“Si este escenario no fuera un escenario sería un lienzo. Hasta que yo no entre el lienzo estará en blanco.” Así comienza Leonora de Alberto Conejero con las luces del público aún prendidas. El escenario es un lienzo negro sobre el que Leonora toma el cuerpo de Natalia Huarte y vuelve a la vida para contarnos cómo fueron sus primeros veinticuatro años. Vivió noventa y cuatro, pero aquel primer cuarto de siglo marcó su vida como la de tantas de sus contemporáneas que aspiraban a la libertad. Ella la logró, pero a un precio altísimo. “Yo soy multitudes, así que mi autorretrato es siempre colectivo.”
Leonora vuelve a las tablas madrileñas en el Teatro de la Abadía, después de un paso fugaz por el Condeduque la temporada pasada. Es Leonora, como Laurencia, una joya alicatada con sutiles metáforas y un lenguaje sencillo, pero punzante; posee un texto para gozar con las posibilidades de nuestra lengua. Alberto Conejero se ha basado en el dietario Memorias de abajo que la propia Carrington escribió en 1943.
Resulta inaudito que muchos no hubiéramos oído hablar de esta pintora surrealista imprescindible hasta que la Fundación Mapfre organizara una espléndida retrospectiva de su obra en 2023. Revelación fue el título elegido, como la palabra grabada en su maleta por su periplo por Francia y España, durante la Segunda Guerra Mundial, palabra que Leonora pronuncia varias veces durante los setenta minutos de soliloquio. Recuerdo el impacto de aquellas pinturas en mi no-alma, revivo la impresión de contemplar unos cuadros capaces de gritar, obras inquietantes, arrebatadoras y lacerantes, evoco la revelación que supuso conocer a Leonora Carrington. ¿Qué vida vivió Leonora Carrington?, me pregunté entonces.
Leonora-Natalia se propone “arrancar la parte podrida de mis raíces”. Para ello, nos embarca en un viaje en el tiempo, “porque en el escenario, como en el lienzo, conviven el pasado, el presente y el futuro.” No fue una niña fácil Leonora, siempre salía “borrosa en los retratos de familia”. La única hija de la prole de un burgués acaudalado no cumplió con las expectativas de un padre represor que trató por todos los medios que Leonora cumpliera con lo que se esperaba de ella. Para ello, la llevó a diferentes internados de los que fue expulsada. Su primer contacto con la pintura fueron unos pinceles y acuarelas que le regaló su madre. Fue también su madre la que le regaló un libro sobre los surrealistas, cuyas pinturas la inundaron como una revelación, y la que la apoyó en momentos críticos. No obstante, fue ese progenitor cercenador el que la empujó al vacío de la creación artística al mandarla a una “Escuela de Buenos Modales para aristócratas en Florencia”.
Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Huyó de las garras de su padre y se instaló en Londres donde conoció a Max Ernst. Ella tenía diecinueve años y él, cuarenta y seis. Se enamora perdidamente de él: “Mi corazón es un niño amenazado por dos ruiseñores”. Se marcharon a París y, finalmente, a Saint-Martin-d’Ardèche donde convivieron en una casa que compró la propia Carrington y donde nos confiesa que fue feliz. El padre de Leonora consiguió que Ernst fuera detenido, pero fue liberado hasta que fue deportado a un campo de concentración del que finalmente consiguió sobrevivir. Todos estos terribles azares no hicieron sucumbir a Leonora, que continúa moviéndose como una ola por el escenario para que revivamos el drama de tantas mujeres, “tejedoras de lo invisible”.
“Los nazis son como hormigas voraces.” Europa estaba prácticamente ocupada y Leonora experimentaba una doble amenaza. Atravesó la frontera por los Pirineos después de tres intentos y logró llegar a un Madrid devastado por la guerra en julio de 1940, donde tuvo una terrible encuentro con unos requetés que la violan en grupo, de forma reiterada. El ángel caído del Retiro la recogió e intentó consolarla. Su aspiración de llegar a Extremadura donde esperaría a Ernst se vio truncada por los planes de su padre que la internó en un sa-na-to-rio de Santander dirigido por el siniestro doctor Morales que la sometió a inyecciones de cardiazol. “El fondo del pozo es la destrucción de mi mente para toda la eternidad.” Pero no consiguieron apagar la luz que irradiaba. “Adentro de mí soy aún Leonora. Si no tengo lienzo, yo seré el lienzo. Si no tengo pintura, mi sangre será pintura.”
Su determinación por sobrevivir y salir de aquel lugar la impulsarían “hacia el futuro”. “Comprendo que he comido el pan sagrado de los locos.” Consiguió llegar a Lisboa, en julio de 1941, desde donde zarpó en uno de los últimos barcos que marcharon camino del exilio hacia Nueva York. “He sobrevivido a tantos naufragios que ahora el mar me pertenece.” Renato Luc, amigo de Ernst y embajador de México, le ofreció casarse con ella para escapar de forma definitiva de su padre y poder viajar sin problema hasta Nueva York primero, para recalar finalmente en México. Antes se reencontró con su amado Ernst para comprobar cómo la guerra y el sufrimiento los había cambiado.
Leonora-Natalia nos ha contado todo esto con su cuerpo pequeño, frágil, desnudo, abriéndonos el pecho en canal y mirándonos a los ojos con la verdad de su libertad conquistada desde el dolor y la valentía. Por último, solo una revelación: “La verdad es lo extraño, lo maravilloso.”
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe



