domingo, 15 de marzo de 2026

LA ÚLTIMA NOCHE CON MI HERMANO

En la cartelera teatral madrileña, coinciden varios montajes cuyo eje temático es la muerte. El tratamiento de la cuestión (la gran cuestión) es distinta en todos ellos. Alfredo Sanzol nos presenta en el Teatro María Guerrero La última noche con mi hermano, un drama con el que sigue profundizando en su biografía y sus circunstancias como materia dramática. Lo cierto es que consigue una propuesta sólida y compacta a la altura de El bar que se tragó a todos los españoles (Teatro Valle-Inclán, 2021), donde nos contaba la vida de inmigrante de su padre ex cura, símbolo de la generación de posguerra que luchó tanto para salir adelante. Con la trilogía desigual de La ternura (Teatro de la Abadía, 2017), obra magistral; La respiración (Teatro de la Abadía, 2016), donde se acercaba a las rupturas matrimoniales desde la suya propia, ya con Nuria Mencía como protagonista; y La valentía (Teatro Pavón Kamikaze, 2018), una divertida historia de fantasmas que indagaba en la herencia familiar, este navarro puso su nombre entre los principales de la escena española hasta llegar a la dirección del Centro Dramático Nacional.

 

La última noche con mi hermano nos presenta el duelo por un hermano, uno de los menos acompañados socialmente según el autor. Nagore (Nuria Mencía) se dirige al público en el prólogo para anunciarnos el final sin ambages: morirá a una edad temprana de un cáncer ginecológico. A pesar de conocer el fatal desenlace, la historia discurre entre la esperanza y los sentimientos de rabia e impotencia encontrados, junto a la parálisis y el bloqueo emocional. Nagore tiene un hermano con el que mantiene una relación de auténtica fraternidad, Alberto (Jesús Noguero). Este comparte su vida con Ainhoa (Elisabet Gelabert); cada uno ha aportado a la familia un vástago de una relación anterior: Oier (Biel Montoro) es hijo de Ainhoa y Nahia (Ariadna Llobet), de Alberto. Los cuatro, junto a la tía Nagore, forman un círculo unido y sólido que se verá puesto a prueba frente a una situación vital extrema donde no se dejan de lado el humor y el optimismo.

 

Pero sabemos que no todas las relaciones entre hermanos son tan estrechas. Algunas se caracterizan por la distancia, la frialdad y el desapego. Ainhoa tiene un hermano, Claudio (Cristóbal Suárez), médico oncólogo, con el que no habla desde hace cinco años. Sin embargo, no dudarán en pedirle ayuda para el proceso que Nagore empieza tras el diagnóstico de su enfermedad. Aquí se apunta a una herida familiar, que no se revela completamente, dejando al espectador un hueco que debe llenar con su imaginación o su experiencia.

 

Este es el asunto que se nos plantea y que, a través de un trabajo actoral sólido y compacto también, se nos van desvelando matices de un drama que trata de mostrarnos todos los vaivenes emocionales por los que se atraviesa en una situación semejante, tanto la persona afectada como su círculo más cercano. La interpretación medida y sostenida de Jesús Noguero permite que Nuria Mencía desborde todos los tonos que una persona que está al borde de la muerte experimenta: miedo, ira, optimismo, agotamiento, esperanza...

 

La escenografía de Blanca Añón se asocia de forma activa a todo lo apuntado. El apartamento contiene los detalles necesarios para crear un espacio que el espectador acaba haciendo propio pero que, sin embargo, se abre a la transformación para convertirse en una habitación de hospital o en otros pisos. La presencia de determinados objetos cotidianos (una tetera, unos cruasanes, un quita pelusas eléctrico…) acabará adquiriendo un significado insospechado que nos devolverá la imagen de nuestros cachivaches cotidianos. En el fondo, una elocuente y enorme grieta traspasa el escenario de lado a lado, permitiendo ver un bosque, esa naturaleza a la que Nagore alude en algunos momentos de su enfermedad y cuyo significado tendrá que desvelar de nuevo el espectador. 

 

La muerte es desgarradora. Nos atraviesa de arriba abajo en momentos vitales que nos marcan y que transforman nuestras vidas. Así se refleja y se palpa en la escena de la última noche de Nagore, en su despedida de este mundo donde el espectador de nuevo podrá subir al escenario para revivir aquel momento supremo que una vez la muerte de alguien amado y cercano le concedió.

 

Begoña Chorques Fuster

Profesora que escribe

 


 

 


1 comentario:

  1. Magnífica reseña, como siempre, Begoña. En esta ocasión, por lo humano y desgarrador del tema, me he sentido especialmente conmovida. Porque, además, puedo sentirme reflejada en los sentimientos de pérdida e impotencia. Es muy difícil ahondar en esos sentimientos en una obra dramática y, por lo que he leído, el autor lo ha conseguido. Espero poder verla. Un fuerte abrazo

    ResponderEliminar