domingo, 10 de enero de 2021

SABER PERDER

Quienes lean este artículo no se querrán creer que hace semanas que el escritorio de mi ordenador contiene un documento con el título de esta columna. El motivo era reflexionar acerca de la resistencia que el todavía presidente de los Estados Unidos estaba mostrando para reconocer su derrota en las elecciones del pasado 3 de noviembre. No obstante, el escrutinio fue claro. Biden no solo ganó en número de electores, sino también en millones de votos, cosa que no ocurrió en las elecciones de 2016 donde Hillary Clinton logró casi tres millones de votos más que el candidato republicano. A pesar de ello, la victoria de Trump fue tan incuestionable como desoladora. Pero es lo que sucede cuando uno se somete a la democracia y sus reglas. Todo sistema electoral tiene sus limitaciones y sus puntos mejorables, pero es el que cada Estado ha decidido y recogido en su constitución y todos los partidos políticos y candidatos están sometidos a él de la misma forma. Por eso, la suya ha sido una derrota amarga ya que consiguió once millones de votos más que en 2016. A pesar de estos, los resultados han sido tan contundentes que todos los intentos de Donald Trump por cuestionarlos y tumbarlos han sido en vano: los votos de aquellos estados con un estrecho margen se han recontado hasta en tres ocasiones. Además, se han desestimado hasta sesenta demandas que pretendían impugnar los resultados de varios estados. Trump lo ha intentado por todos los medios legales a su alcance con su abogado Rudolph Giuliani a la cabeza (triste papel está desempeñando en esta farsa el que fuera alcalde de Nueva York durante los atentados del 11S). 

 

Las semanas y los acontecimientos se han ido sucediendo: ninguna instancia política ni judicial (algunas principalmente conservadoras) ha dado la razón a un hombre acostumbrado a conseguir por la fuerza lo poco que le negaba su dinero. Esa ha sido su manera de actuar desde que se convirtió en presidente del país ya no más poderoso del mundo. Nada parece detener a este niño déspota y caprichoso a la hora de lograr su empeño: hace apenas unos días se desvelaba una conversación telefónica en la que el propio Trump presionaba a un alto cargo republicano de Georgia para que manipulara los resultados de ese estado. Pero nada hace reflexionar a sus seguidores que creen a pies juntillas su tesis de que le han robado las elecciones, aunque no aporte ni una sola prueba de ello. Basta con que el líder carismático que es afirme con contundencia su creencia/deseo para que la turba de seguidores la asuma como si de un dogma se tratase. ¿A qué nivel de sinrazón y fanatismo estamos llegando?

 

Las imágenes del asalto al Capitolio de EEUU son de una tristeza extrema para aquellos que pensamos que la democracia es la menos mala de las formas de gobierno. No lo digo yo, lo decían los propios griegos que la crearon (yo solo lo traduje en mis años de instituto). Los dueños del invento también alertaron de los peligros de la demagogia que es la estrategia utilizada para conseguir el poder político apelando a prejuicios, emociones y miedos de la ciudadanía para ganar el favor popular mediante el uso de la retórica, la desinformación, la agnotología y la propaganda política. Así debía de ser en la Grecia clásica. Releo la definición y me da por pensar en la manera de hacer política en el mundo y en España en los últimos tiempos.

 

Por último, todos perdemos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. La pérdida va asociada a nuestras existencias de una manera que, a veces, se presenta como insoportable e irreparable. El presidente electo, Joe Biden sabe algo de todo esto. Algunas veces ganamos y otras muchas perdemos. A todos nos ocurre, excepto a Donald Trump que se ha propuesto asaltar una de las democracias más antiguas del mundo con tal de salirse con la suya. El delirio de este líder decadente está arrastrando a millones de ciudadanos norteamericanos a la negación de la realidad y, lo que es peor, a la violencia. Piénsenlo bien: en cualquier país de Latinoamérica, lo ocurrido esta semana en Washington hubiera sido calificado de golpe de estado. ¿Hasta qué parte de nuestras instituciones vamos a permitir que penetre la extrema derecha? Ya lo dijo Aristófanes: “Un demagogo no debe ser ni honesto ni educado: tiene que ser ignorante y canalla”. Lo triste y preocupante es que le sigue una turba ignorante y canalla. Ahí lo dejo.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Imagen extraída de la red

 


 

domingo, 27 de diciembre de 2020

LA BONA MORT

Molts ho sabreu ja: bona mort és el significat etimològic de la paraula eutanàsia. Permeteu-me que diga als més joves que aquest terme procedeix de dues paraules gregues: eu el significat de la qual és bé, bo i thanatos que vol dir mort. També coneixereu la notícia més important de la setmana a Espanya: el dijous passat, el Congrés dels Diputats va aprovar per una ampla majoria la llei  que regula l’eutanàsia i el suïcidi assistit. Es tracta d’un fet històric que probablement no ha tingut la suficient repercussió mediàtica donat l’enrenou pandèmic en què estem sumits. Dic històric perquè Espanya esdevé el sisè país en aprovar-la i el tercer del món en regular eutanàsia i suïcidi assistit, després de Bèlgica i Holanda. A Luxemburgo, Canadà i Colòmbia és legal l’eutanàsia i el suïcidi assistit està despenalitzat a Suïssa, Alemanya, Japó i alguns estats d’EEUU i un d’Austràlia. 

 

Aquesta llei arriba tard per moltes persones que han patit una mort lacerant i una agonia interminable sense voler viure-la. María José Carrasco, Maribel Tallaetxe, José Antonio Arrabal o Ramón Sampedro són sols la punta de l’iceberg visible d’aquest dolor viscut en la intimitat de la malaltia i de la llar de tants malalts que reclamaven el dret a decidir sobre la seua pròpia mort en una situació límit de malaltia i sofriment. Gràcies a ells, aquesta reivindicació històrica ha tornat als mitjans de comunicació de forma recurrent fins aconseguir la seua aprovació per una àmplia majoria. I és que aquesta vegada podem dir que tots aquests vots afirmatius (198) són el reflex d’un ampli consens social (al voltant del 80 %) que venia reclamant la regulació del final del nostre viatge per la vida. Gosaria anar més lluny i afirmar que, malgrat els temps de polarització en que estem instal·lats, aquest assumpte, tan vital i inexorable, posava d’acord persones de diferents i creences (inclosos alguns cristians i conservadors). El motiu és senzill i primari: a tots ens espera el mateix final i tenir la possibilitat de decidir com desitgem que siga enfront d’una malaltia greu i incurable que ens aboque a uns dolors insuportables preserva la nostra llibertat i dignitat.

 

Sols els partits polítics amb una clara filiació catòlica van votar en contra. I és lògic i raonable que ho feren des de les seues creences religioses cristianes, encara que haurien de reflexionar sobre el fet que no és una llei d’obligat compliment, com tampoc ho fou el divorci, la del avortament o la del matrimoni homosexual. Totes aquestes lleis regulen llibertats individuals, el dret a decidir com i amb qui hom vol viure o no i no busquen imposicions, sols respectar la llibertat de consciència i garantir la capacitat de decisió personal. Per això mateix, tot malalts té dret a la millor assistència sanitària i cures pal·liatives el temps que dure la seua dolència. Ni és indigne patir estoicament o cristianament una malaltia incurable fins a la seua fi, si és una decisió de la persona, ni aquesta llei instaura la cultura de la mort i pretén liquidar els nostres majors. No és un activisme a favor de la mort, sinó per la vida que no desitja un sofriment intolerable. Es tracta d’humanitzar la mort.

Era fonamental que aquesta llei oferisca garanties als malalts i als professionals. Que la persona que ha de prendre la decisió haja de reafirmar-s’hi fins quatre vegades al llarg del procés, que reba l’acompanyament de metges especialistes que puguen informar-li i assessorar-lo en tot moment del seu estat i evolució, que no siga un procés irrevocable i que la persona puga retractar-se preserven la independència i la llibertat de la decisió. Així ha de ser també en la seua aplicació. De la mateix manera, era primordial que es regulés el dret a l’objecció de consciència dels sanitaris que no desitgen participar per les seues creences. Es tracta d’una qüestió suficientment sensible i crucial per no ser imposada a cap professional.

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

Imatge extreta de la xarxa

 


 

domingo, 20 de diciembre de 2020

LA BUENA MUERTE

Muchos lo sabrán ya: buena muerte es el significado etimológico de la palabra eutanasia. Permítanme que diga a los más jóvenes que este término procede de dos palabras griegas: eu cuyo significado es bien, bueno y thanatos que significa muerte. También conocerán la noticia más importante de la semana en España: el pasado jueves, el Congreso de los Diputados aprobó por una amplia mayoría la ley que regula la eutanasia y el suicidio asistido. Se trata de un hecho histórico que probablemente no ha tenido la suficiente repercusión mediática debido al revuelo pandémico en que estamos sumidos. Digo histórico porque España se convierte en el sexto país en aprobarla y el tercero del mundo en regular eutanasia y suicidio asistido, después de Bélgica y Holanda. En Luxemburgo, Canadá y Colombia es legal la eutanasia y el suicidio asistido está despenalizado en Suiza, Alemania, Japón y algunos estados de EEUU y uno de Australia. 

 

Esta ley llega tarde para muchas personas que han sufrido una muerte lacerante y una agonía interminable sin querer vivirla. María José Carrasco, Maribel Tallaetxe, José Antonio Arrabal o Ramón Sampedro son solo la punta del iceberg visible de este dolor vivido en la intimidad de la enfermedad y del hogar de tantos enfermos que reclamaban el derecho a decidir sobre su propia muerte en una situación límite de enfermedad y sufrimiento. Gracias a ellos, esta reivindicación histórica ha vuelto a los medios de comunicación de forma recurrente hasta lograr su aprobación por una amplia mayoría. Y es que esta vez podemos decir que todos esos votos afirmativos (198) son el reflejo de un amplio consenso social (alrededor del 80 %) que venía reclamando la regulación del final de nuestro viaje por la vida. Me atrevería a ir más lejos y afirmar que, a pesar de los tiempos de polarización en que estamos instalados, este asunto, tan vital e inexorable, ponía de acuerdo a personas de diferentes ideologías y creencias (incluidos algunos cristianos y conservadores). El motivo es sencillo y primario: a todos nos espera el mismo final y tener la posibilidad de decidir cómo deseamos que sea ante una enfermedad grave e incurable que nos aboque a unos dolores insoportables preserva nuestra libertad y dignidad.  

 

Solo los partidos políticos con una clara filiación católica votaron en contra. Y es lógico y razonable que lo hagan desde sus creencias religiosas cristianas, aunque deberían reflexionar acerca de que no es una ley de obligado cumplimiento, como tampoco lo fue la del divorcio, la del aborto o la del matrimonio homosexual. Todas estas leyes regulan libertades individuales, el derecho a decidir cómo y con quién quiere uno vivir o no y no buscan imposiciones, solo respetar la libertad de conciencia y garantizar la capacidad de decisión personal. Por eso mismo, todo enfermo tiene derecho a la mejor asistencia sanitaria y cuidados paliativos el tiempo que dure su dolencia. Ni es indigno sufrir estoica o cristianamente una enfermedad incurable hasta el final, si es una decisión de la persona, ni esta ley instaura la cultura de la muerte y busca liquidar a nuestros mayores. No es un activismo a favor de la muerte, sino por la vida que no desea un sufrimiento intolerable. Se trata de humanizar la muerte.

 

Era fundamental que esta ley ofreciera garantías a los enfermos y a los profesionales. Que la persona que ha de tomar la decisión deba reafirmarse en ella hasta en cuatro ocasiones a lo largo del proceso, que reciba el acompañamiento de médicos especialistas que pueden informarle y asesorarle en todo momento de su estado y evolución, que no sea un proceso irrevocable y que la persona pueda retractarse preservan la independencia y la libertad de la decisión. Así debe ser también en su aplicación. De la misma manera, era primordial que se regulase el derecho a la objeción de conciencia de los sanitarios que no deseen participar por sus creencias. Se trata de una cuestión lo suficientemente sensible y crucial para no ser impuesta a ningún profesional.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Imagen de Raúl Arias

 


 

domingo, 6 de diciembre de 2020

SOTA EL SILENCI

Sota el silenci és el nou documental d’Iñaki Arteta. Presenta el treball d’un joven periodista, anomenat Felipe Larach, que es trasllada al País Basc per realitzar una sèrie d’entrevistes per comprovar com respira la societat basca, després que la banda terrorista ETA anunciés la seua dissolució al maig de 2018. L’interès personal que el propi Felipe Larach expressa és que, durant els seus estudis universitaris, va tenir l’oportunitat d’entrevistar a la dona i la filla d’un guàrdia civil assassinat per ETA, dones que apareixen en aquesta pel·lícula documental. L’altre motiu que verbalitza el periodista és que ell, una persona totalment aliena al món abertzale, a la societat basca i al que ha suposat la violència d’ETA durant dècades, vol intentar entendre el que va ocórrer i com es viu actualment al País Basc després que es deixés la violència enrere.

 

Com a espectadora, espere que un documental qüestione les meues idees prèvies sobre el tema, que m’òbriga nous camins de coneixement i de comprensió i que, encara que no m’oferisca respostes que, almenys, em faça veure les diferents visions d’un problema polític, històric i social que tantes vides s’ha emportat per davant. No ha estat el cas d’aquesta cinta. Després de dues hores i mitja d’entrevistes, el relat commou però no en el sentit que el realitzador i el periodista cerquen. Ningú no ix del cinema qüestionant-se el que pensava abans de veure la pel·lícula. Més aviat el contrari, el tractament parcial i limitat del tema, l’excessiu protagonisme que es dona al periodista amb primers plans continus a les entrevistes, la seua cara de complaença quan finalment aconsegueix la contradicció, la incomoditat o l’enuig de l’entrevistat, els talls sospitosos a les converses que té amb les persones del món abertzale em fan pensar que es tracta d’un projecte fallit. Felipe Larach, en realitat, no vol apropar-se al problema per entendre o oferir una mica de llum. La impressió és que té una veritat preconcebuda sobre el que va ocórrer i la cerca en cada pregunta que tracta de comprometre al seu entrevistat. No s’apropa per intentar explicar les raons que van portar a cometre tota aquella sèrie d’atemptats atroços, que mai no haurien d’haver ocorregut. Ho fa amb la superioritat moral del que es creu en possessió de la veritat (així ho veiem clarament al mateix cartell de la pel·lícula). Com a professional del periodisme, l’entrevistador no hauria de desvetllar el seu punt de vista, sinó apropar-se al problema intentant oferir la complexitat de la situació. Tanmateix, en tot moment, la seua veritat preval. Potser pensa que explicar és justificar i no és així. L’espectador, major d’edat, traurà les seus pròpies conclusions. No necessita tuteles ni del director ni del periodista.

 

Trobe a faltar algunes entrevistes: no es pregunta a cap líder polític actual sobre la situació de la societat basca (sols a un alcalde del PSOE d’una localitat basca que ha arribat a un acord de pressupostos amb EH Bildu), ni als dirigents ni ciutadans que van haver d’anar escoltats durant tant de temps. També m’hagués agradat escoltar el testimoni de més víctimes. L’afirmació de l’escriptor basc Kirmen Uribe, establert a Nova York, dient que ETA va deixar de matar perquè la societat basca li ho demanava passa gairebé desapercebuda, ja que l’entrevistador el que busca és que l’entrevistat es quede sense paraules i no cessa en la seua obstinació fins que ho aconsegueix.

 

Tampoc no mostra cap respecte per l’euskera ni per la cultura basca. Larach entrevista dues vegades al director d’una ikastola que ha portat víctimes del terrorisme per tal que conten el seu testimoni als alumnes. El docent tracta d’explicar la història de dolor i mort del País Basc remuntant-se a la guerra civil, passant pel franquisme, per arribar als assassinats de la banda terrorista ETA. Sols ho intenta. En la segona conversa, Larach pregunta si no són massa els diners públics que es destinen al foment de l’aprenentatge i l´ús de l’euskera, ja que el parlen habitualment un percentatge de població molt baix en la seua opinió. El que està fent, en realitat, és mostrar una profunda ignorància envers la vàlua històrica i filològica d’una llengua mil·lenària d’origen desconegut que hauria de ser patrimoni no sols dels bascos. Potser aquesta siga una part del problema. Finalment i amb la indignació del seu entrevistat, arriba a qüestionar el nombre de morts al bombardeig de Guernika, oferint una allau de dades i mostrant les revisions posteriors a la baixa en el nombre de víctimes, tasca que sempre han dut a terme els historiadors cercant el rigor, per afirmar preguntant si no s’ha mitificat la matança de civils que s’hi va perpetrar. I ho fa de la pitjor manera possible, barrejant-ho amb la recurrent referència a l’holocaust nazi. És una llàstima que no s’haja informat tan bé de la revisió de xifres de víctimes jueves. ¿O és que uns morts valen més que altres?

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

Imatge extreta de la xarxa

 


 


domingo, 29 de noviembre de 2020

BAJO EL SILENCIO

Bajo el silencio es el nuevo documental de Iñaki Arteta. En él muestra el trabajo de un joven periodista, llamado Felipe Larach, que se traslada al País Vasco para realizar una serie de entrevistas para comprobar cómo respira la sociedad vasca, después de que la banda terrorista ETA anunciara su disolución en mayo de 2018. El interés personal que el propio Felipe Larach expresa es que, durante sus estudios universitarios, tuvo la oportunidad de entrevistar a la mujer y la hija de un guardia civil asesinado por ETA, mujeres que aparecen en esta película documental. El otro motivo que verbaliza el periodista es que él, una persona totalmente ajena al mundo abertzale, a la sociedad vasca y a lo que ha supuesto la violencia de ETA durante décadas, quiere intentar entender lo que ocurrió y cómo se vive actualmente en el País Vasco después de que se dejara la violencia atrás.

 

Como espectadora, espero que un documental cuestione mis ideas previas sobre el tema, que me abra nuevas vías de conocimiento y de comprensión y que, aunque no me ofrezca respuestas que, al menos, me haga ver las distintas visiones de un problema político, histórico y social que tantas vidas se ha llevado por delante. No ha sido el caso de esta cinta. Después de dos horas y media de entrevistas, el relato te conmueve pero no en el sentido que el realizador y el periodista buscan. Nadie sale del cine cuestionándose lo que pensaba antes de ver la película. Más bien al contrario, el tratamiento parcial y limitado del tema, el excesivo protagonismo que se da al periodista con primeros planos continuos en las entrevistas, su cara de complacencia cuando por fin consigue la contradicción, la incomodidad o el enfado en el entrevistado, los cortes sospechosos en las conversaciones que tiene con las personas del mundo abertzale me hacen pensar que se trata de un proyecto fallido. Felipe Larach, en realidad, no quiere acercarse al problema para entender u ofrecer algo de luz. La impresión es que tiene una verdad preconcebida acerca de lo sucedido y la busca a través de cada pregunta que trata de comprometer a su entrevistado. No se acerca para intentar explicar las razones que llevaron a cometer toda aquella serie de atentados atroces, que jamás debieron ocurrir. Lo hace con la superioridad moral del que se cree estar en posesión de la verdad (así lo vemos claramente en el propio cartel de la película). Como profesional del periodismo, el entrevistador no debería desvelar su punto de vista, sino acercarse al problema intentando ofrecer la complejidad de la situación. Sin embargo, en todo momento, su verdad prevalece. Acaso piensa que explicar es justificar y no es así. El espectador, mayor de edad, sacará sus propias conclusiones. No necesita tutelas ni del director ni del periodista.

 

Echo de menos algunas entrevistas: no se pregunta a ningún líder político actual sobre la situación de la sociedad vasca (solo a un alcalde del PSOE de una localidad vasca que ha alcanzado un acuerdo de presupuestos con EH Bildu), ni a los dirigentes ni ciudadanos que tuvieron que ir escoltados durante tanto tiempo. También me hubiera gustado escuchar el testimonio de más víctimas. La afirmación del escritor vasco Kirmen Uribe, afincado en Nueva York, de que ETA dejó de matar porque la sociedad vasca se lo demandaba pasa casi desapercibida, ya que el entrevistador lo que busca es que el entrevistado se quede sin palabras y no cesa en su empeño hasta que lo consigue.

 

Tampoco muestra ningún respeto por el euskera ni por la cultura vasca. Larach entrevista dos veces al director de una ikastola que ha llevado a víctimas del terrorismo para que cuenten su testimonio a los alumnos. El docente trata de explicar la historia de dolor y muerte del País Vasco remontándose a la guerra civil, pasando por el franquismo, para llegar a los asesinatos de la banda terrorista ETA. Solo lo intenta. En la segunda conversación, Larach pregunta si no es demasiado el dinero público que se destina al fomento del aprendizaje y del uso del euskera, ya que lo hablan habitualmente un porcentaje de población muy bajo en su opinión. Lo que está haciendo, en realidad, es mostrar una profunda ignorancia hacia el valor histórico y filológico de una lengua milenaria de origen desconocido que debería ser patrimonio no solo de los vascos. Quizás esa sea una parte del problema. Finalmente y para indignación de su entrevistado, llega a cuestionar el número de muertos del bombardeo de Guernika, ofreciendo una avalancha de datos y mostrando las revisiones posteriores a la baja en el número de víctimas, labor que siempre llevan a cabo los historiadores buscando el rigor, para afirmar preguntando si no se ha mitificado la matanza de civiles que allí se perpetró. Y lo hace de la peor manera posible, mezclándolo con la recurrente referencia al holocausto nazi. Es una lástima que no se haya informado tan bien de la revisión de cifras de víctimas judías. ¿O es que unos muertos valen más que otros?

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

domingo, 15 de noviembre de 2020

UN METGE CATALÀ I PIER PAOLO PASOLINI

Víctor Espiga és el nom del metge català que esmente al títol i treballa a un hospital de Barcelona (crec). Apunte això últim perquè no conec personalment el Víctor; sols som amics virtuals gràcies a la xarxa social de Zuckenberg. Víctor és afeccionat a jugar amb les paraules i a explorar les possibilitats expressives del llenguatge. Ho fa d’una manera original i ocurrent. Els que em coneixeu entendreu el meu interès per les seues publicacions. Un tret que caracteritza el doctor Espiga és que sempre mostra una sensibilitat especial envers els temes que tracta al seu mur.

 

Fa uns dies va fer una publicació amb la qual no podia ser-hi més d’acord. La transcric literalment perquè subscric cada coma: “Voleu que us digui per què és tan difícil controlar la pandèmia causada pel Covid-19? Perquè és una malaltia que ataca al nucli del nostre estil de vida. Perquè hem creat una societat globalitzada, però només pel que fa a la mà d’obra barata i no pas pel que fa a la riquesa. Perquè ens hem cregut que viatjant compulsivament trobaríem allò que no ens atrevim a buscar dins nostre. Perquè ens han ensenyat que no som ciutadans, sinó consumidors de béns i de temps. I ara de sobte, no sabem no ser-ho. Perquè som una generació que no valora l’esforç i que no tolera la frustració. Perquè som una generació que no respecta als que en saben. Confonem opinió amb saviesa. Perquè la nostra immaduresa generacional fa que tot i tenir la solució a dins nostre, esperem que aquesta solució vingui de fora. Perquè volem una vacuna que ens solucioni el problema, i així no haver de responsabilitzar-nos de complir les normes. Perquè el problema no és el virus. El problema som nosaltres.” No sé la vostra opinió però jo pense que aquest metge, que cada dia es juga la seua salut perquè nosaltres mantinguem la nostra, ha fet diana. Em va fer pensar tant que vaig voler que els meus alumnes de Batxillerat també reflexionaren i se la vaig llegir als instants finals de les nostres classes comprimides per la semipresencialitat obligatòria per motius pandèmics. Soc conscient de que el lloc que ocupe a aquesta cadena social m’obliga a intentar conscienciar els nostres joves de la importància de prendre’s seriosament aquestes tres regles tan bàsiques i que tant ens costa complir: higiene màxima, distància de dos metres i ús de mascareta.

 

Dies després, vaig tornar a llegir al seu mur que, per aquest escrit que us reprodueix estava rebent insults i amenaces per la xarxa. Em vaig quedar tan bocabadada que sols vaig poder animar-lo comunicant-li el que jo havia fet amb les seues paraules. Podem estar o no d’acord amb el doctor Espiga, podem expressar-li la nostra dissensió o callar, però el que no té qualificatiu possible són aquestes reacciones tan virulentes i desproporcionades. A què es deuen? Per què encaixem tan malament el desacord? Per què tolerem tan poc que ens qüestionen la nostra manera de viure i de pensar? Potser hem construït aquest edifici sobre uns fonaments trencadissos o sense cap suport. Potser la nostra societat ja estava malalta abans de la l’arribada del SARS-Co-2 i el nostre virus es diu deshumanització.

 

Des de fa setmanes els adults ens queixem del comportament insolidari i incívic que estan tenint els més joves i que hi estan contribuent a la propagació del virus. Suposant que aquesta premissa fos certa, aleshores hauríem de preguntar-nos per què. Un estimat amic meu del teatre (a aquest sí els vaig veure i vaig parlar amb ell molts pocs dies abans del nostre tancament) em va enviar per una coneguda xarxa de missatgeria instantània aquesta reflexió de Pier Paolo Pasolini que intuïtivament vaig associar amb les paraules del metge català de seguida que les vaig llegir. Em van semblar, a més, un pensament molt cervantí:

 

“Crec que és necessari educar les noves generacions pel valor de la derrota. Per gestionar-la. Per la humanitat que hi emergeix. Per construir una identitat capaç d’advertir una comunitat de destinació, on es puga fracassar i tornar a començar sense que el valor i la dignitat es vegen afectades. Per no ser un trepa social, per no passar sobre el cos dels altres per arribar primer.

 

Davant aquest món de guanyadors vulgars i deshonests, d’executors falsos i oportunistes, de gent important, que ocupa el poder, que escamoteja el present, i també el futur, de tots els neuròtics de l’èxit, del figurar, de l’arribar a ser. Davant aquesta antropologia del guanyador, de lluny m’estime més qui perd...”

 

Begoña Chorques Fuster

Professora que escriu

Foto extreta de la xarxa

 

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

UN MÉDICO CATALÁN Y PIER PAOLO PASOLINI

Víctor Espiga es el nombre del médico catalán que menciono en el título y trabaja en un hospital de Barcelona (eso creo). Apunto esto último porque no conozco personalmente a Víctor; solo somos amigos virtuales a través de la red social de Zuckerberg. Víctor es aficionado a jugar con las palabras y a explorar las posibilidades expresivas del lenguaje. Lo hace de una manera original y ocurrente. Los que me conocéis entenderéis mi interés en sus publicaciones. Un rasgo que caracteriza al doctor Espiga es que siempre muestra una sensibilidad especial hacia los temas que trata en su muro.

 

Hace unos días hizo una publicación con la que no podía estar más de acuerdo. La transcribo literalmente (traducida) porque subscribo cada coma: “¿Queréis que os diga por qué es tan difícil controlar la pandemia causada por el Covid-19? Porque es una enfermedad que ataca al núcleo de nuestro estilo de vida. Porque hemos creado una sociedad globalizada, pero solo en lo que concierne a la obra de mano barata y no en lo que afecta a la riqueza. Porque nos hemos creído que viajando compulsivamente encontraríamos aquello que no nos hemos atrevido a buscar dentro de nosotros. Porque nos han enseñado que no somos ciudadanos, sino consumidores de bienes y de tiempo. Y ahora de repente, no sabemos no serlo. Porque somos una generación que no valora el esfuerzo y no tolera la frustración. Porque somos una generación que no respeta a los que saben. Confundimos opinión con sabiduría. Porque nuestra inmadurez generacional provoca que, a pesar de tener la solución dentro de nosotros, esperamos que esta solución venga de fuera. Porque queremos una vacuna que nos solucione el problema, y así no tener que responsabilizarnos de cumplir las normas. Porque el problema no es el virus. El problema somos nosotros.” No sé qué opinaréis pero yo pienso que este médico, que cada día se juega la salud para que nosotros mantengamos la nuestra, da en la diana. Me hizo pensar tanto que quise que mis alumnos de Bachillerato también reflexionaran y se la leí en los instantes finales de nuestras clases comprimidas por la semipresencialidad obligatoria por motivos pandémicos. Soy consciente de que el puesto que ocupo en esta cadena social me obliga a intentar concienciar a nuestros jóvenes de la importancia de tomarse en serio esas tres reglas tan básicas y que tanto nos cuesta cumplir: máxima higiene, distancia de dos metros y uso de mascarilla.

 

Días después, volví a leer en su muro que, a propósito del escrito que os reproduzco, estaba recibiendo insultos y amenazas a través de la red. Me quedé tan perpleja que solo pude animarlo comunicándole lo que yo había hecho con sus palabras. Podemos estar de acuerdo o no con el doctor Espiga, podemos expresarle nuestra disensión o callarnos, pero lo que no tiene calificativo posible son estas reacciones tan virulentas y desproporcionadas. ¿A qué se deben? ¿Por qué encajamos tan mal el desacuerdo? ¿Por qué toleramos tan poco que nos cuestionen nuestro modo de vida y de pensar? Quizás hemos construido este edificio sobre unos cimientos quebradizos o sin soporte alguno. Quizás nuestra sociedad ya estaba enferma antes de la llegada del SARS-Co-2 y nuestro virus se llama deshumanización.

 

Desde hace semanas los adultos nos quejamos del comportamiento insolidario e incívico que están teniendo los más jóvenes y de que con él están contribuyendo a la propagación del virus. Suponiendo que esta premisa fuera cierta, entonces deberíamos preguntarnos por qué. Un  amigo querido del teatro (a este sí lo vi y hablé con él muy pocos días antes de nuestro encierro) me envió por una conocida red de mensajería instantánea esta reflexión de Pier Paolo Pasolini que intuitivamente asocié a las palabras del médico catalán en cuanto las leí. Me pareció, además, un pensamiento muy cervantino:

 

“Creo que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar primero.

 

Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de hacedores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador, de lejos prefiero al que pierde...”

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

Imagen extraída de la red