Un artículo me manda escribir Garzó, que
en mi vida me he visto en tan gran compromiso. No quiero creerme una Lope del
periodismo, ni salir mal parada. Tampoco encontraréis ninguna Violante en esta
crónica medio inventada. Advertidos quedáis. Siempre tiene que haber un motivo
para comenzar. Por eso, me lanza el desafío a más de trescientos kilómetros de
distancia y yo lo asumo. Ya lo dicen: el que no quiera polvo que no vaya a la
era, pero es que hoy hemos venido a jugar, no a los dados ni a las cartas (no
seáis piratas), sino con las palabras y los recuerdos. Y así, de broma en
broma, riéndonos de todo, vacilando a todo el mundo, ya hemos completado el
primer párrafo.
Hacía calor, mucho calor, que estábamos
por julio. Como aquel del chiste, que estaba en el infierno y no se quejaba
porque era de Xàtiva. Pero no, no os confundáis que no somos socarrats por eso, aunque es bien cierto
que no tenemos miedo a la condenación eterna ni al fuego perpetuo y abrasador.
A ver quién es el valiente que sale a la calle a las cuatro de la tarde en
verano. Pero no te vayas del tema del artículo que parece que no encuentras
consonante como el poeta y ya estás a la mitad del segundo párrafo. Algún
lector aventajado pensará que me voy por las ramas y razón no le falta. Garzó
me envía una fotografía a través de esa conocidísima aplicación de conversación
instantánea –que si lo pensamos bien, parece cosa del demonio y no me apetece
decir el nombre – y me hace el encargo aprovechándose de mis debilidades humanas
e inclinaciones pseudoperiodísticas: “Venga, escribe una gacetilla a partir de
la foto como hace el Millás en El País
Semanal.” Me lo suelta, se ríe y se queda tan ancho, periodista provocador
y sinvergüenza. Mi primera reacción es de sorpresa al mirar la panorámica. Sin
preguntar, Garzó me ha montado en un DeLorean setabense y me ha enviado como un
relámpago a diciembre de 1992.
Me indica que me fije bien, porque la
grúa municipal se está llevando un Volkswagen Passat... Sí, sí, i tan passat... Seguro que era de uno que estaba en el bar, aquel que mis padres
tuvieron más de veinte años y donde echaba las horas muertas de las tardes de
verano. ¡Qué aburrimiento más grande! Cuanto más grande era la fiesta más
trabajo había. ¡Qué negocio más esclavo! Estudiad para no tener que heredarlo…
Le pregunto de dónde la ha sacado, la fotografía, y me responde que del
inmenso, colosal papeleo que guarda, como Diógenes, de su pasado en el
semanario Notícia 7, incluidas decenas y decenas de fotos. Todo periodista como
Dios manda presenta esta inclinación al síndrome del de Sinope. Garzó, animal
reportero, no es una excepción. Le recuerdo que aquel año empecé la carrera,
última promoción de Filología del plan del 79. Afortunadamente ya habían
quedado atrás aquellos tiempos en que se afirmaba que las mujeres no
necesitaban estudiar, pero no dejemos ningún rincón para la añoranza. Aquel
junio hice la selectividad de la cual no tengo mal recuerdo y me convertí en la
primera ‘Alcántara universitaria’ de la familia. Esto último me lo callo, que
los dedos no teclean tan rápido (especialmente los de la generación, eslabón
atrasado en la cadena evolutiva, que usamos solo el dedo índice de la mano
derecha para pulsar la pantalla táctil). “¡Hay tema!”, exclama con una emoción
que me llega por la red… “¡El año prodigioso!” Y me vienen a la cabeza las
Olimpiadas de Barcelona, con aquella antorcha encendida por un habilísimo
arquero (¿le faltaba una pierna a aquel atleta o lo soñé?) y la Expo de
Sevilla, con el primer tren de alta velocidad, que me quedé sin ver (tragedia
en aquel momento) y donde la mayoría de setabenses fueron en autobús. Nos
abríamos a la modernidad de par en par y un país que venía del blanco y negro,
de una dictadura autárquica que sobrevivió gracias a las divisas de los
turistas extranjeros, de repente, alcanzó el tecnicolor y nos soñamos ricos y
modernos. Todos eso ocurría mientras en los Balcanes se producía un genocidio y
se violaba sistemáticamente a las mujeres del enemigo como arma de guerra.
Voy entrando en el cuarto párrafo, y no
lo he hecho con el pie derecho, que es imposible en este mundo de locos. Más de
treinta años han pasado y nos despertamos, de nuevo cada mañana, con otra
guerra en el corazón de Europa. Continúo observando la instantánea de una
cotidianeidad soberbia. No hay ni rastro de grandes acontecimientos
internacionales ni deportivos. Indago desde qué punto de vista habrá apretado
el botón el fotógrafo, ¿delante del kiosco de prensa o de la carnicería? El
color, un poco gastado y apaciguado, de la fotografía me habla de los años que
han pasado, igual que los coches aparcados en la calle Gregorio Molina. La foto
está movida. Entonces no había enmienda, como la vida misma, ni posibilidad de
hacer una segunda o una tercera. Solo capta una escena diaria que no se
detiene: el trabajador de la grúa municipal, el cartel del estacionamiento
regulado. ¿Os acordáis cuando anunciaron que se tendría que pagar por aparcar
el coche en la calle? ¡Qué escándalo! Ni rastro de coches eléctricos ni nada
que haga alusión a la ecología… Se empezaba a hablar de ello aún tímidamente.
En el punto de fuga, por la derecha, en
diagonal, el cruce entre Gregorio Molina y Pare Claret, donde se planta la
falla que ya ronda sin querer el medio siglo. Algún joven que ose leer este
simulacro de artículo pensará que son un buen puñado de años… Quizás algo de
razón no le falte; los que jugamos con la cifra metida en los pliegues de los
ojos tenemos la imagen de aquella col gigante y bien simpática o aquel señor
asiático que daba un poco de miedo con la uñas larguísimas, pero con una
chaqueta chulísima. No lo vi quemar porque me dormí. En Xàtiva tardáis mucho en
quemar las fallas. Se nota que no queréis que se acabe la fiesta. El pobre
chino se pegó un buen testarazo, contaron los mayores al día siguiente, pero no
creáis que fue por xenofobia, no es más que en aquellos años no existía la
ingeniería crematoria fallera para hacerlo bonito. ¿Qué os habíais pensado?
Esta profesora que escribe también tiene un pasado fallero. ¿Fallero fallado?
No lo sé. Ya estoy en el quinto párrafo y con esta oración voy acabando.
“¡Hay tema! ¡Tienes tema!”, me
interpelaba Garzó. “Decenas, quizás más de un centenar de artículos he escrito
para los llibrets de falla.” ¡Ostras,
tú, eso es vicio! Es imposible competir con una bestia periodística semejante.
Ahora mismo deseo que nos desternillemos de risa por estas líneas mientras
removemos una horchata, cuando vuelva a ser verano y haga tanto calor. Prometo
pagar yo. Tiene razón: y tanto que hay tema, es la vida, y el tiempo que pasa y
que nos pasa por encima. Y tot és vell, i trist, i
necessari, que diría el poeta. Pues
te diré una cosa, amigo Garzó, son tiempos que no echo de menos… y aquí se
acaba la conversación. Ojalá que no los añoremos nunca, solo lo pienso, tampoco
se lo digo. Mejor miremos hacia delante. “Que tot
està per fer”, pero no “tot és possible”.
Disculpe, señor Martí i
Pol, que en este último punto lo contradiga. Estoy en el final, contad las
líneas porque voy acabando, juzgad si os ha entretenido, y está hecho.
Begoña Chorques Fuster
Profesora que escribe
Fotografía: Agustí Garzó