domingo, 25 de enero de 2026

PONCIA

Poncia es, sin duda, uno de los personajes más complejos y potentes de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Esta fue su última obra y en ella consolidaba el gran dramaturgo que ya era y apuntaba las obras que se vislumbraban por delante de no haberse interpuesto el fascismo entre él y su escritura. Junto a Adela y a Bernarda, forman un triángulo cuyos vértices confluyen en la tragedia final de esta obra. Luis Luque (Madrid, 1973) firma y dirige un monólogo en el que le da la palabra a la vieja criada de Bernarda.

 

Lolita Flores es la encargada de dar voz a Poncia en un monólogo en el que se desenvuelve con destreza y oficio. Ya lo demostró en el papel de Natàlia, la Colometa, texto dirigido por Joan Ollé, basado en La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda. Parece que la hija de La Faraona ha encontrado en el subgénero del soliloquio la horma de su zapato dada la merecida ovación que cosecha en cada representación. Y es que, efectivamente, la mayor de los Flores se mueve por el escenario como pez en el agua y, desde el inicio, donde retoma la acción instantes después de que la joven Adela se haya arrancado la vida colgándose en su habitación, reivindica su raza interpretativa. Es cierto que la escenografía sencilla y ajustada y una iluminación sobresaliente la ayudan a ir desmenuzando el texto de Luis Luque, demasiado dependiente quizás de la obra lorquiana (algo comprensible dado el titán literario al que se enfrenta), pero que demuestra, eso sí, un profundo conocimiento del texto lorquiano.

 

A lo largo de setenta minutos, Poncia/Lolita se dirige a cada uno de los personajes del “drama de mujeres de los pueblos de España” en distintas secuencias y ajusta cuentas con alguno de ellos: la malograda Adela, la intransigente Bernarda, la demente y lúcida María Josefa, el impetuoso e interesado Pepe el Romano, la infeliz y estéril Angustias, la celosa y cruel Martirio. Poncia/Lolita se muestra vehemente y clara, va tejiendo un discurso coherente, trufado de alusiones constantes a la obra original, que los enamorados de Lorca reconocerán. Poncia/Lolita se reafirma en su papel de criada, de perra fiel y leal de Bernarda, pero constata su dignidad y se afirma a sí misma a pesar del maltrato recibido durante años.

 

Es esta obra uno de nuestros clásicos contemporáneos y, como tal, se encuentra a merced de la interpretación y la búsqueda de sentido de los estudiosos y los artistas actuales. Con su monólogo, Luis Luque denuncia la situación de las mujeres en la época (pretendiendo traerlo hasta nuestros días) y reivindica su liberación en un final estéticamente bello (como el resto del montaje) que parece elevarnos más allá de las circunstancias de la obra, y que quiere olvidarse de la tragedia que acaba de consumarse y del manto de años de duelo que acaba de caer sobre las hijas supervivientes de Bernarda Alba.

 

Poncia/Lolita habla desde su condición popular de libertad, de sexo y de educación, pero también de muerte, culpa y clases sociales. No le importa enfrentarse a sus fantasmas y a las sombras que la acechan para, sobre todo, transmitirnos “la idea de amarnos en libertad”. ¡Cuánta belleza revelada si no nos asomáramos al precipicio de involución histórica hacia el que nos empujan!

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 


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