domingo, 1 de diciembre de 2019

CRÓNICA DE JERUSALÉN_04

DIA 04. HEBRÓN - JERUSALÉN: De buena mañana hemos vuelto a Jerusalén Este. Hemos caminado bordeando la Ciudad Vieja dejando a mano derecha la Puerta de Jaffa. Una vez hemos llegado a la Puerta de Damasco, solo nos quedaba subir por la calle Nablús para encontrar el Mihbash Restaurant, el lugar donde hemos quedado con Abu Hassan, un árabe que hace visitas políticas a los territorios ocupados. Hemos tenido que esperar hasta que ha llegado una familia de italianos, con dos adolescentes, que se han retrasado. Abu Hassan nos ha preguntado dónde vivíamos y nos ha advertido que los italianos nunca son puntuales. Con más de un cuarto de hora de retraso, hemos salido hacia Hebrón cuatro italianos, una francesa y dos españolas (eso dicen nuestros pasaportes y no es ningún chiste). Abu Hassan conducía el microbús mientras intentaba darnos alguna explicación sobre la otra cara de la ocupación. Digo que lo intentaba porque la mujer francesa que iba sentada a su lado insistía en intentar hablarnos de su trabajo como terapeuta y de sus investigaciones sobre el libro bíblico, el Cantar de los Cantares. Nos ha informado de que era amiga de San Juan de la Cruz y nos ha dejado bien claro que aquella era su cuarta estancia en Jerusalén. La mujer italiana, que también era terapeuta, la escuchaba con atención. No sé si lo sabéis pero hay un síndrome de Jerusalén. De los millones de viajeros que visitan la ciudad santa cada año, hay algunos que acaban trastornados, de una manera médicamente diagnosticable. Parece que la Ciudad Vieja, atrapada en el tiempo, y la huella de los profetas dejan una impresión tan fuerte en algunos turistas que pueden llegar a pensar que son Sansón o la Virgen María embarazada. He pensado si el caso de esta señora francesa no sería uno de los cincuenta que diagnostican cada año. El primer caso se documentó en 1930 y lo hizo el psiquiatra Hinz Heman. En la actualidad los pacientes son ingresados en el psiquiátrico público Kfar Shaul, a las afueras de Jerusalén Oeste. Allí los tienen en observación hasta que se les pasa un poco. Me parece que, conduciendo hacia Hebrón, no nos vendrá de paso.  

Hemos vuelto a contemplar y bordear el muro de la vergüenza. Hay trozos en que es de alambre y dibuja meandros, dividiendo las tierras de los propios palestinos. Esta eventualidad impide que muchos palestinos puedan cultivar sus tierras. Abu Hassan nos ha contado que Cisjordania (nombre que recibe Palestina) fue dividida en tres zonas (A, B y C) en los Acuerdos de Oslo en 1993. Los que peinamos alguna cana recordamos aquella instantánea de Isaac Rabin y Yasser Arafat dándose la mano mientras Bill Clinton los mira satisfecho justo al medio. Aquel tratado debía ser el principio de la paz definitiva y el reconocimiento de los dos estados: palestino e israelí.

El Área A está controlada por la Autoridad Nacional Palestina y comprende las ocho ciudades palestinas y sus áreas metropolitanas, como Nablús, Ramala, Belén, Jericó o el 80 % de Hebrón. El Área A representa el 18 % del territorio de Cisjordania. Jerusalén Este no está incluida. Esta zona se supone que es de dominio plenamente palestino, pero desde 2002, cuando se produjo la Operación Escudo Defensivo, Israel incumple la prohibición de entrar y se adentra principalmente de noche para efectuar detenciones de palestinos.

El Área B está bajo control civil palestino y control militar israelí. Comprende el 22 % del territorio de Palestina. Hay pueblos y no se han producido asentamientos israelíes. Por último, el Área C (con control civil y militar israelí) es el 60 % del territorio de Cisjordania. En esta zona es donde se producen los asentamientos israelíes ilegales, consentidos por el gobierno. Primero plantan cuatro o cinco cabañas (edificaciones muy precarias) que los militares derrumban. Pero a los pocos días vuelven a levantarlas en el mismo lugar y así van haciéndose más grandes poco a poco, hasta que son poblaciones consolidadas. Una situación más dramática es la que se vive en Jerusalén Este. Es el propio gobierno israelí el que construye los asentamientos y después ofrece las viviendas a buen precio. Vivir en los asentamientos es considerablemente más barato que hacerlo en Jerusalén Oeste, donde el precio del metro cuadrado es prohibitivo.

Ya en Hebrón, Abu Hassan ha aparcado su microbús y hemos tomado dos taxis que nos han bajado al centro de la ciudad. Él no puede conducir con su vehículo hasta allí. Hemos caminado un poco hasta que hemos llegado a la Mezquita de Ibrahim donde hemos visto la tumba de Abrahán y Sarah, su mujer, que engendró a Isaac cuando tenía noventa años según la Biblia. Las tumbas de Isaac, Jacob y sus mujeres, Rebeca y Lía, están en la parte que ahora es sinagoga. Desde la tumba de Sarah es posible intuir lo que sucede al otro lado. Hemos tenido que quitarnos los zapatos y taparnos con una túnica porque vestíamos con pantalones. En la parte derecha, las mujeres rezaban separadas de los hombres. La mezquita es muy bonita.

Entonces Abu Hassan nos ha contado los hechos ocurridos en febrero de 1994, cuando la paz estaba cerca. Un viernes, un israelí, llamado Baruch Goldstein, pasó todos los controles policiales que hoy hemos pasado nosotros y, durante el oficio religioso en la mezquita, comenzó a disparar contra la gente. Mató a veintinueve palestinos e hirió a trescientos más. Los supervivientes lo acorralaron en una esquina que nos ha señalado con el dedo y lo ahogaron. Goldstein fue enterrado en Hebrón y es lugar de visita para los israelíes. La respuesta del gobierno israelí no fue buscar a los posibles cómplices y detenerlos; clausuró la mezquita durante nueve meses y llevó a cabo otras medidas de persecución entrando en los domicilios privados durante la noche para intimidar y cometer arrestos. Cuando pudieron entrar de nuevo en la mezquita, había sido dividida en dos partes como la hemos visto hoy. Los musulmanes solo tenían el 40 % de la superficie total. Al otro lado se había construido una sinagoga a la cual se accede desde la parte posterior subiendo por unas escaleras.

Abu Hassan no nos ha contado que los israelíes también sufrieron su masacre. Cada parte tiene la suya propia. Esta fue en 1929. Mucho antes de la proclamación del estado de Israel en 1948. Los árabes mataron a sesenta y siete judíos. Murieron niños y bebés. Si la visita la haces con un judío te lleva al cementerio para que veas la tumba de estos mártires. Tampoco te dicen que hubo árabes que pusieron en peligro sus vidas acogiendo en sus casas a los judíos que huían para no acabar muertos. En los años 20 del siglo pasado, hubo una fuerte inmigración judía y empezaron las tensiones entre las dos comunidades que desembocaron en aquel brutal atentado. 

Hebrón tiene un 80 % de territorio palestino y un 20 % de territorio israelí. La comunidad judía está compuesta por cuatrocientas o quinientas personas. Hay cuatro mil soldados israelíes protegiéndoles. El 90 % de los judíos colonos son norteamericanos del barrio neoyorquino de Brooklyn. Van con sus familias, subvencionados por los Estados Unidos y organizaciones sionistas y pasan seis meses o un año. Después vuelven y van otros. ¿Qué necesidad tienen de poner en peligro sus vidas y la de sus hijos? He leído que estos colones están subvencionados también por grupos cristianos fundamentalistas, porque creen que si los judíos ocupan la tierra santa, Palestina incluida, Jesús volverá a la Tierra y los judíos se convertirán al cristianismo. De momento, los colonos judíos tienen sus propias calles por donde pueden caminar libremente, si que hay alguien libre en esta tierra.

Hebrón es una ciudad de ciento treinta mil habitantes pero no lo parece en la zona por la que nos movemos nosotros. Las calles están prácticamente desiertas. Todos los días los palestinos de Hebrón tienen que pasar controles policiales, registros y toque de queda para ir a comprar comida, visitar a sus familias, ir a la escuela, entrar y salir de casa. En las casas que están junto a la mezquita, sus habitantes no pueden tener cuchillos ni ningún instrumento cortante. Por eso, tienen que llevar la fruta, la verdura, la carne y cualquier alimento ya cortados antes de entrar en casa. Por la noche, los controles se cierran y los edificios y las casas que están rodeados de rejas también. No se puede salir bajo ningún concepto, si no lo autorizan los militares israelíes. Da igual si se trata de una urgencia médica, un parto, un incendio o cualquier otra contingencia. Hace cinco años hubo un incendio en un edificio y murieron cinco niños porque tardaron demasiado en autorizar el desalojo y dejarlos huir. Lo hemos visto hoy con nuestros propios ojos.

Cuando hemos salido de la mezquita, Abu Hassan nos ha comprado un helado como si fuéramos niños. En este lugar es imposible no sentirse así. Tenía un sabor muy rico a sandía. Me lo he comido a mordisco limpio. Además, he tenido suerte y he tomado ración doble porque llevaba leche y María José no puede tomarla. Mientras chupaba el palo del helado, hemos contemplado cómo los soldados israelíes registraban a dos jóvenes palestinos. Les han hecho levantarse las camisetas para comprobar que no llevaban ningún explosivo pegado al cuerpo.

Cuando hemos caminado un poco hacia una calle por donde solo pueden caminar los colonos, un soldado israelí de unos veinte años nos ha pedido el pasaporte. Abu Hassan le ha preguntado si era nuevo y él le ha contestado que no. “No te he visto nunca”, le ha espetado. Se le notaba que estaba visiblemente molesto. Cuando lo hemos dejado, nos ha hecho saber la humillación que supone vivir así cada día. Razón no le falta.

Hoy era el tercer día de colegio y hemos tropezado con un grupo numerosísimo de niñas que salían. Venían contentas y nos saludaban. Cuando alguno de nosotros les queríamos tomar una fotografía, su reacción era diversa: unas saludaban a la cámara y sonreían como si estuvieran en cualquier otro lugar del mundo; otras, más tímidas, se tapaban la cara porque no querían ser grabadas. Todas llevaban una mochila a la espalda y otra en las manos, completamente nueva, metida en una bolsa de plástico transparente. Hemos pensado que se la debían de haber regalado en la escuela. Quizás por eso estaban tan contentas. Las mochilas eran de colores muy vivos y alegres, con figuras de Disney bien conocidas por todos. El almuédano ha comenzado a cantar llamando a todos a la oración. Las niñas seguían con su charleta e iban entrando en las casas después de atravesar las rejas. Este es su día a día más cotidiano.

Mientras observábamos a las niñas, ha pasado a nuestra vera un vehículo militar blindado. La tensión se mastica entre los dientes y no deja respirar con normalidad. Junto a cuatro soldados que hacían guardia, había una pancarta publicitaria. Era de una organización llamada Breaking the silence, formada  por soldados israelíes veteranos. Han decidido romper el silencio y dar a conocer la situación en que viven en los territorios ocupados. Desde los defensores de la ocupación, ha habido alguna campaña para desprestigiar la tarea de estos hombres que solo cuentan lo que han vivido como soldados del ejército israelí.

Hemos pasado por delante de una casa donde unos niños jugaban y se bañaban en una piscina hinchable. Daban gritos y también se tiraban agua con una manguera. Las madres estaban sentadas a su lado observándolos. También nos miraban a nosotros. Nos hemos detenido a unos cincuenta metros y Abu Hassan nos ha explicado que aquella era la casa de una familia palestina. Fueron desahuciados por el gobierno israelí. Recurrieron la decisión judicial y recibieron el apoyo de una organización no gubernamental. Finalmente, consiguieron volver a la casa pero recibieron una nueva notificación para que la desalojaran. Volvieron a reclamar; esta vez a la Corte Internacional de Justicia y, al pasar el tiempo, les volvieron a dar la razón. Volvieron a la casa otra vez. Desde hacía un par de semanas, los colonos habían vuelto a la casa. En la fachada había una gran bandera de Israel colgada desde el tejado hacia abajo. En una esquina había también una bandera palestina más pequeña extendida desde una ventana.

Hemos recorrido una calle donde Abu Hassan no puede entrar porque sería detenido. Ya lo fue hace cinco años. Nos dijo que él nos esperaría en un punto de retorno donde nos reencontraríamos. Las calles estaban completamente desiertas. Parecía que caminábamos por una ciudad fantasma. Las casas estaban abandonadas y todas las tiendas estaban cerradas. Las palabras que más ha repetido a lo largo de todo el día han sido: “¿Entendéis lo que quiero decir?” “¿A quién le importa todo esto?” Sus palabras retumbaban dentro de mi cabeza. Nos dijo que la gente no se va porque no quiere que la echen de su casa, pero que verdaderamente es muy duro aguantar toda la presión.

El mercado de la ciudad vieja de Hebrón empieza a reabrir algunos negocios lentamente. El techo del mercado está cubierto por plásticos y una protección metálica. El motivo es evitar que les lancen objetos desde las viviendas superiores ocupadas por israelíes. Las autoridades israelíes no dan los permisos pertinentes para reabrir los negocios o les reclaman los impuestos de quince años. Hemos pasado por un negocio local donde había una mujer, la más peligrosa de Hebrón, que vende artesanía local para ayudar a las mujeres de la ciudad. Los italianos se han detenido a comprar un zumo de granada. Hemos tenido que esperarlos. Abu Hassan ha discutido con el árabe mientras lo preparaba porque el precio era considerablemente mayor que en Jerusalén. “Yo les he dicho el precio y ellos han estado de acuerdo”, le decía aquel hombre con una expresión espantada en los ojos. A veces, no hace falta saber árabe para entender lo que dicen.

En la segunda intifada, todos los negocios del mercado antiguo fueron clausurados y también el mercado de las joyas donde nos hemos asomado. Ahora es una calle llena de basura y escombros porque los judíos también los lanzaban desde las ventanas de sus casas para que los árabes no abrieran las tiendas de nuevo. De hecho, la calle permanece clausurada por una alambrada que acaba en concertinas en la parte superior. Nos señaló una casa donde hace cinco años los soldados israelíes entraron una noche y se llevaron a un niño muy pequeño. Tardaron una semana en devolver al niño a casa con sus padres. El niño sufre secuelas insuperables.

Hemos pasado a la parte árabe de Hebrón que estaba llena de tenderetes. Parecía que habíamos cambiado de ciudad. Desde hacía unos minutos, nos seguía un grupo de muchachos palestinos. Debían tener unos diez u once años. Unos de ellos ha intentado cogerle las gafas de sol a María José de encima de la cabeza donde las llevaba de manera despreocupada. Le he llamado la atención por lo que quería hacer y me ha hecho una gesto para que me callara. Le he devuelto el gesto de mutis por el foro y se ha pasado el dedo índice por el cuello como si quisiera cortarlo. Me he quedado de piedra. ¿Qué ha vivido un niño de diez años para hacer ese gesto a una mujer mayor extranjera?  

Hemos hecho una parada en un bar de un amigo de Abu Hassan. Este fumaba de una cachimba mientras nos sacaba botellas de agua y preparaba té de menta. La etiqueta de la botella de plástico era muy distinta: verde y con letras árabes. En Jerusalén son azules y en hebreo. Hemos caminado hacia el centro de la ciudad para tomar un taxi de vuelta. Abu Hassan aprovechaba para hacer paradas en algunas tiendas. Una de las veces ha vuelto con un capuchón de falafel recién hecho. Otra nos ha ofrecido unos dulces de una tienda de especias. Por último, ha traído pan de pita y nos ha vuelto a dar de comer como si fuéramos pajarillos en un nido.

Cuando ha negociado el precio del taxi, hemos vuelto hasta su microbús que estaba aparcado en la puerta de un taller de cristal. Con el calor del verano estaban soplando el vidrio para hacer objetos bonitos. Como buenos árabes, nos han invitado a visitar su tienda y contemplar los productos que vendían. Abu Hassan me ha preguntado cómo habíamos conocido sus visitas. Le he hablado de Eugenio, nuestro amigo periodista que vive en Jerusalén. No lo conocía. He cogido el móvil y le he enseñado la fotografía que nos hicimos el día antes. Ha sonreído y me ha dicho: “Lo conozco. No sé cómo se llama, pero lo conozco.” Después de una nueva parada en la frutería, hemos dejado Hebrón y ha conducido hacia Jerusalén. Nos ha contado que la vida en Jerusalén es muy cara; los alquileres tienen un precio desorbitado y cuesta sobrevivir. Él ha pedido la licencia de agente de viajes pero tampoco se la dan porque saben de qué pie cojea. Le hemos preguntado si era fácil dejar Cisjordania e ir a Jerusalén. Nos ha dicho que para ir a Israel hace falta un permiso especial y que estos son muy restringidos. Tienes que ser hombre, tener al menos cuarenta y cinco años y no estar metido en política ni tener ninguna relación con ella. Nos ha quedado claro que no se pueden mover si no es para irse al extranjero y no volver. “Haces una labor importante” son las últimas palabras que le he dicho a Abu Hassan a la vez que le estrechaba la mano.

Hemos llegado hambrientas e indignadas a Jerusalén, dejando atrás Hebrón, la ciudad fantasma. He comido una bola de falafel árabe que he comprado enfrente de la Puerta de Damasco; María José no ha querido comer nada. Hemos vuelto a caminar atravesando las callejuelas de la Ciudad Vieja una vez más hacia el Muro de las Lamentaciones. Hemos hecho una parada en la parte del muro de las mujeres. He ido observando el comportamiento de las mujeres que rezaban. Un bebé ha comenzado a llorar porque una niña lo cogía de una manera algo brusca. La niña no tenía más de doce años. Hemos supuesto que era su hermano pequeño. Con tantos hijos los hermanos mayores cuidan de los más pequeños, especialmente las niñas.

Antes de visitar el Hakotel Hamaaraví, hemos esperado en el vestíbulo un rato. Hice la reserva semanas antes por la red desde casa. Cuando he pasado por la taquilla, he visto que todas las visitas de la semana estaban agotadas. Hemos tenido que esperar a la entrada un rato. La sala estaba llena de familias judías con muchos hijos. Nos hemos dado cuenta de que no estaban allí para hacer una visita cultural. Aparte del trayecto que nosotras hemos hecho, hay otro tipo de actividades para aquellos que profesan el judaísmo. Nos hemos sentado en una esquina y he seguido observando. A mi izquierda, había una familia con uno, dos, tres… he contado hasta siete niños de casi todas las edades. Los padres eran sorprendentemente jóvenes: a los dos aún les faltaban unos cuantos para cumplir los cuarenta e iban cargados de una buena prole. Ella llevaba la peluca prescriptiva. Las mujeres judías casadas tienen que cubrirse el pelo como señal de modestia o también pueden cortárselos y sustituirlo por una peluca. El marido llevaba sombrero, rizos y abrigo emblemáticos. El que más me ha llamado la atención ha sido el penúltimo de los vástagos en la línea de sucesión, un niño que acababa de empezar a caminar. El último todavía estaba entre los brazos de su madre. Uno de los mayores daba de comer galletas a los más pequeños, pero este pollito ha llegado un poco tarde al reparto y se ha quedado sin su parte. Ha habido un momento en que ha caído al suelo y se ha dado un coscorrón. Su reacción inmediata ha sido ponerse las manos en la cabeza y hacer el ademán de comenzar a llorar. Enseguida ha mirado a su alrededor y se ha dado cuenta de que ningún miembro de su familia lo miraba; entonces se ha levantado tocándose la parte dolorida y ha continuado explorando. ¿Qué daño le hará la falta de atención y de cuidado? Después, nos han llamado para que entráramos.

Susanna, una señora judía mayor, nos ha explicado el itinerario que hemos hecho por los túneles de la West Wall, como ellos la llaman. Hemos realizado la visita con una familia de norteamericanos con tres hijos. La más pequeña de unos ocho años estaba muy cansada y la madre se paraba con ella. Susanna iba haciéndoles preguntas al mayor que se asomaba a la adolescencia. El recorrido es alucinante y la labor de recuperación, impresionante. Hemos atravesado una moderna sinagoga subterránea hecha con materiales nobles y con una iluminación excelente. Muy amablemente y en un perfecto inglés, nos ha dicho que el Muro son los restos de una de las paredes laterales del Segundo Templo, destruido en el año 70 d.C. Con una maqueta nos ha explicado que el Muro de las Lamentaciones es solo una de las paredes de contención del antiguo templo, la que está al oeste, concretamente. Después de su destrucción, los judíos fueron enviados al exilio. A su vuelta, evitaban la Explanada de las Mezquitas porque tenían miedo de pisar el lugar sagrado donde estaba el antiguo templo. Susanna nos ha conducido por los túneles y pasadizos bordeando la parte baja del Muro. De vez en cuando, salían a nuestro encuentro niños judíos que jugaban y gritaban o mujeres pegadas al Muro rezando y llorando.


Los arqueólogos israelíes están locos con la idea de encontrar restos del Primer Templo, que fue construido por el rey Salomón en el año 960 a.C., pero no hay manera. No tropiezan con ninguna piedra de aquella dorada época. La familia americana se ha ido antes de acabar la visita y un grupo numeroso de italianos ha llegado y nos ha dicho que se les había hecho tarde. Algunos hombres llevaban la kipá. Hemos continuado el trayecto por los laberintos conducidos por Susanna, que llevaba los cabellos tapados con un pañuelo. La visita guiada ha terminado en un aljibe. Todos mirábamos curiosos y escuchábamos a Susana. De repente hemos descubierto un barquito en el agua con forma de kipá. Susanna se ha despedido con afabilidad agradeciéndonos nuestro interés. Nos ha dicho que ella nació en los Estados Unidos y hace muchos años sus padres decidieron volver a casa, Israel. En el día de hoy he llegado a una conclusión: nunca entenderé lo que ocurre aquí, zona cero.

Lunes, 26 de agosto de 2019
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Foto: María José Mier Caminero


domingo, 24 de noviembre de 2019

CRÒNICA DE JERUSALEM_04

DIA 04. HEBRON - JERUSALEM: De bon matí hem tornat a Jerusalem Est. Hem caminat bordejant la Ciutat Vella deixant a mà dreta la Porta de Jaffa. Un cop hem arribat a la Porta de Damasc, només ens calia pujar pel carrer Nablus per trobar el Mihbash Restaurant, el lloc on havíem quedat amb Abu Hassan, un àrab que fa visites polítiques als territoris ocupats. Hem hagut d’esperar fins que ha arribat una família d’italians, amb dos adolescents, que han fet tard. Abu Hassan ens ha preguntat on vivíem i ens ha advertit que els italians mai no són puntuals. Amb més d’un quart d’hora de retard, hem eixit cap a Hebron quatre italians, una francesa i dues espanyoles (això diu els nostres passaports i no és cap acudit). Abu Hassan conduïa el microbús mentre intentava fer-nos alguna explicació sobre l’altra cara de l’ocupació. Dic que ho intentava perquè la dona francesa que anava asseguda a la seua vora insistia a intentar parlar-nos de la seua feina com a terapeuta i de les seues investigacions sobre el llibre bíblic, el Càntic dels Càntics. Ens ha informat que era amiga de Sant Joan de la Creu i ens ha deixat ben clar que aquella era la seua quarta estada a Jerusalem. La dona italiana, que també era terapeuta, l’escoltava amb atenció. No sé si ho sabeu però hi ha una síndrome de Jerusalem. Dels milions de viatgers que visiten la ciutat santa cada any, n’hi ha que acaben trasbalsats, d’una manera mèdicament diagnosticable. Sembla que la Ciutat Vella, atrapada en el temps, i la petjada dels profetes deixen una impressió tan forta en alguns turistes que es poden pensar que són Samsó o la Verge Maria encinta. He pensat si el cas d’aquesta senyora francesa no seria un dels cinquanta que es diagnostiquen cada any. El primer cas es va documentar al 1930 i ho fa ver el psiquiatra Hinz Heman. En la actualitat, els pacients són ingressats als psiquiàtric públic Kfar Shaul, a les afores de Jerusalem Oest. Allà els hi tenen en observació fins que se’ls passa una mica. Em sembla que, conduint cap a Hebron, no ens vindrà de pas.

Hem tornat a contemplar i bordejar el mur de la vergonya. Hi ha trossos en què és de filferro i fa com meandres, dividint les terres del propis palestins. Aquesta avinentesa impedeix que molts palestins puguen conrear les seues terres. Abu Hassan ens ha contat que Cisjordània (nom que rep Palestina) va  ser dividida en tres zones (A, B i C) als Acords d’Oslo al 1993. Els que pentinem alguna cana recordem aquella instantània d’Isaac Rabin i Yasser Arafat encaixant les mans mentre Bill Clinton els mira satisfet al bell mig de ambdós. Aquell tractat havia de ser el principi de la pau definitiva i el reconeixement dels dos estats: palestí i israelià.  

L’Àrea A és controlada per l’Autoritat Nacional Palestina i comprèn les vuit ciutats palestines i les seues àrees metropolitanes, com Nablús, Ramala, Belén, Jericó o el 80 % d’Hebron. L’Àrea A és el 18 % del territori de Cisjordània. Jerusalem Est no hi és inclosa. Aquesta zona se suposa que és de domini plenament palestí, però des del 2002 que es va produir l’Operació Escut Defensiu, Israel incompleix la prohibició d’entrar-hi i s’endinsa principalment de nit per fer detencions de palestins.

L’Àrea B és sota control civil palestí i control militar israelià. Comprèn el 22 % del territori de Palestina. Hi ha pobles i no s’han produït assentaments israelians. Per últim, l’Àrea C (amb control civil i militar israelià) és el 60 % del territori de Cisjordània. En aquesta zona és on es produeixen els assentaments israelians il·legals, consentits pel govern. Primer planten quatre o cinc cabanes (edificacions molt precàries) que els militars enderroquen. Però als pocs dies hi tornen a aixecar-les i així van fent-se més grans de mica en mica, fins que són poblacions consolidades. Una situació més dramàtica hi ha a Jerusalem Est. És el propi govern israelià qui construeix els assentaments i després ofereix els habitatges a un bon preu. Viure a una assentament és considerablement més barat que fer-ho a Jerusalem Oest, on el preu del metre quadrat és prohibitiu.

Ja a Hebron, Abu Hassan ha aparcat el seu microbús i hem pres dos taxis que ens han abaixat al centre de la ciutat. Ell no pot conduir amb el seu vehicle fins allà. Hem caminat una mica fins que hem arribat a la Mesquita d'lbrahim on hem vist la tomba d'Abraham i Sarah, la seua dona, que va engendrar Isaac quan tenia noranta anys segons la Bíblia. Les tombes d'Isaac, Jacob i les seues dones, Rebeca i Lia, són a la part que ara és sinagoga. Des de la tomba de Sarah és possible intuir el que passa a l’altra banda. Hem hagut de treure’ns les sabates i tapar-nos amb una túnica perquè vestíem amb pantalons. A la part dreta, les dones pregaven separades dels homes. La mesquita és molt bonica.

Aleshores Abu Hassan ens ha contat els fets que van ocórrer al febrer de 1994, quan la pau era a tocar. Un divendres, un israelià, anomenat Baruch Goldstein, va passar tots els controls policials que avui hem passat nosaltres i, durant l'ofici religiós a la mesquita, va començar a disparar contra la gent. Va matar vint-i-nou palestins i va ferir tres-cents més. Els supervivents el van acorralar a una cantonada que ens ha assenyalat amb el dit i el van ofegar. Goldstein va ser soterrat a Hebron i és lloc de visita per als israelians. La resposta del govern israelià no fou cercar els possible còmplices i empresonar-los; va clausurar la mesquita durant nou mesos i va dur a terme altres mesures de persecució entrant a domicilis privats durant la nit per intimidar i cometre arrestos. Quan van poder entrar-hi a la mesquita un altre cop, havia estat dividida en dues parts com l’hem vista avui. Els musulmans només en tenien el 40 % de la superfície total. A l’altra banda s’havia construït una sinagoga a la qual s’accedeix des de la part posterior pujant per unes escales.  

Abu Hassan no ens ha contat que els israelians també van patir la seua massacre. Cada part té la seua pròpia. Aquesta va ser al 1929. Molt abans de la proclamació de l’Estat d’Israel al 1948. Els àrabs van matar seixanta-set jueus. Van morir nens i bebès. Si la visita la fas amb un jueu et porta al cementeri perquè veges la tomba d’aquests màrtirs. Tampoc no et diuen que hi va haver àrabs que van posar en perill les seues vides acollint en les seues cases els jueus que fugien d’acabar morts. Als anys 20 del segle passat, hi va haver una forta immigració jueva i van començar les tensions entre les dues comunitats que van desembocar en aquest brutal atemptat.

Hebron té un 80 % de palestins i un 20 % de colons jueus. La comunitat jueva està composta per quatre-centes o cinc-centes persones. Hi ha quatre mil soldats israelians protegint-los. El 90 % dels jueus colons són nord-americans del barri novaiorquès de Brooklyn. Venen amb les seues famílies, subvencionats per USA i organitzacions sionistes i passen sis mesos o un any. Després se'n tornen i en venen uns altres. Quina necessitat tenen de posar en perill les seues vides i la dels seus fills? He llegit també que aquests colons són subvencionats també per grups cristians fonamentalistes, perquè creuen que si els jueus ocupen la terra santa, Palestina inclosa, Jesús tornarà a la terra i els jueus es convertiran al cristianisme. De moment, els colons jueus tenen les seus propis carrers per on poden caminar lliurement, si es que hi ha algú lliure a aquesta terra.

Hebron és una ciutat de cent trenta mil habitants però no ho sembla en la zona per la qual ens movem nosaltres. Els carrers estan pràcticament deserts. Tots els dies els palestins d'Hebron han de passar controls policials, registres i toc de queda per anar a comprar menjar, visitar les seues famílies, anar a l'escola, entrar i eixir de casa. A les cases que hi ha tocant la mesquita, els seus habitants no hi poden tenir ganivets ni cap instrument que talle. Per això, han de portar fruites, verdures, carn i qualsevol menjar ja tallat abans d’entrar a casa. Per la nit, els controls es tanquen i els edificis i les cases que estan envoltats de reixes també. No es pot eixir de cap manera, si no ho autoritzen els militars israelians. Tant se val si hi ha una urgència mèdica, un part, un incendi o qualsevol altra contingència. Fa cinc anys hi va haver un incendi en un edifici i hi van morir cinc nens perquè van trigar massa a autoritzar el desallotjament i deixar-los fugir. Ho hem vist avui amb els nostres propis ulls.

Quan hem sortit de la mesquita, Abu Hassan ens ha comprat un gelat com si fórem nens. A aquest lloc és impossible no sentir-se així. Feia un gust molt bo a meló d’Alger. Me l’he empassat a mos rodó. A més, he tingut sort i he pres ració doble perquè portava llet i Maria José no en pot prendre. Mentre xuclava el pal del gelat, hem contemplat com els soldats israelians escorcollaven dos joves palestins. Els han fet pujar-se les samarretes per comprovar que no portaven cap explosiu apegat al cos.

Quan hem caminat una mica cap a un carrer per on només poden caminar els colons, un soldat israelià d'uns vint anys ens ha demanat el passaport. Abu Hassan li ha preguntat si era nou i ell ha contestat que no. “No te he vist mai”, li ha soltat. Se li notava que estava visiblement molest. Quan l’hem deixat, ens ha fet saber la humiliació que suposa viure així cada dia. I raó no li’n falta.

Avui era el tercer dia d’escola i hem ensopegat amb un grup nombrosíssim de xiquetes que hi sortien. Venien contentes i ens saludaven. Quan algú de nosaltres els volíem fer una fotografia, la seua reacció era ben diversa: unes saludaven a la càmera i somreien com si fórem a qualsevol altre lloc del món; altres, més tímides, es tapaven la cara perquè no volien ser enregistrades. Totes portaven una motxilla a l’esquena i una altra a les mans, nova de trinca, ficada a una bossa de plàstic transparent. Hem pensat que se l’havien d’haver regalat a l’escola. Potser per això anaven tan contentes. Les motxilles eren de colors molt vius i alegres, amb figures de Disney ben conegudes per tots. El muetzí ha començat a cantar cridant a tots a l’oració. Les nenes seguien amb la seua xerrameca i anaven ficant-se a les cases després de travessar les reixes. Aquest és el seu dia a dia més quotidià.

Mentre observàvem les nenes, ha passat a la vora nostra un vehicle militar blindat. La tensió es mastega amb les dents i no deixa respirar amb normalitat. Al costat de quatre soldats que feien guàrdia, hi havia una pancarta publicitària. Era d’una organització anomenada Breaking the silence, formada per soldats israelians veterans. Han decidit de trencar el silenci i donar a conèixer la situació en què viuen als territoris ocupats. Des dels defensors de l’ocupació, hi ha hagut alguna campanya per desprestigiar la tasca d’aquests homes que només conten el que han viscut com a soldats de l’exèrcit israelià.

Hem passat per davant d’una casa on uns nens jugaven i prenien el bany en una piscina inflable. Pegaven crits i també es tiraven aigua amb una mànega. Les mares eren assegudes a la vora observant-los. També ens miraven a nosaltres. Ens hem detingut a uns cinquanta metres i Abu Hassan ens ha explicat que aquella era la casa d’una família palestina. Van ser desnonats pel govern israelià. Van reclamar la decisió judicialment i van rebre el recolzament d’una organització no governamental. Finalment, van aconseguir tornar a la casa però van rebre una nova notificació per desallotjar-la. Van tornar a reclamar; aquesta vegada a la Cort Internacional de Justícia i, en passar el temps, els van tornar a donar la raó. Hi van ser a la casa una altra vegada. Des de feia un parell de setmanes, els colons hi havien tornat a la casa. A la façana hi havia una gran bandera d’Israel penjada des del sostre cap avall. En una cantonada hi havia també una bandera palestina més petita estesa des d’una finestra.

Hem recorregut un carrer on Abu Hassan no pot entrar perquè seria detingut. Ja ho va estar fa cinc anys. Ens va dir que ell ens esperaria en un punt de retorn on ens retrobaríem. Els carrers estaven completament deserts. Semblava que caminàvem per una ciutat fantasma. Les cases estaven abandonades y totes les botigues estaven tancades. Les paraules que més ha repetit al llarg de tot el dia han estat: ‘Enteneu el que vull dir?’ ‘A qui li importa tot açò?’ Les seues paraules retrunyien dins del meu cap. Ens va dir que la gent no se’n va perquè no vol que la facen fora de casa seua, però que vertaderament és molt dur aguantar tota la pressió. 

El mercat de la ciutat vella d'Hebron comença a reobrir alguns negocis lentament. El sostre del mercat està cobert per plàstics i una protecció metàl·lica. El motiu és evitar que els llencen objectes des dels habitatges superiors ocupats per israelians. Les autoritats israelianes no donen els permisos adients per reobrir els negocis o els demanen els impostos de quinze anys. Hem passat per un negoci local on hi havia una dona, la més perillosa de tot Hebron, que ven artesania local per ajudar les dones de la ciutat. Els italians s’han detingut a comprar un suc de magrana. Hem hagut d’esperar-los. Abu Hassan ha discutit amb l’àrab mentre el preparava perquè el preu era considerablement més alt que a Jerusalem. ‘Jo els he dit el preu i ells hi han estat d’acord’, li deia aquell home amb una expressió esbarrejada als ulls. De vegades, no cal saber àrab per entendre el que diuen.

En la segona intifada, tots els negocis del mercat antic van ser clausurats i també el mercat de les joies on hem aguaitat. Ara és una carrer ple d’escombraries i runes perquè els jueus també les llençaven des de les finestres de les seues cases perquè els àrabs no obriren les botigues de bell nou. De fet, el carrer roman clausurat per un filat que acaba en concertines en la seua part superior. Ens va assenyalar una casa on fa cinc anys els soldats israelians van entrar una nit i es van emportar un nen molt petit. Van trigar una setmana en portar el nen a casa amb els seus pares. El nen pateix seqüeles insuperables.

Hem passat a la part àrab d’Hebron que estava plena de paradetes. Semblava que havíem canviat de ciutat. Des de feia uns minuts, ens seguia un grup de nens palestins. Devien tenir uns deu o onze anys. Un d’ells ha intentat agafar-li les ulleres de sol a María José de sobre el cap on les duia de manera despreocupada. Li he cridat l’atenció pel que volia fer i m’ha fet un gest perquè callés. Li he tornat el gest de mut i a la gàbia i s’ha passat el dit índex pel coll com si volgués tallar-lo. M’he quedat de pasta de moniato. Què ha viscut un nen de deu anys per fer aquest gest a una dona gran estrangera?

Hem fet una aturada a un bar d’un amic d’Abu Hassan. Aquest fumava d’una catximba mentre ens treia ampolles d’aigua i preparava te de menta. L’etiqueta de l’ampolla de plàstic era ben diferent: verda i amb lletres àrabs. A Jerusalem son blaves i en hebreu. Hem anat caminant cap al centre de la ciutat per prendre un taxi de tornada. Abu Hassan aprofitava per fer deturades en algunes botigues. Una de les vegades ha tornat amb un caputxó de falafel acabat de fer. Una altra ens ha donat uns dolços a una botiga d’espècies. Per últim, ha portat pa de pita i ens ha tornat a donar de menjar com si fórem ocellets a un niu.

Quan ha negociat el preu del taxi, hem tornat fins al seu microbús que estava aturat a la porta d’un taller de cristall. Amb la calor de l’estiu hi estaven bufant el vidre per fer objectes bonics. Com bons àrabs, ens han convidat a visitar la seua botiga i veure els productes que venen. Abu Hassan m’ha preguntat com havíem conegut les seues visites. Li he parlat d’Eugenio, el nostre amic periodista que viu a Jerusalem. No el coneixia. He pres el mòbil i li he ensenyat la fotografia que ens vam fer el dia abans. Ha somrigut i m’ha dit: ‘El conec. No sé com es diu, però el conec.’ Després d’una nova aturada a la fruiteria, hem deixat Hebron i ha conduit cap a Jerusalem. Ens ha contat que la vida a Jerusalem és molt cara; els lloguers tenen un preu desorbitat i costa sobreviure. Ell ha demanat la llicència d’agent de viatges però tampoc no li la donen perquè saben el peu que calça. Li hem preguntat si era fàcil deixar Cisjordània i anar a Jerusalem. Ens ha dit que per anar a Israel cal un permís especial i que són molt restringits. Has de ser home, tenir almenys quaranta-cinc anys i no estar ficat en política ni tenir-ne cap relació. Ens ha quedat clar que no es poden moure si no es per anar-se’n a l’estranger i no tornar-hi. ‘Fas una tasca important’ són les darreres paraules que li he dit a Abu Hassan alhora que li encaixava la mà.

Hem arribat famolenques i indignades a Jerusalem, deixant enrere Hebron, la ciutat fantasma. He menjat una bola de falafel àrab que he comprat enfront de la Porta de Damasc; Maria José no ha volgut menjar res. Hem tornat a caminar travessant els carrerons de la Ciutat Vella un cop més cap al Mur de les Lamentacions. Hem fet una aturada a la part del mur de les dones. He anat observant el comportament de les dones que pregaven. Un bebè ha començat a plorar perquè una xiqueta el prenia d’una manera una mica aspra. La xiqueta no tenia més de dotze anys. Hem suposat que era el seu germanet. Amb tants fills els germans grans tenen cura dels més petits, especialment les xiquetes.

Abans de visitar el Hakotel Hamaaraví, hem esperat al vestíbul una estona. Vaig fer la reserva feia setmanes per la xarxa des de casa. Quan he passat per la taquilla, he vist que totes les visites de la setmana estaven exhaurides. Hem hagut d’esperar a l’entrada una estona. La sala estava ple de famílies jueves amb molts fills. Ens hem adonat que no hi eren per fer una visita cultural. A banda del trajecte que nosaltres hem fet, hi ha altre tipus d’activitats per aquells que professen el judaisme. Ens hem assegut en una cantonada i he seguit observant. A la meua esquerra, hi havia una família amb un, dos, tres... he comptat fins a set nens de gairebé totes les edats. Els pares eren sorprenentment joves: a ambdós encara els mancaven uns quants per fer-ne quaranta i anaven carregats amb una bona progenitura. Ella portava la perruca prescriptiva. Les dones jueves casades s’han de cobrir els cabells com a senyal de modèstia o també poden tallar-se’ls i substituir-los per una perruca. El marit portava barret, rínxols i abric emblemàtics. El que més m’ha cridat l’atenció ha sigut el penúltim dels plançons en la línia de successió, un nen que tot just havia començat a caminar. El darrer encara anava al braç de la seua mare. Un dels grans donava de menjar galetes als més menuts, però aquest pollet ha arribat una mica tard al repartiment i s’ha quedat sense la seua part. Hi ha hagut un moment en què ha caigut i s’ha fet un cop de cap. La seua reacció immediata ha estat posar-se les mans al cap i fer el gest de començar a plorar. De seguida ha mirat al seu entorn i s’ha adonat que cap membre de la seua família el mirava; aleshores s’ha aixecat fregant-se el lloc on s’havia fet mal i ha continuat explorant. Quin mal li farà la manca d'atenció i de cura? Després, ens han cridat perquè hi entràrem.  

Susanna, un dona jueva gran, ens ha explicat l’itinerari que hem fet als túnels de la West Wall, com ells el diuen. Hem fet la visita amb una família de nord-americans amb tres fills. La més petita d’uns vuit anys estava realment cansada i la mare s’ha parat amb ella. Susanna anava fent-li preguntes al més fadrí que aguaitava l'adolescència. El recorregut és al·lucinant i la tasca de recuperació, impressionant. Hem travessat una moderna sinagoga subterrània feta amb materials nobles i amb una il·luminació excel·lent. Molt amablement i en un perfecte anglès, ens ha dit que el Mur són les restes de la paret de l'oest del Segon Temple, destruït a l’any 70 d.C. Amb una maqueta ens ha anat explicant que el Mur de les Lamentacions és només una de les parets laterals de contenció de l’antic temple, la que era a l’oest, concretament. Després de la seua destrucció, els jueus van ser enviats a l’exili. A la seua tornada, evitaven l’Esplanada de les Mesquites perquè tenien por de trepitjar el lloc sagrat on hi era l’antic temple. Susanna ens ha conduit pels túnels i passadissos tocant la part baixa del Mur. De tant en tant, ens eixien al camí nens jueus que jugaven i cridaven o dones apegades al Mur pregant i plorant.

Els arqueòlegs israelians estan bojos amb la idea de trobar restes del Primer Temple, que va construir el rei Salomó a l’any 960 a.C., però no hi ha manera. No ensopeguen amb cap pedra d’aquella daurada època. La família americana se n’ha anat abans d’acabar la visita i una grup nombrós d’italians ha arribat i ens han dit que havien fet tard. Alguns homes portaven la quipà. Hem continuat el trajecte pels laberints conduits per Susanna, que portava els seus cabells tapats amb un mocador. La visita guiada ha acabat en un aljub. Tots miràvem encuriosits i escoltàvem Susanna. De sobte hem descobert un petit vaixell a l’aigua en forma de quipà. Mirant amunt se li ha escolat i mira que la porten enganxada amb forquilles. Susanna s’ha acomiadat amb afabilitat agraint-nos el nostre interès. Ens ha dit que ella va nàixer als USA i fa molts anys els seus pares van decidir tornar a casa, Israel. Al dia d’avui he arribat a una conclusió: mai no entendré el que passa aquí, zona zero. 

Dilluns, 26 d’agost de 2019
Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu
Foto: María José Mier Caminero


domingo, 17 de noviembre de 2019

CRÓNICA DE JERUSALÉN_03

DÍA 03. JERUSALÉN: Hoy hemos empezado el día en el mercado Mahane Yehuda que tiene una parte cubierta y otra al aire libre. Aquí ha habido un mercado desde la época otomana. Los británicos intentaron mejorar su organización pero no hubo manera de conseguirlo. Tiene una apariencia desordenada, como todos los mercados árabes. A pesar de ello, tiene dos calles principales: Mahane Yehuda Street tiene el mercado al aire libre y en ella se pueden comprar carne y verdura, y Etz Chayim Street donde se encuentra el mercado abierto y se hallan aceitunas, dulces y zumos. En la parte interior también hay establecimientos, pensados para los turistas, donde se puede comer. Para los jerosolimitanos es un lugar donde comprar fruta y verdura. Como era temprano, hemos llegado a la hora del montaje de los tenderetes y de la descarga de camiones. Todos estaban bien atareados preparándolo todo. Todavía no había demasiada gente comprando. A los israelitas les gustan mucho los dulces, los frutos secos y las golosinas. Hay muchas tiendas donde puedes encontrarlas. En algunas tiendas había dátiles y halva, un turrón de pasta de sésamo. Se ve que necesitan azúcar para endulzar la vida. Cuando llegas al final te encuentras en la calle Jaffa, una de las calles principales de Jerusalén, a través de la cual pasa el moderno tranvía. He observado que hay mendigos en las calles. Israel es un país muy rico, apoyado por los Estados Unidos, que no tiene paro. Nos ha llamado la atención un joven, algo gordinflón, vestido a la manera judía (chaqueta, sombrero y rizos). Nos ha mirado con curiosidad. Ya nos hemos acostumbrado a que nos miren con cara inquisitiva. Se ha colocado en una esquina para pedir limosna.

Desde allí hemos caminado hasta el Museo de Israel. Cuando íbamos por un callejón, un hombre se ha acercado y nos ha preguntado muy amablemente si necesitábamos ayuda. Nos ha hecho algunas indicaciones. Hacía un tiempo muy agradable. Hemos atravesado el parque Sacker que debe de ser una de las zonas verdes más grandes de Jerusalén. Allí está el Knésset (asamblea en hebreo), sede del gobierno israelí. Hemos caminado bordeándolo y contemplándolo desde abajo. En el parque no había mucha gente: era domingo, un día laborable aquí.

Impresionan los recursos económicos de este pueblo. Se observa, sobre todo, en los museos y en los edificios públicos. El Museo de Israel conserva los Manuscritos del Mar Muerto aunque, por motivos de conservación, se exponen facsímiles. Para visitarlos debes bajar a una habitación que parece acorazada, en cuya entrada hay un viejo judío que te mira por encima de las gafas distraído. La arquitectura exterior y interior del edificio es impresionante. El Santuario del Libro tiene una techumbre inconfundible, de color blanco, con forma de tapa que quiere simbolizar las tinajas donde se conservaban los Manuscritos. Es el emblema arquitectónico del museo. Los primeros rollos fueron descubiertos en el año 1947. El más importante, el mejor conservado y el más largo (de más de siete metros) es el Gran Manuscrito de Isaías. La sala principal exhibe un facsímil del mismo.

Más adelante, caminando por los exteriores, se llega a una maqueta gigantesca de Jerusalén, alrededor de la cual puedes pasear. Hacía las delicias de los niños que la contemplaban imaginando viejas historias de guerra. En el edificio principal, conservan una buena colección de arte impresionista y de vanguardia. Hay obras de Pissarro, Monet, Rothko, Pollock o Modigliani y muchos otros. Las salas de los museos se organizan atendiendo a los donantes de las colecciones. En cada ala del museo se indica quién fue el propietario de aquella colección de arte que un buen día decidió donarla al museo.

También hay una parte dedicada a la vida judía. Había una exposición sobre vestimenta modesta en las mujeres. Presentaban el testimonio de una judía, una musulmana y una monja cristiana ortodoxa. Lo hacían con actrices porque ellas no querían/podían mostrar el rostro. En un audiovisual explicaban todo lo que significa para ellas como mujeres vestir de esta manera, escondiendo su cuerpo a los ojos de los hombres.

En el museo había muchas familias con niños y muchos soldados jovencísimos de visita en grupo. El servicio militar es obligatorio en Israel para los hombres (tres años) y las mujeres (dos), aunque muchos buscan maneras para no hacerlo. Los judíos ortodoxos están exentos de hacerlo. Hay muchos que buscan excusas para escaquearse. Una manera muy común es acudir a su rabino y pedirle un certificado que diga que estudian las sagradas escrituras. Muchos rabinos acceden al fraude porque así consiguen subvenciones por tener estudiantes del Talmud.

Hemos salido al mediodía del Museo de Israel. Hemos caminado hasta el barrio de Rehavia que desde principios del siglo XX es un lugar de moda para vivir. Era un barrio laico pero cada vez se ven más judíos ortodoxos. Actualmente, se encuentra allí la residencia del primer ministro, Benjamín Netanyahu, y del presidente de Israel. Para llegar hemos bajado bordeando el Monasterio de la Cruz, un monasterio ortodoxo oriental, construido en el siglo XI, junto al barrio Neveh Granot. La tradición dice que el monasterio se levantó en el lugar donde fue enterrada la cabeza de Adán, primer hombre según la Biblia. Resulta que hay dos lugares más en Jerusalén que reclaman este honor. ¡Dios mío! Cuando hemos pasado por allí, el sol de mediodía dejaba testimonio en nuestras cabezas, todavía vivas.

Todo esto lo sabemos porque hoy hemos comido en el café israelí Jehoshua del barrio de Rehavia con Eugenio García Gascón, periodista que vive en Jerusalén desde el año 1992. Eugenio escribe para los periódicos Público y Ara. Eugenio es un hombre tímido, que no habla demasiado pero cuyas palabras tienen el valor de la experiencia y el conocimiento de esta tierra durante casi tres décadas. Eugenio y yo nos habíamos estado escribiendo correos donde principalmente yo le hacía preguntas sobre nuestro futuro viaje: cuestiones prácticas, en las primeras misivas; dudas sobre la situación política en los siguientes. Eugenio ha venido acompañado de Nano, un perro israelita con nombre valenciano. Como todos los perros, nos ha pedido comida cuando hemos empezado a comer. Eugenio habla árabe y hebreo. Nos dice que no tiene mérito. El hebreo es mucho más fácil y previsible que el árabe. Además, el hebreo no tiene variedades dialectales. Hemos tenido una conversación de tres horas sobre el país, la lengua, las costumbres, el conflicto árabe-israelí. También hemos hablado de la vivienda, la sanidad y la educación del país.

Ha sido un placer conversar sobre ello, aunque yo habría querido que él hubiera hablado más. ¡Teníamos tantas preguntas que hacerle! Eugenio es pesimista sobre la resolución del conflicto. Llegó a principios de los noventa, después de renunciar a ir a El Cairo, pensando que en un lustro, más o menos, podría contar el fin del enfrentamiento árabe-israelí. Hoy están peor que nunca. ¡Qué pena y qué asco! Cuando nos hemos despedido, hemos quedado que el próximo encuentro será en Madrid, ya que él volverá para quedarse muy pronto.

A continuación, hemos pateado la parte moderna de Jerusalén. En esta ciudad las distancias no son demasiado grandes. Allí está el barrio ultraortodoxo de Mea She’arim donde se ven mujeres judías muy jóvenes, cargadas de niños, con una indumentaria cercana a los amis. Hemos caminado por la calle Strauss hasta Kikar Shabbat, la intersección principal de Mea She’arim donde había mucha gente. Nos hemos puesto manga larga para no llamar la atención demasiado, a pesar del calor estival y aunque nuestros pantalones han provocado alguna mirada de censura. Nos hemos comportado de la manera más respetuosa posible observando a nuestro alrededor. Hemos hecho fotografías discretamente con el teléfono móvil; pensamos que era mejor llevar la cámara guardada en la mochila. En una esquina había un músico tocando el arpa. Todos los que nos deteníamos en el semáforo lo observábamos. Habíamos leído que está prohibido dirigirse a los niños y a las personas del sexo opuesto. Tampoco hemos querido adentrarnos en las calles secundarias del barrio porque las reprobaciones verbales son más o menos frecuentes, llegando a veces a lanzar piedras. Este es el barrio de judíos ultraortodoxos jaredíes más antiguo de Jerusalén. En 2011 algunos grupos extremistas trataron de segregar las aceras de Mea She’arim: los hombres, por un lado; las mujeres, por el otro. Esta medida fue declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo de Israel gracias a la oposición de muchos judíos ortodoxos. Todo tiene un límite.

Este barrio, a unos diez minutos a pie de la calle Jaffa y de la calle King George V, contrasta con la calle peatonal de Ben Yehuda, un lexicógrafo lituano, que fue decisivo para la recuperación del hebreo. Cuando en 1881 emigró a Palestina, entonces provincia del imperio otomano, decidió no hablar con sus hijos en otra lengua que no fuera el hebreo. Lo que parecía un proyecto utópico se convirtió en la recuperación de una lengua que había estado muerta durante siglos. Esta calle está llena de tiendas y de gente comprando y sentada en las terrazas charlando animadamente. Había en una parte de la calle un piano de cola donde cualquier viandante podía sentarse y tocar. En el instante en el que pasamos, un joven tocaba el piano.

Cuando subíamos la calle para volver, un judío mayor, sentado detrás de una mesa, me ha anunciado que el Mesías que esperan ya ha llegado. La mayoría no se ha enterado todavía. Ha insistido en darnos información y he pensado por qué lo hacía; no somos judías y la religión judía se transmite por la madre. El hombre nos ha hablado con mucha amabilidad y nos ha pedido que siguiéramos los siete preceptos que venían al dorso de una hoja. Me parece que le daba pena que aquellas dos pobres turistas se condenaran. Me ha regalado una especie de estampa con la imagen del rabino Menahem Mendel Schneerson, que murió en Nueva York en el año 1994. Este señor fue el séptimo y último líder de la dinastía Jabad-Lubavitch y se considera que él mismo, conocido por El Rabe, fue el mesías. Hemos encontrado diversas imágenes de este rabino por los lugares que hemos visitado y me pregunto hasta qué punto tiene influencia. Resulta que en los Estados Unidos el Día de la Educación (Education Day) se celebra el día del cumpleaños de El Rebe y fue proclamado por el mismísimo Presidente Jimmy Carter. Los tentáculos del judaísmo y la religión llegan a lugares donde no sospechamos. El Rabe estaría muy contento de saber que el yerno de un nuevo presidente de Estados Unidos, algo polémico tal vez, y con influencia en Oriente Medio es posiblemente seguidor del Jabad.

Finalmente, hemos seguido nuestro ritual jerosolimitano de aquellas horas: proveernos de agua y de algo para cenar. Mañana por la mañana volvemos a Palestina; visitaremos Hebrón para conocer un poco la realidad de la ocupación. En la vida hay días que valen por dos; aquí cada día vale por una semana entera.

Domingo, 25 de agosto de 2019
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Foto: María José Mier Caminero