domingo, 2 de febrero de 2020

CRÓNICA DE JERUSALÉN_06

DÍA 06. JERUSALÉN – TEL AVIV: Se ha hecho de día muy pronto. Se notaba que estábamos más al este y el sol se levanta más temprano. Hemos recogido todas nuestras pertenencias y hemos dejado las maletas a punto. Teníamos que ir despidiéndonos de esta ciudad tan religiosa y tan poco espiritual. No puedo evitar sentir una fascinación extraña por todo lo que hemos visto y vivido estos días.

Las últimas horas en Jerusalén las hemos pasado en Yad Vashem, el Museo Histórico del Holocausto. Se trata de un museo formado por un edificio de arquitectura moderna, situado en un terreno grandísimo y rodeado de monumentos conmemorativos del Holocausto. El museo hace un recorrido por la historia de la persecución y exterminio que llevaron a cabo los nazis. Se pueden escuchar numerosos testimonios de supervivientes. Como todas las obras que realizan los hebreos, es un edificio de diseño moderno que muestra su poder adquisitivo.

Se encuentra en el Monte Herlz, nombre del padre del sionismo, en la parte más oeste de Jerusalén. Es necesario coger el moderno tranvía, inaugurado en 2012. Este tren atraviesa una de las arterias principales de Jerusalén, Jaffa Street. Los habitantes de Jerusalén hacen un uso masivo de este medio de transporte. No cabía ni una aguja, ni a la ida ni a la vuelta. Estación tras estación nos hemos ido alejando del centro de la ciudad. Se ha de caminar un poco hacia arriba, si se decide no esperar el autobús que hace el trayecto gratuito, desde la parada del tranvía hasta el museo. Poco a poco te vas adentrando en el bosque de Jerusalén donde se encuentra el museo Herlz, el cementerio militar y el Yad Vashem. Hemos hecho el paseo a pie y nos hemos dejado envolver por el silencio de la arboleda. El eco de la ciudad quedaba atrás.

Yad Vashem es un complejo formado de diversos edificios. El principal tiene forma de una enorme arca, hundida en tierra. En este pabellón, se encuentra el Museo de la Historia del Holocausto, donde hay nueve galerías subterráneas con estructura de prisma donde se cuenta todo lo que ocurrió en el Shoah (Holocausto) y la historia del antisemitismo en Europa. Estos pasillos se encuentran enlazados por una nave central que se asemeja a una columna vertebral. Se entra por un extremo y se va avanzando hacia el final, donde espera un mirador por donde entra la luz y desde donde se disfruta de una vista espléndida del bosque de Jerusalén. El itinerario museográfico va hundiendo al visitante en el drama terrible que vivió este pueblo durante la Segunda Guerra Mundial. Las explicaciones están en hebreo y en inglés. Sigue la historia de forma cronológica y temática. Mediante objetos, fotografías, vídeos con testimonios de supervivientes e instalaciones de arte, apenas nos asomamos a la devastación y la muerte que sembraron los nazis en el pueblo judío. Yad Vashem es un monumento conmemorativo a los seis millones de judíos asesinados por los nazis. Se trata de una cifra  que permanece incuestionable. En un primer momento, las fuentes hablaban de ocho millones de muertos, que posteriormente descendieron en dos millones. En la actualidad ningún historiador puede cuestionar esta cifra sin ser acusado de antisemitismo o de negacionismo. En la Segunda Guerra Mundial se estima que murieron entre cincuenta y cinco y sesenta millones de personas. Fueron perseguidos y exterminados masivamente millones de judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos.

Cerca del final, impresiona la sala de los Nombres, donde centenares de fotografías de las víctimas cubren el techo. Se trata de una habitación circular cuyas paredes están llenas de estanterías que contienen libros con los nombres de todas las víctimas judías identificadas hasta el momento. Un agujero en tierra simboliza el nombre de todos aquellos muertos desconocidos, cuya identificación no fue posible porque todos los familiares y amigos perecieron asesinados. El nombre de Yad Vashem procede del libro bíblico de Isaías 56, 5 y significa ‘Un Monumento y un Nombre’. Es comprensible que un pueblo que sufrió un exterminio semejante reivindique y honre la memoria de los nombres de las víctimas que murieron tan cruelmente, especialmente la de aquellos que no tenían a nadie para dar testimonio y rezar el kadish (oración judía en arameo por los muertos).

El Museo de Arte del Holocausto se encuentra en un edificio independiente, cerca de la salida del principal. Acoge una colección de obras hechas en los guetos y en los campos de concentración. También hay un pabellón de exposiciones que ofrece exhibiciones temporales y una sinagoga moderna, decorada con objetos de sinagogas europeas que fueron destruidas. Es posible hacer oración en la sinagoga y se permite la entrada a las mujeres a la nave principal, cosa que no ocurre en la mayoría de las sinagogas. Hemos hecho casi todo el recorrido interior por estos museos cruzándonos con una madre y un hijo judíos que parecían salidos de un gueto de la década de los 40.

En la sala del Recuerdo hay una llama eterna que guarda la memoria y está junto a una cripta que alberga las cenizas de víctimas, transportadas desde los campos de exterminio. En el suelo se encuentran inscritos los nombres de los veintidós campos nazis más infames: Auschwitz, Bełżec, Bergen, Bogdanovka, Buchenwald, Chełmno, Dachau, Flossenbürg, Gross-Rosen, Jasenovac, Majdanek, Maly Trostenets, Mauthausen, Neuengamme, Ravensbrück, Sachsenhausen, Sajmiste, Salaspils, Sobibór, Stutthof, Treblinka, Varsovia. Me he acordado de los 9.328 republicanos españoles enviados a los campos de concentración, aquellos de los cuales Serrano Suñer, enviado por Franco a Berlín en 1940, les dijo a Hitler, Himmler y Heydrich que podían matarlos. Murieron 5.185, sobrevivieron 3.809, constaron como desaparecidos 334. Detrás de cada número, hay un nombre y un apellido, una historia de sufrimiento infinito que no siempre ha sido oportunamente reivindicado. Más bien lo contrario. Una vez acabada la guerra y liberados los campos, todos tenían una patria a la que volver, todos excepto los republicanos españoles que fueron calificados de apátridas. También he pensado en Neus Català y su valiosa historia de supervivencia y dignidad.

A continuación, hemos iniciado un itinerario exterior con parada en diversos monumentos conmemorativos. El memorial del Vagón del Ganada es uno de los vagones originales que fueron empleados para transportar judíos desde los guetos hasta los campos. La travesía se hacía en unas condiciones inhumanas y suponía la muerte por asfixia para una parte. El Vagón se encuentra elevado sobre unos raíles suspendidos en el aire. Desde abajo se observa este medio de transporte que contribuyó al horror y la muerte, ahora en medio de un lugar lleno de árboles donde reinan el silencio y la paz. Había un grupo de cuatro adolescentes sentados, justo bajo el vagón, conversando y riendo de manera distendida. Continuamos bajando por el sendero que hacía meandros para llegar al jardín de los Justos de las Naciones, en honor de los miles de no judíos que arriesgaron su vida para rescatar judíos durante el Holocausto. Se pueden leer sus nombres escritos en piedra, según su nacionalidad.

Junto al centro de visitantes se encuentra el monumento a los Niños, dedicado al millón y medio de niños judíos que murieron. Es un lugar conmovedor, ya que la violencia contra los niños es la más irracional y brutal de todas. Se encuentra excavado en la roca, se penetra en el memorial oscuro, que presenta una solitaria llama reflejada por centenares de espejos. La sensación óptica es que se trata de miles de fósforos que representan el nombre de los pequeños que perdieron la vida y que son pronunciados por unas voces tristes. La sensación que produce el paso por este lugar es de profundo desasosiego y pena. Muy cerca, está la plaza del Gueto de Varsovia, que alberga un monumento majestuoso de ladrillo rojo en honor de la resistencia decidida y firme que mantuvo este gueto cuando se levantó en 1943.

Llama poderosamente la atención, al leer distintas fuentes, que la reivindicación del Holocausto por parte del pueblo judío comenzó décadas después, no cuando acabó la Gran Guerra. Fue el movimiento sionista el que convirtió el Holocausto en una herramienta de propaganda después de la guerra de 1967. También lo hicieron la mayoría de los judíos norteamericanos. Es verdad que en los últimos años hay judíos que han denunciado el uso político y económico que se hace del Holocausto, pero también lo es el hecho de que la historia del Holocausto ha sido estudiada y escrita por judíos, sionistas en su mayor parte. Mucho se ha hablado y se ha criticado la indiferencia de la población europea y mundial hacia la mortandad que sembraron los nazis en los campos de exterminio, pero nada se ha dicho de la pasividad de la sociedad judía de Palestina en aquellos años. El Holocausto no fue una cuestión significativa en Israel y en los Estados Unidos hasta la guerra de 1967, donde la victoria israelí sobre los árabes fue incontestable.

El sionismo es un movimiento político que debe ser estudiado a fondo. El primer dato en el que uno se fija es el carácter originariamente laico de esta corriente. Precisamente en esta parte de Jerusalén se encuentra el museo Herzl. A pocos metros del museo, está el cementerio donde están enterradas personalidades políticas israelíes de primer orden como Golda Meir o Isaac Rabin. Theodor Herzl  es el padre del sionismo moderno. Este periodista laico, nacido en Budapest en 1860, murió a los cuarenta y cuatro años, hecho que no impidió que le otorgaran la paternidad del Estado judío en 1948. A finales del siglo XIX, Herzl residía en París como corresponsal del principal diario vienés. Fue entonces cuando llevaba una vida bohemia y se interesó por las cuestiones judías. Durante un tiempo pensó que la única solución a la problemática judía era la absoluta integración de los judíos en la sociedad donde vivían, incluida la conversión al cristianismo. Pero en 1894, a raíz del juicio del caso Dreyfus, que fue un oficial del ejército francés de origen judío que fue acusado injustamente de espiar a favor de Alemania, se vivieron brotes de violencia antisemita que hicieron que comenzara a defender la creación de un Estado judío como una obsesión. Pensaba que así los judíos del mundo estarían sanos y salvos del odio y la violencia. En un primer momento, no tuvo mucho éxito entre los líderes judíos y, por eso, publicó el libro El estado judío en 1896. En él proponía la creación de un Estado judío en Palestina o en Argentina, con el beneplácito de las grandes potencias. Herzl no desfalleció, aunque abandonó rápidamente la idea de crear el Estado judío en Argentina. Poco a poco fue aumentando el número de aquellos que escuchaban sus ideas y en 1897 se celebró el I Congreso Sionista Mundial en Basilea (Suiza). Herzl buscó, en primer lugar, la ayuda de Turquía que era quien ocupaba Palestina en aquellos años, pero pronto trato de ganar el favor del Reino Unido con intereses en la zona. Lo que pocos sabemos es que los británicos le sugirieron y ofrecieron un área despoblada de Uganda para establecer el Estado judío. Cuando presentó con entusiasmo esta propuesta delante del VI Congreso Sionista, seis años después del primero, encontró una fuerte oposición. Cuando el padre del sionismo murió, todavía defendía que la mejor opción para el Estado judío era Uganda. ¡Leer para sorprenderse!

Hemos matado el gusanillo en la misma cafetería del museo rodeadas de jóvenes sonrientes y bromistas, vestidos de militares con metralletas como complemento. Hemos supuesto que estaban haciendo la visita prescriptiva al museo durante el servicio militar obligatorio. He observado que los chicos tienen la costumbre de sentarse separados de las chicas: segregación sobre segregación. Hemos tomado un bocadillo con rúcula, tomate seco y queso de cabra y hemos hecho nuestra visita obligatoria al servicio. Después hemos recorrido el camino inverso dando un paseo. Tendríamos que haber esperado demasiado para el autobús gratuito que hace el trayecto hasta la parada del tranvía.

Mt Herzl es la primera parada de la línea. El tren se ha llenado bastante deprisa; de hecho, hemos hecho el trayecto de diez paradas de pie. No hemos podido validar el billete porque no funcionaban las máquinas para hacerlo. En realidad, ninguno de los viajeros podía hacerlo pero hemos hecho el viaje con un aire de proscripción, esperando que en cualquier momento nos pidieran el billete y no lo tendríamos correctamente picado. En el transporte público se palpa el agobio y la tensión con la que se vive en esta tierra. No cabía ni una aguja pero los compañeros de viaje no hacían absolutamente nada por hacer más llevadora la vuelta. No se percibe ninguna sensación de solidaridad colectiva que haga que dejen pasar, que se pongan a un lado para no molestar y otros gestos para mí imperceptibles hasta aquel momento. Hemos vuelto al hotel para recoger las maletas y hemos hecho la excursión a la inversa de nuevo. Esta vez el reto era mayor porque teníamos que subir al moderno tranvía israelí con los bultos. Con coraje y paciencia palestinas lo hemos conseguido. Hemos bajado unas estaciones antes del final, en la Central Station, parada que ya habíamos dejado atrás antes. El convoy nos ha escupido literalmente y la sensación de liberación ha sido determinante.

El edificio exterior de la estación central de autobuses emana ese aire moderno y caro  de los edificios hebreos. A pesar de ello, nos ha costado un poco saber hacia dónde debíamos ir y buscar los andenes. Después de descifrar un directorio, de subir y bajar escaleras con las maletas porque la claridad no es una seña de identidad, hemos llegado a lo que parecía la terminal. He preguntado en una ventanillas qué dársenas eran para ir a Tel Aviv y un trabajador, no demasiado arisco, me ha hecho una señal y me ha indicado el número. En la preparación del viaje había tomado nota de las líneas 405 y 480 y de las dársenas 315 y 316. Sobre el papel escrito estaba más claro de lo que nos resultó en la práctica. Pero con nuestra constancia palestina, lo conseguimos. Perdimos un autobús por pocos minutos, pero las salidas hacia Tel Aviv son constantes y solo tuvimos que esperar unos diez minutos. Al llegar a la puerta de acceso al autobús encontramos la luz roja; enseguida se puso verde y, después de pagar los billetes al operario que los vendía, bajamos las maletas y logramos el hito de colocarlas en el maletero y subir al coche sin sufrir ningún daño personal.

Había bastante tráfico y nos hemos detenido en unas cuantas ocasiones. Yo he aprovechado el viaje para observarlo todo bien. María José ha caído rendida por el sueño. De hecho, hemos tardado más de la hora que estaba anunciada como duración del trayecto. A la entrada de Tel Aviv, los rascacielos y algunos edificios en construcción nos han dado la bienvenida. El tráfico también era denso y lento. Sin casi darnos cuenta, hemos llegado a la estación 2000 Terminal al aire libre. En cuanto hemos puesto un pie en el suelo, hemos sentido el calor bochornoso telaviví.

Entonces no sabíamos que aún nos quedaba la última inmersión traumática y profunda en el transporte público israelí del día. Hemos tenido que esperar más de diez minutos al sol en la parada del autobús urbano. Os puedo asegurar que se nos hizo muy largo, más que una Cuaresma sin pan. Parece que en el país no tienen la costumbre de hacer fila. Hacer cola, dejar pasar o salir, decir por favor, gracias o perdón no está en el vocabulario de esta gente. Van como si fueran el pueblo elegido por la tierra prometida. Lo hemos observado desde que pisamos tierra santa pero hoy, en el transporte público, nos ha quedado bien claro.

Cuando ha llegado el autobús urbano 55 de Tel Aviv, el conductor, un chico muy joven de raza mestiza, no ha sabido, o querido, o podido vendernos dos billetes sencillos. Después de la estancia al sol, no hemos bajado del autobús. Tampoco nos ha dicho que lo hiciéramos. Cómo iba el autobús de gente es indescriptible (que el lector no pierda de vista que llevábamos dos maletas). Hemos conseguido sentarnos, para quitarnos del medio y no sufrir más empujones y pisotones. Enfrente de nosotras, había una madre y una hija pre-adolescente sentadas en una solo asiento. Llevaban el bikini anudado al cuello y una bolsa con la apariencia clara de ir a la playa. Las he mirado y he admirado su normalidad. Por supuesto, tenían su propio cabello e iban haciendo bromas. Ha habido un momento en que la madre le ha tocado un pecho a la hija en señal de complicidad y chanza. La cara de sorpresa que hemos debido de poner solo la han podido ver ellas dos. Salir de una ciudad convento y encontrarte aquella broma natural ha sido una auténtica revelación (está claro que no fue bíblica).

De verdad, he llegado a la conclusión que en el transporte público dan rienda suelta a su agresividad reprimida. La sensación de agobio ha llegado al punto de que hemos decidido bajar del autobús en cuanto hemos llegado a la calle de nuestro hotel. Hemos tenido que caminar casi un cuarto de hora porque lo hemos hecho cincuenta números antes, pero nos ha dado igual. Cuando hemos llegado al hotel, se me ha ocurrido clavar una bandera como una especie de hito histórico que hubiera que recordarse, pero he pensado que podía convertirse en un conflicto diplomático y lo he dejado correr.

La vestimenta de la gente, especialmente la de las mujeres, es bastante más normal que en Jerusalén. Tel Aviv quiere dar la imagen de una ciudad moderna y abierta. Hemos querido acabar el día de una manera relajada y hemos marchado a la playa que teníamos muy cerca del hotel. Nos hemos quedado de piedra y con los ojos como platos cuando nos hemos encontrado con la playa Nordau, para judíos ortodoxos. Allá van hombres y mujeres en días diferentes para no mezclarse, nunca juntos. Está cercada por un muro de madera y separada del resto de playas. Si alguna vez escucháis que no se pueden poner puertas al mar, pensad que los israelíes ortodoxos ya lo han hecho. ¡Dios mío! Desde el otro lado (en esta tierra, siempre hay alguien frente a ti), se los podía observar. Había mucha gente, bastante amontonada, cosa que hacía la situación más absurda aún. También se veía que algunos se bañaban vestidos, con pantalón corto y camiseta. Los miércoles la playa está reservada para los hombres: lunes, miércoles y viernes. Las mujeres pueden ir martes, jueves y domingo. El sabbath es el día sagrado y es dedicado a la oración y el recogimiento. Cuando volvíamos, algunos salían después de su zambullida purificadora. Se veían hombres acompañados de sus hijos varones, todos vestidos con la prescriptiva indumentaria judía. Este es el país de la segregación. ¡Cómo les gustan los muros! De verdad que no lo entiendo.

Antes de la playa Nordau, se encuentra la playa Metzinzim donde hay muchas familias. Se asemeja a nuestras playas: una bahía de agua tranquila con bares y chiringuitos muy cerca de la playa. También hay un área para que jueguen los niños. Al fin y la cabo, estamos en el otro extremo del Mediterráneo, el Mare Nostrum. En verano, los viernes por la tarde también organizan fiestas en la playa. He pensado que en Jerusalén este día ya celebran la víspera del sabbath. El nombre de esta playa es el de una comedia de los años setenta, Hof Metzitzim. Su traducción es ‘playa del mirón’. Y eso hemos hecho nosotras, mirar.  

Hemos seguido caminando por un carril para bicicletas y peatones que bordeaba el mar, a un lado, y el parque de la Independencia, al otro. Esta zona de esparcimiento está llena de prados para correr y comer con la familia y los amigos. Es habitual encontrar celebraciones infantiles de cumpleaños los fines de semana. La playa que se encuentra junto a la de Nordau es la Hilton Beach o playa gay. Recibe este nombre porque el hotel Hilton está allí mismo. Se divide en tres partes: la playa donde los surfistas practican este deporte, al sur; la playa para homosexuales, no oficial, de Tel Aviv, situada en medio; y la playa de los perros, al norte, la única de la ciudad donde se admiten canes. ¿Adivináis en cuál nos hemos quedado?

Los perros corrían despreocupados y contentos por la orilla, entrando y saliendo del agua, atendiendo a la llamada de sus dueños o buscando los juguetes o pelotas que les lanzaban. Los había de todos los tamaños, pero todos tenían en común la expresión risueña y juguetona. He pensado que los perros son niños toda su vida, por eso nunca guardan ningún rencor en su corazón, por eso saben disfrutar del momento presente de una manera única, por eso son la máxima expresión de la lealtad y el afecto. Había un chica joven en biquini con un pitbull color marrón, jugando con él y con todo aquel perro que se acercara para formar parte.

Hemos estado un buen rato disfrutando del espectáculo canino y participando del juego con nuestra mirada que corría y ladraba también arriba y abajo. De vez en cuando, algún amigo con cuatro patas se acercaba y podíamos conversar un poco. Cuando hemos iniciado el camino de regreso, un humano intentaba quitar la arena del pelo de su amigo con una manguera que había para estos menesteres. Tenía trabajo por delante. También hemos observado unos excrementos a la orilla del agua de los cuales el humano irresponsable ha pensado que, ya que era materia orgánica, mejor que se disolvieran en el Mediterráneo. 

Hemos buscado un lugar donde poder comprar alguna cosa para cenar y hemos encontrado uno donde había ensaladas de quinoa, lechuga o lentejas y diferentes bocadillos con pan de molde. Una chica nos ha atendido muy amablemente y nos ha hecho sentir seres humanos amados. Con paciencia hemos acometido la ensalada interminable. Hemos reído porque parecíamos ovejas rumiando hierba y me ha venido a la mente aquel salmo de la recopilación de David: El Señor es mi pastor: nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hasta fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas. 

Miércoles, 28 de agosto de 2019
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Foto: María José Mier Caminero


domingo, 26 de enero de 2020

CRÒNICA DE JERUSALEM_06

DIA 06. JERUSALEM – TEL AVIV: S’ha fet de dia ben aviat. Es notava que érem més a l’est i el sol s’aixeca més de matí. Hem recollit totes les nostres pertinences i hem deixat les maletes a punt. Cal anar acomiadant-se d’aquesta ciutat tan religiosa i tan poc espiritual. No puc evitar sentir una fascinació estranya per tot el que hem vist i viscut aquests dies.

Les darreres hores a Jerusalem les hem passades a Yad Vashem, el Museu Històric de l'Holocaust. Es tracta d'un museu format per un edifici d'arquitectura moderna, situat en un terreny grandíssim i envoltat de monuments commemoratius de l'Holocaust. El museu fa un recorregut per la història de la persecució i extermini que van dur a terme els nazis. S'hi poden escoltar nombrosos testimonis de supervivents. Com totes les obres que fan els hebreus, és un edifici de disseny modern que mostra el seu poder adquisitiu.

Es troba al Mount Herlz, nom del pare del sionisme, a la part més oest de Jerusalem. És precís agafar el modern tramvia, inaugurat al 2012. Aquest tren travessa una de les artèries principals de Jerusalem, Jaffa Street. Els habitants de Jerusalem fan un us massiu d'aquest mitjà de transport. No hi cabia ni una agulla, ni a l'anada ni a la tornada. Estació a estació ens hem anat allunyant del centre de la ciutat. Has de caminar una mica cap amunt, si decideixes no esperar l’autobús que fa el trajecte gratuït, des de la parada del tramvia fins al museu. De mica en mica t’hi vas endinsant en el bosc de Jerusalem on es troba el museu Herlz, el cementeri militar i el Yad Vashem. Hem fet el passeig a peu i ens hem deixat envoltar pel silenci de l’arbreda. El ressò de la ciutat restava enrere.

Yad Vashem és un complex compost de diversos edificis. El principal té forma d’una enorme arca, enfonsada en terra. A aquest pavelló, hi ha el Museu de la Història de l’Holocaust, on són nou galeries subterrànies amb estructura de prisma on es conta tot allò que va ocórrer al Shoah (Holocaust) i la història de l’antisemitisme a Europa. Aquests corredors s’hi troben enllaçats per una nau central que s’assembla a una columna vertebral. S’entra per un extrem i s’hi va avençant cap al final, on espera un mirador per on entra la llum i des d’on es gaudeix d’una vista esplèndida del bosc de Jerusalem. L’itinerari museogràfic va enfonsant el visitant en el drama terrible que va viure aquest poble durant la Segona Guerra Mundial. Les explicacions són en hebreu i en anglès. Segueix la història de forma cronològica i temàtica. Mitjançant objectes, fotografies, vídeos amb testimonis de supervivents i instal·lacions d’art, a penes es trau el cap a la devastació i la mort que van conrear els nazis amb el poble jueu. Yad Vashem és un monument commemoratiu als sis milions de jueus assassinats pels nazis. Es tracta d’una xifra que roman inqüestionable. En un primer moment, les fonts parlaven de vuit milions de morts, que posteriorment van descendir en dos milions. En l’actualitat cap historiador pot qüestionar aquesta xifra sense ser acusat d’antisemitisme o de negacionisme. A la Segona Guerra Mundial s’estima que hi van morir entre cinquanta-cinc i seixanta milions de persones. Hi van ser perseguits i exterminats massivament milions de jueus, gitanos, homosexuals i dissidents polítics.

A prop del final, impressiona la sala dels Noms, on centenars de fotografies de les víctimes cobreixen el sostre. Es tracta d’una cambra circular les parets de la qual estan plenes de prestatgeries que contenen llibres amb els noms de totes les víctimes jueves identificades fins al moment. Un forat en terra simbolitza el nom de tots aquells morts desconeguts, la identificació dels quals no va ser possible ja que tots els familiars i amics van perir assassinats. El nom de Yad Vashem ve del llibre bíblic d’Isaïes 56, 5 i vol dir ‘Un Monument i un Nom’. És comprensible que un poble que va patir un extermini semblant reivindique i honre la memòria dels noms de les víctimes que van morir tan cruelment, especialment la d’aquells que no tenien ningú per donar testimoni i pregar el kadish (oració jueva en arameu pels morts).

El Museu d’Art de l’Holocaust es troba en un edifici independent, prop de l’eixida del principal. Acull una col·lecció d’obres fetes als guetos i als camps de concentració. També hi ha un pavelló d’exposicions que ofereix exhibicions temporals i una sinagoga moderna, decorada amb objectes de sinagogues europees que van ser destruïdes. És possible fer oració a la sinagoga i es permet l’entrada a les dones a la nau principal, cosa que no ocorre a la majoria de les sinagogues. Hem fet gairebé tot el recorregut interior per aquests museus creuant-nos amb una mare i un fill jueus que semblaven sortits d’un gueto a la dècada dels 40.

A la sala del Record hi ha una flama eterna que fa memòria i és prop d’una cripta, que alberga les cendres de víctimes, transportades des dels camps d’extermini. Al terra s’hi troben inscrits els noms dels vint-i-dos camps nazis més infames: Auschwitz, Bełżec, Bergen, Bogdanovka, Buchenwald, Chełmno, Dachau, Flossenbürg, Gross-Rosen, Jasenovac, Majdanek, Maly Trostenets, Mauthausen, Neuengamme, Ravensbrück, Sachsenhausen, Sajmiste, Salaspils, Sobibór, Stutthof, Treblinka, Varsovia. Me n’he recordat dels 9.328 republicans espanyols enviats als camps de concentració, aquells dels quals Serrano Suñer, enviat per Franco a Berlin al 1940, els va dir a Hitler, Himmler i Heydrich que podien matar-los. Hi van morir 5.185, hi van sobreviure 3.809, hi van constar com a desapareguts 334. Darrere de cada número, hi ha un nom i un cognom, una història de patiment infinit que no sempre ha estat oportunament reivindicat. Més aviat el contrari. Un cop acabada la guerra i alliberats els camps, tots tenien una pàtria a la qual tornar, tots excepte els republicans espanyols que van ser qualificats d’apàtrides. També he pensat en la Neus Català i la seua valuosa història de supervivència i dignitat.

A continuació, hem començat un itinerari exterior amb parada a diversos monuments commemoratius. El memorial del Vagó de Bestiar és un dels vagons originals que van ser emprats per transportar jueus des dels guetos fins als camps. La travessia es feia en unes condicions inhumanes i suposava la mort per asfixia per a una part. El Vagó es troba enlairat sobre uns rails suspesos en l’aire. Des de baix observes aquest mitjà de transport que va contribuir a l’horror i a la mort, ara enmig d’un lloc ple d’arbres on regnen el silenci i la pau. Hi havia un grup de quatre adolescents asseguts, tot just sota el vagó, conversant i rient de manera distesa. Vam continuar abaixant pel corriol que feia meandres per arribar al jardí dels Justos de les Nacions, en honor dels milers de no jueus que van arriscar la seua vida per rescatar jueus durant l’Holocaust. Es poden llegir els seus noms escrits en pedra, segons la seua nacionalitat.

Tocant el centre de visitants hi és el monument als Nens, dedicat al milió i mig de nens jueus que hi van morir. És un lloc commovedor, ja que la violència contra els nens és la més irracional i brutal de totes. Es troba excavat en la roca, s’hi penetra al memorial obscur, que presenta una solitària flama reflectida per centenars d’espills. La sensació òptica és que es tracta de milers de llumins que representen el noms dels petits que van perdre la vida i que són pronunciats per unes veus tristes. La sensació que produeix el pas per aquest lloc és de profund desassossec i pena. Molt prop, hi ha la plaça del Gueto de Varsòvia, que conté un monument majestuós de rajola vermella en honor de la resistència decidida i ferma que va mantenir aquest gueto quan es va aixecar al 1943.

Crida poderosament l’atenció, en llegir diverses fonts, que la reivindicació de l’Holocaust per part del poble jueu va començar dècades després, no tot just acabada la Gran Guerra. Va ser el moviment sionista qui va convertir l’Holocaust en una eina de propaganda després de la guerra de 1967. També ho van fer la majoria dels jueus nord-americans. És veritat que en els darrers anys hi ha jueus que han denunciat l’ús polític i econòmic que es fa de l’Holocaust, però també ho és el fet que la història de l’Holocaust ha estat estudiada i escrita per jueus, sionistes en la seua major part. Molt s’ha parlat i s’ha criticat la indiferència de la població europea i mundial cap a la mortaldat que van conrear els nazis als camps d’extermini, però mai no s’ha dit res de la passivitat de la societat jueva de Palestina en aquells anys. L’Holocaust no va ser una qüestió significativa a Israel i als Estats Units fins la guerra de 1967, on la victòria israeliana sobre els àrabs va ser incontestable.

El sionisme és un moviment polític que cal estudiar a fons. La primera dada en què hom es fixa és el caràcter originàriament laic d’aquest corrent. Precisament a aquesta part de Jerusalem és el museu Herzl. A pocs metres del museu, hi és el cementeri on són soterrades personalitats polítiques israelianes de primer ordre com Golda Meir o Isaac Rabin. Theodor Herzl és el pare del sionisme modern. Aquest periodista laic, nascut a Budapest al 1860, va morir als quaranta-quatre anys, fet que no va impedir que li atorgaren la paternitat de l’Estat jueu al 1948. A finals del segle XIX, Herzl residia a París com a corresponsal del principal diari vienès. Van ser aleshores quan duia una vida bohèmia i es va interessar per les qüestions jueves. Durant un temps va pensar que la única solució a la problemàtica jueva era l’absoluta integració dels jueus en la societat on vivien, inclosa la conversió al cristianisme. Però al 1894, arran del judici del cas Dreyfus, que fou un oficial de l’exèrcit francès d’origen jueu que fou acusat injustament d’espiar a favor d’Alemanya, hi va viure brots de violència antisemita que van fer que comencés a defensar la creació d’un Estat jueu com una obsessió. Pensava que així els jueus del món hi serien sans i estalvis de l’odi i la violència. En un primer moment, no va tenir molt d’èxit entre els líders jueus i, per això, va publicar al llibre L’estat jueu al 1896. Hi proposava la creació d’un Estat jueu a Palestina o a Argentina, amb el vistiplau de les grans potències. Herzl no fa defallir, encara que va abandonar ràpidament la idea de crear l’Estat jueu a l’Argentina. A poc a poc va anar augmentat el nombre d’aquells que escoltaven les seues idees i al 1897 es va celebrar el I Congrés Sionista Mundial a Basilea (Suïssa). Herzl va cercar, en primer lloc, l’ajut de Turquia que era qui ocupava Palestina a aquells anys, però aviat va tractar de guanyar el favor del Regne Unit amb interessos en la zona. El que pocs sabem és que els britànics li van suggerir i oferir un àrea despoblada d’Uganda per establir l’Estat jueu. Quan va presentar amb entusiasme aquesta proposta davant el VI Congrés Sionista, sis anys després del primer, va trobar una forta oposició. Quan el pare del sionisme va morir, encara defensava que la millor opció per a l’Estat jueu era Uganda. Llegir per a sorprendre’s!

Hem pegat un mosset a la mateixa cafeteria del museu envoltades de joves riallers i bromistes, vestits de militars amb metralletes com a complement. Hem suposat que estaven fent la visita prescriptiva al museu durant el servei militar obligatori. He observat que els xics tenen el costum de seure separats de les xiques: segregació sobre segregació. Hem pres un entrepà amb ruca, tomaca seca i formatge de cabra i hem fet la nostra visita obligatòria al servei. Després hem recorregut el camí invers fent una passejada. Hauríem d’haver esperat massa per l’autobús gratuït que fa el trajecte fins la parada del tramvia. 

Mt Herzl és la primera parada de la línia. El tren s’ha omplert prou de pressa; de fet, hem anat el trajecte de deu parades de peu. No hem pogut validar el bitllet perquè no funcionaven les màquines per fer-ho. En realitat, cap dels viatgers podia fer-ho però hem fet el viatge amb un aire de proscripció, esperant que en qualsevol moment ens demanarien el bitllet i no el tindríem correctament picat. Al transport públic s’hi palpa l’aclaparament i la tensió amb que s’hi viu a aquesta terra. No hi cabia ni una agulla però els companys de viatge no feien res per fer més lleugera la volta. No es percep cap sensació de solidaritat col·lectiva que faça que deixen passar, que es posen a una banda per no destorbar i altres gestos per mi imperceptibles fins aquell moment. Hem tornat a l’hotel per arreplegar les maletes i hem fet l’excursió a la inversa un altre cop. Aquesta vegada el repte era major perquè havíem de pujar al modern tramvia israelià amb els embalums. Amb coratge i paciència palestines ho hem aconseguit. Hem baixat unes estacions abans del final, a la Central Station, parada que ja havíem deixat enrere abans. El comboi ens ha escopit literalment i la sensació d’alliberament ha estat determinant.

L’edifici exterior de l’estació central d’autobusos emana aquest aire modern i car dels edificis hebreus. No obstant això, ens ha costat una mica saber cap a on havíem d’anar i cercar les andanes. Després de desxifrar un directori, de pujar i baixar escales amb les maletes perquè la claredat no és una senya d’identitat, hem arribat al que semblava la terminal. He preguntat en una finestreta quines dàrsenes eren per anar a Tel Aviv i un treballador, no massa esquerp, m’ha fet un senyal i m’ha indicat el número. En la preparació del viatge havia pres nota de les línies 405 i 480 i de les dàrsenes 315 i 316. Sobre el paper escrit estava més clar del que ens va resultar en la pràctica. Però amb la nostra constància palestina, ho vam aconseguir. Vam perdre un autobús per pocs minuts, però les eixides cap a Tel Aviv són constants i només vam haver d’esperar uns deu minuts. En arribar a la porta d’accés a l’autobús van trobar la llum vermella; ben aviat es va posar verda i, després de pagar els bitllets a l’operari que els venia, vam abaixar les maletes i vam aconseguir la fita de col·locar-les al maleter i pujar al cotxe sense patir cap dany personal.

Hi havia bastant trànsit i ens hem detingut en unes quantes ocasions. Jo he aprofitat el viatge per observar-ho tot bé. Maria José ha caigut rendida pel son. De fet, hem trigat més de l’hora que estava anunciada com a durada del trajecte. A l’entrada a Tel Aviv, els gratacels i alguns edificis en construcció ens han donat la benvinguda. El trànsit també era dens i lent. Sense gairebé adonar-nos-en, hem arribat a l’estació 2000 Terminal a l’aire lliure. Tot just hem posat un peu en terra, hem sentit la calor xafogosa telavivina.    

Llavors no sabíem que encara ens mancava la darrera immersió traumàtica i profunda al transport públic israelià del dia. Hem hagut de romandre més de deu minuts al sol a la parada de l’autobús urbà. Us puc assegurar que es van fer ben llargs, més que una Quaresma sense pa. Sembla que al país no tenen el costum de fer cua. Fer cua, deixar passar o eixir, dir per favor, gràcies o perdó no és al vocabulari d'aquesta gent. Van com si foren el poble elegit a la terra promesa. Ho hem observat des què vam trepitjar terra santa però avui, al transport públic, ens ha quedat ben palès. 

Quan ha arribat l’autobús urbà 55 de Tel Aviv, el conductor, un xicot ben jove de raça mestissa, no ha sabut, o volgut, o pogut vendre'ns dos bitllets senzills. Després de l’estada al sol, no hem abaixat del bus. Tampoc ens ha dit que ho férem. Hem fet el trajecte sense pagar. Aquell dia vam patir un shock cultural més. Com anava l’autobús de personal és indescriptible (que el lector no perda de vista que dúiem dues maletes). Hem aconseguit seure, per treure’ns del mig i no patir més empentes i trepitjades. Enfront nostre, hi havia una mare amb una filla pre-adolescent assegudes en un sol seient. Portaven el biquini nuat al coll i una bossa amb la imatge clara d’anar a la platja. Les he mirat i he admirat la seua normalitat. Per descomptat, tenien el seu propi cabell i anaven fent gràcies. Hi ha hagut un moment en què la mare li ha tocat un pitet a la filla en senyal de complicitat i broma. La cara de sorpresa que hem degut posar només l’han poguda veure elles dues. Eixir d’una ciutat convent i trobar-te aquella broma natural ha estat una autèntica revelació (és clar, que no bíblica).

De veritat, he arribat a la conclusió que al transport públic donen curs a la seua agressivitat reprimida. La sensació d’aclaparament ha arribat al punt que hem decidit abaixar de l’autobús de seguida que hem arribat al carrer del nostre hotel. Hem hagut de caminar gairebé un quart d'hora perquè ho hem fet cent cinquanta números abans, però ens ha estat igual. Quan hem arribat a l’hotel, se m’ha ocorregut clavar una bandera com una mena de fita històrica que hagués de recordar-se, però he pensat que podia esdevenir un conflicte diplomàtic i ho he deixat córrer.

La vestimenta de la gent, especialment la de les dones, és bastant més normal que a Jerusalem. Tel Aviv vol donar la imatge d’una ciutat moderna i oberta. Hem volgut acabar el dia d'una manera relaxada i hem marxat a la platja que teníem molt a prop de l’hotel. Ens hem quedat de pedra i amb els ulls com taronges quan hem trobat la platja Nordau, per a jueus ortodoxos. Hi van homes o dones en dies diferents per no barrejar-se, mai junts. Està tancada per un mur de fusta i separada de la resta de les platges. Si alguna vegada escolteu que no es poden posar portes al mar, penseu que els israelians ortodoxos ja ho han fet. Déu n’hi do! Des de l’altra banda (a aquesta terra, sempre hi ha algú enfront teu), se’ls podia observar. Hi ha havia molta gent, bastant amuntegada, cosa que feia la situació més absurda encara. També es veia que alguns prenien el bany vestits, amb pantaló curt i samarreta. Els dimecres la platja és reservada per als homes: dilluns, dimecres i divendres. Les dones poden anar dimarts, dijous i diumenge. El sabbath és el dia sagrat i és dedicat a l’oració i el recolliment. Quan tornàvem, alguns eixien després de la seua purificadora remullada. S’hi veien homes acompanyats dels seus fills mascles, tots vestits amb la prescriptiva indumentària jueva. Aquest és el país de la segregació. Com els agraden els murs! De veritat que no ho entenc.

Abans de la platja Nordau, es troba la platja Metzitzim on hi ha moltes famílies. S’assembla a les nostres platges: una badia amb l’aigua tranquil·la amb bars i guinguetes molt prop de la sorra. També hi ha una àrea perquè juguen els nens. Al cap i a la fi, som a l’altre extrem el Mediterrani, el Mare Nostrum. A l’estiu, els divendres al vespre també fan festes a la platja. He pensat que a Jerusalem aquest dia ja celebren la vespra del sabbath. El nom d’aquesta platja és el d’una comèdia dels anys setanta, Hof Metzitzim. La seua traducció és ‘platja del tafaner’. I això hem fet nosaltres, tafanejar.

Hem seguit caminant per un carril per a bicicletes i vianants que vorejava la mar, a una banda, i el parc de la Independència, a l’altra. Aquesta zona d’esbargiment és plena de prats per córrer i menjar amb la família i els amics. És habitual trobar celebracions infantils d’aniversari els caps de setmana. La platja que es troba tocant la de Nordau és la Hilton Beach o platja gay. Rep aquest nom perquè l’hotel Hilton és allà mateix. Es divideix en tres parts: la platja on els surfistes practiquen aquest esport, al sud; la platja per homosexuals, no oficial, de Tel Aviv, situada al mig; i la platja dels gossos, al nord, l’única de la ciutat on s’admeten cans. Endevineu en quina platja ens hem quedat?

Els gossos corrien despreocupats i contents per la vora, entrant i eixint de l’aigua, atenent a la crida dels seus amos o cercant les joguines o pilotes que els llençaven. N’hi havia de totes les mides, però tots tenien en comú l’expressió riallera i juganera. He pensat que els gossos són xiquets tota la seua vida, per això mai no desen cap rancúnia al seu cor, per això saben gaudir del moment present d’una manera única, per això són la màxima expressió de la lleialtat i l’estima. Hi havia una xica jove amb biquini amb un pitbull de color marró, jugant amb ell i tot aquell gos que s’apropés a participar-ne.

Hem estat una bona estona gaudint de l’espectacle caní i participant del joc amb el nostre esguard que corria i lladrava també amunt i avall. De tant en tant, algun amic amb quatre potes s’acostava i podíem enraonar una mica. Quan hem començat el camí de tornada, un humà intentava de treure la sorra del pèl del seu amic amb una mànega que hi havia per aquests menesters. Tenia feina per fer. També hem observat uns excrements a la vora de l’aigua dels quals l’humà irresponsable ha pensat que, ja que era matèria orgànica, millor que es dissolgués a la Mediterrània.

Hem cercat un lloc on poder comprar alguna cosa per sopar i n’hem trobat un on hi havia amanides de quinoa, enciam o llenties i diversos entrepans amb pa de motlle. Una xica ens ha atès molt amablement i ens ha fet sentir éssers humans estimats. Amb paciència hem mamprès l’ensalada interminable. Hem rigut perquè semblàvem ovelles rumiant brossa i m’ha vingut al cap aquell salm del recull de David: El Senyor és el meu pastor: no em manca res. Em fa descansar en prats deliciosos, em mena al repòs vora l’aigua, i allí em retorna. 

Dimecres, 28 d’agost de 2019
Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu
Foto: María José Mier Caminero


domingo, 19 de enero de 2020

JOKER

“El pitjor de tenir una malaltia mental és que la gent espera que et comportes com si no la tingueres”, afirma Arthur Fleck, protagonista de Joker, sens dubte, una de les pel·lícules de l’any. No es tracta d’un film de superherois, ja que és aquesta una historia de malvats, on hi ha nombrosos dolents socials, però que presenta la d’un antiheroi desolat. Gosar tractar el tema tabú de la malaltia mental en el cinema és valent; fer-ho en una superproducció de Hollywood és quelcom més que agosarat; indagar en les causes emocionals i socials que la provoquen és digne de respecte professional i artístic. I és que Todd Phillips apunta dues causes que empenyen el turmentat Fleck a l’infern mental, primer, i a la violència i l’assassinat, després: una infantesa de maltractament i desemparament i una edat adulta d’inadaptació en una societat inhumana i insolidària que mira cap a un altre lloc, perquè la realitat dels desfavorits és massa inquietant i desagradable. Recordem que la salut mental és la gran oblidada del nostre sistema de salut, però també de les nostres societats. No s’atén, no importa, s’hi viu girant-li l’esquena.  

La crítica social de la cinta és directa i brutal; potser quelcom maniqueista, però hem de tenir en compte que es tracta de l’adaptació d’un personatge de còmic. L’actual sistema capitalista ultraliberal està provocant unes desigualtats socials tan acusades i una borsa de població marginada que difícilment podrà gestionar en un futur. La violència i la rebel·lió esclataran en la cara dels poderosos, autoproclamats garants del sistema i d’uns valors que han prostituït d’una manera atroç. Els paral·lelismes amb la història que presenta Paràsits (Bong Joon-ho, 2019) acudeixen a la ment de l’espectador gairebé immediatament. Ambdós relats –el segon, probablement, amb més matisos– reflexionen sobre la societat terriblement egoista i miop que hem creat i en la qual vivim acomodats en un consum fàcil i low-cost.

Joker ens conta com es va crear el malvat de DC Còmics, però ens presenta un solent amb arestes, complex, turmentat, un home que es veu empès a l’abisme de la violència i el crim. Arthur Fleck és un pallasso marginat que lluita per la supervivència mentre somnia amb ser una estrella de l’humor com el seu admirat Murray Franklin (Robert de Niro). Mentrestant, la seua ment oscil·la entre la realitat i la imaginació, el riure i el plor, la tendresa i la violència, el suïcidi i l’homicidi. Joaquin Phoenix ens brinda una de les interpretacions més brillants dels últims temps, que espere que siga guardonada amb un premi Òscar. El seu inquietant i ambigu riure ens acompanya més enllà de la sala del cinema, una ganyota que ens interpel·la i qüestiona, i el seu esguard de sofriment i perplexitat ens obri nous interrogants. Allò tremend i fascinant de la narració és que entenem Arthur Fleck, compartim les seues reacciones i trobem una explicació raonable i racional al seu comportament. Serà perquè tots portem un Joker a dins? Serà perquè la bogeria és a aquesta desproporció?

Begoña Chorques Fuster
Professora que escriu


domingo, 12 de enero de 2020

JOKER

“Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”, afirma Arthur Fleck, protagonista de Joker, sin duda, una de las películas del año. No se trata de un filme de superhéroes, ya que es esta una historia de villanos, donde hay numerosos malvados sociales, pero que presenta la de un antihéroe desolado. Atreverse a tratar el tema tabú de la enfermedad mental en el cine es valiente; hacerlo en una superproducción de Hollywood es algo más que osado; indagar en las causas emocionales y sociales que la provocan es digno de respeto profesional y artístico. Y es que Todd Phillips apunta a dos causas que empujan al atormentado Fleck al infierno mental, primero, y a la violencia y al asesinato, después: una infancia de maltrato y desamparo y una edad adulta de inadaptación en una sociedad inhumana e insolidaria que mira hacia otro lado, porque la realidad de los desfavorecidos es demasiado inquietante y desagradable. Recordemos que la salud mental es la gran olvidada de nuestro sistema de salud, pero también de nuestras sociedades. No se atiende, no importa, se vive de espaldas a ella.

La crítica social de la cinta es directa y brutal; quizás algo maniqueísta, pero tengamos en cuenta que se trata de la adaptación de un personaje de cómic. El actual sistema capitalista ultraliberal está provocando unas desigualdades sociales tan acusadas y una bolsa de población marginada que difícilmente podrá manejar en un futuro. La violencia y la rebelión estallarán en la cara de los poderosos, autoproclamados garantes del sistema y de unos valores que han prostituido de una manera atroz. Los paralelismos con la historia que presenta Parásitos (Bong Joon-ho, 2019) acuden a la mente del espectador casi inmediatamente. Ambos relatos –el segundo, probablemente, con más matices– reflexionan sobre la sociedad terriblemente egoísta y miope que hemos creado y en la que vivimos acomodados en un consumo fácil y low-cost.

Joker nos cuenta cómo se creó el villano de DC Cómics, pero nos presenta un malvado con aristas, complejo, atormentado, un hombre que se ve empujado al abismo de la violencia y el crimen. Arthur Fleck es un payaso marginado que lucha por la supervivencia mientras sueña con ser una estrella del humor como su admirado Murray Franklin (Robert de Niro). Mientras, su mente oscila entre la realidad y la imaginación, la risa y el llanto, la ternura y la violencia, el suicidio y el homicidio. Joaquin Phoenix nos brinda una de las interpretaciones más brillantes de los últimos tiempos, que espero que sea galardonada con un premio Óscar. Su inquietante y ambigua risa nos acompaña más allá de la sala de cine, una mueca que nos interpela y cuestiona, y su mirada de sufrimiento y perplejidad nos abre nuevos interrogantes. Lo tremendo y fascinante de la narración es que entendemos a Arthur Fleck, compartimos sus reacciones y encontramos una explicación razonable y racional a su comportamiento. ¿Será porque todos llevamos un Joker dentro? ¿Será porque la locura está en esa desproporción?

Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe