La escopeta nacional de Luis García-Berlanga y Rafael Azcona ha sido adaptada al teatro por primera vez y estará en cartel en el Teatro Español de Madrid hasta el 26 de julio. La versión de Bernardo Sánchez Salas se mantiene fiel al original, con pequeños cambios, en un montaje dirigido por Juan Echanove, que se ha centrado en la dirección de actores. En él cuenta con diecinueve intérpretes, un amplio elenco que ya solo se puede disfrutar en los teatros públicos (de titularidad municipal este, no nacional).
Jaume Canivell (Pere Ponce) es un industrial catalán que fabrica porteros automáticos que pretende vender para las urbanizaciones de nueva construcción. Viaja a Madrid con su secretaria y amante Mercè Oriol (Marta Ribera) para asistir a una cacería pagada por él mismo en la finca Los Tejadillos, propiedad del marqués de Leguineche (Enrique Viana). La intención de Canivell es codearse con la alta sociedad para expandir su negocio. En ella conoce al ministro de Industria, Álvaro (Patxi Freytez), que será relevado de su cargo lo que obliga a Canivell a entablar amistad con el que será el nuevo ministro y su camarilla, del Opus Dei, también presente en la cacería. Los sobresaltos, los malentendidos y las situaciones absurdas de un humor ácido y esperpéntico se sucederán: la pareja presenciará la destrucción de una extravagante colección del marqués de Leguineche; el rapto de una actriz del destape, Vera del Bosque (Elisa Matilla) por parte del hijo onanista del marqués, Luis José (Javi Coll), ante los ojos de su mujer, Chus (Luisa Martín); tendrá que hacerse pasar por un productor de cine; ayudar a misa en la capilla de la finca al padre Calvo (Pedro Mari Sánchez); aceptar que se diga que la cacería la paga el marqués; o devolver un premio de bingo celebrado en la finca.
El ritmo sobre el escenario es trepidante, como la actualidad mediática, creando una sensación de irrealidad disparatada fácilmente reconocible, donde el abuso y la cara dura de los poderosos se asume con absoluta normalidad. La escena final dota a los perdedores, ese ingenuo burgués catalán y su secretaría y amante, que han pretendido mimetizarse con esa chusma que ejerce el poder al servicio de sus intereses, con esa aristocracia hueca, chabacana y superficial, de una dimensión humana que nos despierta la compasión cuando la careta cae. Jaume Canivell fue a por lana y volvió trasquilado. En fin, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
La escopeta nacional es una sátira mordaz de las miserias, las corruptelas y los privilegios de clase de la sociedad tardofranquista. ¿Es una caricatura o es una muestra de la realidad? ¿Es el reflejo deformado de un espejo cóncavo o es la representación fidedigna de una sociedad podrida donde una clase dirigente, anclada en el pasado y en la victoria de la guerra, vive de forma hipócrita, por encima de sus posibilidades, abusando de la España que perdió la guerra? En realidad, da igual. La degeneración moral alcanza una cota tan alta que solo nos cabe la risa amarga y triste. Pero estos grandes de España la explotan y se aprovechan de ella, porque es suya y ejercen el derecho de pernada feudal sobre su madre patria. Como si de una ópera bufa se tratara, la música nos devuelve ecos que riman demasiado con el tiempo presente, a derecha y a izquierda. ¡Qué pena de país! ¡Qué calamidad nacional! En fin… Sí, sí, ¡viva La escopeta nacional!, no la prioridad nacional aunque, ¿qué tendrá esta que ver con aquella?
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe


