Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de agosto de 2024

AUTORRETRATO

Mirarte al espejo es un gesto que dejaste de hacer sin querer con los años. Olvidaste la sorpresa infantil que te produjo el primer reflejo, casi como un pequeño Narciso. También, la extrañeza adolescente que escrutaba los cambios del crecimiento. Sin embargo, no es una costumbre que desaparezca de forma brusca; ocurre poco a poco, sin más. Primero, las tareas cotidianas se imponen por encima de la contemplación y, en un momento indeterminado, la mirada se posa en el interior, en la vivencia de situaciones que dejan en evidencia tu finitud. Ya no hace falta mirar al espejo del baño. Aunque este quiere presentarse como un aliado, ser amable con tu fragilidad, los surcos del tiempo no engañan. Por tus ojos craquelados se cuela la caducidad de una imagen que no reconoces. Por eso, posas la vista un poco más allá: los pocos humanos con quien mantienes contacto, pues el círculo social se hace más pequeño y esencial, y tu compañera felina, que te apoya en la distancia. Quizás has aprendido con la vejez, como un gato, eso de apoyar en la lejanía. Pero, a veces, según su voluntad y capricho, deja que la acaricies y que tu mano arrugada de hombre gastado juegue con su suave pelaje. ¿Sabrán realmente nuestros animales domésticos el misterio de la vida que parecen desvelarnos en sus miradas?

 

La mirada es fundamental en este oficio: mirar al exterior, a la naturaleza, buscando acaso la esencia de las cosas, imaginando tocar el alma que anhelas tener; también las obras de los hombres, a veces tan absurdas, a veces capaces de despertar la admiración y la envidia, buscando siempre la inmortalidad imposible. ¿En qué te fijas para decidir que una obra está bien resuelta? ¿En la pincelada, en el color, en la técnica? La vanidad se desvanece en el trazado de un autorretrato de hombre cansado y viejo. Apenas todo queda en nada cuando te quedas completamente solo. Y, ¿cómo te miras a ti mismo? ¿Cómo puedes enfrentarte al espejo amigo de tu habitación privada y mirar a los ojos al viejo que ha secuestrado al niño, al adolescente, al hombre joven que van contigo desde hace tanto? ¿Te reconoces? ¿Realmente eres tú? ¿Quién eres?

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Relato publicado en Esteve Adam. Inspirando relatos

(Boca Abajo Ediciones, 2024)

 


 

domingo, 14 de julio de 2024

¿VIVIR ES SONREÍR?

¿Vivir es sonreír? Y te vas al baño y te colocas frente al espejo y haces una mueca para ponerle buena cara a la vida. Tienes una ojeras que te llegan a los pies. Y eso que acabas de levantarte de la cama. Hoy no has dormido muy bien. Cosas de la edad en la que van adentrándote. Son las seis de la mañana y tienes por delante una larga jornada de trabajo, de temas pendientes por resolver, de encuentros en que tienes que poner una buena cara de la que no sabes si tienes ganas o no. Bien, sí que lo sabes, no tienes ganas. ¿Y después? Al acabar, ir a casa, ocuparte de las tareas pertinentes después de comer bien dadas las cuatro. Reservar las fuerzas mínimas para ir al gimnasio y hacer un poco de ejercicio, por si acaso aún no tienes el cuerpo bastante reventado. No hay que rendirse. Pero hay que vivir sobre la influencia de la positividad. ¡Bésate el codo, positivo de mierda!

 

Tienes suerte en la vida. Perteneces a ese porcentaje de población que tiene salud, trabajo, una casa –aunque esté sin pagar–, una supuesta vida que disfrutarías más si tuvieras tiempo. Algunos le llaman a tu situación triunfar en la vida. Te lo repites a ti misma: triunfar en la vida. Que grandes somos los humanos: tener éxito en la vida consiste en no tener ni un minuto para respirar, en estar hiperocupados. Y lo peor de todo es que nos lo creemos… ¡Y una mierda así de alta!

 

Hay momentos vitales en que es inevitable llevar una nube gris sobre la cabeza. Se pone el nubarrón allá arriba y vas y vienes haciendo tu rutina diaria con la máxima normalidad. Con los años has aprendido a hacerlo con oficio, porque sabes que los otros no tienen la culpa de tus problemas: la adolescencia rebelde de unos hijos que no entiendes, la enfermedad terminal de alguien que te toca de cerca, la muerte que a todos nos acaba golpeando. Porque la vida no tiene piedad de nadie.

 

Pero vivir es sonreír. ¿No decíamos eso hace un momento? No, la vida es hacer funambulismo. Y llegas a un punto en que sabes que puedes pasar del éxtasis al infierno en unos días o semanas. Mira por dónde, va y te premian con un reconocimiento a tu labor literaria con una obra que siempre habías pensado que merecía la pena. Y te cuesta creértelo. De verdad, ¿me está pasando esto a mí? Y lo vives y lo sueñas, porque a ratos vives en la irrealidad. Y vuelves a tu día a día y el varapalo de unos alumnos desmotivados te estrellan de la nube y el arco iris en el que volvías montada contra una realidad que te parece mediocre. Y a pesar de todo, intentas llevar a cabo un trabajo que ya haces casi un cuarto de siglo con oficio, con dedicación, por mí y por todos mis compañeros pero por mí el primero, te dices a ti misma. Y parece que te lo crees, pero te cansas. Sonríe, hostia, sonríe, que la vida son dos días. ¡Ya te digo!

 

Y sigues adelante porque la vida es sonreír, y a pesar de todo, intentas construir mecanismos contra la mediocridad que te rodea, que te recuerda que no es necesario hacer las cosas bien, que te pagarán igual de bien o mal si tus alumnos aprenden algo o nada, que si los apruebas a todos te ahorrarás un montón de papeleo. De vez en cuando te percibes como un profeta en paños menores dando sermones en el desierto en medio de los cactus y las lagartijas… Pero, vamos, viva la asertividad y la resiliencia… Palabras de moda junto a emprendimiento... ¡Vamos! La nueva ley educativa repite esta palabra cincuenta y cinco veces en el currículum de enseñanza secundaria. ¿Y la palabra filosofía? Ni está ni se la espera. ¡Estamos apañados!

 

Pero no sufras porque cada vez viviremos mejor: conciliación familiar, jornada semanal de cuatro días, jornada semanal de treinta y siete horas y media sin bajada de sueldo… Espera que lo pienso un poco. Pero si yo hace casi veinte años que tengo esta jornada semanal. ¿Sabéis una cosa? Desde entonces, mi jornada laboral no ha dejado de ensancharse y ha ido invadiendo y conquistando todo mi tiempo vital. Sonríe, mujer, no seas así… Es lo que hay. Y con este fin, la fábrica de producción neocapitalista está diseñando unos jefes tóxicos excepcionales y eficientes capaces de triturar a quien se ponga por delante, enfermos mentales con un síndrome narcisista de caballo, que raya en la psicopatía… Personas malas e incompetentes con complejo de inferioridad y una vida de mierda. Pobrecitos, ¡qué solos que están! ¿A quién maltratarán si no es a los desgraciados de sus trabajadores? Porque somos objetos a su servicio, mercancía de su propiedad. Kim Jong-un he bautizado a la mía. ¿Qué queréis? Tendré que usar la sátira para no ahogarme en este ambiente de ponzoña irrespirable.

 

Pero, ¿dónde estábamos? Seis de la mañana. Mueca que se parece a una sonrisa que te devuelve el espejo amigo del baño. Ponte debajo de la ducha, desayuna un café bien cargado con leche, haz de vientre antes de salir de casa, que la vida te escupirá de tu hogar-refugio a un mundo lleno de hostilidad que debes recibir con tu mejor sonrisa. Y tú, ¿de que te ríes, gilipollas?

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Relato publicado en el llibret de la Falla del Mercat 2024 de Xàtiva

 


 

domingo, 10 de septiembre de 2023

EL ÚLTIMO AZUL

Aquel acontecimiento increíble había provocado que todas las habitantes de la Tierra se reunieran en torno a aquel hecho admirable. Las más sabias, que eran aquellas que habían dedicado su vida a la tarea de la lectura, advirtieron que aquello era una acción común en el mundo antiguo, aquella edad que el resto había conocido solo por las historias que les narraban las lectoras. Estas, entregadas al estudio de los vetustos libros, se habían convertido en la nueva era en las encargadas de preservar el conocimiento ancestral. Contaban a las demás la cotidianeidad de la sociedad anterior al Gran Fuego, cuando la humanidad ocupaba toda la esfera terrestre y se reproducía sin ninguna restricción por la alegría de dar vida. Ellas, las herederas de la especie humana superviviente, vivían todas en la Antártida, el único reducto habitable del planeta azul. Y todas tenían los ojos azules. Nunca habían sabido el porqué, pero había arraigado la creencia de que este color en el iris había sido la razón de la salvación de la extinción de la especie humana. Sus progenitoras y antepasados –estaba empezando la vigésima generación superviviente– los tenían. Habían documentado, gracias a los manuales de Anatomía, que la pupila era, en realidad, un agujero. Lo percibían negro porque se asomaban a la profundidad del ojo. En aquel abismo las lectoras depositaban todas las palabras de la cultura milenaria. ¿Por qué habían sobrevivido al Gran Fuego solo las que tenían los ojos azules? Quizás aquel episodio prodigioso resolvería la incógnita del pigmento azulado: los ojos de una joven lectora habían derramado agua de mar al acabar de leer un largo poema de una odisea atávica, llena de aventuras y de conocimiento. La tierra emergía de nuevo en su mirada. Estaba llorando.                          

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Obra del artista plástico Miquel Molla (La Granja de La Costera, 1958)

Blog de Miquel Mollà:  http://artdefonsmiquelmolla.blogspot.com/2022/07/el-darrer-blau.html


 

domingo, 5 de julio de 2020

EL SEÑOR JUAN NADIE

El señor Juan Nadie trabaja en un supermercado de uno de los barrios cercano al centro. El señor Juan Nadie todos los días se desplaza desde su casa en una localidad en el cinturón metropolitano de la ciudad en transporte público. El señor Juan Nadie tiene un nombre, pero yo no lo sé. Se lo podía haber preguntado pero nunca nos hemos atrevido a darnos nuestra identidad. Por supuesto, no somos amigos ni conocidos. Bien, conocidos sí pero solo de forma parcial. Nuestra complicidad es sencillamente humana. Nos tratamos desde hace tiempo, conocemos nuestros rostros y de vez en cuando intercambiamos algunas frases para decirle lo que quiero que me sirva: jamón, queso manchego, queso fresco… El señor Juan Nadie se encarga de la charcutería y es el responsable de que todo esté a punto en el escaparate. Te pregunta qué cantidad necesitas y te atiende con diligencia y amabilidad, sin tomarse libertades ni familiaridades innecesarias. El señor Juan Nadie debe de llevar muchos años haciendo este trabajo porque lo hace bien. Cuando no hay clientes a los que servir, el señor Juan Nadie se dedica a rellenar las estanterías vacías y a preparar envases de jamón al vacío que los compradores con más prisas prefieren.

Desde hace unas semanas ya no le veo la cara al señor Juan Nadie. La lleva cubierta con una mascarilla. Coloca encima las gafas para que su aliento no le empañe los cristales. Sobre la cabeza, le tapan parcialmente las canas un sombrero corporativo que ya formaba parte de su indumentaria cotidiana. El señor Juan Nadie debe de tener más de cincuenta años –cada vez calculo peor la edad– pero supongo que sueña ya con el día que pueda jubilarse después de más de cuarenta años de cotización laboral. De todo esto no sé nada, porque el señor Juan Nadie es discreto y no habla más de la cuenta nunca. Alguna vez he escuchado al señor Juan Nadie bromeando con algún compañero de trabajo mientras comparten alguna tarea. El señor Juan Nadie es un señor que pasa desapercibido entre todos los señores, porque es un señor corriente, un señor Juan Nadie más entre todos los señores Juan Nadie que hay en el mundo.

Un viernes al mediodía el señor Juan Nadie me servía con su celeridad habitual. Pero aquel día ocurrió algo diferente al resto de días que me había cortado jamón. Recibí un mensaje en el móvil que me anunciaba el deceso de la madre de una persona conocida. No sabía la causa de la muerte, pero las circunstancias me hicieron pensar en la enfermedad. El señor Juan Nadie lo percibió en mi expresión. Me miró a los ojos y me hizo saber que sabía lo que pasaba. Y lo sabía muy bien porque el señor Juan Nadie había enterrado a su madre ocho días antes. Me lo comunicó con una oración concreta, directa y dura. Su madre había muerto dos semanas antes; eso quería decir que había tenido que esperar más de una semana para poderle decir adiós. El señor Juan Nadie empezó a desgranar un puñado de acontecimientos tristísimos. El señor Juan Nadie me golpeaba con las palabras pero no lo hacía a propósito. No era su intención. Solo necesitaba poner en palabras lo que había ocurrido. Quizás lo hacía para creerse lo que había pasado. Su relato, como su mirada, zigzagueaba entre la alucinación y la pena. Pudieron asistir al sepelio solo los tres hijos de la finada y el sacerdote. Llegaron al nicho, el capellán pronunció un breve responso e introdujeron el féretro en el interior. Tenía la forma de una procesionaria del pino una fila de seis ataúdes más. El señor Juan Nadie no tuvo noticia de dónde estaba el cuerpo de su madre hasta días después del traspaso y lo tuvo que preguntar unas cuantas veces. Sus palabras era tan frías como aquello que contaba, como el cuerpo de su madre en una cámara frigorífica. El señor Juan Nadie me dejó con un nudo en el estómago y sin posibilidad de réplica. Me dijo el nombre de su madre y los años que tenía. Pueden sacar en la televisión personas mayores que se curan pero son solo la excepción anecdótica de una tragedia silenciosa, sentenció con la mirada perdida. El señor Juan Nadie me contó también que su padre vivía en una residencia de mayores, que llamaba por teléfono cada día para preguntar y que le decían que todo estaba bien. Siempre ha habido problemas en esa residencia. No me creo nada, añadió para acabar.  

El señor Juan Nadie ha ido a trabajar cada día en medio de esta tragedia personal y colectiva. No ha dejado de cumplir con su obligación cada día, porque el señor Juan Nadie no sabe hacer otra cosa que hacer lo que tiene que hacer. El señor Juan Nadie debe de tener una pena muy grande en su interior, pero la mascarilla, el gorro y las gafas le sirven de pantalla de protección de los ojos de los demás. No sé muy bien aún por qué me contó todo aquello el señor Juan Nadie, aquel hombre tan discreto y trabajador del supermercado del barrio cercano al centro.

Esta tarde he vuelto al supermercado. Es la primera vez que me atrevo a ir después del mediodía. Me ha sorprendido que no he tenido que hacer la siniestra cola en el exterior y he podido acceder directamente al establecimiento. He abierto mi carrito de la compra y he ido colocando los productos que llevaba anotados en un papelito que tenía en el bolsillo. He paseado en procesión por los pasillos del supermercado hasta llegar a la vitrina frigorífica de los quesos y los embutidos. He vuelto a coincidir con el señor Juan Nadie que estaba detrás del mostrador ocupado en otros quehaceres. Nos hemos saludado y le he hecho el pedido pertinente. He empezado la conversación diciéndole que me llamaba la atención que hubiera tan poca gente. ¿Tú sabes los dos meses que llevamos?, me ha contestado con un poco de relajación. Cuando tenía el cuchillo en la mano para cortar la pieza de queso le he preguntado por su padre. Me ha mirado un segundo sorprendido por la pregunta. Murió hace diez días, ha sido su respuesta escueta. Ha bajado los ojos y ha clavado el cuchillo con un corte decidido. Entonces un torrente de palabras se ha desbordado de los labios silenciosos del señor Juan Nadie. Me ha contado que la madre y el padre se han ido en un intervalo de veintiún días, que la residencia donde estaba su padre es una de las que se encuentran intervenidas por el juzgado, que por primera vez los han llamado hace dos días personal de la residencia para preguntarles cómo estaban. El señor Juan Nadie ha subido la mirada con un poco de enojo. Les he dicho que todo el papeleo está en posesión de la juez, que no hay nada más de qué hablar. El señor Juan Nadie ha comenzado a explicarme en qué condiciones se encontraba su padre internado. Me informa de los intereses económicos que un señor del fútbol con mucho dinero, metido también en el negocio del ladrillo, tiene en las residencias subvencionadas por el gobierno autonómico. Y me dice cuántos euros se mete en el bolsillo cada día por cada viejo. Echas cuentas y resulta un buen negocio. Me comenta que su cuñada es médico, que trabaja en uno de los grandes hospitales públicos de la ciudad, está agotada y decepcionada, que todos sus compañeros lo están. Cuando todo esto acabe, comenzarán a caer, ha sentenciado. Ha hecho jornadas de veinticuatro horas y está harta de ver comportamientos incívicos en la gente. La cuñada del señor Juan Nadie ya solo trabaja sus ocho horas, porque no entiende los aplausos del atardecer y la falta de consideración social. Me deja claro que los sanitarios no pueden más y que no soportarán otro rebrote de la enfermedad como el vivido. El señor Juan Nadie dice todo esto con cansancio. Va dejando caer las palabras como piedras que quedan al borde del camino. El señor Juan Nadie me da las gracias, se ajusta la mascarilla y se calla.

Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Imagen de Quique García (EFE)


domingo, 16 de febrero de 2020

CRÓNICA DE JERUSALÉN_07

DÍA 07. TEL AVIV: Hoy hemos caminado por Tel Aviv muchísimo. Las nuevas tecnologías dicen que hemos recorrido casi diecisiete kilómetros a pie. Por la mañana hemos tenido que aprender nuevas costumbres por el cambio de ciudad. Hemos bajado a desayunar y la máquina de café no funcionaba. He estado apretando botones para ver si la hacía funcionar pero no había manera. He preguntado a una chica que estaba desayunando y me ha indicado que ella sí había podido prepararse un café. Por último, he pedido ayuda a la mujer que se hacía cargo del comedor y con cara de pocos amigos, ha venido, ha movido el recipiente y la tapa donde estaban los granos de café sin moler y la máquina ha comenzado a funcionar. Incluso las máquinas me resultan hostiles en esta tierra. ¿Qué puedo hacer?

Hemos preguntado al recepcionista del hotel donde podíamos comprar una Rav Kav, la tarjeta de transporte público israelí. Nos ha contestado que podíamos hacerlo en algunas estaciones o en los mismos autobuses, pero no en todos. No parecía muy seguro de la información que nos estaba dando. No obstante, le hemos dado las gracias y hemos salido a la calle al encuentro de Tel Aviv. Hemos bajado por la calle Hayarkon, una vieja conocida para nosotras, y hemos girado hacia la izquierda para tropezar primero con la calle Ben Yehuda, primera paralela, hasta llegar a la calle Dizengoff, la segunda y donde teníamos que coger el autobús urbano 5 que iba hacia el centro sur de la ciudad. No ha tardado mucho en llegar y no iba demasiado lleno. El conductor nos ha vendido finalmente la anhelada tarjeta Rav Kav y nos ha explicado cómo funcionaba. La tarjeta anónima puede ser utilizada por dos personas, pero tienes que cargarlas fuera del autobús. Él nos la ha dado con un billete sencillo y nos ha dicho que en la estación central de autobuses (final del trayecto) podríamos cargarla. La he tenido en las manos como si de un tesoro se tratara y la he contemplado durante un rato. Es bonita: de un verde llamativo, con una figura antropomórfica pero con unas orejas parecidas a las de un conejo. Tiene una postura dinámica, de lado, sonríe, saluda con una mano y con la otra sostiene un maletín. Las letras en alfabeto hebreo contribuyen a su carácter exótico y moderno a la vez.

Hemos recorrido en autobús el centro de la ciudad hasta la estación central de autobuses. Era un día laborable y a aquella hora todo el mundo se iba a trabajar. Hemos llegado a la plaza Dizengoff, este fue un político sionista y primer alcalde de Tel Aviv, para continuar por la calle de este mismo señor hasta la plaza Habima, otra de las plazas importantes. En esta plaza empieza el bulevar Rothschild, uno de los más conocidos de la ciudad. Hemos atravesado la avenida entera hasta tomar la calle Levinski donde está la estación central de autobuses. Cuando hemos puesto un pie en tierra, comenzaba la aventura. 

Nada más bajarnos hemos recargado nuestra tarjeta con treinta séquels. Mínimum, nos ha dicho el chico de la tienda que vendía de todo. Hemos caminado hasta el barrio de Jaffa, el primer barrio judío de la ciudad. Hemos pateado toda la avenida Shalma que da la sensación de ser un barrio humilde con edificios viejos y sucios. Tel Aviv da toda la impresión de ser una ciudad de contrastes, con zonas con un fuerte desarrollo y especulación inmobiliarios y otros barrios más deprimidos y pobres. No es el caso de Jaffa. La Torre del Reloj y la zona del mercado están muy cuidadas y en recuperación. Se ven café bonitos y las calles limpias y arregladas.

En Jaffa está el origen del actual Tel Aviv. Durante miles de años fue uno de los grandes puertos del Mediterráneo. El actual Tel Aviv no existía. Ha estado en manos muy diversas a lo largo del tiempo: asirios, babilonios, egipcios, macabeos… Los romanos no tuvieron interés en ella porque tenían otro puerto cerca: Cesarea. La actual Jaffa comienza a forjarse en el siglo XIX. Allá por el 1820 ya había judíos en Jaffa. Esta primera población judía en Palestina es conocida como ha-yishuv ha-yashan o ‘vieja colonia’. A finales del siglo XIX, Jaffa era un destino preferente para los hebreos que llegaban a Palestina. Fue entonces cuando comenzaron las migraciones sistemáticas de judíos europeos a Palestina, conocidas como aliya. El origen de estas migraciones masivas se encuentra en los pogromos que hubo en países del este europeo contra la población judía, concretamente en Rusia, Ucrania o Rumanía. Fueron un total de cinco aliyas desde 1881 hasta los años 30 del siglo XX. Leer sobre ello resulta interesante para entender cómo fue asentándose la población judía en esta tierra y cómo comenzaron los enfrentamientos con las otras comunidades.

Hay que decir que las tensiones entre las diferentes corrientes y grupos dentro del judaísmo también son constantes. Los askenazis o judíos provenientes de Europa Central y Oriental no fueron bien vistos, y su intención de promover el progreso en escuelas laicas fue rechazada por la comunidad judía de Jerusalén del siglo XIX, muy tradicional. También ha habido reproches para los judíos ultraortodoxos que viven preferentemente en la ciudad santa porque no trabajan y se dedican exclusivamente al estudio de las escrituras y a la oración. Actualmente, los judíos que vienen de Rusia tampoco son acogidos con calidez. Y es que Israel es un país forjado en la segregación y la diferencia entre sus habitantes. Llama la atención el hecho de que es una democracia parlamentaria que no tiene una constitución que garantice la igualdad entre todos sus ciudadanos.

Los judíos fueron comprando tierra en Palestina a precios bajos para ir extendiendo su dominio y presencia poco a poco. Uno de los que compraron miles de hectáreas fue el barón Edmond Rothschild de París, nombre de la principal avenida de Tel Aviv, a finales del siglo XIX. Todos estos inmigrantes europeos llegaron bajo las ideas nacionalistas del Romanticismo europeo, buscando el sueño sionista que aún no había sido definido por Herzl pero que ya estaba perfilándose. Los líderes judíos negociaron con las autoridades turcas para garantizar la entrada de los emigrantes judíos a Palestina, pero no llegaron a un acuerdo hasta el punto que Herzl o Ben Yehuda pensaron que había que buscar otras alternativas y encontrar un lugar donde pudieran llegar los judíos que abandonaban Europa: los británicos propusieron una región deshabitada de Uganda, en el África oriental, lugar que inicialmente les pareció bien. 

La segunda aliya u ola migratoria comenzó en 1904 hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando el padre del sionismo propagaba sus ideas sionistas. En 1909 se fundó, en la afueras de Jaffa, un asentamiento pequeño que acabaría convirtiéndose en la actual Tel Aviv según fue creciendo y desarrollándose. Comenzó donde hoy se encuentra el cruce entre la calle Herzl y el bulevar Rothschild. Tres años antes, Meir Dizengoff, primer alcalde de la ciudad como os decía más arriba, había fundado en Jaffa, con sesenta familias, la primera ciudad completamente judía. El nombre de la nueva ciudad, Tel Aviv, quiere decir ‘Colina de primavera’ y viene del título de la traducción al hebreo de la novela utópica de Theodor Herzl, Altneuland. También aparece en el libro de Ezequiel 3, 15. No obstante, durante la Primera Guerra Mundial  su evolución se frenó, ya que en la primavera de 1917 la administración otomana expulsó a todos los judíos de Tel Aviv y Jaffa. Una vez terminada la guerra, ya bajo dominio británico, en la Declaración Balfour, Londres declaraba que veía positivamente el establecimiento de un ‘hogar nacional judío’ en Palestina. Entonces la ciudad retomó su crecimiento de manera exponencial. Hay que decir que los británicos mantuvieron una doble actitud sin escrúpulos que, finalmente, fue contra los palestinos y los intereses árabes en la región. En la magnífica película Lawrence de Arabia se aprecia bien esta ambigüedad. Los británicos permanecieron tres décadas: desde 1917 hasta la declaración del Estado de Israel en mayo de 1948.

La tercera emigración o aliya comenzó en 1919 y duró cinco años. La población hebrea rozó las cien mil personas. Los británicos no lo tuvieron fácil para mantener el dominio y la calma en Tierra Santa. Los árabes se oponían a las migraciones masivas de judíos. Como consecuencia de los disturbios ocurridos en mayo de 1921 en Jaffa, muchos judíos huyeron hacía el norte de Tel Aviv. Hubo numerosos muertos, tanto judíos como árabes, y el Alto Comisionado Herbert Samuel tuvo que declarar el estado de emergencia. Una de las consecuencias fue que se suspendió la inmigración judía, a pesar de la Declaración Balfour. Todo ello contribuyó al hecho de que la población de la nueva ciudad llegara a los treinta y cuatro mil habitantes.

Los años treinta fueron una década decisiva en la llegada de población judía precedente de Europa. La cuarta y quinta aliya estaban formadas por judíos que huía de la Alemania nazi. Tel Aviv creció muchísimo durante aquella década por su atractivo, pero los conflictos entre árabes y judíos aumentaron considerablemente también. Muchos polacos se establecieron en la capital telavivina. Cuanto más leo sobre la historia de esta tierra más me doy cuenta de que el conflicto está presente desde hace tanto tiempo que ni sus habitantes lo recuerdan.

Hemos paseado por el barrio de Jaffa y hemos disfrutado del ambiente agradable de un barrio que quiere abrirse y parecer moderno. Nos hemos tomado un capuccino en el Café Yaffo que nos ha sabido a gloria. Se trata de un local restaurante que quiere mantener el gusto antiguo del viejo Jaffa. Nos ha atendido una chica que vestía una camiseta que dejaba al aire sus hombros. He pensado que este hecho no me llama la atención en absoluto en el lugar donde vivo y que aquí se convierte en un soplo de aire fresco. El aspecto exterior de la gente es mucho más moderno e, incluso, alternativo.  Hay pocos judíos con vestimenta religiosa o kipá. Las mujeres no llevan peluca, van sin mangas mostrando los brazos y hay mujeres mayores con pantalones. Nada que ver con Jerusalén. Ya nos viene bien un poco de la ligereza de Tel Aviv aunque es imposible dejar de hacerse preguntas.

Después de pagar, he ido al servicio. En el pasillo he encontrado el certificado  kosher del local. Este papel verde está colgado en muchos restaurantes y se ha convertido casi en una moda, incluso más allá de las creencias religiosas. El kashrut (sustantivo de kosher) es todas las leyes que señalan lo que se puede y lo que no se puede comer dentro de la ley judía. En el Pentateuco hay muchos pasajes donde se dice qué alimentos se pueden comer y cómo hay que cocinarlos. Todos los alimentos que la Torá prohíbe no se comen y son llamados taref (prohibidos). El Talmud también presenta sus propias prohibiciones. Todo aquello que se puede comer se dice kosher, que en hebreo quiere decir ‘adecuado’, porque cumple con las leyes toraicas y talmúdicas.  El kashrut es toda una filosofía desarrollada en torno a las prácticas de la cocina judía. Para los judíos ortodoxos, es una forma de conectarse con Dios mediante la santificación de la comida. Para muchos judíos es una práctica diaria importante en su vida cotidiana y les ayuda a sentirse protegidos por Dios y el judaísmo. Hay rabinos que se han especializado en este tema y han dedicado años de trabajo y estudio a entender las normas, que son extensas y específicas, y a cumplirlas. No obstante, las leyes más básicas para mantener una cocina con comida kosher son sencillas y conocidas por la mayoría de judíos.

En cuanto a los animales, solo pueden comer mamíferos rumiantes (con más de un estómago) con la pezuña partida. Para que el animal sea kosher, debe tener estas dos características. Si falta una de ellas, es taref. La vaca es kosher porque tiene la pezuña partida y más de un estómago, cosa que no ocurre con el cerdo que no tienen dos estómagos. Tampoco se puede comer conejo ni caballo porque, aunque son rumiantes, no tienen la pezuña partida. Además, los animales tienen que ser sacrificados con justicia y misericordia provocándoles el menor dolor posible. Para que la carne sea kosher se le debe hacer shejitá a la vaca a la hora de matarla, que quiere decir hacerle un corte en la garganta que evita su sufrimiento. La persona que lo lleva a cabo se ha preparado y ha estudiado; recibe el nombre de shojet y ha de hacer las bendiciones para que el acto sea sagrado antes de comenzar y la vida de la vaca sea elevada por el sacrificio. Incluso los cuchillos deben estar convenientemente afilados para que el corte sea rápido y limpio y no provoque ningún daño innecesariamente al animal.

Por último, no se pueden mezclar leche y carne de ninguna manera. Es una prohibición muy fuerte en la Torá. Si se quiere que la comida sea kosher, ningún derivado de la leche puede tocar la carne que se come ni viceversa. Esta norma se aplica de igual manera a los utensilios de cocina. Los platos, los cubiertos, las ollas absorben los ingredientes y el sabor de la comida que se manipula en ellos, es decir, las familias observantes tienen dos vajillas y diversos sets de utensilios separados físicamente. Si un plato se ha utilizado para carne no se puede volver a usar para comer productos lácteos si no se ha producido un proceso de kasherización. Y allí estaba yo, en un café de Jaffa contemplando el certificado kosher que muestran con orgullo, después de haber vaciado la vejiga.

Hemos ido a la costa y hemos caminado un poco a la orilla del mar. Los colores del agua eran verdosos, tan bonitos. Antes de pisar la arena hemos observado desde el paseo marítimo que un hombre con un caballo vigoroso y joven estaba en la playa. La piel del hombre, dorada por el sol, era del mismo color moreno que su compañero equino. El hombre, con el pecho descubierto, cogía el caballo por la brida pero el animal se resistía a ser atado y dominado. Desde lo alto éramos unos cuantos los que observábamos la escena cegados por la luz del sol y la belleza del instante.

De camino a Neve Tzedek, el barrio blanco, hemos pasado por la antigua estación de tren de Yaffo. Ahora es una especie de centro alternativo con cafés y tiendas de arte carísimas llenas de objetos artesanos y artísticos bellísimos. Lo mismo ha ocurrido con Neve Tzedek. Se encuentran muchos edificios de la época Bauhaus, unos con una fachadas muy limpias y otros en proceso de recuperación. La vivienda en Tel Aviv y Jerusalén tiene un precio prohibitivo: más o menos el doble que en Madrid o Barcelona. Además, Tel Aviv vive un momento de expansión y especulación inmobiliaria importante como os decía. Una buena manera de entender la importancia del estilo Bauhaus en Tel Aviv es compararla con la relevancia del modernismo en Barcelona. Tel Aviv es el lugar del mundo con el mayor número de edificios de este estilo arquitectónico. Hay cerca de cuatro mil. La Bauhaus fue una escuela arquitectónica fundamental fundada en Alemania por Walter Gropius que fue cerrada por los nazis. Esta escuela buscaba promover la armonía entre la funcionalidad y la estética, tan difícil de mantener. Muchos de los arquitectos judíos de la Bauhaus alemana y sus alumnos huyeron a la Palestina de los años 30 del siglo pasado después del ascenso de los nazis. En Tel Aviv aprovecharon para poner en práctica un plan urbanístico de acuerdo con las características desérticas de la zona donde se encuentra esta ciudad. Por eso se promovieron los colores claros en las fachadas para evitar el calor y se construyeron casas utilizando como material la arena del desierto. Este barrio blanco fue el primero en ser construido a las afueras de Jaffa. Actualmente es un vecindario elegante, con muchas cafeterías, galerías de arte y talleres de diseño. Las calles no son muy anchas pero sí tranquilas y la luz lo impregna todo. Pasear por ellas es un buen ejercicio matutino, porque el tiempo parece demorarse. No es de extrañar que reciba el nombre de Ciudad Blanca de Tel Aviv.

Un fenómeno parecido ocurre en el barrio de Florentin, al cual hemos llegado después de cruzar la calle Jaffa, identificable por sus edificios de viviendas decadentes. Tiene este nombre por David Florentin, que fue un judío griego que compró esta zona en la década de los 20. Entonces fue fundado por judíos griegos procedentes de Tesalónica. Es un barrio bohemio y alternativo que comienza a sufrir esta renovación interesada y especulativa. Históricamente ha sido habitado por trabajadores y comerciantes, que han aprovechado la burbuja para vender los locales a altos precios. Estos comercios han dado paso a impresionantes lofts. Es un distrito urbano y bohemio, un pequeño paraíso de la cultura alternativa. Caminando por sus calles es fácil encontrar muchos grafitis pintados en muros y fachadas de diferentes puntos del vecindario. También hay algunas fábricas reconvertidas en centros artísticos. He pensado que si hay alguna esencia telavivina se ha de buscar en estos barrios que hemos conocido esta mañana. En Florentin se palpa la transición entre edificios en condiciones precarias con un par de construcciones de la Bauhaus en buen estado. Tel Aviv quiere ser una ciudad en proceso de modernización constante y su corazón palpitante se encuentra aquí.

La vida nocturna de Florentin es muy animada y se puede disfrutar de salas de conciertos y bares de copas. Si hubiese nacido búho y no halcón, os lo podría contar pero mi naturaleza diurna no me lo permite. No obstante, hemos comido en un bar típico llamado Beit Lechem Hummus. Hemos tomado un hummus buenísimo y barato, cosa extraña en Israel. Se encuentra en una esquina de una cruce de calles donde se puede elegir entre diferentes restaurantes. Este era el más sencillo y el más genuino. Puedes tomar té de menta (tshai nana) gratis y tienes que elegir el hummus entre la versión fuul (con habas especiadas) o masabacha (con garbanzos y tahina tibia). Nosotras hemos elegido el segundo con un buen pan de pita. Beit Lechem significa ‘casa de pan’ en hebreo y es el nombre de la ciudad de Belén (Bethlehem).

Después de comer, había que bajar el pan y el hummus y hemos seguido nuestra ruta. Florentin nos ha dejado un buen gusto de boca. Nos ha costado un poco encontrar el mercado Lewinsky de les especies en esta calle. Es muy apreciado por los chefs como un minibarrio de tiendecillas y alacenas. Se creó en los años 20 por inmigrantes de los Balcanes y es un lugar donde los cocineros pueden comprar hierbas aromáticas, especias frescas, aceite de oliva y otras delicatesen. A continuación, hemos caminado hacia el centro de la ciudad más bulliciosa. Hemos dejado a mano derecha el Bulevar Rothschild, para seguir por la calle Allenby hacia arriba y encontrarnos con el Barrio Yemení.

Ya he dicho que Tel Aviv es una ciudad de contrastes. Quiere ser una ciudad con la arquitectura más moderna, pero es también una ciudad a medio camino entre Asia, Europa y África. El Barrio Yemení es el típico barrio popular con sus callejas y mercado bullicioso de sabor árabe. El Mercado del Carmel se encuentra en una calle ancha y larga llena de tiendas y tenderetes donde la gente va arriba y abajo comprando y charlando. Es el mercado más ajetreado de Tel Aviv y está en la zona peatonal de la calle Nahalat Binyamin, rodeada de calles desaliñadas. Cuando te metes, las voces, los gritos y los olores te rodean completamente creando una atmósfera de irrealidad e ilusión. No me gustan las aglomeraciones de gente pero tengo que reconocer que en los mercados de los países que he visitado es donde se puede saborear algo de la pulpa de su cultura e idiosincrasia. No tienen nada que ver con los impersonales centros comerciales y los supermercados uniformes. En este se puede comprar desde ropa de playa rebajada hasta el típico zumo de granada. Allí los vecinos compran aceitunas, frutos secos, fruta, queso, pan…

Hemos recorrido toda la calle heroicamente y hemos salido sanas y salvas. ¡Madre mía, el gentío que había! Nos hemos apartado un poco del mundanal ruido y nos hemos acercado a un banco donde hemos descansado un poco. El calor es bochornoso y pegajoso como en Valencia o Barcelona. De pronto, ha comenzado a correr un poco de aire y ha sido una bendición de Yaveh o Alá que hemos agradecido. Tel Aviv es una ciudad mediterránea y, de vez en cuando, hace estos regalos. Después de hacer algunas bromas sobre nuestro cansancio y la climatología, hemos retomado la marcha hacia la parte más señorial de la ciudad.

Al comienzo del Bulevar Rothschild se encuentra el Museo de Haganá. No hemos tenido la oportunidad de visitarlo pero debe de ser un lugar muy interesante. El museo cuenta la formación y las actividades de esta organización paramilitar precursora de las Fuerzas de Defensa de Israel (DF). Haganá significa la defensa en hebreo. Este grupo de autodefensa judía se creó en 1920, durante la época del Mandato británico de Palestina. Querían proteger los kitbutzim (granjas y cooperativas israelíes) de los ataques que recibieron en los años 20 y 30. La población judía sufrió diversos pogromos por parte de los árabes como el de Jerusalén de 1920, los disturbios de Jaffa en 1921, de los cuales ya hemos hablado o los motines árabes de 1929, como los de Hebrón. Los ataques durante la revuelta árabe entre los años 1936 y 1939, en los que destaca la masacre de Tiberíades donde murieron diecinueve judíos, once de los cuales eran niños, contribuyó a reforzar a la Haganá. Aparte de la labor de protección, la Haganá también colaboró en la entrada ilegal de más de cien mil judíos en Palestina cuando el gobierno británico restringió la inmigración en 1939. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Haganá también llevó a cabo operaciones antibritánicas. Ha sido una organización polémica y controvertida que ha tenido entre sus miembros más conocidos a los primeros ministros, antes de serlo, Ariel Sharon y Shimon Peres.

Nosotras hemos optado por la acción más pacífica de recorrer el Bulevar Rothschild, una  especie de Campos Elíseos israelíes. Es un paseo muy agradable. Tiene carril bici ya que hay muchas y también bastantes patinetes eléctricos. Odio los patinetes eléctricos. ¿Qué problema tiene la gente con caminar? El bulevar está flanqueado por casas unifamiliares de una planta o dos de estilo Bauhaus. Hay modernas oficinas, buenos restaurantes y edificios oficiales. En la acera central hay bancos y grandes árboles que dan agradables sombras que te invitan a sentarte y disfrutar de las vistas cotidianas de la gente pasando. Acaba en la Plaza Habina, también conocida como la plaza de la Orquesta. Es un inmenso espacio público importante en la ciudad. Allí se encuentran diferentes instituciones culturales: el Teatro Habima, el Palacio de la Cultura y el pabellón de arte contemporáneo Helena Rubinstein. La plaza se encuentra en la intersección de Rothschild y la calle Dizengoff, que habíamos recorrido aquella mañana ya lejana. Cerca había un lugar acotado por una valla de madera y con el suelo cubierto de césped artificial, con gente leyendo acostada en una especie de hamacas de tela, y niños jugando.

Hemos querido exprimir el día y hemos caminado hasta el Museo de Arte de Tel Aviv. El edificio contemporáneo, diseñado por el arquitecto norteamericano Preston Scott Cohen, es sencillamente espectacular. Está situado en el extremo este del centro de la ciudad y su oferta es amplísima, incluidas actividades para niños. Su colección de arte impresionista y postimpresionista europeo es magnífica: Renoir, Gauguin, Degas, Pissarro, Monet, Picasso, Cézanne, Van Gogh, Matisse, Chagall y algún señor más. También tienen una parte dedicada al arte israelí. El edificio tiene dos partes con dos entradas diferentes. Están conectadas por el interior y por un jardín que acoge una agradable cafetería donde es posible sentarse y comer junto a una fuente. No hemos desaprovechado la ocasión y hemos hecho una parada porque el día ya comenzaba a pesarnos seriamente. Hemos ocupado una mesa que ha sido donde hemos tomado nuestra merienda-cena europea. Allí hemos vuelto a observar a los telavivinos que disfrutaban de aquel oasis como nosotras. No los conocíamos ni los volveremos a ver, pero coincidimos durante un tiempo en un lugar bonito y agradable donde las conversaciones a media voz flotaban en el aire y se elevaban hacia el cielo. Había un par de niños que querían subirse a una escultura pero una de las vigilantes les ha llamado la atención y les ha dicho que no podían hacerlo. Uno de los niños la miraba extrañado porque no reconocía el supuesto valor que aquella señora le otorgaba a su objeto de juego. Su madre ha acudido para hacérselo entender.

El atardecer comenzaba a asomarse y las piernas flaqueaban. Hemos vuelto en el mismo autobús del día anterior, el número 55. Hemos buscado la parada que se encontraba junto a un hospital. Una mujer mayor muy amablemente me ha preguntado en inglés, mirándome a los ojos, si necesitaba ayuda cuando ha visto que comprobaba el trayecto en el cartel que había en la parada. Llevaba unas gafas redonditas y tenía los ojos azules.

Jueves, 29 de agosto de 2019
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Foto: María José Mier Caminero



domingo, 2 de febrero de 2020

CRÓNICA DE JERUSALÉN_06

DÍA 06. JERUSALÉN – TEL AVIV: Se ha hecho de día muy pronto. Se notaba que estábamos más al este y el sol se levanta más temprano. Hemos recogido todas nuestras pertenencias y hemos dejado las maletas a punto. Teníamos que ir despidiéndonos de esta ciudad tan religiosa y tan poco espiritual. No puedo evitar sentir una fascinación extraña por todo lo que hemos visto y vivido estos días.

Las últimas horas en Jerusalén las hemos pasado en Yad Vashem, el Museo Histórico del Holocausto. Se trata de un museo formado por un edificio de arquitectura moderna, situado en un terreno grandísimo y rodeado de monumentos conmemorativos del Holocausto. El museo hace un recorrido por la historia de la persecución y exterminio que llevaron a cabo los nazis. Se pueden escuchar numerosos testimonios de supervivientes. Como todas las obras que realizan los hebreos, es un edificio de diseño moderno que muestra su poder adquisitivo.

Se encuentra en el Monte Herlz, nombre del padre del sionismo, en la parte más oeste de Jerusalén. Es necesario coger el moderno tranvía, inaugurado en 2012. Este tren atraviesa una de las arterias principales de Jerusalén, Jaffa Street. Los habitantes de Jerusalén hacen un uso masivo de este medio de transporte. No cabía ni una aguja, ni a la ida ni a la vuelta. Estación tras estación nos hemos ido alejando del centro de la ciudad. Se ha de caminar un poco hacia arriba, si se decide no esperar el autobús que hace el trayecto gratuito, desde la parada del tranvía hasta el museo. Poco a poco te vas adentrando en el bosque de Jerusalén donde se encuentra el museo Herlz, el cementerio militar y el Yad Vashem. Hemos hecho el paseo a pie y nos hemos dejado envolver por el silencio de la arboleda. El eco de la ciudad quedaba atrás.

Yad Vashem es un complejo formado de diversos edificios. El principal tiene forma de una enorme arca, hundida en tierra. En este pabellón, se encuentra el Museo de la Historia del Holocausto, donde hay nueve galerías subterráneas con estructura de prisma donde se cuenta todo lo que ocurrió en el Shoah (Holocausto) y la historia del antisemitismo en Europa. Estos pasillos se encuentran enlazados por una nave central que se asemeja a una columna vertebral. Se entra por un extremo y se va avanzando hacia el final, donde espera un mirador por donde entra la luz y desde donde se disfruta de una vista espléndida del bosque de Jerusalén. El itinerario museográfico va hundiendo al visitante en el drama terrible que vivió este pueblo durante la Segunda Guerra Mundial. Las explicaciones están en hebreo y en inglés. Sigue la historia de forma cronológica y temática. Mediante objetos, fotografías, vídeos con testimonios de supervivientes e instalaciones de arte, apenas nos asomamos a la devastación y la muerte que sembraron los nazis en el pueblo judío. Yad Vashem es un monumento conmemorativo a los seis millones de judíos asesinados por los nazis. Se trata de una cifra  que permanece incuestionable. En un primer momento, las fuentes hablaban de ocho millones de muertos, que posteriormente descendieron en dos millones. En la actualidad ningún historiador puede cuestionar esta cifra sin ser acusado de antisemitismo o de negacionismo. En la Segunda Guerra Mundial se estima que murieron entre cincuenta y cinco y sesenta millones de personas. Fueron perseguidos y exterminados masivamente millones de judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos.

Cerca del final, impresiona la sala de los Nombres, donde centenares de fotografías de las víctimas cubren el techo. Se trata de una habitación circular cuyas paredes están llenas de estanterías que contienen libros con los nombres de todas las víctimas judías identificadas hasta el momento. Un agujero en tierra simboliza el nombre de todos aquellos muertos desconocidos, cuya identificación no fue posible porque todos los familiares y amigos perecieron asesinados. El nombre de Yad Vashem procede del libro bíblico de Isaías 56, 5 y significa ‘Un Monumento y un Nombre’. Es comprensible que un pueblo que sufrió un exterminio semejante reivindique y honre la memoria de los nombres de las víctimas que murieron tan cruelmente, especialmente la de aquellos que no tenían a nadie para dar testimonio y rezar el kadish (oración judía en arameo por los muertos).

El Museo de Arte del Holocausto se encuentra en un edificio independiente, cerca de la salida del principal. Acoge una colección de obras hechas en los guetos y en los campos de concentración. También hay un pabellón de exposiciones que ofrece exhibiciones temporales y una sinagoga moderna, decorada con objetos de sinagogas europeas que fueron destruidas. Es posible hacer oración en la sinagoga y se permite la entrada a las mujeres a la nave principal, cosa que no ocurre en la mayoría de las sinagogas. Hemos hecho casi todo el recorrido interior por estos museos cruzándonos con una madre y un hijo judíos que parecían salidos de un gueto de la década de los 40.

En la sala del Recuerdo hay una llama eterna que guarda la memoria y está junto a una cripta que alberga las cenizas de víctimas, transportadas desde los campos de exterminio. En el suelo se encuentran inscritos los nombres de los veintidós campos nazis más infames: Auschwitz, Bełżec, Bergen, Bogdanovka, Buchenwald, Chełmno, Dachau, Flossenbürg, Gross-Rosen, Jasenovac, Majdanek, Maly Trostenets, Mauthausen, Neuengamme, Ravensbrück, Sachsenhausen, Sajmiste, Salaspils, Sobibór, Stutthof, Treblinka, Varsovia. Me he acordado de los 9.328 republicanos españoles enviados a los campos de concentración, aquellos de los cuales Serrano Suñer, enviado por Franco a Berlín en 1940, les dijo a Hitler, Himmler y Heydrich que podían matarlos. Murieron 5.185, sobrevivieron 3.809, constaron como desaparecidos 334. Detrás de cada número, hay un nombre y un apellido, una historia de sufrimiento infinito que no siempre ha sido oportunamente reivindicado. Más bien lo contrario. Una vez acabada la guerra y liberados los campos, todos tenían una patria a la que volver, todos excepto los republicanos españoles que fueron calificados de apátridas. También he pensado en Neus Català y su valiosa historia de supervivencia y dignidad.

A continuación, hemos iniciado un itinerario exterior con parada en diversos monumentos conmemorativos. El memorial del Vagón del Ganada es uno de los vagones originales que fueron empleados para transportar judíos desde los guetos hasta los campos. La travesía se hacía en unas condiciones inhumanas y suponía la muerte por asfixia para una parte. El Vagón se encuentra elevado sobre unos raíles suspendidos en el aire. Desde abajo se observa este medio de transporte que contribuyó al horror y la muerte, ahora en medio de un lugar lleno de árboles donde reinan el silencio y la paz. Había un grupo de cuatro adolescentes sentados, justo bajo el vagón, conversando y riendo de manera distendida. Continuamos bajando por el sendero que hacía meandros para llegar al jardín de los Justos de las Naciones, en honor de los miles de no judíos que arriesgaron su vida para rescatar judíos durante el Holocausto. Se pueden leer sus nombres escritos en piedra, según su nacionalidad.

Junto al centro de visitantes se encuentra el monumento a los Niños, dedicado al millón y medio de niños judíos que murieron. Es un lugar conmovedor, ya que la violencia contra los niños es la más irracional y brutal de todas. Se encuentra excavado en la roca, se penetra en el memorial oscuro, que presenta una solitaria llama reflejada por centenares de espejos. La sensación óptica es que se trata de miles de fósforos que representan el nombre de los pequeños que perdieron la vida y que son pronunciados por unas voces tristes. La sensación que produce el paso por este lugar es de profundo desasosiego y pena. Muy cerca, está la plaza del Gueto de Varsovia, que alberga un monumento majestuoso de ladrillo rojo en honor de la resistencia decidida y firme que mantuvo este gueto cuando se levantó en 1943.

Llama poderosamente la atención, al leer distintas fuentes, que la reivindicación del Holocausto por parte del pueblo judío comenzó décadas después, no cuando acabó la Gran Guerra. Fue el movimiento sionista el que convirtió el Holocausto en una herramienta de propaganda después de la guerra de 1967. También lo hicieron la mayoría de los judíos norteamericanos. Es verdad que en los últimos años hay judíos que han denunciado el uso político y económico que se hace del Holocausto, pero también lo es el hecho de que la historia del Holocausto ha sido estudiada y escrita por judíos, sionistas en su mayor parte. Mucho se ha hablado y se ha criticado la indiferencia de la población europea y mundial hacia la mortandad que sembraron los nazis en los campos de exterminio, pero nada se ha dicho de la pasividad de la sociedad judía de Palestina en aquellos años. El Holocausto no fue una cuestión significativa en Israel y en los Estados Unidos hasta la guerra de 1967, donde la victoria israelí sobre los árabes fue incontestable.

El sionismo es un movimiento político que debe ser estudiado a fondo. El primer dato en el que uno se fija es el carácter originariamente laico de esta corriente. Precisamente en esta parte de Jerusalén se encuentra el museo Herzl. A pocos metros del museo, está el cementerio donde están enterradas personalidades políticas israelíes de primer orden como Golda Meir o Isaac Rabin. Theodor Herzl  es el padre del sionismo moderno. Este periodista laico, nacido en Budapest en 1860, murió a los cuarenta y cuatro años, hecho que no impidió que le otorgaran la paternidad del Estado judío en 1948. A finales del siglo XIX, Herzl residía en París como corresponsal del principal diario vienés. Fue entonces cuando llevaba una vida bohemia y se interesó por las cuestiones judías. Durante un tiempo pensó que la única solución a la problemática judía era la absoluta integración de los judíos en la sociedad donde vivían, incluida la conversión al cristianismo. Pero en 1894, a raíz del juicio del caso Dreyfus, que fue un oficial del ejército francés de origen judío que fue acusado injustamente de espiar a favor de Alemania, se vivieron brotes de violencia antisemita que hicieron que comenzara a defender la creación de un Estado judío como una obsesión. Pensaba que así los judíos del mundo estarían sanos y salvos del odio y la violencia. En un primer momento, no tuvo mucho éxito entre los líderes judíos y, por eso, publicó el libro El estado judío en 1896. En él proponía la creación de un Estado judío en Palestina o en Argentina, con el beneplácito de las grandes potencias. Herzl no desfalleció, aunque abandonó rápidamente la idea de crear el Estado judío en Argentina. Poco a poco fue aumentando el número de aquellos que escuchaban sus ideas y en 1897 se celebró el I Congreso Sionista Mundial en Basilea (Suiza). Herzl buscó, en primer lugar, la ayuda de Turquía que era quien ocupaba Palestina en aquellos años, pero pronto trato de ganar el favor del Reino Unido con intereses en la zona. Lo que pocos sabemos es que los británicos le sugirieron y ofrecieron un área despoblada de Uganda para establecer el Estado judío. Cuando presentó con entusiasmo esta propuesta delante del VI Congreso Sionista, seis años después del primero, encontró una fuerte oposición. Cuando el padre del sionismo murió, todavía defendía que la mejor opción para el Estado judío era Uganda. ¡Leer para sorprenderse!

Hemos matado el gusanillo en la misma cafetería del museo rodeadas de jóvenes sonrientes y bromistas, vestidos de militares con metralletas como complemento. Hemos supuesto que estaban haciendo la visita prescriptiva al museo durante el servicio militar obligatorio. He observado que los chicos tienen la costumbre de sentarse separados de las chicas: segregación sobre segregación. Hemos tomado un bocadillo con rúcula, tomate seco y queso de cabra y hemos hecho nuestra visita obligatoria al servicio. Después hemos recorrido el camino inverso dando un paseo. Tendríamos que haber esperado demasiado para el autobús gratuito que hace el trayecto hasta la parada del tranvía.

Mt Herzl es la primera parada de la línea. El tren se ha llenado bastante deprisa; de hecho, hemos hecho el trayecto de diez paradas de pie. No hemos podido validar el billete porque no funcionaban las máquinas para hacerlo. En realidad, ninguno de los viajeros podía hacerlo pero hemos hecho el viaje con un aire de proscripción, esperando que en cualquier momento nos pidieran el billete y no lo tendríamos correctamente picado. En el transporte público se palpa el agobio y la tensión con la que se vive en esta tierra. No cabía ni una aguja pero los compañeros de viaje no hacían absolutamente nada por hacer más llevadora la vuelta. No se percibe ninguna sensación de solidaridad colectiva que haga que dejen pasar, que se pongan a un lado para no molestar y otros gestos para mí imperceptibles hasta aquel momento. Hemos vuelto al hotel para recoger las maletas y hemos hecho la excursión a la inversa de nuevo. Esta vez el reto era mayor porque teníamos que subir al moderno tranvía israelí con los bultos. Con coraje y paciencia palestinas lo hemos conseguido. Hemos bajado unas estaciones antes del final, en la Central Station, parada que ya habíamos dejado atrás antes. El convoy nos ha escupido literalmente y la sensación de liberación ha sido determinante.

El edificio exterior de la estación central de autobuses emana ese aire moderno y caro  de los edificios hebreos. A pesar de ello, nos ha costado un poco saber hacia dónde debíamos ir y buscar los andenes. Después de descifrar un directorio, de subir y bajar escaleras con las maletas porque la claridad no es una seña de identidad, hemos llegado a lo que parecía la terminal. He preguntado en una ventanillas qué dársenas eran para ir a Tel Aviv y un trabajador, no demasiado arisco, me ha hecho una señal y me ha indicado el número. En la preparación del viaje había tomado nota de las líneas 405 y 480 y de las dársenas 315 y 316. Sobre el papel escrito estaba más claro de lo que nos resultó en la práctica. Pero con nuestra constancia palestina, lo conseguimos. Perdimos un autobús por pocos minutos, pero las salidas hacia Tel Aviv son constantes y solo tuvimos que esperar unos diez minutos. Al llegar a la puerta de acceso al autobús encontramos la luz roja; enseguida se puso verde y, después de pagar los billetes al operario que los vendía, bajamos las maletas y logramos el hito de colocarlas en el maletero y subir al coche sin sufrir ningún daño personal.

Había bastante tráfico y nos hemos detenido en unas cuantas ocasiones. Yo he aprovechado el viaje para observarlo todo bien. María José ha caído rendida por el sueño. De hecho, hemos tardado más de la hora que estaba anunciada como duración del trayecto. A la entrada de Tel Aviv, los rascacielos y algunos edificios en construcción nos han dado la bienvenida. El tráfico también era denso y lento. Sin casi darnos cuenta, hemos llegado a la estación 2000 Terminal al aire libre. En cuanto hemos puesto un pie en el suelo, hemos sentido el calor bochornoso telaviví.

Entonces no sabíamos que aún nos quedaba la última inmersión traumática y profunda en el transporte público israelí del día. Hemos tenido que esperar más de diez minutos al sol en la parada del autobús urbano. Os puedo asegurar que se nos hizo muy largo, más que una Cuaresma sin pan. Parece que en el país no tienen la costumbre de hacer fila. Hacer cola, dejar pasar o salir, decir por favor, gracias o perdón no está en el vocabulario de esta gente. Van como si fueran el pueblo elegido por la tierra prometida. Lo hemos observado desde que pisamos tierra santa pero hoy, en el transporte público, nos ha quedado bien claro.

Cuando ha llegado el autobús urbano 55 de Tel Aviv, el conductor, un chico muy joven de raza mestiza, no ha sabido, o querido, o podido vendernos dos billetes sencillos. Después de la estancia al sol, no hemos bajado del autobús. Tampoco nos ha dicho que lo hiciéramos. Cómo iba el autobús de gente es indescriptible (que el lector no pierda de vista que llevábamos dos maletas). Hemos conseguido sentarnos, para quitarnos del medio y no sufrir más empujones y pisotones. Enfrente de nosotras, había una madre y una hija pre-adolescente sentadas en una solo asiento. Llevaban el bikini anudado al cuello y una bolsa con la apariencia clara de ir a la playa. Las he mirado y he admirado su normalidad. Por supuesto, tenían su propio cabello e iban haciendo bromas. Ha habido un momento en que la madre le ha tocado un pecho a la hija en señal de complicidad y chanza. La cara de sorpresa que hemos debido de poner solo la han podido ver ellas dos. Salir de una ciudad convento y encontrarte aquella broma natural ha sido una auténtica revelación (está claro que no fue bíblica).

De verdad, he llegado a la conclusión que en el transporte público dan rienda suelta a su agresividad reprimida. La sensación de agobio ha llegado al punto de que hemos decidido bajar del autobús en cuanto hemos llegado a la calle de nuestro hotel. Hemos tenido que caminar casi un cuarto de hora porque lo hemos hecho cincuenta números antes, pero nos ha dado igual. Cuando hemos llegado al hotel, se me ha ocurrido clavar una bandera como una especie de hito histórico que hubiera que recordarse, pero he pensado que podía convertirse en un conflicto diplomático y lo he dejado correr.

La vestimenta de la gente, especialmente la de las mujeres, es bastante más normal que en Jerusalén. Tel Aviv quiere dar la imagen de una ciudad moderna y abierta. Hemos querido acabar el día de una manera relajada y hemos marchado a la playa que teníamos muy cerca del hotel. Nos hemos quedado de piedra y con los ojos como platos cuando nos hemos encontrado con la playa Nordau, para judíos ortodoxos. Allá van hombres y mujeres en días diferentes para no mezclarse, nunca juntos. Está cercada por un muro de madera y separada del resto de playas. Si alguna vez escucháis que no se pueden poner puertas al mar, pensad que los israelíes ortodoxos ya lo han hecho. ¡Dios mío! Desde el otro lado (en esta tierra, siempre hay alguien frente a ti), se los podía observar. Había mucha gente, bastante amontonada, cosa que hacía la situación más absurda aún. También se veía que algunos se bañaban vestidos, con pantalón corto y camiseta. Los miércoles la playa está reservada para los hombres: lunes, miércoles y viernes. Las mujeres pueden ir martes, jueves y domingo. El sabbath es el día sagrado y es dedicado a la oración y el recogimiento. Cuando volvíamos, algunos salían después de su zambullida purificadora. Se veían hombres acompañados de sus hijos varones, todos vestidos con la prescriptiva indumentaria judía. Este es el país de la segregación. ¡Cómo les gustan los muros! De verdad que no lo entiendo.

Antes de la playa Nordau, se encuentra la playa Metzinzim donde hay muchas familias. Se asemeja a nuestras playas: una bahía de agua tranquila con bares y chiringuitos muy cerca de la playa. También hay un área para que jueguen los niños. Al fin y la cabo, estamos en el otro extremo del Mediterráneo, el Mare Nostrum. En verano, los viernes por la tarde también organizan fiestas en la playa. He pensado que en Jerusalén este día ya celebran la víspera del sabbath. El nombre de esta playa es el de una comedia de los años setenta, Hof Metzitzim. Su traducción es ‘playa del mirón’. Y eso hemos hecho nosotras, mirar.  

Hemos seguido caminando por un carril para bicicletas y peatones que bordeaba el mar, a un lado, y el parque de la Independencia, al otro. Esta zona de esparcimiento está llena de prados para correr y comer con la familia y los amigos. Es habitual encontrar celebraciones infantiles de cumpleaños los fines de semana. La playa que se encuentra junto a la de Nordau es la Hilton Beach o playa gay. Recibe este nombre porque el hotel Hilton está allí mismo. Se divide en tres partes: la playa donde los surfistas practican este deporte, al sur; la playa para homosexuales, no oficial, de Tel Aviv, situada en medio; y la playa de los perros, al norte, la única de la ciudad donde se admiten canes. ¿Adivináis en cuál nos hemos quedado?

Los perros corrían despreocupados y contentos por la orilla, entrando y saliendo del agua, atendiendo a la llamada de sus dueños o buscando los juguetes o pelotas que les lanzaban. Los había de todos los tamaños, pero todos tenían en común la expresión risueña y juguetona. He pensado que los perros son niños toda su vida, por eso nunca guardan ningún rencor en su corazón, por eso saben disfrutar del momento presente de una manera única, por eso son la máxima expresión de la lealtad y el afecto. Había un chica joven en biquini con un pitbull color marrón, jugando con él y con todo aquel perro que se acercara para formar parte.

Hemos estado un buen rato disfrutando del espectáculo canino y participando del juego con nuestra mirada que corría y ladraba también arriba y abajo. De vez en cuando, algún amigo con cuatro patas se acercaba y podíamos conversar un poco. Cuando hemos iniciado el camino de regreso, un humano intentaba quitar la arena del pelo de su amigo con una manguera que había para estos menesteres. Tenía trabajo por delante. También hemos observado unos excrementos a la orilla del agua de los cuales el humano irresponsable ha pensado que, ya que era materia orgánica, mejor que se disolvieran en el Mediterráneo. 

Hemos buscado un lugar donde poder comprar alguna cosa para cenar y hemos encontrado uno donde había ensaladas de quinoa, lechuga o lentejas y diferentes bocadillos con pan de molde. Una chica nos ha atendido muy amablemente y nos ha hecho sentir seres humanos amados. Con paciencia hemos acometido la ensalada interminable. Hemos reído porque parecíamos ovejas rumiando hierba y me ha venido a la mente aquel salmo de la recopilación de David: El Señor es mi pastor: nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hasta fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas. 

Miércoles, 28 de agosto de 2019
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Foto: María José Mier Caminero