escritura a la hora de imaginar lo que escribo. Sin embargo, considero que Himmelweg y El chico de la última fila son mis mejores textos y estos los compuse antes de saltar a la arena de la dirección. Tuve suerte de escribirlos.

 

¿Cómo ves el panorama teatral actual? ¿Qué aportación estáis haciendo desde el Teatro de la Abadía?

 

J.M. El panorama teatral es muy interesante. Cada temporada hay espectáculos excelentes y hay una extraordinaria diversidad. Me produce mucha ilusión observar que gente muy joven ha elegido el teatro como modo de relacionarse con su sociedad y con el mundo. Es sobresaliente la presencia cada vez mayor de mujeres liderando espectáculos teatrales, dramaturgas y directoras de escena. La Abadía intenta estar a la altura de todos esos desafíos. Tiene preferencia por los espectáculos encabezados por mujeres, quiere apoyar a los creadores y directores más jóvenes y, desde luego, la Abadía es un teatro de barrio, de la ciudad, pero también del Estado. Por eso, estamos deseando recibir espectáculos de toda España. Quisiéramos acoger más pero no es posible por cuestiones económicas y de espacio. Es fascinante dirigir un teatro tan bello como la Abadía, porque consiste en imaginar ocasiones de reunión y es posible acompañar a otros creadores y ayudarles a realizar sus deseos. 

 


Los yugoslavos trata sobre la tristeza. ¿Qué es “ser feliz”, señor Juan Mayorga filósofo? ¿Es posible serlo en nuestra sociedad? ¿Se puede ser feliz y triste a la vez?

 

J.M. Es una obra sobre el misterio de la tristeza. Como dice un personaje, “la tristeza siempre está acechando”. Se echa sobre un ser humano y no siempre es fácil saber por qué. La tristeza puede ser compatible con la felicidad, que es el estado que todo ser humano desea. A ella se refiere Aristóteles afirmando que es el fin al que aspiramos. Lo que pasa es que la felicidad tiene distinta forma para cada uno. Yo he sido feliz en algún momento cada día de mi vida y también he tenido alguna razón para la tristeza. Creo que es posible ser feliz en este mundo, al mismo tiempo que pienso que hay muchas razones para la tristeza.


Los yugoslavos habla del poder sanador de las palabras… ¿Poseemos nosotros el lenguaje? ¿O nos posee este a nosotros?

 

J.M. Nacemos en un lenguaje. Esto ya lo dijo también el viejo Aristóteles. Estamos rodeados de palabras y atravesados por ellas. En buena medida, somos dependientes de las palabras. La pregunta importante que debemos hacernos es si podemos ser autores de nuestros propios textos. Nuestra relación con el lenguaje nos lleva a dos responsabilidades: por un lado, tenemos que ser críticos con los textos que nos rodean y reflexionar sobre quién enuncia esos textos y pensar en nuestras condiciones de recepción de los mismos. Pero, además, debemos ser especialmente responsables y críticos con nuestros propios textos. Podemos contribuir a la felicidad y al enriquecimiento de los otros o, por el contrario, podemos tratarlos injustamente y dañarlos con nuestras palabras. Podemos ser maledicentes y eso es muy grave. Tenemos que encontrar la palabra que ayude al otro a vivir.

 

Pero también nos has advertido de su poder destructivo. ¿Crees que se puede volver a cumplir la predicción de Harriet, La tortuga de Darwin: “Las palabras preparan muertes; las palabras matan. Las palabras marcan a la gente que hay que eliminar: “judío”, “fascista”, “terrorista””?

 

J.M. Ese diagnóstico de Harriet se está cumpliendo cada día y hoy se da con una especial intensidad. Basta con abrir un periódico o escuchar un noticiario. Ahora mismo, en el mundo, se están utilizando palabras para legitimar injusticias, para justificarlas e, incluso, para presentarlas como necesarias. En particular, se está señalando a seres humanos para marcarlos con palabras que los desacreditan, que los señalan como enemigos. La palabra “terrorista”, que ya mencionaba en La paz perpetua, está siendo utilizada para señalar a personas contra las que se considera que se puede hacer cualquier cosa.

 

¿Ocurre lo mismo con el Silencio, título de tu discurso de ingreso en la RAE? ¿Es sanador o destructor? ¿Imprescindible o un mero recurso teatral?

 

J.M. El silencio tiene valores extraordinarios. El primero es que nos permite escuchar. Nuestro silencio permite escuchar la voz del otro, su argumento y su razón. Ese silencio hoy está proscrito. Hay muy poca escucha y, sin embargo, esta es una virtud moral. El silencio tiene muchas caras y puede tener una cara vergonzosa: la del que calla cuando debiera hablar, la del que calla por cobardía. Ante determinadas situaciones hay que alzar la voz. El teatro es un espacio de silencio donde espectadores muy diversos acuerdan reunirse y callar para escuchar a los actores y a los personajes, y también para escuchar sus silencios. El teatro es un arte en el que se escucha el silencio.

 

Dinos lo primero que se te ocurra sobre los mapas en la dramaturgia de Juan Mayorga. Pista: “Mujeres que intercambian mapas.”

 

J.M. Los mapas me fascinan. Un mapa es un objeto de esperanza porque cualquiera de esos lugares que están señalados pueden ser espacios de milagro. Quizá esa creencia mía venga de que hice seis veces el Interraíl y lo primero que hacíamos, al llegar a una estación, era conseguir un mapa ante el cual se desplegaba un cuento con todos los itinerarios posibles donde se desplegaban lugares marcados, pero también los no marcados que eran misteriosos. En Los yugoslavos, los hombres intercambian palabras y las mujeres, mapas. Me resulta interesante la imagen de viajar con el mapa de otro, caminar con un mapa que no has hecho ni elegido tú, con un mapa encontrado o que te ha dado otra persona. 

 

¿Y qué papel juega el amor en todo esto?

 

J.M. El amor está en el arranque de la obra y en toda ella; es fundamental. Martín ama a su mujer hasta el punto que está dispuesto a sacrificarse por ella. Para salvarla, pone en su camino alguien más atractivo que él sabiendo que puede llegar a perderla. Martín tiene otro amor, que es el bar, y va a tener que elegir entre el amor a ese lugar que lo constituye y el amor a su esposa. En la vida, el amor es lo más importante, especialmente ese amor que lleva a entregar algo.

 


¿Cómo ha resuelto Juan Mayorga la relación conflictiva que mantiene con los finales de sus obras en el caso de Los yugoslavos?

 

J.M. Es cierto que estoy en permanente conflicto con mis textos y con ese momento fundamental que es el final que despide al lector o espectador. Como se dice en El chico de la última fila, los finales deben ser imprevistos pero necesarios. El final tiene el poder de resignificar la obra. Hay finales con los que no me siento insatisfecho y que me interesan: Himmelweg, El cartógrafo, La paz perpetua, La lengua en pedazos o El chico de la última fila. Me he peleado especialmente con el final de Los yugoslavos, porque hay algo en juego muy importante en él. Es fundamental para su sentido lo que hará Ángela finalmente. Es una incógnita cómo lo acogerá el espectador y un motivo de interrogante para mí.

 

''Deberíamos haber ido donde los yugoslavos. Allí se juega de verdad. Mientras las mujeres bailan''. ¿Dónde está ese lugar? ¿Crees que es posible encontrarlo en el contexto mundial actual?

 

J.M. Es el lugar donde se encuentran personas perdidas. Se encuentran no por azar, sino porque buscan ese sitio donde van a encontrarse. Ese lugar puede estar muy cerca, aunque nunca llegues a descubrirlo, pero quizás lo halles hoy.

 

Esta primavera podremos ver El jardín quemado en La Abadía. Esta es una de tus primeras obras. ¿Ha llegado el momento de revisar lo hecho? ¿Preparas tu herencia como el matrimonio de La colección?

 

J.M. Es de las primeras, pero también una de las últimas en las que he trabajado. Nunca doy por acabado un texto. Tiene diferencias fundamentales en relación al primer texto que escribí: ahora los personajes protagónicos son mujeres. Es una obra sobre la memoria. Cada vez soy más consciente de que no vivimos solo para nosotros. Tenemos que trabajar pensando en otros que vendrán. En Herencia aludo a los astrónomos medievales que tomaban notas de fenómenos que ellos no podían explicar, pero lo hacían para los astrónomos futuros. Esos científicos tenían una conciencia de la herencia y de que hacían un trabajo que los excedía, que no tiene una compensación inmediata, como la tarea de los que nos dedicamos a la educación.

 

Por último, ¿desde cuándo corres maratones? ¿Ya no nadas con tus gafas Intensamente azules?

 

J.M. Me gusta mucho correr y he concluido tres maratones. Corro todas las semanas. Es bueno para mis piernas, mis pulmones, mi corazón, y sobre todo, para mi cabeza. La maratón tiene que ver con la vida, porque es una carrera de larga distancia: hay que medir las fuerzas, a veces puedes acelerar y otras tienes que pasar baches. Soy peor nadador, pero también me gusta nadar. Y me gusta ir por la vida con esas gafas “intensamente azules”.

 

Gracias, amigo, por hacernos pensar. Un abrazo fuerte y feliz 2026.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe


 

domingo, 1 de febrero de 2026

PERSONES, LLOCS I COSES

Persones, llocs i coses és una obra de Duncan Macmillan. Duncan Macmillan (1980) és un director i dramaturg britànic guanyador de nombrosos premis les obres més notables del qual són Every Brilliant Thing (2013), Pulmons (Lungs, 2011) o Monster (2007). El muntatge de Persones, llocs i coses que s’ha estrenat al Teatro Español de Madrid ha estat adaptat i dirigit per Pablo Messiez (Buenos Aires, 1974).

 

Sorprèn la quantitat de públic jove assistent a la representació: el tema sobre el qual tracta (la superació de les addiccions) i l’elenc d’actor (entre ells, Brays Efe en el paper de Pastor) probablement tindran molt a veure. Sorprèn un seient buit al costat del meu –ja que el muntatge ha despertat molt d’interès– que acabarà ocupant un inquiet Pablo Messiez.

 

Sorprèn un escenari descarnat, gairebé nu, que mostra tota l’amplitud de les taules de l’Español, com si volgueren materialitzar el buit de la nostra protagonista. Tanmateix, l’inici de l’obra es clàssic. Emma (Irene Escolar) està representant a Nina en La gavina de Chéjov quan es desploma en terra just després de pronunciar: “A mi m’haurien de matar”. Emma és actriu, però també és alcohòlica i drogoaddicta, encara  que trigarà a reconèixer aquesta condició. No obstant, com que és conscient que no pot més, decideix ingressar de forma voluntària en una institució per realitzar un programa de desintoxicació. Emma és addicta a l’alcohol, a les drogues, als medicaments, però també ho és a la seua vocació d’actriu, a fer-se passar per altres persones, a viure situacions impostades que li fan sentir la vida interpretada com plena. Per això, la vida real li resulta banal i prescindible.

 

Sorprèn que la nostra protagonista pren diferents noms al llarg de la història –Nina o Emma o Sarah– perquè és actriu i potser perquè ja no reconeix quina és la seua identitat autèntica, acostumada a amagar-se darrere de múltiples màscares. Sorprèn com el muntatge representa les al·lucinacions de la nostra protagonista i ens mostra com aquests jos prenen cos al seus deliris. “Veiem el que ella veu”. Irene Escolar, amb el seu cos petit i les seues amples destreses interpretatives, és capaç de controlar aquell immens espai escènic amb una actuació que sap quan contenir-se i quan ha de desbordar-se sense arribar al tsunami.

 

Sorprèn que, en una obra amb un fons tan obscur, l’adaptació haja deixat espais per la comicitat. Potser és possible resistir la vida sense prendre una necessària distància irònica o sense riure’s de realitats duríssimes? La interpretació de Brays Efe en moments puntuals –encara que és un personatge amb una tragèdia interior que acabarà aflorant– és sols un dels elements que provoquen la rialla en el pati de butaques. No obstant, la cruesa i la fondària de determinats diàlegs, especialment entre Emma i la doctora (Sonia Almarcha) i entre Emma i Marc, un altre pacient interpretat amb aplom i convicció per Javier Ballesteros, ens aniran precipitant cap al buit i el sentiment d’incomprensió que porten a un ésser humà a intentar portar les regnes de la seua vida lligat a diferents substàncies estupefaents o, fins i tot, a intentar llevar-se la vida.

 

Sorprèn la tornada al món real de Sarah una vegada ha completat el programa i la teràpia. Això ocorre després de tenir una recaiguda i iniciar de nou el procés a l’inici de la segona part. Una solitària Irene Escolar ens dona l’esquena mentre s’hi aproxima un escenari mòbil que representa la seua habitació en la casa familiar. No sorprèn la reacció dels seus pares als quals s’ha fet referència amb anterioritat, encara que sí crida l’atenció l’aspror, especialment la de la seua mare, amb la qual queda al descobert la incomunicació i la incomprensió, trets tan comuns a les famílies. D’aquesta forma, el títol va prenent sentit i cos    més enllà de la ficció. Persones, llocs i coses sorprèn i interessa.  

 

«En el centre de desintoxicació et diuen, evita les persones que et facen voler tornar a recaure, llocs que associes amb la droga i objectes que puguen desfermar l’addicció. Persones, llocs i coses.

Això és bàsicament, ja ho saps.» 

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

 


 

 

 

 

domingo, 25 de enero de 2026

PONCIA

Poncia es, sin duda, uno de los personajes más complejos y potentes de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Esta fue su última obra y en ella consolidaba el gran dramaturgo que ya era y apuntaba las obras que se vislumbraban por delante de no haberse interpuesto el fascismo entre él y su escritura. Junto a Adela y a Bernarda, forman un triángulo cuyos vértices confluyen en la tragedia final de esta obra. Luis Luque (Madrid, 1973) firma y dirige un monólogo en el que le da la palabra a la vieja criada de Bernarda.

 

Lolita Flores es la encargada de dar voz a Poncia en un monólogo en el que se desenvuelve con destreza y oficio. Ya lo demostró en el papel de Natàlia, la Colometa, texto dirigido por Joan Ollé, basado en La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda. Parece que la hija de La Faraona ha encontrado en el subgénero del soliloquio la horma de su zapato dada la merecida ovación que cosecha en cada representación. Y es que, efectivamente, la mayor de los Flores se mueve por el escenario como pez en el agua y, desde el inicio, donde retoma la acción instantes después de que la joven Adela se haya arrancado la vida colgándose en su habitación, reivindica su raza interpretativa. Es cierto que la escenografía sencilla y ajustada y una iluminación sobresaliente la ayudan a ir desmenuzando el texto de Luis Luque, demasiado dependiente quizás de la obra lorquiana (algo comprensible dado el titán literario al que se enfrenta), pero que demuestra, eso sí, un profundo conocimiento del texto lorquiano.

 

A lo largo de setenta minutos, Poncia/Lolita se dirige a cada uno de los personajes del “drama de mujeres de los pueblos de España” en distintas secuencias y ajusta cuentas con alguno de ellos: la malograda Adela, la intransigente Bernarda, la demente y lúcida María Josefa, el impetuoso e interesado Pepe el Romano, la infeliz y estéril Angustias, la celosa y cruel Martirio. Poncia/Lolita se muestra vehemente y clara, va tejiendo un discurso coherente, trufado de alusiones constantes a la obra original, que los enamorados de Lorca reconocerán. Poncia/Lolita se reafirma en su papel de criada, de perra fiel y leal de Bernarda, pero constata su dignidad y se afirma a sí misma a pesar del maltrato recibido durante años.

 

Es esta obra uno de nuestros clásicos contemporáneos y, como tal, se encuentra a merced de la interpretación y la búsqueda de sentido de los estudiosos y los artistas actuales. Con su monólogo, Luis Luque denuncia la situación de las mujeres en la época (pretendiendo traerlo hasta nuestros días) y reivindica su liberación en un final estéticamente bello (como el resto del montaje) que parece elevarnos más allá de las circunstancias de la obra, y que quiere olvidarse de la tragedia que acaba de consumarse y del manto de años de duelo que acaba de caer sobre las hijas supervivientes de Bernarda Alba.

 

Poncia/Lolita habla desde su condición popular de libertad, de sexo y de educación, pero también de muerte, culpa y clases sociales. No le importa enfrentarse a sus fantasmas y a las sombras que la acechan para, sobre todo, transmitirnos “la idea de amarnos en libertad”. ¡Cuánta belleza revelada si no nos asomáramos al precipicio de involución histórica hacia el que nos empujan!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 


domingo, 18 de enero de 2026

LOS BUFOS MADRILEÑOS

La Compañía Nacional de Teatro Clásico repone el montaje de Los bufos madrileños después del inesperado éxito de la temporada pasada. En él se recuerda a la figura de Francisco Arderius y la zarzuela bufa Los órganos de Móstoles con música de Luis Rogel y libreto de Luis Mariano de Larra. Este subgénero, una antigualla decimonónica, tuvo mucho éxito entre el gran público de la época por su carácter cómico y su ligereza. No era un teatro dirigido a entendidos del género dramático, ya que se trataba, más bien, de una parodia de la alta comedia. Corrían los años anteriores y posteriores a la Revolución de la Gloriosa (1868). 

 

El montaje está dirigido, versionado y coprotagonizado por Rafa Castejón, que sabe mostrar sus años en el oficio sobre las tablas del Teatro de la Comedia. La obra se divide en dos partes: una primera introductoria en la que se nos hace una presentación histórica del personaje y la segunda en la que se representa Los órganos de Móstoles.

 

Lejos de tratarse de una aburrida clase de historia del teatro, los actores del elenco nos presentan al creador de este subgénero de forma dinámica y chispeante. Arderius (1835 – 1886) fue un músico, empresario y actor que consiguió gran fama por ser el introductor en España de la fórmula de la ópera bufa de Offenbach, cuyas obras fue a conocer in situ a la capital francesa. Se trataba de piezas musicales breves, divertidas, que buscaban el chiste fácil y el humor socarrón sin evitar alguna situación o gesto picante para la algazara y expansión del patio de butacas. Además, fue el fundador de la compañía los Bufos Madrileños, que más tarde se llamaría Bufos Arderius, la cual sumó grandes éxitos hasta 1873. Por consiguiente, fue un subgénero que llegó, triunfó y se disolvió como un azucarillo.   

 

Buscando nuestra instrucción y entretenimiento, Rafa Castejón irrumpe en el patio de butacas desde la entrada central cantándonos “Me gustan todas, me gustan todas…” de José Rogel para dar la voz y la nota musical al piano y a sus compañeros masculinos –Chema del Barco, Antonio Comas, Paco Déniz y Alejandro Pau– que le ayudarán, desde los palcos de bañera, en la noble tarea de aleccionarnos. Desde el primer palco de platea del público les contemplará una divertida Laia Ripoll complacida con el resultado, como el resto de espectadores. ¿Se puede sonreír de forma tan franca con la mirada? Las compañeras féminas –Clara Altarriba, Eva Diago y Cecilia Solaguren– pondrán la guinda con números musicales a la usanza del género francés del que surgió la versión hispanica.

 

Puestos en contexto, comenzará la representación del bufo desternillante, pantomima de las comedias de capa y espada lopescas, poniendo el acento en algunos gestos histriónicos y en el vestuario de Gabriella Salaverri cuya estridencia cumple con la hilaridad pretendida. La trama no encierra ningún misterio: Abdón, viudo y padre de tres hijas entradas en años, pone un anuncio en el periódico para organizar una subasta para “librarse” de su prole encontrándoles marido. Para ello, las adorna con una seductora dote inversamente proporcional a los atributos y virtudes de la descendiente. Allí se presentan tres patanes con la feliz idea de prometerse con aquella que más difiera de sus personas, convencidos por el tópico de que los polos opuestos se atraen. Tendrá que aparecer un cayetano don Juan Tenorio (de nuevo, Castejón), con pintas tenísticas, enfundado en un solemne pelucón y con gran éxito entre la progenie casamentera, para restablecer la estructura jerárquica establecida como Dios manda. ¡Menos mal que hay gente de orden!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

 

domingo, 11 de enero de 2026

PERSONAS, LUGARES Y COSAS

Personas, lugares y cosas es una obra de Duncan Macmillan. Duncan Macmillan (1980) es un director y dramaturgo británico ganador de numerosos premios cuyas obras más notables son Every Brilliant Thing (2013), Pulmones (Lungs, 2011) o Monster (2007). El montaje de Personas, lugares y cosas que se ha estrenado en el Teatro Español de Madrid ha sido adaptado y dirigido por Pablo Messiez (Buenos Aires, 1974).

 

Sorprende la cantidad de público joven asistente a la representación: el tema sobre el que trata la obra (la superación de las adicciones) y el elenco de actores (entre ellos, Brays Efe en el papel de Pastor) probablemente tendrán mucho que ver. Sorprende un asiento vacío junto al mío –dado el interés que ha despertado el montaje– que acabará ocupando un inquieto Pablo Messiez.

 

Sorprende un escenario descarnado, casi desnudo, que muestra toda la amplitud de las tablas del Español, como si quisieran materializar el vacío de nuestra protagonista. Sin embargo, el inicio de la obra es clásico. Emma (Irene Escolar) se encuentra representando a Nina en La gaviota de Chéjov cuando se desploma en el suelo justo después de pronunciar: “A mí habría que matarme”. Emma es actriz, pero también es alcohólica y drogadicta, aunque tardará en reconocer esta condición. Sin embargo, como es consciente de que no puede más, decide ingresar de forma voluntaria en una institución para realizar un programa de desintoxicación. Emma es adicta al alcohol, a las drogas, a los medicamentos, pero también lo es a su vocación de actriz, a hacerse pasar por otras personas, a vivir situaciones impostadas que le hacen sentir la vida interpretada como algo pleno. Por eso, la vida real le resulta banal y prescindible.

 

Sorprende que nuestra protagonista toma diferentes nombres a lo largo de la historia –Nina o Emma o Sarah– porque es actriz y quizás porque ya no reconoce cuál es su auténtica identidad, acostumbrada a esconderse detrás de múltiples máscaras. Sorprende cómo el montaje representa las alucinaciones de nuestra protagonista y nos muestra cómo esos múltiples yoes toman cuerpo en sus delirios. “Vemos lo que ella ve”. Irene Escolar, con su cuerpo chiquito y sus amplias destrezas interpretativas, es capaz de controlar ese inmenso espacio escénico con una actuación que sabe cuando contenerse y cuando debe desbordarse sin llegar al tsunami.

 

Sorprende que, en una obra con un trasfondo tan oscuro, la adaptación haya dejado espacios para la comicidad. ¿Acaso es posible resistir la vida sin tomar una necesaria distancia irónica o sin reírse de realidades durísimas? La interpretación de Brays Efe en momentos puntuales –aunque es un personaje con una tragedia interior que acabará aflorando– es solo uno de los elementos que despiertan la risa en el patio de butacas. No obstante, la crudeza y la hondura de determinados diálogos, especialmente entre Emma y la doctora (Sonia Almarcha) y entre Emma y Marc, otro paciente interpretado con aplomo y convicción por Javier Ballesteros, nos irán precipitando por el vacío y el sentimiento de incomprensión que llevan a un ser humano a intentar llevar las riendas de su vida atado a diferentes sustancias estupefacientes o incluso a intentar quitarse la vida.

 

Sorprende la vuelta al mundo real de Sarah una vez ha completado el programa y la terapia. Esto ocurre después de tener una recaída e iniciar de nuevo el proceso al inicio de la segunda parte. Una solitaria Irene Escolar nos da la espalda mientras se aproxima a ella un escenario móvil que representa su habitación en la casa familiar. No sorprende la reacción de sus padres a los que se ha hecho referencia con anterioridad, aunque sí llama la atención la aspereza, especialmente la de su madre, con la que queda al descubierto la incomunicación y la incomprensión, rasgos tan comunes en las familias. De esta forma, el título va tomando sentido y cuerpo más allá de la ficción. Personas, lugares y cosas sorprende e interesa.

 

«En el centro de desintoxicación te dicen, evita las personas que te hagan querer volver a recaer, lugares que asocies con la droga y objetos que puedan desatar la adicción. Personas, lugares y cosas.

Eso es básicamente, ya sabes todo.» 

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe