sábado, 19 de junio de 2021

DISCURSO DE GRADUACIÓN

Dilectos alumnos de 2º Bachillerato. ‘Alea iacta est’ o ‘La suerte está echada’. Hoy podemos y debemos celebrar que estamos aquí: vivos, más o menos sanos (de forma irremediable, se nos fue la chola esporádicamente), esperando los resultados de una Selectividad y con un verano, todavía algo insólito, por delante. ¡Celebremos, pues, la vida, jóvenes! Pero es inevitable que me acuerde de todos los que ya no están, todos los que han perdido la vida en esta maldita pandemia: nuestros mayores, demasiados sanitarios, otros trabajadores y ciudadanos anónimos. Ni podemos ni debemos olvidar a los muertos.

 

El shock del confinamiento estricto nos noqueó apenas unos días después de que recibiéramos un golpe que nos dejó sin respiración: la muerte de Lucas. ¿A que no os cuesta imaginaros su sonrisita de medio lado y sus inmensos ojos azules en medio de todos vosotros, como uno más? Él, que hubiera querido cumplir los diecisiete, el pasado diecisiete de mayo se habría plantado ya en los dieciocho con derecho a voto. “Y tú, ¿a quién votas, profe?”, me preguntó el deslenguado en 1º de ESO. “Chico, eso no se pregunta y menos, en público”, le contesté como si me hubiera interrogado acerca de una cuestión escatológica íntima. Muy cerca de las Navidades de vuestro 4º ESO, después de que unas manchitas aparecieran en sus pulmones, me confesó que tenía miedo, que intentaba no pensar en ello y poner todo su ser en el presente y en los planes inmediatos: ir a la Plaza Mayor de Madrid a ver el mercadillo navideño con una amiga y, después, a comer un bocata de calamares. Esta fue la lección de Lucas, no solo para la pandemia. Nos faltó poder llorarle juntos, colectivamente, en grupo, para alcanzar apenas cierta inmunidad por el dolor de su pérdida.

 

Nosotros seguimos viviendo, porque era nuestra obligación, porque no quedaba otra, porque un corazón roto sigue latiendo, aunque en muchos momentos fuera con dolor de tripa y de cabeza. Y digo esto, porque hemos transitado el curso más extraño de nuestras vidas. Cuando empezó el curso, imaginar el final suponía una quimera. En algún momento, hemos pensado que no llegaríamos a junio. Ha habido momentos en que continuar era como encaramarse por una pared vertical. Sin duda, el más duro fue el primer trimestre. En septiembre, los profesores os percibíamos tristes. Volvíamos de un confinamiento duro que había truncado el curso anterior y que había provocado un aislamiento incomprensible en la etapa vital en que más necesitáis socializar. Además, se nos imponía: distancia social y física, semipresencialidad, docencia virtual, mascarillas e hidrogeles… Detrás de las mascarillas escondimos nuestro desconcierto, solo de forma parcial. Afortunadamente, nos susurramos la turbación que sentíamos a través de la mirada y, poco a poco, os fuisteis sacudiendo la tristeza. Sin embargo, la sensación de irrealidad nos embargaba por momentos de una manera poderosa e invasiva. La ‘televida’ era nuestra nueva vida y era prescriptivo adaptarse, como Harriet, La tortuga de Darwin. Nosotros, los profesores, intentamos ofreceros las mayores contención y confianza posibles: la certeza de que todo iría pasando y mejorando poco a poco, que debíamos seguir cumpliendo con nuestro trabajo porque una primavera y un verano luminosos nos traerían mejores noticias. Pero había que atravesar el otoño y el invierno. La única ventaja que teníamos sobre vosotros los adultos, que os hemos acompañado, son las canas que peinamos, aunque las pintemos con el azul de nuestra tristeza. Por eso, vosotros también habéis hecho posible el milagro de la primavera: habéis sido esa ramita verde machadiana que ha crecido en medio del tronco carcomido, hendido por el rayo y en su mitad podrido. Nosotros también tenemos que daros las gracias.

 

Sin embargo, el invierno nos dejó congelados: una nevada histórica y literal nos volvió a privar de nuestra precaria normalidad y el miedo, esta vez más desesperanzado por la insolidaridad contemplada, parecía que nos helaría las entrañas para siempre: la endiablada curva de contagios y fallecimientos nos hizo contener la respiración una vez más. Vosotros y nosotros pertenecemos a generaciones diferentes y eso nos hace ver la realidad de forma distinta en bastantes ocasiones. Sin embargo, esta maldita pandemia nos ha unido en lo que compartimos: la fragilidad de nuestra humanidad. Dentro de unos años, tendremos, sobre todo, tendréis que explicar a los más jóvenes todo lo que significó esto. Recordad que la auténtica historia es la que se cuenta desde abajo, la que recoge el devenir diario de todos los que construyen la intrahistoria. Permaneced atentos, curiosos y críticos al devenir de lo que está por llegar. Tenéis una arma poderosa para ello: vuestra inteligencia.

 

Os lo dije a principio de curso y os lo repito ahora: espero y deseo que este haya sido el peor momento histórico que nos toque vivir. Ha sido muy difícil estudiar, resumir temas, resolver problemas, comentar textos, hacer exámenes mientras todo parecía irse al garete. No obstante, lo habéis logrado y, además, de una forma notable, con vuestro esfuerzo y una disciplina dignos de reconocimiento. Vuestra historia empieza a escribirse y habéis demostrado que vuestra caligrafía es sólida y firme. El próximo septiembre iniciáis una etapa fundamental. Empezáis a formaros para ser los profesionales en cuyas manos quedará el mundo mañana. Disfrutad de vuestra etapa universitaria y recordad todo lo aprendido en este lugar chiquito, al que llegasteis cuando aún eráis más chiquitos. Sed ambiciosos en el buen hacer y comprensivos en el trato con los demás. No perdáis nunca las ganas de aprender. No os conforméis con la ‘telerrealidad’ ni con la ‘televida’. No renunciéis a lo que nos hace sentirnos vivos en plenitud: conocer personas y lugares, amar, disfrutar de la belleza de la Naturaleza y de toda forma de arte. Esto también pasará y volveremos a paladear el mundo sin restricciones. No os atragantéis, que la embriaguez vital os venga mejor a sorbos pequeños y constantes. Así la saborearéis mejor.

 

Para concluir, quiero que estas palabras sean también para los compañeros que acabaron 2º Bachillerato en junio de 2020 y que no pudieron vivir este momento: ¡no sois una generación perdida! Habréis de ser los artífices del cambio de estructuras y dinámicas que este planeta necesita. Por último, esto es un mensaje para vosotras, la mujeres de este grupo: el XXI es vuestro siglo. Tenéis frente a vosotras retos cruciales para el futuro de este colectivo raro que somos la Humanidad. Cread un liderazgo más humano, empático y cooperativo y no renunciéis a nada. No permitáis que os digan que no podéis o no valéis. A vosotros, chicos, no os queda otra que volver a adaptaros, como buenas tortugas-macho, y crear una nueva masculinidad, más sensible y compasiva. Sin vosotros no será posible el cambio que este mundo necesita, donde la igualdad y la justicia social estén más presentes. Cediendo el protagonismo absoluto y cooperando entre iguales, conseguiréis cambiar el guion maltrecho de nuestra historia, como nos va tocando hacer sucesivamente a los mayores: poco a poco quedaremos en vuestras manos. Ese es vuestro reto y vuestra responsabilidad, equipo. ¡Mucha suerte, dilectos!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe